«El de­sen­can­to an­te las me­tas no cum­pli­das nos vie­ne de fá­bri­ca»

«El gran pro­ble­ma es que la co­rrup­ción ya ape­nas nos es­can­da­li­za», de­plo­ra Lan­de­ro, que abor­da el mal en su novela

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura - BEA­TRIZ PÉ­REZ

«Por muy ba­jo que uno cai­ga, mal que bien aca­ba por amol­dar­se a su si­tua­ción. Se mue­ve y se re­mue­ve has­ta en­con­trar una pos­tu­ra más o me­nos có­mo­da». Luis Lan­de­ro (Al­bur­quer­que, Ba­da­joz, 1948) aca­ba de pu­bli­car La

vi­da ne­go­cia­ble (Tus­quets), novela que re­co­ge las an­dan­zas y la de­ca­den­cia de Hu­go Ba­yo des­de ni­ño y has­ta que cum­ple 40 años con­ver­ti­do en mu­cho me­nos de lo que es­pe­ra­ba: un sim­ple pe­lu­que­ro ca­paz de to­do ti­po de ba­je­zas. Ca­si tres dé­ca­das se­pa­ran el libro (es­cri­to en pri­me­ra per­so­na, un re­cur­so de la novela pi­ca­res­ca) de Jue­gos de la edad tar­día, la ópe­ra pri­ma de Lan­de­ro con la que ob­tu­vo el pre­mio de la Crí­ti­ca y el Na­cio­nal de Li­te­ra­tu­ra, y a par­tir de la cual se con­sa­gró co­mo uno de los pro­sis­tas más clá­si­cos de la len­gua cas­te­lla­na.

—A la vis­ta de có­mo chan­ta­jea Ba­yo a sus pa­dres y de las men­ti­ras que es­con­den sus per­so­na­jes, ¿re­fle­xio­na «La vi­da ne­go­cia­ble» so­bre la co­rrup­ción hu­ma­na? —Po­dría de­cir­se así. To­dos o ca­si to­dos los per­so­na­jes de mi novela han si­do ten­ta­dos por los can­tos de si­re­nas del mal, y nin­guno se ha re­sis­ti­do. Con­vi­vi­mos con el mal y te­ne­mos que sa­ber has­ta dón­de es­ta­mos dis­pues­tos a ne­go­ciar con él, con esa es­pe­cie de diablo que nos su­su­rra en la ore­ja pa­la­bras siem­pre se­duc­to- ras. Nues­tra so­cie­dad nos mues­tra ac­tual­men­te un ca­tá­lo­go va­ria­dí­si­mo de personas que han tras­pa­sa­do la ra­ya de una ne­go­cia­ción ra­zo­na­ble pa­ra co­rrom­per­se sin ma­yo­res es­crú­pu­los. —Hay en es­ta novela di­fe­ren­tes per­so­na­jes co­rrup­tos y al­gu­nos re­co­no­cen ser­lo «por amor». ¿De­be ser el amor el motor de to­do? —El amor es uno de los fun­da­men­tos de nues­tra vi­da, qui­zá el ma­yor. Y no ha­blo so­lo de amo­res sen­ti­men­ta­les, sino de amor al pró­ji­mo, el ar­te, la na­tu­ra­le­za, el co­no­ci­mien­to... Al­bert Ca­mus de­cía que el no ser ama­do es cues­tión de suer­te, pe­ro que el no amar es una des­gra­cia. A Ba­yo qui­zá le pa­sa, que no sa­be amar. Fue­ra de con­si­de­ra­cio­nes, oja­lá el amor fue­ra el motor de to­do.

—¿Cree, co­mo el pa­dre de Hu­go, que to­do en la vi­da es ne­go­cia­ble? —Por su­pues­to que no de­be ser­lo, pe­ro des­gra­cia­da­men­te lo es. El hom­bre es ca­paz de to­do lo ma­lo. No hay ho­rror con el que no se ha­ya atre­vi­do. Y en el día a día de nues­tra so­cie­dad, ve­mos con qué des­ver­güen­za y de­sen­fa­do se ne­go­cia al al­za con el mal. El gran pro­ble­ma es que ese mal se ha nor­ma­li­za­do y la co­rrup­ción ya ape­nas nos es­can­da­li­za. Es cier­to que ha­cer­se adul­to con­sis­te, en­tre otras co­sas, en co­no­cer el mal y apren­der a ne­go­ciar con él.

—¿Có­mo es­tá pre­sen­te la re­la­ción con su pa­dre en su li­te­ra­tu­ra? —Mi pa­dre apa­re­ce en ca­si to­das mis no­ve­las. Él es qui­zá mi gran mu­sa. Era un hom­bre pro­fun­da­men­te in­sa­tis­fe­cho con su vi­da, con su des­tino, y qui­so que yo cum­plie­se los sue­ños que él no ha­bía po­di­do rea­li­zar. Y yo le de­frau­dé por com­ple­to. Cuan­do él mu­rió, yo te­nía 16 años. En ese mo­men­to, ca­si de gol­pe, pa­sé de la ado­les­cen­cia a la ma­du­rez. Me he pa­sa­do la vi­da in­ten­tan­do re­pa­rar la cul­pa, sal­dar las cuen­tas que ten­go pen­dien­tes con él. La in­sa­tis­fac­ción crónica y el afán de lo­grar al­go irrea­li­za­ble es qui­zá el gran te­ma de mis li­bros, y eso pro­vie­ne sin du­da de mi pa­dre. —De he­cho, Ba­yo, quien po­see mu­chas am­bi­cio­nes, no lle­ga a con­ver­tir­se más que en pe­lu­que­ro. —El de­sen­can­to an­te las me­tas no cum­pli­das vie­ne de fá­bri­ca en el hom­bre. Con una ex­cep­ción: la de aque­llos que son fe­li­ces y se con­for­man con lo que tie­nen. ¡Di­cho­sos ellos! Pe­ro mu­chos otros le pe­di­mos a la vi­da más —mu­cho más— de lo que nos pue­de dar. Eso le da a nues­tro exis­tir un sa­bor agri­dul­ce, ade­más de cier­ta in­cli­na­ción a la me­lan­co­lía. —Es­te tras­fon­do me­lan­có­li­co, que no hu­ye sin em­bar­go del hu­mor, es­tá en pre­sen­te en el libro. ¿To­das las vi­das hu­ma­nas lo tie­nen inevi­ta­ble­men­te? —La me­lan­co­lía no des­car­ta el hu­mor. Es más, el hu­mor tie­ne a me­nu­do un no sé qué de me­lan­có­li­co. Me re­fie­ro no al hu­mor del ji­jí y ja­já, sino al que ilu­mi­na zo­nas os­cu­ras de la reali­dad y nos ha­ce ver el mun­do des­de un án­gu­lo in­só­li­to. Con ra­zón de­cía Freud que el hu­mor es la más­ca­ra de la de­ses­pe­ra­ción. A ve­ces es así.

IT­ZIAR GUZ­MÁN

«La in­sa­tis­fac­ción crónica es qui­zá el gran te­ma de mis li­bros», ad­mi­te Lan­de­ro.

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