El sa­lu­do de dos vie­jos enemi­gos.

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Internacional - AFP

A McGuin­ness se le vin­cu­ló, sin po­der­se pro­bar, con el ase­si­na­to de lord Mount­bat­ten, el pri­mo de la rei­na Isabel y tu­tor del prín­ci­pe Car­los. Su sa­lu­do en el 2012 ejem­pli­fi­có el fin de la gue­rra en el Úls­ter y el es­pal­da­ra­zo a los Acuer­dos de Vier­nes San­to.

que aca­ba­ría for­man­do una pa­re­ja ca­si in­di­so­lu­ble. Con ape­nas 22 años, en 1972, fue tes­ti­go en pri­me­ra lí­nea del Bloody Sun­day, el do­min­go san­grien­to en el que un ba­ta­llón de pa­ra­cai­dis­tas bri­tá­ni­cos abrió fue­go con­tra una ma­ni­fes­ta­ción de ci­vi­les y aca­bó con la vi­da de 14 per­so­nas.

Aquel per­can­ce su­pu­so un pun­to de in­fle­xión en la tra­yec­to­ria vi­tal de McGuin­ness. Con su ya in­se­pa­ra­ble Adams, se di­ri­gió a Lon­dres en 1973 pa­ra abrir un pri­mer pro­ce­so de paz que pu­sie­ra fin a la bar­ba­rie de los años más du­ros del con­flic­to.

Pe­ro sus bue­nos de­seos no en­con­tra­ron eco en el ban­do bri­tá­ni­co. Las ne­go­cia­cio­nes fra­ca­sa­ron al po­co de arran­car y po­cos me­ses des­pués Mar­tin McGuin-

ness era de­te­ni­do cer­ca de Derry con un co­che re­ple­to de ex­plo­si­vos y mu­ni­cio­nes.

Fue a la cár­cel y a la sa­li­da se pu­so, otra vez jun­to a Adams, al fren­te del bra­zo po­lí­ti­co del IRA, el Sinn Féin, aun­que eran mu­chas las vo­ces que si­tua­ban a am­bos lí­de­res co­mo los au­tén­ti­cos je­fes de la or­ga­ni­za­ción te­rro­ris­ta.

El gran éxi­to de McGuin­ness fue li­de­rar el equi­po ne­go­cia­dor que con­du­jo a los Acuer­dos de Paz de Vier­nes San­to en Stor­mont, que su­pu­sie­ron el fin de la vio­len­cia en Ir­lan­da del Nor­te. La paz lle­vó al Sinn Féin al po­der y McGuin­ness, el ado­les­cen­te que no fue ca­paz de apro­bar, aca­bó co­mo mi­nis­tro de Edu­ca­ción. Fue can­di­da­to a la pre­si­den­cia del Úls­ter y dipu­tado en

West­mins­ter, aun­que nun­ca pi­só el Par­la­men­to bri­tá­ni­co. Se hi­zo in­se­pa­ra­ble del re­ve­ren­do Ian Pais­ley, su né­me­sis unio­nis­ta, en una pa­re­ja tan ines­pe­ra­da que fue bau­ti­za­da co­mo la de los her­ma­nos ri­si­tas.

Ayer, cuan­do mu­rió víc­ti­ma de una ami­loi­do­sis que se em­pe­ñó en ne­gar has­ta el fi­nal, su par­ti­do go­za­ba del me­jor mo­men­to po­lí­ti­co de la his­to­ria. En los úl­ti­mos co­mi­cios, pro­vo­ca­dos por el pro­pio McGuin­ness al for­zar la caí­da de Ar­le­ne Fos­ter —de la que era vi­ce pri­mer mi­nis­tro— de­nun­cian­do una su­pues­ta co­rrup­ción, el Sinn Féin se que­dó a so­lo 1.168 vo­tos de la vic­to­ria en las ur­nas y de­jó a los unio­nis­tas sin su tra­di­cio­nal ma­yo­ría. El me­jor re­sul­ta­do de la his­to­ria. Cas­cos blan­cos eva­cúan el cuer­po de un re­bel­de.

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