Un alia­do pa­ra pa­dres preo­cu­pa­dos por In­ter­net

Tra­ba­ja con pro­ge­ni­to­res que quie­ren es­tar al tan­to de la tec­no­lo­gía y con­te­ni­dos que ma­ne­jan sus hi­jos

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - MA­RÍA HERMIDA

Da­vid Ló­pez, que pei­na aho­ra los 33 años, llo­ró muy po­cas ve­ces en su vi­da. Di­ce que le so­bran los de­dos de una mano pa­ra con­tar­las, que él es de los que an­te un pro­ble­ma con­tie­ne emo­cio­nes e in­ten­ta bus­car­le «el la­do bueno». Pe­ro le que­dó gra­ba­da una de las úl­ti­mas ve­ces que las lá­gri­mas le ro­da­ron por las me­ji­llas. Fue ya ha­ce al­gu­nos años. Es­ta­ba tra­ba­jan­do. Y se frus­tró porque le ha­bían en­car­ga­do una ta­rea que no le co­rres­pon­día y, aun­que pu­so to­do su em­pe­ño pa­ra ha­cer­la bien, no lo con­si­guió. «Sa­bía que no me co­rres­pon­día ha­cer lo que me ha­bían man­da­do, pe­ro soy in­quie­to y qui­se ha­cer­lo, me gus­ta apren­der y ha­cer co­sas nue­vas», cuen­ta. Lo que le ocu­rrió aquel día es una anéc­do­ta. Pe­ro, en par­te, ade­lan­ta lo que hi­zo des­pués. Porque Da­vid, que es­tu­dió un ci­clo de in­for­má­ti­ca e in­ten­tó tam­bién ha­cer la ca­rre­ra de la mis­ma ra­ma, aun­que no la ter­mi­nó, es­ta­ba a gus­to tra­ba­jan­do co­mo asa­la­ria­do de ca­ra al pú­bli­co. Lo hi­zo en el gre­mio hos­te­le­ro. Lo hi­zo en un ser­vi­cio téc­ni­co te­le­fó­ni­co. Y lo hi­zo ven­dien­do mó­vi­les. Pe­ro su ca­be­za in­quie­ta no pa­ra­ba de pen­sar. Y un día de­ci­dió em­pren­der. Que­ría tra­ba­jar en al­go que su­ma­se las dos co­sas que más le gus­tan: el tra­to con los clien­tes y la in­for­má­ti­ca, so­bre to­do en la par­te que tie­ne que ver con las nue­vas tec­no­lo­gías. Des­de el año pa­sa­do, es el al­ma má­ter de un pro­yec­to que, en­tre otras co­sas, ofre­ce a los pa­dres he­rra­mien­tas téc­ni­cas pa­ra es­tar al tan­to de qué ven y qué no sus hi­jos en In­ter­net.

Da­vid di­ce que siem­pre fue «el pa­ya­so» de su ca­sa. Lo di­ce con una car­ca­ja­da al fi­nal, al­go que se re­pi­te cuan­do cuen­ta otras mu­chas co­sas. Es de Mou­ren­te, y es

hi­jo de unos pa­dres que en su día fue­ron emi­gran­tes. Así que en su pro­pia ca­sa tie­ne ejem­plos de lo du­ra que pue­de ser la vi­da la­bo­ral. Es­tu­dió en el Prín­ci­pe Fe­li­pe pri­me­ro, don­de los maes­tros so­lían de­cir­le que «vi­vía de ren­tas» porque apro­ba­ba es­tu­dian­do el último día, y lue­go hi­zo ba­chi­ller y COU en el To­rren­te Ba­lles­ter. Lo su­yo, al igual que lo de su her­mano, siem­pre fue la in­for- má­ti­ca. Em­pe­zó un ci­clo pri­me­ro. Se ani­mó con la ca­rre­ra. La de­jó y re­gre­só al ci­clo. A par­tir de ahí, em­pe­zó a tra­ba­jar en dis­tin­tas em­pre­sas. Has­ta que de su ca­be­za sa­lió Con­cien­cia­tec. «Se me ocu­rrió un pro­yec­to que con­sis­te en en­se­ñar a apro­ve­char las nue­vas tec­no­lo­gías. Des­de en­se­ñar a ma­yo­res a uti­li­zar los mó­vi­les o un or­de­na­dor a otros mu­chos cam­pos, co­mo uno que más me in­tere­sa, que es el de dar­le la po­si­bi­li­dad a los pa­dres, ofre­cer­les he­rra­mien­tas téc­ni­cas, pa­ra que pue­dan co­no­cer y es­tar al tan­to de qué ha­cen sus hi­jos en In­ter­net y con las apli­ca­cio­nes y apa­ra­tos que ellos uti­li­cen».

