«To­do in­vi­ta a la es­tu­pi­dez; es la épo­ca del ‘‘homo za­pean­te’’»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura -

Ra­ro es el lu­gar don­de com­pa­re­ce Lan­de­ro en que no sa­que a re­lu­cir lo que de­be a Cer­van­tes. —El Qui­jo­te es el me­jor libro que se ha­ya es­cri­to nun­ca y, co­mo el Ni­lo, se des­bor­da y anega to­da la novela pos­te­rior. Uno pue­de es­tar in­flui­do por el Qui­jo­te sin ha­ber­lo leí­do. Bas­ta con ha­ber leí­do a Dic­kens, Dos­toievs­ki, Flau­bert... pa­ra ser ya un po­co cer­van­tino.

—Ha reivin­di­ca­do la len­ti­tud, la so­le­dad. ¿Nos edu­can pa­ra el so­sie­go, pa­ra sa­ber ser so­los? —En la es­cue­la sí nos edu­can pa­ra eso, pe­ro fue­ra no. La es­cue­la y la so­cie­dad van por ca­mi­nos dis­tin­tos, y es­to es nue­vo en el mun­do. To­do in­vi­ta a la pri­sa, al pi­co­teo, al en­tre­te­ni­mien­to sin es­fuer­zo, al rui­do, al mal gus­to, al ba­ru­llo, a la es­tu­pi­dez; es la épo­ca del homo za­pean­te. De­be­ría­mos de­fen­der a nues­tros ni­ños y ado­les­cen­tes de las re­des so­cia­les y de la te­le­vi­sión, esa es­pe­cie de dro­gas que anes­te­sian el al­ma y has­ta el co­ra­zón. De­be­ría­mos edu­car­los en el gus­to por la len­ti­tud, por la so­le­dad, por el es­fuer­zo, por la ob­ser­va­ción, por la mi­ra­da pa­cien­te y aten­ta... En fin, to­do eso que nos ha­ce dig­nos, sa­bios y li­bres.

—Si to­do en la vi­da es ne­go­cia­ble, ¿tam­bién Es­pa­ña y Ca­ta­lu­ña po­drían ne­go­ciar más y me­jor? —He­ro­do­to cuen­ta que los per­sas, cuan­do te­nían que ce­rrar un tra­to im­por­tan­te, pri­me­ro lo ha­bla­ban en es­ta­do de ebrie­dad y lue­go en so­brie­dad. Si en am­bos ca­sos se lle­ga­ba a lo mis­mo, se ce­rra­ba el tra­to; si no, se rom­pía o se re­cu­rría a un ar­bi­tra­je. Ca­ta­lu­ña y el Es­ta­do ne­go­cia­ron pri­me­ro en es­ta­do de ebrie­dad y se en­ten­die­ron bas­tan­te bien. Es­tá­ba­mos ebrios de bie­nes­tar y era fá­cil lle­gar a un acuer­do. Pe­ro con la cri­sis se ha em­pe­za­do a ne­go­ciar en es­ta­do de so­brie­dad, y has­ta con re­sa­ca, y pa­re­ce que el pac­to se ha ido a ha­cer pu­ñe­tas. La úni­ca so­lu­ción que veo es sa­lir de la cri­sis y vol­ver a ne­go­ciar ra­zo­na­ble­men­te ebrios. En cuan­to a la es­pe­ran­za, no hay que per­der­la nun­ca, no por no­so­tros, los abue­le­tes, que ya te­ne­mos ca­si to­do el pes­ca­do ven­di­do, sino por los jóvenes. Se me­re­cen que en es­te país ha­ya es­pe­ran­za. Aun­que so­lo sea por eso, los que ya va­mos pa­ra vie­jos no te­ne­mos derecho a ser con­for­mis­tas ni a en­co­ger­nos de hom­bros.

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