Ma­ta a su mu­jer y a sus dos hi­jos de 5 y 8 años y se sui­ci­da ti­rán­do­se por una ven­ta­na

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - España - DANIEL ROLDÁN

Cien­tos de ni­ños co­rren por las ca­lles de Cam­po de Crip­ta­na (Ciu­dad Real) para acu­dir pun­tua­les a su ci­ta en las au­las. Una ho­ra, las nue­ve de la ma­ña­na, en la que tam­bién apa­re­ce un cuer­po fren­te al nú­me­ro 10 de la ca- lle del Con­ven­to, una vía es­tre­cha y se­mi­pea­to­nal. Allí ya­ce Ma­nuel Jo­sé García-Bus­ta­man­te. Se ha arro­ja­do des­de una de las ven­ta­nas del se­gun­do pi­so que ocu­pa su fa­mi­lia. Los agen­tes lo­ca­les y la Guar­dia Ci­vil que lle­gan al lu­gar co­rren es­ca­le­ras arri­ba. Se te­men lo peor.

«Que no sea vio­len­cia do­més­ti­ca», mas­cu­lla Ju­lia­na Díaz ho­ras des­pués del su­ce­so. «Me ha lla­ma­do mi so­bri­na, que es en­fer­me­ra, y me ha di­cho que ha­bía oí­do que ha si­do el gas. ¿Es así?», co­men­ta la se­ño­ra, de­seo­sa de que sus te­mo­res no se cum­plie­ran. Los ac­ci­den­tes son co­sas de la vi­da. Pue­den ocu­rrir. La vio­len­cia ma­chis­ta «es un as­co», di­ce con fir­me­za des­de el um­bral de la puerta. Fuen­tes de la in­ves­ti­ga­ción ase­gu­ra­ban que la ma­dre, Ana Ro­sa­do, de 42 años, ha­bía muer­to es­tran­gu­la­da y los pe­que­ños, un ni­ño de 5 años y una ni­ña de 8, as­fi­xia­dos. La Guar­dia Ci­vil apun­ta­ba de for­ma cla­ra ha­cia un nue­vo ca­so de vio­len­cia ma­chis­ta. La víc­ti­ma nú­me­ro 17 —se­gún el Mi­nis­te­rio de Sa­ni­dad, Ser­vi­cios So­cia­les e Igual­dad— en lo que va de año, uno de los más crue­les. La De­le­ga­ción del Go­bierno de Cas­ti­lla-La Man­cha re­co­no­ció que no ha­bía nin­gu­na de­nun­cia pre­via por ma­los tra­tos.

Años de de­pre­sión

Con la ca­lle cor­ta­da, los cu­rio­sos se agol­pa­ban para ver qué su­ce­día. Los ve­ci­nos mos­tra­ban un dis­cur­so pa­re­ci­do. «Era una fa­mi­lia nor­mal y tran­qui­la. No lo pue­do lle­gar a en­ten­der», afir­ma una de las ve­ci­nas. Pe­pe, ami­go su­yo, re­afir­ma sus pa­la­bras. «Él ha tra­ba­ja­do siem­pre en el Ayun­ta­mien­to. Era un tío muy co­no­ci­do. Del pue­blo», aña­de. Isi­do­ro Már­quez coin­ci­dió con Ma­nuel, de 48 años, cuan­do am­bos tra­ba­ja­ban de al­gua­ci­les mu­ni­ci­pa­les «ha­ce mu­cho tiem­po». En el pue­blo es di­fí­cil en­con­trar a al­guien que no co­no­cie­ra a Ma­nuel, que des­de ha­ce años su­fría de­pre­sión. Des­de ha­ce seis años te­nía un pues­to en la pis­ci­na. Allí acu­día ca­si to­dos los do­min­gos para dar­se un ba­ño con sus hi­jos y su mu­jer. «Una fa­mi­lia nor­mal. No en­tien­do nada», co­men­ta­ba otra ve­ci­na

Mien­tras que Ma­nuel era po­pu­lar, su mu­jer, Ana, na­tu­ral de Pe­dro Muñoz, a unos 17 ki­ló­me­tros de Cam­po de Crip­ta­na, era to­do lo con­tra­rio. Una som­bra. Los ve­ci­nos no pa­san de se­ña­lar que era «edu­ca­da y muy bue­na gen­te». Po­co más. No obs­tan­te, la fa­mi­lia sí pro­vo­ca­ba ex­tra­ñe­za. Se ha­bían cam­bia­do mu­chí­si­mo de ca­sa den­tro del pue­blo. Nin­gu­na los con­ven­cía. En la vi­vien­da del su­ce­so so­lo lle­va­ban dos me­ses.

M. CIEZA EFE

Mo­men­to del tras­la­do de uno de los tres cuer­pos ha­lla­dos ayer en una vi­vien­da de Cam­po de Crip­ta­na (Ciu­dad Real).

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