«Soy el de las ‘fuc­king ru­les’»

El fle­qui­llo más re­co­no­ci­ble de la ACB, agitado o aquie­ta­do, trans­mi­te siem­pre en­tu­sias­mo

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Deportes - M. G. REI­GO­SA

Nin­gún otro téc­ni­co de la Li­ga En­de­sa lle­va tan­tas tem­po­ra­das se­gui­das en el mis­mo ban­qui­llo. Es­ta es la sép­ti­ma en el Obra­doi­ro, la más com­pli­ca­da por las le­sio­nes, pe­ro con mar­gen para ale­grías co­mo la vic­to­ria an­te el Real Madrid. —¿Qué que­da del Mon­cho Fer­nán­dez que em­pe­zó a entrenar ha­ce trein­ta años? —Creo que que­da la pa­sión y el amor por el jue­go. De lo de­más, el fle­qui­llo y po­co más. —¿Qué en­tre­na­do­res le han mar­ca­do más? —En el ba­lon­ces­to ama­teur, Mi­guel Gó­mez. Me en­se­ñó lo que era es­to, lo que sig­ni­fi­ca­ba ser en­tre­na­dor, la pla­ni­fi­ca­ción, el amor por el jue­go, la in­te­li­gen­cia... Y en el ba­lon­ces­to pro­fe­sio­nal, sin du­da Mon­cho Ló­pez. De él apren­dí to­do lo que hay al­re­de­dor de un equi­po pro­fe­sio­nal. —¿Có­mo fue el no a Mes­si­na? —Al aca­bar el tercer año en Los Ba­rrios re­ci­bo una ofer­ta para ser ayu­dan­te de Mes­si­na en el Real Madrid. Las con­di­cio­nes no se die­ron. Al fi­nal fue Jo­ta Cus­pi­ne­ra. Cuan­do di­go las con­di­cio­nes me re­fie­ro a que uno nun­ca es él so­lo. Por el ca­mino apa­re­ció Mur­cia y me con­ver­tí en en­tre­na­dor en la ACB. —En el ví­deo del «Do the fuc­king ru­les...!» apa­re­ce un Mon­cho dis­tin­to al de fue­ra del par­qué. ¿Qué sien­te al ver­lo? —Cuan­do se sa­can las co­sas de con­tex­to... en el fra­gor de la ba­ta­lla, val­ga la me­tá­fo­ra, el len­gua­je y los có­di­gos son los que son. Los ta­cos tie­nen un va­lor en el en­tre­na­mien­to o en el par­ti­do ab­so­lu­ta­men­te di­fe­ren­te al que tie­nen fue­ra. Cuan­do lo ves des­de fue­ra... en ese fra­gor, lo que no di­ces es: ‘por fa­vor, se­guid las nor­mas, que al no ha­cer­las, no es­ta­mos lo­gran­do lo que que­re­mos’. Eso se tra­du­ce en el do the fuc­king ru­les. —¿Se au­to­cen­su­ra des­de en­ton­ces? —De­bo re­co­no­cer que hu­bo un día en que me pre­gun­té qué pa­sa­ba con esa vehe­men­cia, con esa ex­pre­sión y otras tan­tas, pi­za­rras que se rom­pen, gri­tos y de­más. Cuan­do me veía fue­ra de ese fra­gor de la ba­ta­lla, tam­bién me lla­ma­ba la aten­ción. Pe­ro lle­gué a la con­clu­sión de que no pue­do ser Aí­to, no pue­do ser el hom­bre tran­qui­lo. Soy quien soy. Soy esa per­so­na que se en­fa­da cuan­do a uno se le ol­vi­da un blo­queo y un mi­nu­to des­pués de que el par­ti­do se aca­be me da igual ese blo­queo. La vehe­men­cia for­ma par­te de mi ca­rác­ter. Lo que no me gus­ta­ría es que mis ju­ga­do­res di­je­ran que soy un im­pos­tor. Soy el de las fuc­king ru­les. —No sé si es ca­paz de vi­sua­li­zar las fo­tos de Oba­ma ac­tua­les y las de an­tes de lle­gar a la ca­sa blan­ca, o las de Mou­rin­ho, o las de Guar­dio­la. O la su­ya. —¿Por las ca­nas? —Por ahí, por ahí. ¿Si fue­ra po­lí­ti­ca di­ría que el po­der des­gas­ta? —En­tre los 40 y los 47, co­mo us­ted tam­bién sa­be muy bien, pa­san co­sas. Es nor­mal. Creo que es­tos años aquí, más que des­gas­tar­me me han da­do un mon­tón de co­sas. He vi­vi­do ex­pe­rien­cias que, cuan­do em­pie­zas co­mo en­tre­na­dor pro­fe­sio­nal, no crees que te pue­dan su­ce­der en tu ca­sa y en tu club. Ben­di­tas ca­nas. —De­cía An­dreot­ti que más des­gas­ta no te­ner el po­der, que aquí se po­dría tra­du­cir por no es­tar en la po­ma­da. —Exac­to. El tiem­po en­tre di­ciem­bre, cuan­do ce­so en Mur­cia, y agos­to, cuan­do me fi­cha el Obra­doi­ro... eso sí que des­gas­ta. Es­tar en tu ca­sa, no po­der par­ti­ci­par, no vi­vir esas sen­sa­cio­nes... Eso sí que es te­rri­ble.

