Las ca­lles vi­ven la Se­ma­na Gran­de

«A mí me traían de pe­que­ña y aho­ra yo los trai­go a ellos». La tra­di­cio­nal ofren­da reúne a va­rias ge­ne­ra­cio­nes

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - VALERIA GIRÁLDEZ

Na­die qui­so per­der­se ayer el es­pec­tácu­lo. El tras­la­do de la ca­rro­za pro­ce­sio­nal pa­ra la ofren­da flo­ral en el san­tua­rio de la Vir­gen Pe­re­gri­na es una de las ci­tas im­pres­cin­di­bles en la ciu­dad del Lé­rez. A pe­sar de que la co­mi­ti­va no lle­ga­ba a la pla­za cen­tral has­ta la una y cuar­to, a las do­ce ya es­ta­ba ca­si to­do el es­pa­cio ocu­pa­do. «Le lle­ga bien es­tar aquí al sol, pe­ro bueno, a no­so­tros nos gus­ta mu­cho es­to y que­re­mos un buen si­tio pa­ra no per­der de­ta­lle», ex­pli­ca Ma­ría del Car­men Re­gue­ra que, acom­pa­ña­da por su nie­ta, aguar­dó ca­si ho­ra y me­dia pa­ra pre­sen­ciar uno de sus even­tos fa­vo­ri­tos en pri­me­ra fi­la.

Los pa­sa­ca­lles re­co­rrie­ron las vías del cen­tro his­tó­ri­co des­de las do­ce y me­dia, en su par­ti­cu­lar pro­ce­sión has­ta la pla­za de la Pe­re­gri­na, ani­man­do y ha­cien­do par­tí­ci­pe al pú­bli­co en to­do mo­men­to. Los más pe­que­ños de la mano o a ca­ba­lli­to de sus pa­dres con­tem­pla­ban ma­ra­vi­lla­dos el pa­no­ra­ma. «Ve­ni­mos por los ni­ños so­bre to­do. A mí me traían de pe­que­ña y aho­ra yo los trai­go a ellos, aquí es­ta­mos tres ge­ne­ra­cio­nes», di­ce Ca­ye­ta­na que, jun­to a su ma­dre e hi­jos, da vi­da a uno de los me­jo­res ejem­plos de lo que sig­ni­fi­ca en Pon­te­ve­dra es­te día, la tra­di­ción fa­mi­liar. «Le in­cul­cas a los ni­ños lo que te gus­ta a ti y lo in­terio­ri­zan», se­ña­la la abue­la abra­zan­do a uno de sus nie­tos.

Acer­cán­do­se el mo­men­to de la lle­ga­da de la ca­rro­za el aba­rro­te es in­dis­cu­ti­ble y acen­tos de lo más dis­tin­tos con­vi­ven a po­cos me­tros. «Es­to es pre­cio­so y muy ele­gan­te. Lo que más nos gus­ta es la tem­pe­ra­tu­ra, que me pa­re­ce pri­ma­ve­ra, has­ta me pon­dría unas man­gas», co­men­ta Mi­guel, al­cal­de de En­ci­na­re­jo (Cór­do­ba), que pa­sa unos días en las Rías Bai­xas.

Una vez to­do es­tá lis­to, ra­mos de flo­res en mano, el pú­bli­co se dis­po­ne pa­ra ir a ha­cer su ofren­da a la vir­gen y los hay que ya son au­tén­ti­cos ex­per­tos en de­jar es­te ob­se­quio. «Lle­vo vi­nien­do mu­chí­si­mos años, des­de que ten­go uso de ra­zón y si te di­go que ten­go 77 años, ima­gí­na­te... Ven­dré has­ta que pue­da», apun­ta Pi­lar, na­tu­ral de Pon­te­ve­dra.

El am­bien­te fue in­me­jo­ra­ble. «La par­ti­ci­pa­ción es­tá sien­do ca­da vez más nu­me­ro­sa, que es lo im­por­tan­te pa­ra que no se pier­da. Tam­bién es­tá me­jor or­ga­ni­za­da y la ac­tua­ción lu­ce de otra for­ma», ase­gu­ra Luis Ote­ro, miem­bro de la Aso­cia­ción del Tra­je Tra­di­cio­nal de Pon­te­ve­dra.

La Boa Vi­la dio la bien­ve­ni­da a las fies­tas tal y co­mo me­re­cen.

NOEMI PARGA

Ca­lor en una ciu­dad lle­na. Tras el pre­gón en Mu­gar­te­gui, el pa­sa­ca­lles y el tras­la­do de la ca­rro­za pro­ce­sio­nal pa­ra rea­li­zar la ofren­da a la vir­gen fue­ron se­gui­dos en las ca­lles por cen­te­na­res de pon­te­ve­dre­ses y tu­ris­tas.

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