Or­te­ga pa­ga, la sa­ni­dad pú­bli­ca recibe

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Opinión - SO­FÍA VÁZQUEZ

El mie­do le in­va­de el cuer­po has­ta que es in­ca­paz de pen­sar. Le su­dan las ma­nos. Su voz tiem­bla y la zo­na lum­bar se ten­sa has­ta el pun­to que no le de­ja le­van­tar­se de la si­lla y mu­cho me­nos an­dar. Gi­ra la ca­be­za y mi­ra a los ojos del es­pe­cia­lis­ta cuan­do en­tra en la con­sul­ta y co­ge el his­to­rial. En la úl­ti­ma pá­gi­na, apa­re­ce la pa­la­bra te­mi­da: cán­cer. El mun­do se de­rrum­ba y es ne­ce­sa­rio es­ca­lar en­tre sus rui­nas. Co­mien­za en­ton­ces un pro­ce­so que no se fre­na, aun­que él qui­sie­ra pa­rar­lo pa­ra vi­vir en cal­ma los días que le que­den. Ci­ta con el on­có­lo­go. De ra­dio­te­ra­pia a qui­mio­te­ra­pia. Vó­mi­tos, llan­to, que­bran­to del al­ma. Áni­mos que po­co sir­ven pa­ra apar­tar el mie­do a la muer­te, una muer­te que se an­he­la cuan­do el fin está cer­ca y el cuer­po de­jó de ser del en­fer­mo pa­ra ser del sis­te­ma sa­ni­ta­rio. Los ni­ños de ca­sa mi­ran a la ha­bi­ta­ción de pa­pá de reojo. Está tan mal que no se atre­ven a pa­sar. Sin em­bar­go, to­da­vía hay es­pe­ran­za.

Aman­cio Or­te­ga, uno de los hom­bres más ri­cos del mun­do —pe­ro que no vi­ve en New York sino en A Coruña, y tra­ba­ja en Ar­tei­xo y no en Wall Street—, aca­ba de do­nar a tra­vés de su fun­da­ción 320 mi­llo­nes de eu­ros a la sa­ni­dad pú­bli­ca pa­ra la ad­qui­si­ción de unos equi­pos que re­du­cen a la mi­tad la du­ra­ción del tra­ta­mien­to del cán­cer. Por ejem­plo, el de ma­ma pa­sa­rá de seis a tres se­ma­nas; el de prós­ta­ta, de ocho a cua­tro, y las se­sio­nes de tres ho­ras en el ca­so de un tu­mor ce­re­bral se re­du­ci­rán a vein­te mi­nu­tos.

¿Sa­ben por qué es­te em­pre­sa­rio que em­pe­zó en un ta­ller cu­tre y aho­ra tie­ne un im­pe­rio en el que tra­ba­jan 160.000 per­so­nas apos­tó por es­ta ac­ción? Pri­me­ro, porque le dio la ga­na y pue­de ha­cer­lo; segundo, porque ha­brá pen­sa­do que es una ma­ne­ra de ayu­dar y de com­par­tir lo que tie­ne, y ter­ce­ro, porque es una lí­nea de ac­tua­ción prác­ti­ca que re­per­cu­te de ma­ne­ra be­ne­fi­cio­sa y di­rec­ta en esos 200.000 hom­bres, mu­je­res y ni­ños que ca­da año es­cu­chan que su diag­nós­ti­co es cán­cer.

Te­nien­do en cuen­ta que ve­ni­mos arras­tran­do diez años de du­ros re­cor­tes tam­bién pu­dié­ra­mos con­ve­nir —o al me­nos de­du­cir— que la tec­no­lo­gía lo­ca­li­za­da en los hos­pi­ta­les pú­bli­cos es­pa­ño­les tam­bién ha su­fri­do las con­se­cuen­cias de los ti­je­re­ta­zos. Por lo tan­to, la de­ci­sión de Or­te­ga pa­re­ce que ha es­ta­do —co­mo po­co— bien pen­sa­da. No ha op­ta­do por mon­tar un hos­pi­tal pro­pio ni por ha­cer la do­na­ción a un cen­tro pri­va­do, con lo que re­ven­ta­ría la com­pe­ten­cia en el sec­tor sa­ni­ta­rio y fa­ci­li­ta­ría los úl­ti­mos avan­ces a unos po­cos.

Los que cri­ti­can el des­em­bol­so de 320 mi­llo­nes de eu­ros en la com­pra de los equi­pos tie­nen que te­ner en cuen­ta que no ofen­den los que quie­ren, sino los que pue­den. Es­ta vez no pue­den, pe­ro ade­más to­dos sa­be­mos que siem­pre hay idio­tas de guar­dia que cri­ti­can al tiem­po que se equi­vo­can de ob­je­ti­vo.

La Fun­da­ción Or­te­ga tie­ne cla­ro que no de­ja­rá de ac­tuar pa­ra «con­tri­buir a la cons­truc­ción de una so­cie­dad que ofrez­ca las mis­mas opor­tu­ni­da­des a to­dos los que for­man par­te de ella a tra­vés del tra­ba­jo en los sec­to­res de la edu­ca­ción y la asis­ten­cia so­cial». Qui­zá ese em­pe­ño ven­ga mo­ti­va­do porque el que hoy es el hom­bre en­vi­dia­do por su ri­que­za em­pre­sa­rial nun­ca ol­vi­dó una in­fan­cia, aun­que fe­liz, lle­na de ne­ce­si­da­des, y la du­re­za de cum­plir con un tra­ba­jo sin con­tra­to cuan­do se aca­ban de cum­plir los 13 años.

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