—Acos­tum­bra­do a ser al­qui­mis­ta, ¿an­he­la ser ar­qui­tec­to y con­tra­tis­ta, po­der fi­char sin es­tre­che­ces de ta­lo­na­rio? —Quie­ro te­ner muy cla­ro to­da mi vi­da que em­pe­cé en­tre­nan­do al Pon­te­pe­dri­ña y que des­de ahí he lle­ga­do a la ACB. Hay quien me pre­gun­ta si me veo en­tre­nan­do a un gran­de. Siem­pre di­go lo mis­mo. La ACB es la se­gun­da me­jor li­ga del mun­do. Soy uno de los die­ci­sie­te que en­tre­na en la Li­ga En­de­sa. Des­de el pun­to de vis­ta pro­fe­sio­nal, es­toy to­can­do el cie­lo. La gen­te que no dis­fru­ta del ca­mino, que no va­lo­ra lo que tie­ne, vi­ve en per­ma­nen­te ago­nía. —¿Pe­ro al­gu­na vez ha pen­sa­do en lo que se­ría fi­char sin esas li­mi­ta­cio­nes pre­su­pues­ta­rias? —En­ton­ces no se­ría­mos el Obra­doi­ro, no ten­dría­mos que agu­di­zar tan­to el in­ge­nio y aquí no ha­brían ju­ga­do ni Mus­ca­la, ni Kle­ber, ni Waczyns­ki ni gen­te fan­tás­ti­ca que he te­ni­do la suer­te de entrenar y co­no­cer. —¿Cam­bia­ría la vic­to­ria an­te el Madrid por ha­ber ga­na­do una se­ma­na an­tes en Za­ra­go­za? —Pre­gun­ta ca­bro­na. Uno no pue­de cam­biar lo su­ce­di­do. Es­toy muy con­ten­to del par­ti­do de Za­ra­go­za. En cir­cuns­tan­cias muy ad­ver­sas el equi­po dio ima­gen de equi­po. —¿Obra­doi­ro es si­tio dis­tin­to? —Sí, sí lo es. Es lo que nos ha­ce es­pe­cia­les. De­be­mos po­ner­lo en va­lor. Es dis­tin­to por­que nues­tro pre­su­pues­to es dis­tin­to, por­que la gen­te le aplau­de a los ju­ga­do­res cuan­do pier­den por trein­ta, los ado­ra por el es­fuer­zo, la gen­te po­ne en va­lor el ca­mino y no so­lo la me­ta, es dis­tin­to por­que se lla­ma Obra­doi­ro, que sig­ni­fi­ca lu­gar don­de la gen­te tra­ba­ja, por­que es el nom­bre de la pla­za no por­ti­ca­da más bo­ni­ta. Si lo di­go yo, que soy com­pos­te­lano, pa­re­ce me­nos. Pe­ro pre­gún­te­se­le a Mus­ca­la, a Mej­ri, a Kle­ber, a Nan­ki­vil, a to­da esa gen­te. Las pre­gun­tas lar­gas tu­vie­ron res­pues­tas in­me­dia­tas de Mon­cho Fer­nán­dez. En las cor­tas se to­ma más tiem­po. —¿LeB­ron Ja­mes o Step­hen Curry? —Ha­ce seis me­ses la res­pues­ta hu­bie­se si­do otra. Aho­ra, LeB­ron. —¿Ma­gic John­son o Larry Bird? —Larry Bird. —Otra ge­ne­ra­cio­nal. ¿Ju­lia Ro­berts o Kim Ba­sin­ger? —No, no, no. Ju­lia Ba­sin­ger. Cual­quier otra que hu­bie­ra di­cho, me que­da­ría con Ju­lia Ro­berts. Y lo mis­mo con Kim Ba­sin­ger. Pe­ro en­tre una y otra... Es que son dos ico­nos. —Una más ac­tual. ¿Ire­ne Mon­te­ro, Cos­pe­dal o Su­sa­na Díaz? —(Un si­len­cio de quin­ce se­gun­dos). Nin­gu­na. —Una de no­ve­la ne­gra, que es una de sus gran­des afi­cio­nes. ¿Kurt Wa­llan­der o Be­vi­lac­qua? —Ado­ro a Be­vi­lac­qua, por­que me en­can­ta Lo­ren­zo Sil­va y to­do lo que es­cri­be. Pe­ro, para mí, Wa­llan­der, aun­que tam­bién es un per­so­na­je de fic­ción, es co­mo si hu­bie­se exis­ti­do. Lo es­co­jo por­que es el re­tra­to de una per­so­na con va­lo­res pe­ro a la vez con de­bi­li­da­des, es un si­nó­ni­mo de jus­ti­cia. —¿Lo de­fi­ni­ría co­mo un per­de­dor en­tra­ña­ble? —Su vi­da es eso. Es un per­so­na­je au­tén­ti­co. —Una fá­cil para us­ted, ima­gino. ¿Qué es la gar­na­cha? —Una va­rie­dad de uva [y a con­ti­nua­ción ha­ce un tra­ta­do ex­ten­so]. —¿Un li­bro que re­co­mien­de? —De lo úl­ti­mo que he leí­do y que me ha­ya im­pre­sio­na­do di­ría un clá­si­co, Shi­bu­mi, de Tre­va­nian. Mez­cla no­ve­la ne­gra y cul­tu­ra ja­po­ne­sa. Me lla­mó mu­cho la aten­ción.

ABRALDES

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