«Me di­cen que ten­go li­bros vio­len­tos, pues no, es la vi­da la que es vio­len­ta»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura - TA­MA­RA MON­TE­RO

El na­rra­dor fran­cés di­ce que una bue­na his­to­ria «es al­go ex­tra­or­di­na­rio que le pa­sa a al­guien or­di­na­rio»

Siem­pre ha si­do es­cri­tor. Aun­que no es­cri­bie­se. El im­pul­so le lle­gó a los 55 años. Y de su men­te sa­lió Ca­mi­lle Ver­hoe­ven, un ins­pec­tor que mi­de 1,45 me­tros, per­so­na­je con el que triun­fó. Pie­rre Le­mai­tre, ga­na­dor del pre­mio Gon­court 2013 —má­xi­mo ga­lar­dón de la li­te­ra­tu­ra fran­có­fo­na—, se pa­só es­tos días por Santiago pa­ra re­co­ger el pre­mio San Cle­men­te por su no­ve­la Irè­ne (Al­fa­gua­ra).

—Em­pe­zó a es­cri­bir tar­de. ¿Có­mo lle­ga esa pul­sión? —Es cual­quier co­sa me­nos una pul­sión, por­que una pul­sión es al­go in­me­dia­to, es­pon­tá­neo, y a de­cir ver­dad siem­pre he si­do es­cri­tor. Creo que siem­pre he mi­ra­do la vi­da in­ten­tan­do fa­bri­car his­to­rias. No pue­do evi­tar ver el po­ten­cial na­rra­ti­vo de cual­quier si­tua­ción. An­tes es­ta­ba ha­blan­do con un pe­rio­dis­ta y no pu­de evi­tar pen­sar: «Es­to da­ría un buen per­so­na­je». En reali­dad, creo, yo era un es­cri­tor que no es­cri­bía, pe­ro siem­pre he si­do es­cri­tor.

—Siem­pre cuen­ta que Pas­ca­li­ne fue la que cre­yó en us­ted. —Es­cri­bí dos li­bros en­tre los 20 y los 50 años y que fue­ron re­cha­za­dos por los edi­to­res. Me pa­re­cía nor­mal que no los acep­ta­sen por­que no eran muy bue­nos. Des­pués co­no­cí a Pas­ca­li­ne y cuan­do tie­nes a tu la­do a al­guien que cree en las co­sas que ha­ces to­do se vuel­ve más fá­cil. Si nos pa­ra­mos a pen­sar, to­do lo im­por­tan­te de nues­tras vi­das son en­cuen- tros. Si mi­ras bien. En reali­dad es­ta his­to­ria no es ex­cep­cio­nal, lo ex­tra­va­gan­te es em­pe­zar tan tar­de y lle­gar a la cum­bre en tan po­co tiem­po. El éxi­to fue lo ex­tra­va­gan­te, no el en­cuen­tro. To­dos te­ne­mos en­cuen­tros. —Se dio cuen­ta de que Ca­mi­lle Ver­hoe­ven es­ta­ba ins­pi­ra­do en su pa­dre al aca­bar de es­cri­bir. ¿Có­mo na­ce ese in­ves­ti­ga­dor? —Lo que más me in­tere­sa en li­te­ra­tu­ra es tra­ba­jar la cues­tión del pun­to de vis­ta por­que en el fon­do ca­si to­das las his­to­rias ya han si­do con­ta­das. Bus­ca­ba un per­so­na­je con un pun­to de vis­ta di­fe­ren­te. Se me ocu­rrió ese per­so­na­je ba­ji­to pa­ra que tu­vie­se una vi­sión del mundo en con­tra­pi­ca­do, por­que se­ría in­tere­san­te ver có­mo es­te hom­bre ve la reali­dad de for­ma dis­tin­ta a to­do el mundo, por­que no se tie­ne la mis­ma opi­nión de una per­so­na se­gún el án­gu­lo des­de el que se mi­ra y él mi­ra­ba las co­sas des­de aba­jo. Es­te hom­bre siem­pre es­tá muy ai­ra­do, muy en­fa­da­do, es una es­pe­cie de olla a pre­sión hir­vien­do per­ma­nen­te­men­te. Así que tie­ne un pun­to de vis­ta ex­plo­si­vo, de al­gún mo­do. Siem­pre es­tá en­fa­da­do, es un ti­po an­ti­pá­ti­co. Pe­ro a fin de cuen­tas es un ti­po en­can­ta­dor.

—Nin­guno de sus per­so­na­jes es es­pe­cial­men­te agra­da­ble, la ver­dad. —No, no. Has­ta ten­go fa­ma de ser ma­lo con mis per­so­na­jes. Y es cier­to. —Y es que el úl­ti­mo es un ase­sino de do­ce años. —Sí, un ase­sino de 12 años que ma­ta a uno de seis. No po­de­mos es­cri­bir his­to­rias con gen­te que en­car­na la ba­na­li­dad. Una bue­na his­to­ria es al­go ex­tra­or­di­na­rio que le ocu­rre a una per­so­na or­di­na­ria. Es­te chi­co es una per­so­na or­di­na­ria a la que le ocu­rre al­go ex­tra­or­di­na­rio, que es con­ver­tir­se en ase­sino. Me di­cen que soy ma­lo con mis per­so­na­jes y yo con­tes­to que no, que es la vi­da la que es ma­la con ellos. Me di­cen que ten­go li­bros vio­len­tos. Pues no, es la vi­da la que es vio­len­ta. Ya me gus­ta­ría es­cri­bir no­ve­las don­de to­do trans­cu­rre bien. Pe­ro la vi­da no es así.

—Y ade­más di­ce que no cree en la re­den­ción, so­lo en el cas­ti­go. —No creo en la re­den­ción por­que es un con­cep­to un po­co ca­tó­li­co... y soy un ateo ca­si mi­li­tan­te. No creo en Dios, creo en los dio­ses, en la fa­ta­li­dad. Cuan­do uso la pa­la­bra dio­ses uso una me­tá­fo­ra. Creo que en la vi­da hay ele­men­tos que ha­cen que ocu­rran fa­ta­li­da­des. La re­den­ción es una ca­te­go­ría mo­ral que no per­te­ne­ce pa­ra na­da a mi fi­lo­so­fía, a mi con­cep­ción fi­lo­só­fi­ca de la vi­da.

XOÁN A. SO­LER

«Me in­tere­sa el pun­to de vis­ta por­que ca­si to­das las his­to­rias ya es­tán con­ta­das», ad­mi­te Le­mai­tre.

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