«En­tien­do que ha­ya du­das, pe­ro no vol­ve­ré a ser nar­co­tra­fi­can­te»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia -

Los co­lec­ti­vos con­tra la dro­ga lo res­pon­sa­bi­li­zan de la he­roí­na y co­caí­na que mu­ti­ló una ge­ne­ra­ción. Ha cum­pli­do 22 años en la cár­cel y es­tá de vuel­ta. Un huer­to, un in­ver­na­de­ro y un ga­lli­ne­ro for­man par­te de su nue­va reali­dad, mien­tras cuen­ta los se­gun­dos pa­ra re­gre­sar a su tie­rra, don­de cree que pue­de pa­sear por la co­mar­ca de Arou­sa y el res­to de Ga­li­cia «con la ca­be­za muy al­ta». —¿Me­re­ció la pe­na ser nar­co­tra­fi­can­te? —No, cla­ro que no. —¿Se arre­pien­te? —Me arre­pien­to de mu­chas co­sas, pe­ro arre­pen­tir­se aho­ra de po­co va­le. Cla­ro que hay mu­chas co­sas que no vol­ve­ría a ha­cer, tén­ga­lo por se­gu­ro. No hay di­ne­ro en el mun­do que pa­gue un día de cár­cel. —¿Guar­da ren­cor a al­guien? —A na­die, no soy ren­co­ro­so. Lo que sí ten­go es un ge­nio en­de­mo­nia­do, pe­ro se me pa­sa rá­pi­do. —¿Ni a los tes­ti­gos que fa­ci­li­ta­ron su in­gre­so en pri­sión? —Tam­po­co. Bas­tan­te tie­nen con lo que hi­cie­ron. Min­tie­ron du­ran­te años. —Uno de ellos, Ri­car­do Por­ta­ba­les, de­nun­ció en la Fis­ca­lía que la ope­ra­ción Né­co­ra fue un frau­de. —Eso es al­go que ya sa­bía, y des­de el prin­ci­pio. Yo no te­nía na­da que ver en eso, na­da de na­da. —Pe­ro tra­fi­có con ha­chís. —Pe­ro mu­cho tiem­po des­pués de cuan­do fui acu­sa­do por es­te se­ñor. Y re­pi­to, ha­chís, na­da más. Fui investigado por to­dos, y na­die lo pro­bó. Re­to a cual­quie­ra en la Tie­rra o en la Lu­na a que lo ha­ga. —Del jui­cio de la Né­co­ra que­da pa­ra el re­cuer­do su ac­ti­tud in­so­len­te con el fis­cal y el pre­si­den­te de sa­la: ¿lo ha­ría otra vez? —Hoy no lo ha­ría, pe­ro en aquel mo­men­to es­ta­ba muy que­ma­do. Lle­va­ba cua­tro años y me­dio en pri­sión pre­ven­ti­va, con una acu­sa­ción de unos he­chos que no co­me­tí. No fue­ron las for­mas co­rrec­tas, es ver­dad, pe­ro no fui ca­paz de evi­tar­lo en aquel mo­men­to. De to­das for­mas, me gus­ta­ría que ellos, en­ton­ces, se pu­sie­ran en mi si­tio y a ver có­mo reac­cio­na­ban. Se­rían más co­rrec­tos que yo por­que tie­nen más pre­pa­ra­ción y otro ca­rác­ter. Pe­ro me com­por­té mal, eso es in­ne­ga­ble. —¿Le pa­só fac­tu­ra? —¡Y tan­to! Ahí es­tu­ve, 22 años a pi­ñón fi­jo. De aque­llos pol­vos vi­nie­ron es­tos lo­dos. Por ejem­plo, a la ho­ra de con­ce­der­me per­mi­sos pe­ni­ten­cia­rios. —Pa­sa­ron ca­si tres se­ma­nas des­de que la Au­dien­cia Na­cio­nal le otor­gó el ter­cer gra­do y lo­gró de­jar la cár­cel: ¿có­mo lo va­lo­ra? —Va­lo­ro que an­tes man­da­ba más el ge­ne­ral que el ca­bo, y aho­ra es al re­vés. —¿Pue­de iden­ti­fi­car al ca­bo? —El ser­vi­cio pe­ni­ten­cia­rio, y el ge­ne­ral, la Au­dien­cia Na­cio­nal, que no tie­ne cul­pa nin­gu­na. —¿Con­ser­va di­ne­ro del nar­co­trá­fi­co? —No me que­da na­da, me lo sa­ca­ron to­do. —¿Qué pa­tri­mo­nio con­ser­va? —Nin­guno, me lo qui­ta­ron to­do. —¿De qué va a vi­vir? —De la pen­sión que ten­go y que me co­rres­pon­de por edad. —¿Co­ti­zó en al­gún mo­men­to? —Do­ce años, es lo que ten­go. Son de la épo­ca que fui au­tó­no­mo. Hi­ce más co­sas que des­car­gar ca­jas de ta­ba­co y far­dos de ha­chís. —¿Lle­va bien vi­vir con una pen­sión pe­que­ña des­pués de tan­tos años de lu­jo y abun­dan­cia? —Me lle­ga per­fec­ta­men­te, la li­ber­tad no hay di­ne­ro que la pa­gue. —¿Financió a par­ti­dos po­lí­ti­cos? —Sí, a AP. —¿En qué épo­ca? —El se­ñor Fra­ga es­ta­ba al fren­te. Ha­bla­mos del año 1977 a 1979. —¿Dio mu­cho di­ne­ro? —Bas­tan­te. Y co­mo yo, mu­chos. —En su ca­so, ¿era di­ne­ro del ta­ba­co o del ha­chís? —Del ta­ba­co. Tam­bién fi­nan­cié a otro par­ti­do, pe­ro ese me de­vol­vió has­ta la úl­ti­ma pe­se­ta. —¿Cuál? —UCD. —¿Se de­cla­ra­ban las do­na­cio­nes? —No. —¿Cuál era su be­ne­fi­cio? —Nin­guno. Me lo pi­dió al­guien que ya mu­rió, y lo hi­ce. —Se le acu­sa de ser res­pon­sa­ble de so­bre­do­sis de he­roí­na y co­caí­na, pe­ro nun­ca fue con­de­na­do por tra­fi­car con esas sus­tan­cias. ¿Có­mo en­ca­ja que le lla­men ase­sino? —Nun­ca he te­ni­do con­tac­to con nin­gu­na or­ga­ni­za­ción que tra­fi­ca­ra con na­da que no fue­ra ta­ba­co o ha­chís. Lle­van 30 años lla­mán­do­me ase­sino, y, que yo se­pa, el ha­chís no ma­tó a na­die. Son va­rios los que crea­ron en su día ese mons­truo, ca­be­za de to­dos los tur­cos. Eso fue to­do in­tere­sa­do. —¿Por quién? —Por do­ña Car­men Aven­da­ño y com­pa­ñía, cuan­do fun­da­ron eso [en alu­sión a la Fun­da­ción Ér­gue­te] con Jor­ge Pa­ra­da Me­ju­to y cier­to co­mi­sa­rio de la po­li­cía que ya no es­tá en­tre no­so­tros. Y to­dos sa­bían muy bien la iden­ti­dad de las per­so­nas que tra­fi­ca­ban con he­roí­na. El otro día tu­ve que Ou­bi­ña, en la oe­ne­gé don­de cum­ple el ter­cer gra­do.

