«La tec­no­lo­gía sol­ven­ta una ne­ce­si­dad bá­si­ca de los jó­ve­nes: la so­cia­li­za­ción»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - S. CA­RREI­RA

Cha­ro Sádaba es vi­ce­de­ca­na de In­ves­ti­ga­ción y Pos­gra­do en la Fa­cul­tad de Co­mu­ni­ca­ción de la Uni­ver­si­dad de Na­va­rra, ade­más de in­ves­ti­ga­do­ra y con­sul­to­ra de re­des sociales y tec­no­lo­gía. Es­te vier­nes y sá­ba­do es­ta­rá en Ga­li­cia pa­ra par­ti­ci­par en el con­gre­so de Fe­pa­ce —las aso­cia­cio­nes de pa­dres y ma­dres de los co­le­gios de Fo­men­to en Es­pa­ña—, que en es­ta edi­ción tra­ta­rá de Pa­dres analó­gi­cos, hi­jos di­gi­ta­les. Sádaba ani­ma­rá a los par­ti­ci­pan­tes a que la tec­no­lo­gía no se con­vier­ta en un abis­mo en­tre unos y otros. —Un juz­ga­do ab­sol­vió a una mu­jer que le qui­tó el mó­vil a su hi­ja de 15 años pa­ra que es­tu­dia­se y ella la de­nun­ció. ¿Qué le sor­pren­de más, la sen­ten­cia o que la hi­ja de­nun­cia­se a su ma­dre por eso? —Tal vez que fue­se ad­mi­ti­da a trá­mi­te la de­man­da. Por­que yo pue­do en­ten­der, aun­que no jus­ti­fi­co, la de­ci­sión de la chi­ca. Creo que la tec­no­lo­gía sol­ven­ta hoy una ne­ce­si­dad que pa­ra los ado­les­cen­tes es tan bá­si­ca co­mo res­pi­rar, y la sa­tis­fa­ce de una ma­ne­ra pri­mor­dial: la so­cia­li­za­ción. Ahí el mó­vil jue­ga un pa­pel cla­ve y en ese es­ce­na­rio de­jar el mó­vil pue­de arrui­nar tu repu­tación y des­co­nec­tar­te del res­to. Otra ne­ce­si- dad que sa­tis­fa­ce es la del en­tre­te­ni­mien­to, bá­si­ca tam­bién pa­ra el ado­les­cen­te, so­bre to­do aho­ra que triun­fa la di­ver­sión ba­jo de­man­da. Con la men­te adic­ta de un jo­ven, es nor­mal que pien­se que si le qui­tas el mó­vil le es­tás arrui­nan­do la vi­da. En el ca­so de la de­man­da en el juz­ga­do, tam­bién es cier­to que pue­de jus­ti­fi­car­se con la bu­ro­cra­cia, y con ese ex­ce­so de pro­tec­ción del me­nor que a ve­ces te­ne­mos co­mo so­cie­dad, en la que lo ha­bi­tual es cul­par al adul­to. —¿Es­tá en­fer­ma nues­tra so­cie­dad? —No creo que tan­to, la ver­dad, pe­ro sí con po­ca orien­ta­ción. No te­ne­mos to­da­vía las ideas cla­ras por­que es­ta­mos en la fa­se de des­bor­da­mien­to de al­go nue­vo. —Habla de con­cien­ciar a los jó­ve­nes de los ries­gos de In­ter­net, pe­ro ¿se con­si­gue al­go? Por­que ellos no lo asu­men. —No es que no se los crean, es que creen que a ellos no les va a pa­sar, que es­tán se­gu­ros. Lo cier­to es que la tec­no­lo­gía nos da sen­sa­ción de con­trol, por ejem­plo, con las opciones res­tric­ti­vas que tie­nen las apli­ca­cio­nes. Por su­pues­to que en su ca­so tie­ne que ver con que los jó­ve­nes no son bue­nos con las lu­ces lar­gas, no ven a lar­go pla­zo. Pe­ro creo que a ve­ces los adul­tos tam­bién abu­sa­mos del dis­cur­so del ries­go, co­mo si fue­se el cuen­to de Pe­dro y el lobo. —Fren­te al mie­do, pro­po­ne dar­les la op­ción de ha­cer oír su voz, de or­ga­ni­zar al­go que in­flu­ya en su en­torno. ¿Cree que la so­cie­dad en ge­ne­ral y los co­le­gios en par­ti­cu­lar fo­men­tan es­to? —Per­ci­bo que la tec­no­lo­gía ayu­da a que se fo­men­ten cam­bios en el sis­te­ma edu­ca­ti­vo, pe­ro el nues­tro si­gue sien­do to­da­vía muy pro­tec­tor con los ni­ños en tan­to los ha­ce su­je­tos pa­si­vos. Tam­bién es cier­to que mu­chos pro­fe­so­res lle­gan al au­la y se afe­rran a lo que co­no­cen. Es nor­mal, pe­ro creo que eso es­tá cam­bian­do y es­te mo­vi­mien­to no es so­lo tec­no­ló­gi­co, que tam­po­co se­ría su­fi­cien­te, sino me­to­do­ló­gi­co. Una vez que se abre la puer­ta, en­tran mu­chos re­cur­sos di­fe­ren­tes. —¿Có­mo les de­ci­mos a nues­tros hi­jos que no usen el mó­vil si no­so­tros no nos des­pe­ga­mos de él?

