«Sois la me­jor gen­te del mun­do»

Las fa­mi­lias si­rias de Sa­rria se adap­tan a su nue­va vi­da y agra­de­cen ha­ber re­cu­pe­ra­do la dig­ni­dad

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - JORGE CA­SA­NO­VA

«Cuan­do em­pe­zó la re­vo­lu­ción [mu­chos si­rios lla­man re­vo­lu­ción a lo que Oc­ci­den­te co­no­ce co­mo pri­ma­ve­ra ára­be], la opi­nión de la gen­te se di­vi­dió en dos. Los ma­yo­res no veían na­da bueno, pe­ro los jó­ve­nes creía­mos que el pre­si­den­te se­ría sen­si­ble a las pro­tes­tas. Mi pa­dre me di­jo que no, que él ya ha­bía vis­to co­sas en Ha­ma. Allí, en 1982 el Go­bierno si­rio ejer­ció una bru­tal re­pre­sión que cau­só mi­les de muer­tos; allí en­via­ron a mi pa­dre a re­cons­truir las ca­rre­te­ras re­ven­ta­das por los bom­bar­deos. Y me con­tó que ha­bían echa­do el as­fal­to so­bre los ca­dá­ve­res. A ve­ces se le­van­ta la tie­rra bus­can­do des­apa­re­ci­dos, pe­ro nun­ca se le­van­ta una ca­rre­te­ra. Si el pa­dre de Ba­char al Asad ha­bía he­cho eso, el hi­jo no iba a ha­cer al­go me­jor, me de­cía mi pa­dre. Yo en­ton­ces no lo creía, pe­ro...». No pue­do dar fe de la ve­ra­ci­dad de es­te tes­ti­mo­nio, ex­pre­sa­do en ára­be por Ghas­san. Pe­ro sí de la tra­duc­ción efec­tua­da por Fa­di­la y de las lá­gri­mas que bro­ta­ron du­ran­te el re­la­to. Las de Fa­di­la y las que se que­da­ron en los ojos de Ghas­san, un sas­tre si­rio de 30 años ins­ta- la­do con su fa­mi­lia, mu­jer y tres hi­jos, en Sa­rria des­de me­dia­dos del pa­sa­do mes de ju­lio.

Me­tra­lla y apen­di­ci­tis

Ghas­san, co­mo su cu­ña­do Bas­sam, for­man par­te del exi­guo con­tin­gen­te de re­fu­gia­dos si­rios que se han realo­ja­do en Ga­li­cia y que in­ten­tan dar­se una opor­tu­ni­dad tras es­ca­par de un país en pleno pro­ce­so de au­to­des­truc­ción. Ha­bla­mos en el lo­cal de la Cruz Ro­ja de Sa­rria, el or­ga­nis­mo que es­tá tu­te­lan­do el pro­ce­so de in­te­gra­ción, mien­tras la pro­le de las dos fa­mi­lias, sie­te ni­ños y ni­ñas de en­tre 2 y 10 años, pin­ta, sal­ta y co­rre­tea por la sa­la con­ti­gua. Bas­sam lle­va un bra­zo en ca­bes­tri­llo: una ope­ra­ción re­cien­te en el hos­pi­tal de Lu­go pa­ra que le co­rri­gie­ran el da­ño en un ner­vio pro­du­ci­do por un tro­zo de me­tra­lla. —¿Re­cuer­da có­mo ocu­rrió? El hom­bre lo ex­pli­ca en ára­be sin mu­cha pa­sión, co­mo si fue­ra un ac­ci­den­te do­més­ti­co. Fa­di­la tra­du­ce: «Fue un día que sa­lió al bal­cón de su ca­sa. Hu­bo una ex­plo­sión. No sa­be quién fue, si el ejér­ci­to o los re­bel­des. Siem­pre es­ta­ban dis­pa­ran­do». Bas­sam, al­ba­ñil, que en al­gún mo­men­to pen­só que ten­dría una vi­da prós­pe­ra y fe­liz en Homs, sa­lió ha­cia el Lí­bano con su es­po­sa y sus cuatro hi­jos, don­de ya es­ta­ba Ghas­san, el her­mano de su mu­jer. El via­je, de unas tres ho­ras en au­to­bús, le cos­tó 400 dó­la­res: «Hoy pi­den 800 por per­so­na», ex­pli­ca.

