Ro­bert Mit­chum, un si­glo en­tre el amor y el odio

Holly­wood ne­gó el Óscar al ac­tor de «La no­che del ca­za­dor», una de las mi­ra­das más tur­ba­do­ras del ci­ne

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura - MI­GUEL LORENCI

La pa­la­bra amor ta­tua­da en los nu­di­llos su mano de­re­cha. Odio en los de la iz­quier­da. Harry Po­well, el ate­rra­dor y fal­so pre­di­ca­dor que Ro­bert Mit­chum en­car­nó en La no­che del ca­za­dor, con­vir­tió en le­yen­da al in­dó­mi­to ac­tor es­ta­dou­ni­den­se, que ha­bría cum­pli­do ma­ña­na cien años. Con su ros­tro du­ro y an­gu­lo­so, fue un so­brio in­tér­pre­te que sa­có pe­tró­leo de su inex­pre­si­vi­dad y lo fio to­do a su tur­ba­do­ra e in­quie­tan­te mi­ra­da. Holly­wood le ne­gó el Óscar por su ma­la vi­da, pe­ro su ros­tro lle­na­ba la pan­ta­lla. Su ho­yue­lo del men­tón se­du­jo a la cá­ma­ra tan­to en los pa­pe­les de vi­llano co­mo en los de hé­roe que en­car­nó en un cen­te­nar de pe­lí­cu­las a lo lar­go de una de­sigual ca­rre­ra de cin­co dé­ca­das. La fá­bri­ca de sue­ños tar­dó en ex­plo­tar un ros­tro idó­neo pa­ra los ti­pos cí­ni­cos, es­cép­ti­cos, du­ros, re­bel­des y ator­men­ta­dos protagonistas de al­gu­nos de sus ma­yo­res éxi­tos: Re­torno al pa­sa­do, Ca­ra de án­gel y, so­bre to­do, La no­che del ca­za­dor, el úni­co fil­me que di­ri­gió Char­les Laugh­ton y que hi­zo de su de­mo­nía­co per­so­na­je un icono de la his­to­ria del ci­ne.

Bo­xea­dor, can­tan­te, com­po­si­tor y poe­ta ade­más de ac­tor, su­po Mit­chum al­ter­nar la mal­dad del cri­mi­nal con la no­ble­za de sus cre­pus­cu­la­res an­ti­hé­roes. Na­ci­do en Brid­ge­port, Con­nec­ti­cut, el 6 de agos­to de 1917, tu­vo una in­fan­cia di­fí­cil. Ado­les­cen­te con­flic­ti­vo y pen­den­cie­ro, con do­ce años fue ex­pul­sa­do de la es­cue­la por pe­gar al di­rec­tor y con quin­ce se mar­chó de ca­sa. Se bus­có la vi­da en mil ofi­cios: es­ti­ba­dor, mi­ne­ro, de­pen­dien­te, o por­te­ro de ca­ba­ré. De­te­ni­do por va­ga­bun­dear, pro­bó suer­te co­mo bo­xea­dor y li­bró una trein­te­na de com­ba­tes en los que for­jó su ro­bus­to fí­si­co y cin­ce­ló a gol­pes su ros­tro. Su tris­te e in­tri­gan­te mi­ra­da se­ría, se­gún al­gu­nos, fru­to de las le­sio­nes en el ring. Pa­ra­dig­ma del ac­tor de re­par­to, acep­ta­ba sin re­mil­gos los tra­ba­jos ali­men­ti­cios que le pro­po­nían los es­tu­dios. «Lo que tie­ne de bueno es­te tra­ba­jo es que em­pie­zas a las nue­ve de la ma­ña­na, aca­bas a las seis de la tar­de, te pa­gan to­dos los vier­nes, te di­cen qué de­bes ha­cer y qué tie­nes que de­cir. Y ya es­tá, eso es to­do. No hay más tru­cos», con­fe­sa­ba.

Ro­bert Mit­chum, en «La no­che del ca­za­dor».

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