—La lle­ga­da de la tec­no­lo­gía no ha cam­bia­do los fi­nes de la edu­ca­ción, aun­que sí el mo­do. Pe­ro en cual­quier ca­so el ejem­plo si­gue te­nien­do un pa­pel cla­ve en la edu­ca­ción. Es co­mo cru­zar en los pa­sos de ce­bra: si no­so­tros no lo ha­ce­mos, ellos se da­rán cuen­ta y no lo ha­rán. —¿Qué con­se­jos da­ría a unos pa­dres so­bre el bi­no­mio hi­jos y tec­no­lo­gía? —Ca­da vez hay me­nos re­glas ge­ne­ra­les y más una res­pues­ta par­ti­cu­lar. Tam­po­co me atre­vo a lla­mar­los con­se­jos. Di­ga­mos que son ideas que se pue­den adap­tar. Por ejem­plo, creo que el mó­vil no de­be­ría ser un re­ga­lo pa­ra nues­tro hi­jo por­que un re­ga­lo no tie­ne con­di­cio­nes, y con la tec­no­lo­gía sí de­be­mos po­ner­las. No se pue­de re­ga­lar un te­lé­fono y que las nor­mas lle­guen a las dos se­ma­nas. Lo más im­por­tan­te, creo,

es que sea cons­cien­te de lo que cues­ta un mó­vil, el apa­ra­to, sus ta­ri­fas, sus arre­glos... y fi­jar unas nor­mas. Al­gu­nos pa­dres pi­den a sus hi­jos que sean ellos los que las mar­quen y ¡los hi­jos son jus­tos e in­clu­so es­tric­tos! Cla­ro que si en la ca­sa no hay nor­mas pa­ra na­da, no tie­ne sen­ti­do po­nér­se­las a la tec­no­lo­gía. Y, des­pués, los pa­dres tie­nen que per­der el mie­do y ser in­ter­lo­cu­to­res de con­fian­za: si nues­tro hi­jo nos di­ce «mi­ra qué he vis­to» an­te una ima­gen o texto po­co ade­cua­do, no po­de­mos res­pon­der­le con un «no vuel­ves a mi­rar In­ter­net»; así so­lo con­se­gui­re­mos que no nos vuel­va a con­tar na­da. Les di­ría que se hi­cie­sen alia­dos de la tec­no­lo­gía, que les per­mi­tie­sen a sus hi­jos en­con­trar co­sas que les in­tere­sen, por­que po­de­mos fo­men­tar afi­cio­nes que aca­ben de­fi­nien­do el fu­tu­ro de nues­tros hi­jos.

«A ve­ces los adul­tos abu­sa­mos del dis­cur­so del ries­go, co­mo en el cuen­to de “Pe­dro y el lobo”»

Sádaba ha­bla­rá es­te vier­nes en A Co­ru­ña so­bre hi­jos y tec­no­lo­gía.

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