Ghas­san tam­bién es­tá re­cién ope­ra­do. Una her­nia pro­duc­to de una ope­ra­ción de apen­di­ci­tis no muy bien re­suel­ta du­ran­te el pe­ri­plo li­ba­nés. Allí no ha­bía gue­rra, pe­ro las dos fa­mi­lias sin­tie­ron in­ten­sa­men­te el alien­to de la xe­no­fo­bia. Y es que en el Lí­bano tie­nen cuen­tas pen­dien­tes con los si­rios por los años de ocu­pa­ción, por el pu­ño de hie­rro de la fa­mi­lia Al Asad.

No fue fá­cil es­tar allí. Pe­ro allí per­ma­ne­cie­ron du­ran­te ca­si seis años y allí na­cie­ron tres de los sie­te ni­ños que aho­ra an­dan por aquí. Bas­sam re­su­me en una anéc­do­ta aque­llos años: «Una vez me ofre­cie­ron un tra­ba­jo en una ca­sa. Yo di­je que lo ha­ría por 400 euros. Es­tu­ve tres días y tres no­ches tra­ba­jan­do pa­ra aca­bar rá­pi­do y po­der bus­car más tra­ba­jo. Cuan­do ter­mi­né, el que me en­car­gó la obra, un li­ba­nés, me di­jo que ha­bía aca­ba­do muy pron­to, que en reali­dad el tra­ba­jo era muy fá­cil y que me iba a pa­gar me­nos. So­lo me dio 250 euros. Nun­ca po­dré ol­vi­dar­lo».

La pa­la­bra so­bre lo que pi­vo­ta to­do en es­te asun­to y que sa­le con al­gu­na fre­cuen­cia en la char­la es dig­ni­dad. Es la sen­sa­ción que per­die­ron y han re­cu­pe­ra­do, el mo­tor de su agra­de­ci­mien­to. Ellos han vis­to por te­le­vi­sión la tragedia dia­ria de los re­fu­gia­dos aho­gán­do­se en el Me­di­te­rrá­neo o ha­ci­nán­do­se en los cam­pos: «En­tien­do a la gen­te que se lan­za al mar —di­ce Ghas­san—. Si se que­dan en Si­ria van a mo­rir igual. Y en los cam­pa­men­tos es­tán muy mal. No­so­tros so­lo que­re­mos vi­vir co­mo se­res hu­ma­nos. Vi­vir con dig­ni­dad. Y aquí vi­vi­mos así. Sois la me­jor gen­te del mun­do».

In­te­gra­ción

En ocho me­ses, las dos fa­mi­lias si­rias se han he­cho bas­tan­te po­pu­la­res en es­ta vi­lla de 13.000 ha­bi­tan­tes don­de ya se ins­ta­la­ron re­fu­gia­dos bos­nios a fi­na­les del si­glo pa­sa­do. Al­gu­nos to­da­vía vi­ven allí. «De­be de ser por el Ca­mino de San­tia­go. Por aquí pa­sa gen­te de to­do el mun­do», ra­zo­na An­tía, la asis­ten­ta so­cial de Cruz Ro­ja que se ha con­ver­ti­do en el prin­ci­pal en­la­ce.