oír que me sa­ca­ron el pa­zo por­que sí, no sa­bía que eso era mo­ti­vo pa­ra qui­tar­le a al­guien al­go. —¿Qué les di­ría a los que creen que vol­ve­rá a tra­fi­car con dro­gas? —En­tien­do que exis­tan du­das, pe­ro no vol­ve­ré a ser nar­co­tra­fi­can­te, no quie­ro vol­ver a las an­da­das. Bus­co ter­mi­nar bien lo que me res­ta de vi­da y aca­bar las me­mo­rias que es­toy es­cri­bien­do con ayu­da de al­guien. —¿Y a los que di­cen que tie­ne di­ne­ro del nar­co­trá­fi­co guar­da­do? —Una de esas per­so­nas fue la se­ño­ra Aven­da­ño, y ten­drá sus re­per­cu­sio­nes ju­di­cia­les. —¿Vol­ve­rá a Ga­li­cia? —En cuan­to el ma­gis­tra­do me au­to­ri­ce. Aho­ra es­toy des­te­rra­do. —¿Le preo­cu­pa que lo se­ña­len? —Pa­ra na­da, he cum­pli­do la con­de­na y no hay re­pro­che que ha­cer­me. Pue­do pa­sear con la ca­be­za muy al­ta por Arou­sa y Ga­li­cia. —Le ofre­cie­ron tes­ti­fi­car con­tra otros nar­cos, pe­ro no lo hi­zo... —Soy leal y no ha­go eso. An­tes, la cár­cel, y así fue. —El ha­chís era pa­kis­ta­ní, no ma­rro­quí. ¿Có­mo lo traía? —Con bar­cos des­de el Me­di­te­rrá­neo y con ca­mio­nes. Lo lle­va­ba adon­de los due­ños de la mer­can­cía me de­cían: Ale­ma­nia, Ho­lan­da, Fran­cia o In­gla­te­rra.

—¿Co­bra­ba en es­pe­cies? —No, yo nun­ca com­pré ni ven­dí un gra­mo de ha­chís. Yo lo trans­por­ta­ba y co­bra­ba en di­ne­ro. —¿Dón­de ? —En Es­pa­ña no des­car­gué mu­cho ha­chís, lo des­car­gué en Por­tu­gal. De allí lo lle­va­ban al des­tino que da­ban los due­ños de la mer­can­cía. Iba to­do a Eu­ro­pa. En Es­pa­ña no de­jé un gra­mo de ha­chís, so­lo las ga­nan­cias. Fí­je­se: los po­lí­ti­cos lle­van el di­ne­ro al ex­tran­je­ro, y yo lo traía e in­ver­tía. —Lo acu­sa­ron de pa­gar so­bor­nos en la cár­cel pa­ra co­mi­da y be­bi­da. —Eso es men­ti­ra, una más. Ja­más so­bor­né a nin­gún fun­cio­na­rio. Sé que hay cier­to juez de po­ca mon­ta que va a pla­tós de televisión a de­cir men­ti­ras. —Sus hijas re­cla­man el pa­zo Baión. ¿Las se­cun­da? —Cla­ro que sí, fal­ta­ría más. Eso fue un ro­bo ju­di­cial, así de cla­ro. La Jus­ti­cia con­clu­yó que el pa­zo era de Lau­reano Ou­bi­ña y de Esther La­go, y a ella no la juz­ga­ron, al mo­rir un año an­tes, por lo que no fue con­de­na­da. Con­clu­sión: que sa­quen la par­te que me co­rres­pon­de pa­ra pa­gar mul­tas, pe­ro la de ella no pue­de que­dár­se­la el Es­ta­do.

BE­NI­TO ORDÓÑEZ

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