«La ima­gen es la prin­ci­pal trans­mi­so­ra del men­sa­je, no pien­san en pri­va­ci­dad»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - A Fondo - M. C.

El smartp­ho­ne es una ex­tre­mi­dad más. Lo es en el ca­so de los jó­ve­nes, pe­ro tam­bién en el de los que no lo son tan­to. Ese cam­bio, se­gún la so­ció­lo­ga de la Uni­ver­si­da­de da Co­ru­ña Mon­tse­rrat Golías, no es ne­ga­ti­vo a ex­cep­ción del mal uso que se pue­da ha­cer de él y que in­flu­ye di­rec­ta­men­te en la pri­va­ci­dad. —¿Có­mo han cam­bia­do las re­la­cio­nes de los jó­ve­nes con el te­lé­fono mó­vil? —Los fa­mo­sos mi­llen­nials o, más aún, la lla­ma­da ge­ne­ra­ción Z, no han mo­di­fi­ca­do sus for­mas de re­la­cio­nar­se por­que fue­ron so­cia­li­za­dos en el con­tex­to de las nue­vas tec­no­lo­gías. El pro­ce­so de cam­bio se ha da­do en­tre los de más edad, pe­ro no fue al­go trau­má­ti­co. He­mos apren­di­do a usar esas he­rra­mien­tas en el día a día. —¿Qué ras­gos ca­rac­te­ri­zan a los que na­cie­ron con las nue­vas tec­no­lo­gías fren­te al res­to? —Qui­zá el más des­ta­ca­do es la in­me­dia­tez. Con un so­lo clic en­cuen­tro lo que bus­co y ad­quie­ro lo que de­seo. Es­to po­dría ex­tra­po­lar­se a las re­la­cio­nes afec­ti­vas. La con­se­cuen­cia es que in­cen­ti­va prác­ti­cas co­mo el sex­ting. Otra de las ca­rac­te­rís­ti­cas es el uso de la ima­gen. El men­sa­je fue sus­ti­tui­do por ella. Ade­más de prác­ti­cas co­mo el sex­ting, apli­ca­cio­nes co­mo Ins­ta­gram son las pre­fe­ri­das por los jó­ve­nes. La ima­gen grá­fi­ca es la que con­tie­ne aho­ra el men­sa­je. —¿Qué bus­can con ese in­ter­cam­bio de imá­ge­nes? —Los jó­ve­nes, o no tan­to, bus­can mos­trar lo que la so­cie­dad o el gru­po de igua­les es­pe­ra de ellos. El ob­je­ti­vo es ser acep­ta­dos y re­afir­mar su per­te­nen­cia al gru­po. Es­te en­fo­que teó­ri­co, que no es re­cien­te, ha to­ma­do más pro­ta­go­nis­mo con las nue­vas tec­no­lo­gías. Los jó­ve­nes más in­fluen­cia­bles con­vier­ten es­ta pro­duc­ción de im­pre­sio­nes so­bre ellos mis­mos en par­te de su co­ti­dia­nei­dad y a cual­quier ho­ra del día. Al­go que los de más edad rea­li­za­mos en unos con­tex­tos de in­ter­ac­ción so­cial real, para es­tas nue­vas ge­ne­ra­cio­nes su­ce­de en cual­quier mo­men­to y lu­gar por­que su con­tac­to es vir­tual. Por otro la­do, los re­fe­ren­tes

a imi­tar, in­fluen­cers, usan esa mis­ma me­cá­ni­ca para co­mu­ni­car­se con sus se­gui­do­res. De­be­mos asu­mir que lo que para otras ge­ne­ra­cio­nes pue­de ser ex­hi­bi­cio­nis­mo para la ac­tual es la for­ma de co­mu­ni­ca­ción en­tre gru­pos de igua­les e ído­los a emu­lar. —¿Pri­ma en­ton­ces la fo­to? —To­do es­to nos lle­va a una pa­ra­do­ja. Por un la­do dan im­por­tan­cia al uso de la ima­gen co­mo por­ta­do­ra del men­sa­je, pe­ro por otro no la dan en tér­mi­nos de pri­va­ci­dad. —¿Cuál es el ries­go de eso? —El ries­go del sex­ting es­tá en es­to úl­ti­mo. El he­cho de en­viar una fo­to con con­no­ta­ción se­xual no tie­ne por qué re­sul­tar ne­ga­ti­vo cuan­do lo ha­cen de for­ma pri­va­da ma­yo­res de edad. Pue­de ser una prác­ti­ca de las re­la­cio­nes de pa­re­ja. El pro­ble­ma es­tá cuan­do el re­cep­tor pue­de di­fun­dir esa ima­gen. El da­ño al ho­nor y la in­ti­mi­dad en épo­ca analó­gi­ca eran las pa­la­bras, que po­dían ser ol­vi­da­das. Pe­ro en la era vir­tual, ese da­ño nun­ca se re­pa­ra por­que la ima­gen, una vez que tras­cien­de, no pue­de ser bo­rra­da y el da­ño no tie­ne lí­mi­tes.

MAR­COS MÍGUEZ

Golías da cla­se en la UDC.

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