«Creo que mi hi­ja Dia­na fue rap­ta­da por en­car­go, y que si­gue vi­va»

Di­ce que to­da ayu­da es po­ca, pe­ro re­co­no­ce que la Guar­dia Ci­vil tra­ba­ja sin des­can­so pa­ra acla­rar el ca­so

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - JA­VIER RO­ME­RO RI­BEI­RA / LA VOZ

Ayer se cum­plie­ron sie­te me­ses de la des­apa­ri­ción en A Po­bra do Ca­ra­mi­ñal de la jo­ven ma­dri­le­ña Dia­na Quer. O lo que es lo mis­mo: 218 días de an­gus­tia pa­ra sus fa­mi­lia­res y ami­gos. Su ma­dre, Dia­na Ló­pez-Pi­nel, re­la­ta la si­tua­ción que atra­vie­san a la vez que in­ten­ta ex­pre­sar con pa­la­bras el hue­co que su hi­ja ma­yor ha de­ja­do en sus vi­das. —¿Des­con­cer­ta­da por la fal­ta de pis­tas con­cre­tas tras sie­te me­ses? —Un po­co sí, la ver­dad, so­bre to­do por la gran can­ti­dad de me­dios que se es­tán uti­li­zan­do. Los agen­tes tra­ba­jan ho­ras y ho­ras, pe­ro no han da­do con la cla­ve. —¿Dia­na es­tá vi­va? —Sí, yo ten­go esa es­pe­ran­za. —¿En qué se ba­sa? —En la in­tui­ción y una se­rie de hi­pó­te­sis que ten­go en la ca­be­za. Pe­ro, ya le di­go, se tra­ta de mi hi­pó­te­sis, y hay que ser pru­den­te. Pe­ro sí pien­so que es­tá vi­va. —¿Ha­bla­mos de un rap­to? —Lo pri­me­ro es que es­tá to­do abier­to y no pue­do des­car­tar na­da. Si me pre­gun­ta por la opi­nión per­so­nal que ten­go, por las co­sas que sé, he oí­do o vis­to, creo que la des­apa­ri­ción de Dia­na fue un rap- La ma­dre de Dia­na, a los po­cos días de la des­apa­ri­ción.

to y no se en­cuen­tra en Es­pa­ña. —¿Al­gún país con­cre­to? —No, no, no. No la ubi­co en nin­gún país con­cre­to, creo sa­ber que en Ga­li­cia no va a es­tar por la ce­le­ri­dad con la que se la lle­va­ron. Pien­so que te­nían pri­sa por sa­car­la de la zo­na y ga­nar tiem­po has­ta que yo me die­se cuen­ta de que fal­ta­ba, y eso fue so­bre las ocho y me­dia de la ma­ña­na. —¿Us­ted se ofre­ció a re­co­ger­la en co­che la ma­dru­ga­da que fal­tó? —Cla­ro, co­mo siem­pre. Pe­ro ella

me di­jo que no me preo­cu­pa­ra, que re­gre­sa­ba so­la. Pa­só otras ve­ces, y o bien iba con al­gu­nas ami­gas o la subía al­guien en co­che. Ella tam­po­co sa­lió tan­tas ve­ces co­mo pa­ra preo­cu­par­me. Yo le pu­se una ho­ra de vuel­ta, que eran las dos y me­dia, pe­ro ella te­nía 18 años e ima­gi­né que se lia­ría más. Es de­cir, era el úl­ti­mo día de fies­tas en A Po­bra y pen­sé que se lo es­ta­ría pa­san­do bien. Ella me es­cri­bió so­bre esa ho­ra pa­ra de­cir­me que subía por su cuen­ta a ca­sa, por lo que me des­preo­cu­pé y me fui a dor­mir. Por la ma­ña­na, al ver que no es­ta­ba, no me cua­dró y em­pe­za­mos a lla­mar a to­das las amis­ta­des de las que te­nía­mos te­lé­fo­nos, que no eran mu­chas. Cuan­do me di­je­ron que re­gre­só an­tes de aca­bar la fiesta, y so­la, me preo­cu­pé de ver­dad. —¿Cree que el rap­to fue al azar? —Pien­so que Dia­na fue siem­pre el ob­je­ti­vo de los rap­to­res. —¿Los au­to­res son de Bar­ban­za? —Eso ya no lo sé, lo que sí opino es que fue un en­car­go, y que si­gue vi­va. Eso es lo que yo creo, aun­que la reali­dad pue­de ser otra. De la mis­ma for­ma que opino que los res­pon­sa­bles de la des­apa­ri­ción sa­bían la ubi­ca­ción de su ca­sa y el tra­yec­to que ha­ría pa­ra vol­ver. Na­die a esas ho­ras es­tá pa­ra­do en el tra­yec­to que hay en­tre la pla­ya de Ca­bío y A Po­bra es­pe­ran­do a que pa­se una chi­ca pa­ra se­cues­trar­la. —¿Se sien­te con fuer­zas pa­ra se­guir ve­ra­nean­do en A Po­bra? —A Po­bra es un si­tio al que yo le ten­go mu­chí­si­mo ca­ri­ño y que, en cier­to mo­do, cuan­do voy me une a Dia­na aun­que no es­té. Por eso sí me sien­to con fuer­zas de vol­ver. —Y en Ma­drid, ¿lo lle­va me­jor? —Es tre­men­do, pe­ro con la ayu­da de la fe y de Dios lo voy lle­van­do, aun­que hay días que se ha­ce muy du­ro, con ba­jo­nes. La ver­dad es que des­pués de sie­te me­ses el tiem­po em­pie­za a mi­nar bas­tan­te y a ge­ne­rar un efec­to de lo­sa que es di­fí­cil de lle­var. —¿Ha ne­ce­si­ta­do ayu­da mé­di­ca? —Por aho­ra no, la ni­ña pe­que­ña sí, pe­ro yo no, aun­que no lo des­car­to. —SOS Desaparecidos es­tá ayu­dan­do en el ca­so: ¿con su con­sen­ti­mien­to? —To­da ayu­da es po­ca. Ellos son una gen­te es­tu­pen­da, ya no so­lo a ni­vel pro­fe­sio­nal. La ver­dad es que tra­ba­jan sá­ba­dos y do­min­gos, y tie­nen una gran ca­li­dad hu­ma­na. Les es­toy muy agra­de­ci­da y pa­ra mí ya son co­mo una pe­que­ña fa­mi­lia.

«Con la ayu­da de la fe y de Dios lo voy lle­van­do, aun­que hay días que se ha­ce muy du­ro»

MAR­COS CREO

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