¡Son­che troi­tas!

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Relatos De Verán -

Era al­to pa­ra su edad. Su pe­lo os­cu­ro ca­si le cu­bría los ojos y sus ma­nos se hun­dían en los bol­si­llos de la cha­que­ta de­ma­sia­do gran­de. Re­co­rría el sen­de­ro con la ca­be­za ba­ja dan­do pa­ta­das a los gui­ja­rros. In­ten­té cap­tar su aten­ción, pe­ro mi tío me des­ani­mó con un ges­to. Más tar­de me ex­pli­có: «Es muy listo, pe­ro en la es­cue­la di­cen que no. Que hay que man­dar­lo a un cen­tro es­pe­cial por­que ha de­ja­do de ha­blar».

Ob­ser­vé al chi­co. Sí ha­bla­ba, pe­ro so­lo con su abue­la.

Al día si­guien­te me re­en­con­tré con mis tíos y su nie­to en la bo­da que me ha­bía lle­va­do al pue­blo. Fue des­pués de la ce­re­mo­nia en el res­tau­ran­te con to­da la fa­mi­lia ro­dean­do a no­vios, ellos coin­ci­die­ron fren­te a mí.. El ni­ño, re­pei­na­do y ves­ti­do de fies­ta no de­ja­ba de mi­rar­me y sus ojos chis­pea­ban cu­rio­sos. Lo sa­lu­dé, pe­ro no res­pon­dió. No co­mió ape­nas, a pe­sar de la in­sis­ten­cia de sus abue­los. A mi la­do, uno de mis pri­mos me ex­pli­có que Lu­cho, que así se lla­ma­ba, es­ta­ba con sus abue­los por­que sus pa­dres ha­bían emi­gra­do a Bél­gi­ca. «No ha­bla —di­jo— des­de que sus pa­dres se fue­ron».

La bo­da ha­bía pa­sa­do a la fa­se del bai­le y las bro­mas y ol­vi­dé a Lu­cho, pe­ro cuan­do la or­ques­ta ini­ció un des­can­so vol­ví a la me­sa y allí es­ta­ba él, con los bra­zos cru­za­dos y la ca­be­za in­cli­na­da. Pa­re­ció des­per­tar. Los ojos chis­pea­ron de nue­vo y yo le son­reí. Dos se­gun­dos des­pués es­ta­ba a mi la­do. Me mi­ra­ba em­bo­ba­do. Creo que me son­ro­jé de tan­ta ad­mi­ra­ción. Se acer­có más y muy des­pa­cio co­gió en­tre sus de­dos uno de mis pen­dien­tes: un pe­ce­ci­llo do­ra­do con una per­la en la bo­ca. Con la otra mano su­je­tó el otro y me mi­ró triun­fan­te: «¡Son­che troi­tas!», di­jo. Lue­go los sol­tó con ra­pi­dez y con las dos ma­nos se ta­pó la bo­ca. Su ros­tro ha­bía en­ro­je­ci­do.

Me en­te­ré mu­cho tiem­po des­pués de que Lu­cho no ha­bía de­ja­do de ha­blar por la mar­cha de sus pa­dres, sino que en la es­cue­la su maes­tra y sus com­pa­ñe­ros se rie­ron de él cuan­do es­te ase­gu­ró que en su ca­sa se la­va­ban con «xa­brón».

Hoy tie­ne un buen empleo y ha­bla en el idio­ma que pre­fie­re.

RO­SA­RIO BA­RROS PE­ÑA A Co­ru­ña. Pen­sio­nis­ta.

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