Ab­del Ka­fi, el ma­yor de los cha­va­les si­rios, es ya uno de los cen­tro­cam­pis­tas más pro­me­te­do­res de la Sa­rria­na. Sus her­ma­nos y pri­mos es­tán es­co­la­ri­za­dos en el co­le­gio Frei Luis de Gra­na­da y al­gu­nos ya dis­cu­ten so­bre si el co­lor de los li­mo­nes es ama­ri­llo o ama­re­lo. En los pró­xi­mos días em­pe­za­rán tam­bién a cul­ti­var una huer­ta en un te­rre­ni­to que les ha ce­di­do un ve­cino del pue­blo. Se­mi­llas si­rias en sue­lo ga­lle­go.

Cuen­tan que cuan­do es­ta­ban en el Lí­bano no sa­bían na­da de Es­pa­ña. Ni, por su­pues­to, dón­de los en­via­ría Acnur, la agen­cia de la ONU pa­ra los re­fu­gia­dos: «De Es­pa­ña so­lo sa­bía que ce­rra­ban los co­mer­cios al me­dio­día pa­ra des­can­sar», di­ce uno de los cu­ña­dos. Cuan­do al fin re­ci­bie­ron la con­fir­ma­ción de que Es­pa­ña se­ría su des­tino, bus­ca­ron en In­ter­net co­sas so­bre el país de aco­gi­da: la co­mi­da, la sies­ta, la To­ma­ti­na de Bu­ñol, el fút­bol, por su­pues­to. Pe­ro lo que más va­lo­ran hoy es­tas dos fa­mi­lias de aque­lla apre­su­ra­da pri­me­ra in­ves­ti­ga­ción es la aten­ción mé­di­ca. Fa­di­la, que lle­va ya mu­chos años vi­vien­do en Ga­li­cia, les da la ra­zón: «No hay otra igual».

En me­dio de la tran­qui­la vi­lla de Sa­rria, con una nue­va vi­da por de­lan­te y con sus fa­mi­lia­res a sal­vo, ¿pien­san es­tas fa­mi­lias en re­gre­sar?: «En la si­tua­ción ac­tual es im­po­si­ble vol­ver, pe­ro no pa­sa un día en que no lo pien­se», di­ce Ghas­san. Su mu­jer, Mar­wa, que ha per­ma­ne­ci­do en si­len­cio du­ran­te ca­si to­da la con­ver­sa­ción, in­ter­vie­ne: «El día que la si­tua­ción se arre­gle y cam­bie el Go­bierno, no­so­tros es­ta­mos dis­pues­tos a vol­ver pa­ra cons­truir una nue­va Si­ria».

Ha­bla­mos so­bre có­mo pa­sa­rá el tiem­po, so­bre si sus hi­jos, tan pe­que­ños aho­ra, sen­ti­rán tam­bién ese im­pul­so en el fu­tu­ro, y Ghas­san ex­pli­ca có­mo en­con­tró un li­bro en­tre las po­cas co­sas que los acom­pa­ña­ron des­de el Lí­bano. Un li­bro de cuen­tos de su hi­jo de 6 años, con un men­sa­je es­cri­to por él mis­mo: «Te quie­ro, Si­ria. Y quie­ro vol­ver». Tal vez lo ha­ga.

AL­BER­TO LÓPEZ

Las dos fa­mi­lias co­men jun­tas con al­gu­na fre­cuen­cia. Por su ca­sa han pa­sa­do no po­cos in­vi­ta­dos de Sa­rria por­que la hos­pi­ta­li­dad es una de sus di­vi­sas. No es tan fá­cil ver­los en la ca­fe­te­ría, no tie­nen cos­tum­bre. La vi­da so­cial la desa­rro­llan en ca­sa. Así que a tra­vés de la co­mi­da tam­bién han ido te­jien­do su in­te­gra­ción. De iz­quier­da a de­re­cha, la pe­que­ña Lu­lú; su pa­dre, Ghas­san; su ma­dre, Mar­wa; sus her­ma­nos Aya y Mo­vaaz (en me­dio es­tá An­tía, la asis­ten­te so­cial); su tío Bas­sam y su pri­mo Ab­del Ka­fi. Co­mi­da si­ria.

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