De­man­da de con­se­jos

Se pu­so en mar­cha. Y le apa­re­cie­ron clien­tes. Se ríe al re­cor­dar lo bien que se lo pa­sa en­se­ñan­do a ma­yo­res a usar apli­ca­cio­nes y la sa­tis­fac­ción que lee en sus ros­tros cuan­do al fin pue­den ha­cer por ellos mis­mos lo que más desea­ban: usar el What­sApp u otras apli­ca­cio­nes pa­ra co­mu­ni­car­se con sus hi­jos y nie­tos. Pe­ro Da­vid tam­bién tu­vo mo­men­tos di­fí­ci­les en el po­co tiem­po que lle­va co­mo em­pren­de­dor. Amén de que los ini­cios son du­ros eco­nó­mi­ca­men­te, se dio cuen­ta de que los pa­dres, ade­más de he­rra­mien­tas téc­ni­cas, de­man­dan mu­cha ayu­da pe­da­gó­gi­ca, mu­chos con­se­jos so­bre qué se de­be con­tro­lar y qué no... así que Da­vid se to­mó a con­cien­cia de que le to­ca­ba po­ner­se a es­tu­diar. Acu­de a char­las, a cur­sos, se está sa­can­do la ha­bi­li­ta­ción co­mo for­ma­dor, es un asis­ten­te fi­jo en reunio­nes re­la­cio­na­das con la crea­ti­vi­dad... co­mo re­su­me en su Fa­ce­book, su «ca­be­za no pa­ra». Da­vid in­sis­te en que, más allá de las tec­no­lo­gías, él se que­da con el ca­ra a ca­ra con el clien­te. Con el tra­to per­so­nal. Y uno lo en­tien­de cuan­do, sen­ta­do en una me­sa de su ofi­ci­na, sa­le con la men­te de ese es­pa­cio y se tras­la­da a su ca­sa.

Ha­bla en­ton­ces de que úl­ti­ma­men­te le to­ca arri­mar el hom­bro. Su padre tie­ne una dis­ca­pa­ci­dad. Su ma­dre está re­cién ope­ra­da. Y hay un abue­lo de 95 años al que no so­por­ta oír de­cir «ay, ay, ay». Así que se de­di­ca a le­van­tar­le el áni­mo. Cuen­ta que no oía. Y que tu­vo que lu­char has­ta que lo­gró con­ven­cer­le pa­ra com­prar unos au­dí­fo­nos. «Aho­ra está fe­liz», di­ce. El si­guien­te re­to es que acep­te la lu­pa que pien­sa lle­var­le pa­ra que pue­da vol­ver a leer el pe­rió­di­co. Ha­bla de él, de la fa­mi­lia, de que «hay que es­tar sí o sí cuan­do hay que es­tar» y se le ilu­mi­na la ca­ra. Di­ce que a ve­ces su tra­ba­jo con­sis­te en ha­cer­les reír. Pe­ro que tam­bién apren­dió a po­ner­le pa­ña­les a un adul­to. Lo cuen­ta to­do con esa car­ca­ja­da tan ca­rac­te­rís­ti­ca su­ya. Y di­ce: «Es­toy se­gu­ro que el pro­yec­to la­bo­ral me irá bien». Pues se­gu­ro.

RA­MÓN LEI­RO

Mon­tó su ofi­ci­na de em­pren­de­dor en el Arroe­lo y no pue­de es­tar más con­ten­to. Se­ña­la que se siente muy arro­pa­do y que es muy fá­cil ti­rar ha­cia ade­lan­te cuan­do es­tás ro­dea­do de per­so­nas em­pren­de­do­ras de dis­tin­tos cam­pos.

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