«Da gus­to ver la ciu­dad así»

En San­tia­go se no­ta la pre­sión de los vi­si­tan­tes, pe­ro hay más que­jas por el es­ca­so gas­to que por el aba­rro­te

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - JOR­GE CASANOVA

Pri­me­ra quin­ce­na de agos­to. Sol y ca­lor por las ca­lles de San­tia­go. Me­dio­día. Pe­re­gri­nos y tu­ris­tas pa­ra pa­rar un tren. «Mu­cha gen­te, la ver­dad», ad­mi­te Ro­sa, una mu­jer de 58 años que ven­de re­cuer­dos en un pues­to ca­lle­je­ro en Xoán XXIII. La se­ño­ra se que­ja un po­co de las ven­tas. Di­ce que hay mu­cha gen­te pe­ro po­co gas­to y agra­de­ce a los por­tu­gue­ses que sean tan re­li­gio­sos y que lle­ven re­cuer­dos pa­ra to­da la fa­mi­lia. «En es­te pues­to ya es­ta­ba mi ma­dre y en­ton­ces se ven­día más. Aho­ra hay mu­cha tien­da de sou­ve­nirs y eso se no­ta». La se­ño­ra no pue­de aca­bar de re­fle­xio­nar sobre el mer­ca­do del re­cuer­do por­que una pa­re­ja de El­che le com­pra un bas­tón de pe­re­gri­na a su hi­ja. Nue­ve eu­ros. —Al­go sí que se ven­de, ¿no? «Hom­bre, es que si no, no es­ta­ría­mos aquí», res­pon­de la se­ño­ra, que ad­mi­te que, no sin apu­ros, el tra­ba­jo ve­ra­nie­go en el pe­que­ño pues­to le re­por­ta los fon­dos su­fi­cien­tes pa­ra re­sis­tir el res­to del año. Ella y las otras cua­tro per­so­nas que vi­ven a su car­go. Así que es ra­zo­na­ble que la se­ño­ra se ex­tra­ñe de quie­nes re­nie­gan del turismo: «No sé por qué. Aquí no hay van­da­lis­mo ni co­sas de esas. Aquí vie­ne mu­cha gen­te, pe­ro no me im­por­ta­ba que vi­nie­ran más. A mí no me es­tor­ban».

Por la rúa de San Fran­cis­co aún se va ti­ran­do y la pra­za do Obra­doi­ro se ve ca­paz de al­ber­gar a bas­tan­te más gen­te de la que pa­sea por allí. De vez en cuan­do ate­rri­za a gri­tos al­gún gru­po nue­vo ce­le­bran­do su lle­ga­da al fi­nal del Ca­mino. Es emo­cio­nan­te cuan­do se ve una vez; o dos. Pe­ro tan se­gui­do pier­de gra­cia: «Se ter­mi­na un po­co can­sa­do de to­do es­to —ad­mi­te un ta­xis­ta—. Pe­ro pa­ra el ne­go­cio es muy bueno, cla­ro. Aun­que tam­bién es cier­to que hay mu­cho turismo ba­ra­to». El hom­bre que­rría de­cir al­go más, pe­ro en­se­gui­da lle­na el ta­xi de gen­te y se tie­ne que ir.

Un de­co­ra­do

No lejos de allí en­cuen­tro otra voz crí­ti­ca: una jo­ven que da a pro­bar tar­ta de San­tia­go con de­no­mi­na­ción de ori­gen: «Es­to es­tá ma­si­fi­ca­do y, si no se con­tro­la, va­mos a mo­rir de éxi­to». Re­fie­re unas re­cien­tes vacaciones en San Se­bas­tián: «Era te­rri­ble por­que los apar­ta­men­tos don­de yo es­ta­ba eran to­dos tu­rís­ti­cos. Es­tán echan­do a la gen­te del cen­tro, que va a aca­bar sien­do un de­co­ra­do». La chi­ca me pre­gun­ta mi opi­nión, co­mo pi­dien­do apo­yo. Pe­ro yo no opino, así que con­ti­núa: «Yo tam­bién vi­vo del turismo pe­ro creo que si bus­ca­mos la ex­ce­len­cia no va­le to­do».

En una jor­na­da co­mo es­ta, ca­mi­nan­do por la al­men­dra de San­tia­go, no es di­fí­cil en­con­trar opi­nio­nes de tu­ris­tas un po­co mo­les­tos por la ma­si­fi­ca­ción. Pe­ro los tu­ris­tas ver­da­de­ros ya sa­ben que eso es lo que to­ca en es­tas ciu­da­des y en es­tas fe­chas: «A mí siem­pre se me des­pier­ta al­go es­pi­ri­tual cuan­do vi­si­to San­tia­go —co­men­ta Al­ber­to, un tu­ris­ta ca­ta­lán de 67 años—, pe­ro tan­ta gen­te me ago­bia un po­qui­to». Via­ja con su mu­jer y otra pa­re­ja: «Pe­ro es­to pa­sa en cual­quier si­tio del mun­do», se­ña­la su com­pa­ñe­ro: «Ade­más, si re­par­tes a to­da es­ta gen­te por San­tia­go, no es tan­to. Lo que pa­sa es que es­ta­mos to­dos en el mis­mo si­tio».

