Is­la Ga­li­cia

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Relatos De Verán -

—Abue­lo, ¿tú de pe­que­ño tam­bién ve­nías aquí?

—Me te­mo que no —res­pon­dió el an­ciano—. To­da­vía no exis­tía es­te lu­gar.

El mu­cha­cho se que­dó ab­sor­to en su pen­sa­mien­to, mien­tras el zum­bi­do del se­dal en el ai­re y el des­li­zar rá­pi­do del ca­rre­te rom­pían el si­len­cio de la ca­lu­ro­sa tar­de de verano.

—Pe­ro có­mo… —in­sis­tió des­de su asien­to, mi­ran­do de sos­la­yo—. ¿No fuis­te tú el que en­se­ñó a mi pa­dre a pes­car?

—Cla­ro que fui yo —afir­mó con una son­ri­sa abier­ta—. So­lo que fue en otra cos­ta, en un pue­ble­ci­to de Fi­nis­te­rre.

Brais aga­rra­ba su ca­ña con am­bas ma­nos, aguar­dan­do la po­si­ble sa­cu­di­da que en cual­quier mo­men­to po­dría pro­du­cir­se, cuan­do la idea que le ron­da­ba la cabeza le sor­pren­dió al sa­lir de re­pen­te for­mu­la­da por su bo­ca.

—En­ton­ces, es­te si­tio don­de nos en­con­tra­mos aho­ra, ¿an­tes no es­ta­ba?

El abue­lo se ajus­tó la vi­se­ra an­te el in­ce­san­te sol y apo­yan­do su ca­ña en­tre dos enor­mes pie­dras, be­bió agua fres­ca de la can­tim­plo­ra.

—A ver, don cu­rio­so —di­jo acla­rán­do­se la voz—. Se­gu­ra­men­te ya te lo ha­brán ex­pli­ca­do en el co­le­gio o tal vez… es­pé­ra­te, ¿tú cuán­tos años tie­nes? —Nue­ve, ca­si diez. —Dios mío, có­mo pa­sa el tiem­po… —ca­vi­ló—. No, qui­zás aún no. ¿Y en qué año vi­vi­mos? —En el 2034 —con­tes­tó ex­pec­tan­te. —Ajá, pues es­to, si no me equi­vo­co… creo re­cor­dar que ocu­rrió allá por el in­vierno del 2017. Ve­rás. Nun­ca se su­po real­men­te có­mo pu­do lle­gar a su­ce­der al­go así. Los cien­tí­fi­cos ex­pli­ca­ron que en las pla­cas oceá­ni­cas se pro­du­jo una se­rie de mo­vi­mien­tos sís­mi­cos. ¿Has oí­do ha­blar de esas pla­cas, en el fon­do del mar?

—Sí, lo vi­mos en Cien­cias, el cur­so pa­sa­do.

—Muy bien. Pues esas pla­cas se em­pe­za­ron a des­li­zar, su­per­po­nién­do­se unas so­bre otras —di­jo jun­tan­do am­bas ma­nos—. Eso pro­du­jo que el cli­ma en Ga­li­cia cam­bia­se ra­di­cal­men­te, con inaca­ba­bles tor­men­tas y te­rro­rí­fi­cos ma­re­mo­tos azo­tan­do to­da la cos­ta.

—¡Qué mie­do! —ex­cla­mó Brais, con los ojos muy abier­tos—. Pe­ro to­do eso, ¿pa­só so­lo en Ga­li­cia?

—Sí, so­lo aquí, cuan­do aún per­te­ne­cía­mos a la pe­nín­su­la Ibé­ri­ca.

Tras un si­len­cio re­fle­xi­vo, pre­gun­tó: —¿Por eso aho­ra so­mos una is­la? —Así es, Brais. Los co­rri­mien­tos de tie­rra se su­ce­dían día tras día has­ta que Ga­li­cia que­dó com­ple­ta­men­te se­pa­ra­da de España, flo­tan­do a la de­ri­va, va­rán­do­se jus­to don­de nos en­con­tra­mos en me­dio del Atlán­ti­co. —¡Qué pa­sa­da! —ex­cla­mó. —Ya lo creo —di­jo sen­tán­do­se, vol­vien­do a su­je­tar la ca­ña—. Mu­chos di­je­ron que fue co­sa de mei­gas, otros que la pro­pia tie­rra ga­lle­ga se can­só de ser ig­no­ra­da y op­tó por des­pren­der­se a su suer­te… Quién sa­be, co­sas de la na­tu­ra­le­za…

—Abue­lo, ¿y crees que al­gún día vol­ve­rán a jun­tar­se?

El an­ciano se le que­dó ob­ser­van­do, du­bi­ta­ti­vo. Al ca­bo de un ins­tan­te, res­pon­dió con otra pre­gun­ta:

—¿Aca­so tú y yo, no pes­ca­mos tan a gus­to en la cos­ta de Ou­ren­se?

ÓS­CAR CA­MI­ÑO SANTOS 40 años. A Co­ru­ña.

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