«‘Ca­cha­rros’ es un es­pec­tácu­lo tierno, son como be­bés gran­des»

A pun­to de cum­plir vein­te años de vi­da, Bam­ba­lúa inau­gu­ra Iti­ne­ran­ta en dos pa­ses, de 20 y 21.30 h

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra -

Al­fon­so Ma­tía (Bur­gos, 1971) re­co­no­ce que so­lo es­tu­vo una vez cer­ca de Pon­te­ve­dra, en Ma­rín («ha­ce bas­tan­tes años»). Ma­ña­na abre Iti­ne­ran­ta 2017 con Ca­cha­rros.

—En un es­pec­tácu­lo se­mi­im­pro­vi­sa­do, ¿quién se lo pa­sa me­jor, los ac­to­res o los ni­ños?

—Es una mez­cla. El éxi­to de es­te ti­po de es­pec­tácu­los es el feed­back que re­ci­be tan­to el ac­tor como el pro­pio es­pec­ta­dor, los ni­ños y adul­tos. La pa­la­bra que me­jor lo de­fi­ne es un es­pec­tácu­lo tierno, en el sen­ti­do de que es­tos ca­cha­rros son un po­co como be­bés gran­des que aca­ban de na­cer y des­cu­bren el mun­do por pri­me­ra vez, y el es­pec­ta­dor a ellos.

—Son ca­cha­rros, pe­ro con per­so­na­li­dad pro­pia...

—Sí, di­ga­mos que el doc­tor Chis­pe­ro, que es quien lo ha crea­do y pues­to a pun­to, los ha he­cho di­fe­ren­tes, y tie­ne su per­so­na­li­dad. Hay al­gu­nos de ellos que es más pí­ca­ro, más inocen­te y ju­gue­tón, y a al­guno se le ha ol­vi­da­do po­ner­le al­gún de­ta­lli­to, como los bra­zos... Así que tie­ne que ju­gar con otras cues­tio­nes y, so­bre to­do, lo más des­ta­ca­ble de to­dos ellos es la mi­ra­da. No tie­nen ojos real­men­te por­que ha­cen un tra­ba­jo de más­ca­ra neu­tra. Las en­car­ga­mos a un di­se­ña­dor a Es­ta­dos Uni­dos, que ha­ce mu­chos años que tra­ba­jó en la es­cue­la de Le­coq, y ese tra­ba­jo se tras­la­da del es­ce­na­rio a la ca­lle y se mul­ti­pli­ca por cua­tro pa­ra que el es­pec­ta­dor pue­da sim­pa­ti­zar con el ac­tor que va den­tro de ca­da ca­cha­rro.

—¿Hay al­guno que sea el fa­vo­ri­to de los ni­ños?

—Es­tá mal que lo di­ga, pe­ro sí: Me­du­sa, que es el que no tie­ne bra­zos y es el más ju­gue­tón, el que más se des­pis­ta y el que más lla­ma la aten­ción de los ni­ños, por­que qui­zá es el más di­fe­ren­te en­tre co­mi­llas. Ca­da uno que ha­ga lue­go sus ana­lo­gías de ca­ra a la so­cie­dad. Los cua­tro ca­cha­rros son muy ama­bles y cer­ca­nos al pú­bli­co. Lo úni­co es que el pro­fe­sor Chis­pe­ro tie­ne que es­tar aler­ta pa­ra que no se des­pis­ten y el pú­bli­co ten­drá que ayu­dar un po­qui­to pa­ra ver si los ca­cha­rros fun­cio­nan bien o a lo me­jor no son ca­cha­rros del to­do y es­tán al­go hu­ma­ni­za­dos. Eso es lo que des­cu­bri­re­mos.

—Ca­lle, ni­ños... ¿Da un po­co de mie­do em­pe­zar una gi­ra tan ba­sa­da en la im­pro­vi­sa­ción?

—En reali­dad es una im­pro­vi­sa­ción re­la­ti­va por­que ha­ce­mos una o dos pa­ra­das en fun­ción del pú­bli­co que es­tán ce­rra­das y hay co­reo­gra­fías de mo­vi­mien­to y de ac­ción. Es­tá di­ri­gi­da y con­tro­la­da. Son mu­chos años de com­pa­ñía, el que vie­ne ha­ce­mos 20, y hay mu­cho ba­ga­je.

M. Á. VALDIVIESO

«Ca­cha­rros» son cua­tro ro­bots re­cién crea­dos que no son tan me­cá­ni­cos.

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