No le fal­ta ra­zón al tu­ris­ta ca­ta­lán. Por la Pra­za da Quin­ta­na ser­pen­tea bus­can­do las som­bras una co­la de 45 mi­nu­tos. Tres cuar­tos de ho­ra pa­ra en­trar a la ca­te­dral: «Es­to pa­re­ce el Va­ti­cano», di­ce un tu­ris­ta pe­ruano. «Aquí no va a pa­sar lo de Bar­ce­lo­na y Ma­llor­ca. Es­te es un turismo cul­tu­ral y la gen­te se com­por­ta de otra ma­ne­ra». Es la opi­nión de Ma­ri Cruz, una vas­ca de 57 años re­si­den­te en Ma­drid que es­tá con su fa­mi­lia pa­san­do unos días en Sa­na­bria y des­de allí han he­cho un via­je de ca­si tres ho­ras pa­ra vi­si­tar San­tia­go. Así que ella sí que se que­da en la co­la: «Yo me acuer­do de vi­si­tar la Al­ham­bra sin pro­ble­mas y aho­ra, si no sa­cas ci­ta por In­ter­net, no pue­des en­trar. Aquí tal vez ten­drían que em­pe­zar tam­bién a to­mar al­gu­na me­di­da».

No lejos de allí, Jo­sé, un ca­ma­re­ro de 47 años, opi­na que no to­do el mon­te es oré­gano: «Sí, hay mu­chos tu­ris­tas, pe­ro sin un cha­vo». Pa­ra él se­ría me­jor me­nos gen­te y al­go más dis­pues­ta a gas­tar: «Ade­más, quie­ren co­mer to­dos a la mis­ma ho­ra y, cla­ro, no se pue­de». Pe­ro Jo­sé no cree que sean de­ma­sia­dos. Cuan­tos más vi­si­tan­tes ha­ya, más po­si­bi­li­da­des de ne­go­cio. «Al­gu­nos sí que gas­tan», opi­na otro hos­te­le­ro a la puer­ta de un res­tau­ran­te en la rúa do Fran­co: «Le ha­blo de 300 o 400 eu­ros pa­ra dos per­so­nas y una pro­pi­na de 50». Se lla­ma Ra­món y tie­ne 50 años, la ma­yo­ría en la hos­te­le­ría: «¿Tu­ris­tas? Cuan­tos más, me­jor. Yo lo veo muy bien. Es­pa­ña vi­ve de eso. Y co­mo ve­cino de San­tia­go tam­po­co ten­go que­ja».

«A mí tam­po­co me re­sul­ta in­có­mo­do», di­ce Patricia, una jo­ven que pa­sa sus apu­ri­llos pa­ra guiar un ca­rri­to de la com­pra en­tre el gen­tío que ya lle­na la rúa do Fran­co. «Bueno, tal vez un po­co a la ho­ra de ca­mi­nar por el cen­tro, pe­ro tam­bién da gus­to ver la ciu­dad así», opi­na. Un po­co más allá, en la Ala­me­da, dos ju­bi­la­dos que ma­tan la ma­ña­na en un ban­co apo­yan la te­sis: «Me in­dig­na lo que es­tá pa­san­do por ahí», afir­ma Ra­mi­ro, de 78 años, sobre los ata­ques al turismo que se han vi­vi­do en las úl­ti­mas se­ma­nas. «Y de in­co­mo­di­da­des, na­da». El hom­bre, que tie­ne una hi­ja vi­vien­do en Ro­ma, ex­pli­ca que allí sí que hay tu­ris­tas y los pro­ble­mas que tie­nen con los ser­vi­cios: «Hay au­tén­ti­cas is­las de ba­su­ra al­re­de­dor de los con­te­ne­do­res. Aquí no pa­sa eso. Se vi­ve muy bien». Re­gre­so a la al­men­dra. Es ya la ho­ra de co­mer. In­ten­to pul­sar la opi­nión de otros hos­te­le­ros, pe­ro ya no pue­do. Es­tán to­dos muy ocu­pa­dos. Se­gu­ro que na­die pien­sa que tie­ne de­ma­sia­dos clien­tes.

«Es­to pa­re­ce el Va­ti­cano», di­ce un pe­ruano fren­te a los 45 mi­nu­tos de co­la pa­ra en­trar en la ca­te­dral

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

Las in­ter­mi­na­bles co­las pa­ra en­trar en la ca­te­dral dan cuen­ta del ti­rón tu­rís­ti­co de la ca­pi­tal.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.