«Es un pe­que­ño fra­ca­so del sis­te­ma que nos en­con­tre­mos con es­tos ni­ve­les tan al­tos de ries­go»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - JOR­GE CA­SA­NO­VA

Ro­ber­to An­tón (Ma­rín, 1976), lle­va más de tre­ce años tra­ba­jan­do en la pro­tec­ción de me­no­res en ries­go. La ma­yo­ría en el con­ce­llo de Pon­te­ve­dra pa­ra la fun­da­ción Meniños. Ha vis­to mu­cho. —Cua­tro mil ex­pe­dien­tes de me­no­res en po­si­ble des­pro­tec­ción, ¿son mu­chos pa­ra Galicia? —Sí, son mu­chos pa­ra una so­cie­dad avan­za­da en el si­glo XXI. Y si in­ter­me­dia la Xun­ta es que nos en­con­tra­mos con los ca­sos más gra­ves. En to­dos los con­ce­llos se tra­ba­jan con ca­sos de me­no­res que es­tán en di­fi­cul­ta­des por di­fe­ren­tes mo­ti­vos. Si pa­sa a la Xun­ta es por­que el ries­go es muy alto, lo cual sig­ni­fi­ca que hay mu­chos más ca­sos. Es una rea­li­dad que su­ce­de a nues­tro al­re­de­dor: ni­ños que no es­tán sien­do aten­di­dos co­mo de­be­rían. —Es­to es es­pe­cial­men­te gra­ve en una so­cie­dad que ca­si no tie­ne ya me­no­res. —Es un po­co la sen­sa­ción que te­ne­mos los que tra­ba­ja­mos con los me­no­res, que en otros gru­pos so­cia­les es­tán me­jor aten- di­dos pe­ro los ni­ños... de­be ser por­que no vo­tan, o por­que en­ten­de­mos que es­tán bien o de­ci­mos que an­tes tam­bién se pa­sa­ban pe­nu­rias. Es un pe­que­ño fra­ca­so del sis­te­ma que es­te­mos en es­tos ni­ve­les de ries­go. —¿Di­ría que es­ta pro­ble­má­ti­ca es más pro­pia de fa­mi­lias deses­truc­tu­ra­das? —No so­lo. Son si­tua­cio­nes que se dan en to­dos los es­tra­tos so­cia­les, aun­que las ca­ren­cias eco­nó­mi­cas son un fac­tor de ries­go im­por­tan­te. Hay pa­dres que de­di­can po­co tiem­po a sus hi­jos por­que es­tán muy cen­tra­dos en sus tra­ba­jos, sus vi­das de adul­tos... he­mos te­ni­do de to­do. Has­ta fa­mi­lias cró­ni­cas, don­de ya tra­ta­mos con los abue­los, lo he­mos he­cho con los pa­dres y aho­ra lo ha­ce­mos con los hi­jos. —¿Una ma­la in­fan­cia de­ge­ne­ra en una ma­la vi­da? —Yo creo en la ca­pa­ci­dad de cam­bio de las fa­mi­lias. Hay un tan­to por cien­to mí­ni­mo que sí se cro­ni­fi­ca en el sis­te­ma de pro­tec­ción, pe­ro la ma­yo­ría de las fa­mi­lias sa­len ade­lan­te y los pa­dres son más pro­tec­to­res des­pués de que tra­te­mos con ellos. El tan­to por cien­to de éxi­to y me­jo­ra es am­plio. —Más fa­mi­lias mo­no­pa­ren­ta­les qui­zás tam­bién in­ci­da en ma­yo­res si­tua­cio­nes de ries­go. —Sí, ve­mos con fre­cuen­cia ese perfil: ma­dres muy lu­cha­do­ras, con tra­ba­jos mu­chas ve­ces pre­ca­rios, ho­ra­rios ex­ten­sos y di­fi­cul­ta­des pa­ra com­pa­ti­bi­li­zar. Pe­ro yo des­ta­ca­ría su for­ta­le­za; co­mo, en esas di­fi­cul­ta­des, son ca­pa­ces de sa­lir ade­lan­te. Creo que al­gu­nas de­be­rían dar más­te­res so­bre eco­no­mía apli­ca­da por có­mo son ca­pa­ces de lle­gar a fin de mes con esos in­gre­sos tan pe­que­ños. —¿Hay al­gu­na si­tua­ción que jus­ti­fi­que de­jar so­lo en ca­sa a un ni­ño de cin­co años? —No, no hay nin­gu­na si­tua­ción que lo jus­ti­fi­que. Ba­jo nin­gún con­cep­to. Las cir­cuns­tan­cias de la vi­da te pue­den co­lo­car ahí, pe­ro ese es un error de la fa­mi­lia que de­ja al ni­ño so­lo y un fra­ca­so del sis­te­ma que no ha po­di­do o no ha sa­bi­do ofre­cer una al­ter­na­ti­va a esa fa­mi­lia pa­ra no te­ner que lle­gar has­ta ahí. To­dos so­mos cóm­pli­ces. —A ve­ces se lle­ga a re­ti­rar la

tu­te­la a una fa­mi­lia. Eso siem­pre es muy po­lé­mi­co. —Re­ti­rar a un ni­ño de su fa­mi­lia es una me­di­da ex­tre­ma, es lo úl­ti­mo. Por ex­pe­rien­cia sé que cuan­do se adop­ta esa me­di­da, tie­ne que es­tar muy bien jus­ti­fi­ca­da. Otra co­sa es que ha­ya cues­tio­nes que no tras­cien­den por­que se que­dan en los ca­jo­nes de los des­pa­chos o de los juzgados. Es ver­dad que pue­de ha­ber erro­res, por­que to­dos so­mos hu­ma­nos, pe­ro tie­ne que dar­se una ca­de­na de erro­res no­ta­ble pa­ra que se to­me una me­di­da de ese ti­po sin que es­té bien jus­ti­fi­ca­da. De he­cho, yo di­ría que se co­me­ten más erro­res en el otro sen­ti­do, de ni­ños que per­ma­ne­cen con sus fa­mi­lias cuan­do qui­zás de­be­rían ser apar­ta­dos de ellas.

—En ge­ne­ral, la opi­nión pú­bli­ca emi­te un jui­cio con ca­rác­ter in­me­dia­to. —Sí. Y con la in­for­ma­ción muy ses­ga­da. Los que to­man las de­ci­sio­nes in­ten­tan te­ner la me­jor in­for­ma­ción: ha­bla­mos con la fa­mi­lia, el co­le­gio, el cen­tro de sa­lud, los ami­gos... ne­ce­si­ta­mos una vi­sión po­lié­dri­ca. Y con los ni­ños no se pue­de per­der el tiem­po. —A ve­ces pa­re­ce que hay pa­dres que no tie­nen el más mí­ni­mo ins­tin­to de pro­tec­ción. ¿Lo ha vis­to al­gu­na vez? —Sí. Y es una de las co­sas que me des­con­cier­tan. Po­dría con­tar esos ca­sos con los de­dos de una mano, pe­ro he vis­to ma­dres que ca­re­cen de ese ins­tin­to. Tal vez por­que no vi­vie­ron ese afec­to, pe­ro es al­go que me des­co­lo­ca.

RA­MÓN LEI­RO

An­tón tra­ba­ja con me­no­res des­de ha­ce 13 años.

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