LAS BISTECS, EL DÚO MÁS IRREVERENTE, VI­SI­TAN GA­LI­CIA POR PRI­ME­RA VEZ

Abo­rre­cen a Is­mael Se­rrano. Lo su­yo es la can­ción pro­tes­ta pe­ro en­vuel­ta en li­cra, pur­pu­ri­na y so­ni­dos elec­tro naíf. Vi­si­tan Ga­li­cia por pri­me­ra vez y ago­tan las en­tra­das

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: CAR­LOS CRES­PO

Pro­ca­ces y des­len­gua­das re­co­no­cen que su ob­je­ti­vo es pro­vo­car. «Pe­ro en con­cien­cia». Jue­gan con la es­té­ti­ca de las Bac­ca­ra, con la irre­ve­ren­cia de Ma­cNa­ma­ra y con el des­ca­ro del pri­mer Al­mo­dó­var. Aun­que se­ña­lan que más que el ci­neas­ta les ha in­flui­do la bru­tal in­con­ti­nen­cia de Lola Flo­res. Apo­ya­das en unas ba­ses mu­si­ca­les que re­mi­ten al elec­tro pop de los de­nos­ta­dos 80 es­tas dos bar­ce­lo­ne­sas dis­pa­ran con des­ca­ro contra to­do lo que se mue­ve. Contra las se­ño­ras de bien/se­ño­ras fe­tén, contra el fa­lo­cen­tris­mo en la his­to­ria del ar­te, contra la mo­nar­quía, contra la ba­na­li­dad poé­ti­ca, contra el dj star sys­tem... Na­da se les re­sis­te. Ni si­quie­ra el éxi­to. Re­cu­rrie­ron al crow­fun­ding pa­ra edi­tar su dis­co pe­ro ya han si­do fi­cha­das pa­ra la es­cu­de­ría Pri­ma­ve­ra Sound, pa­ra­dig­ma de lo cool.

Di­cen ser car­ne fres­ca pe­ro sin lle­gar a la no­ble­za del en­tre­cot. De ahí lo de Las Bistecs. Des­de el otro la­do del te­lé­fono ha­blan al uní­sono, se atro­pe­llan, ríen, se apos­ti­llan e in­clu­so se con­tra­di­cen. Pe­ro pre­fie­ren apa­re­cer co­mo una úni­ca voz.

—¿Es el «elec­tro-disgusting» el punk nues­tro de ca­da día?

—Ya nos gus­ta­ría. ¡Que ha­la­go! Nos han lla­ma­do neo­fol­kló­ri­cas, ma­ma­rra­chas, de to­do... Pe­ro sí, nos gus­ta más lo de mo­dern pun­king.

—¿Có­mo se pue­de ser tan mo­derno com­bi­nan­do co­sas tan an­ti­guas?

—Si reha­ces co­sas que ya se han uti­li­za­do pe­ro las vin­cu­las a la ac­tua­li­dad. Lo vin­ta­ge se vuel­ve con­tem­po­rá­neo.

—¿Por que ese afán por reivin­di­car los 80, una de las épo­cas más de­nos­ta­das, por lo me­nos en lo es­té­ti­co?

—Sí, es­té­ti­ca­men­te hay ele­men­tos que nos lle­van allí. Por­que abo­rre­ce­mos el mi­ni­ma­lis­mo, nos gus­ta el más es más. Pe­ro el con­cep­to de es­te pro­yec­to es ab­so­lu­ta­men­te ac­tual: mo­les­tar y ha­blar de co­sas que, co­mo jóvenes, nos mo­les­tan en el si­glo XXI.

—Apa­re­céis en un mo­men­to en el que cier­tas li­ber­ta­des in­vo­lu­cio­nan...

—Exac­to, con más mo­ti­vo cree­mos que es el mo­men­to per­fec­to pa­ra si­tuar aque­llo que de­ci­mos en su con­tex­to so­cial. Es­ta­mos har­tas de que se ha­gan dis­cos en­te­ros de can­cio­nes de amor. No­so­tras que­re­mos que nues­tro pú­bli­co bai­le pe­ro tam­bién que pien­se.

—De­cís que la dig­ni­dad se des­pi­dió de vo­so­tras al em­pe­zar es­te pro­yec­to. ¿Te­néis vo­lun­tad de re­cu­pe­rar­la?

—Ya no. Ca­da vez nos sen­ti­mos más có­mo­das en es­ta des­ver­güen­za.

—¿Qué es el «cho­cho­cen­tris­mo» que tan­to pro­cla­máis?

—Cho­cho­cen­tris­ta es quien tie­ne en cuen­ta don­de es­tá el co­ño, en el cen­tro de to­do. En ese sen­ti­do en­ten­de­mos que los gé­ne­ros, tal co­mo hoy los en­ten­de­mos, de­ben mo­rir. El cuer­po tie­ne que ser un vehícu­lo de ac­ción.

—¿Qué ha­réis si os cru­záis con el au­to­bús de «Haz­te oír»?

—Le pe­ga­re­mos fue­go.

—La úl­ti­ma in­cor­po­ra­ción a vues­tro mer­chan­di­sing son unas bra­gas «cho­cho­cen­tris­tas».

—Ya nos po­de­mos mo­rir. Ver a la gen­te ha­cién­do­se fotos con nues­tras bra­gas en la ca­be­za ha si­do el clí­max. Eso es be­lle­za.

—¿Cuán­to hay de ver­dad y cuán­to de personaje en vo­so­tras?

—Cuan­do nos subimos al es­ce­na­rio so­mos un personaje, pe­ro que es una pa­ro­dia de no­so­tras mis­mas. Hay esa par­te de fal­sa ele­gan­cia, de so­bra­das y al­ti­vas que no va con no­so­tras. Pe­ro tam­bién hay mu­cho de ver­dad. Lo que de­ci­mos en las can­cio­nes no sa­le del personaje sino de las personas. Lo que ha­ce­mos es ade­re­zar­lo con una per­for­man­ce pa­ra que lle­gue a más gen­te. Di­ga­mos que so­mos una hi­pér­bo­le de no­so­tras mis­mas.

—Ac­tuáis en Ga­li­cia por pri­me­ra vez y con las en­tra­das prác­ti­ca­men­te ago­ta­das. Y no es la ex­cep­ción. ¿A qué atri­buís vues­tro éxi­to?

—Al mal gus­to que hay en Es­pa­ña. La gen­te es­tá muy mal. Que no­so­tras triun­fe­mos es una se­ñal de que al­go no va bien.

Es­ta­mos har­tas de que se ha­gan dis­cos de can­cio­nes de amor

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