Ca­da en­la­ce, un mun­do di­fe­ren­te

Los no­vios tien­den a per­so­na­li­zar ca­da vez más su gran día, tan­to por den­tro co­mo por fue­ra

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Reportaje - C. G. DE BUR­GOS

Es úni­ca. No im­por­ta si unas ho­ras des­pués al­guien vol­ve­rá a ca­sar­se en ese mis­mo si­tio, o si tam­bién ser­vi­rán ma­ris­co. La bo­da de ca­da pa­re­ja es úni­ca. Lo es pa­ra los in­vi­ta­dos y lo es, so­bre to­do, pa­ra los no­vios. Y ca­da día más. Los en­la­ces es­tán­dar se han con­ver­ti­do en la ba­se so­bre la cual ca­da fu­tu­ro cón­yu­ge le­van­ta sus gus­tos. To­dos tie­nen, eso sí, al­go en co­mún: un en­torno pri­vi­le­gia­do. A ape­nas unos ki­ló­me­tros de Pon­te­ve­dra, la Fin­ca Ba­ta­cos per­mi­te re­fu­giar­se en un jar­dín con la­go in­clui­do en el que ce­le­brar con has­ta cer­ca de cua­tro­cien­tos ami­gos y fa­mi­lia­res uno de los días más im­por­tan­tes de to­dos ellos.

Pe­ro si la idea es ale­jar­se en busca de al­gún gra­do más de tem­pe­ra­tu­ra y en un en­torno más ru­ral, la Fin­ca Ga­llei­ro, en Pa­zos de Bor­bén, da­rá co­bi­jo a unos 200 in­vi­ta­dos. Al­gu­nos me­nos que lo que po­drán dis­fru­tar de los al­re­de­do­res de San­tia­go en el Pa­zo de Co­res, en Ne­grei­ra. To­dos ellos con la ga­ra­nSu tía de Mo­chi, una de las mar­cas de cá­te­rin y ce­le­bra­ción de even­tos que no ne­ce­si­ta pre­sen­ta­ción en Pon­te­ve­dra des­de ha­ce ya dé­ca­das.

equi­po, for­ma­do en ca­da ca­so por en­tre die­ci­séis y die­ci­sie­te per­so­nas, se en­car­ga­rá de dar forma a ca­da ca­pri­cho de los no­vios. So­bre to­do, te­nien­do en cuen­ta que ca­da día son más. Las pa­re­jas lle­gan a Mo­chi Even­tos con las ideas cla­ras y con un in­ten­so de­seo de per­so­na­li­zar su bo­da. Des­de la ins­ta­la­ción de pho­to­calls has­ta el ár­bol de los de­seos pa­san­do por los glo­bos de los de­seos, to­do es po­si­ble en un día co­mo ese. Los pin­cha­dis­cos han ido to­man­do fuer­za, y la co­mi­da ha da­do un gi­ro im­por­tan­te.

Las me­sas te­má­ti­cas se han ido im­po­nien­do en los úl­ti­mos años sin lí­mi­te de ima­gi­na­ción. De sus­hi, de ja­món ibé­ri­co, de que­sos, de bi­val­vos, de em­pa­na­das, de tar­tas, de pul­po o de sal­món. Si lo quie­re, se pue­de ha­cer. Los ape­ri­ti­vos sir­ven de car­ta de pre­sen­ta­ción a lo que le es­pe­ra al co­men­sal una vez to­me asien­to. Aun­que, so­bre la me­sa, el ma­ris­co si­gue sien­do la es­tre­lla. Fue­ra de ella, lo que ha lle­va­do a to­dos has­ta allí si­gue sien­do la rei­na.

FO­TO MO­CHI

La fin­ca Ba­ta­cos se ha con­ver­ti­do en un em­ble­ma de la ca­sa.

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