“Ex­cep­to Dy­lan y tres más, el rock envejece muy mal”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA • ESTÁ SONANDO - TEX­TO: FER­NAN­DO MOLEZÚN

nos años atrás, Andy Chango era par­te del pai­sa­je mu­si­cal del país. Pe­ro de­ci­dió re­gre­sar a su Ar­gen­ti­na na­tal pa­ra sa­car­le par­ti­do te­le­vi­si­vo a una fa­ma ga­na­da más por su po­lé­mi­ca per­so­na­li­dad que pos sus so­bra­dos mé­ri­tos ar­tís­ti­cos. Aho­ra ha vuel­to, y di­ce que pa­ra que­dar­se, con un es­pec­tácu­lo que apar­ca su fa­ce­ta ro­que­ra y nos des­cu­bre a un mo­no­lo­guis­ta áci­do, au­daz y me­nos pa­sa­do de vuel­tas de lo que po­dría es­pe­rar­se.

—En su nue­vo es­pec­tácu­lo can­ta, pe­ro no es un con­cier­to. ¿Có­mo lo de­fi­ni­mos?

—Ca­si co­mo mo­nó­lo­gos que tie­nen su mu­si­ca­li­za­ción. Hay sie­te can­cio­nes, pe­ro lo pri­me­ro son los tex­tos. Unos tex­tos que tu­ve que adap­tar, me­tien­do te­mas más es­pa­ño­les co­mo la in­mi­gra­ción o la mo­nar­quía.

—Y se pre­sen­ta co­mo «El Hom­bre Na­da».

—Es otro per­so­na­je, ale­ja­do del ro­que­ro. De he­cho hay bas­tan­tes pa­ro­dias so­bre el rock and roll y so­bre el per­so­na­je an­te­rior de Andy Chango. La can­ción es­tá muy bien pa­ra sa­lir y bai­lar y pa­ra trans­mi­tir sen­ti­mien­tos co­mo el amor o la so­le­dad, que es a lo que se de­di­can el 99 % de los can­tau­to­res. Pe­ro pa­ra otro ti­po de pen­sa­mien­tos más com­ple­jos o pa­ra cri­ti­car cier­tas co­sas del mun­do y usar otro ti­po de hu­mor, no es un buen for­ma­to. Así que tu­ve que ape­lar al ver­bo, a la pa­la­bra pu­ra y du­ra.

—¿Las can­cio­nes que uti­li­za son nue­vas?

—Ten­go cin­co can­cio­nes nue­vas. Y re­cu­pe­ro dos can­cio­nes an­ti­guas que me ve­nían muy bien pa­ra los mo­nó­lo­gos. Cuan­do ha­blo de la ter­ce­ra edad uso Que­da muy po­co de mí, que en su día hi­ce con Ca­la­ma­ro; y cuan­do ha­blo de las con­se­cuen­cias del uso de al­cohol y dro­gas uti­li­zo Neu­ro­nas pa­ra mu­si­ca­li­zar­lo.

—Lo de las dro­gas ha si­do una cons­tan­te en su ca­rre­ra, pe­ro se le ve más

tran­qui­lo.

—Aho­ra es­ta­mos ya en otra eta­pa. En Ar­gen­ti­na to­do el fe­nó­meno te­le­vi­si­vo mío fue por­que ha­ce 20 años ha­blé con de­ma­sia­da fran­que­za so­bre es­te te­ma en un pro­gra­ma. Y aho­ra, yo iba por la ca­lle con mi ma­má y las am­bu­lan­cias pa­ra­ban pa­ra gri­tar­me: «¡Vi­va el po­rro!». Me cos­tó mu­cho des­mar­car­me de eso, aun­que si­go sin re­ne­gar de na­da. Por suer­te, por­que si no aho­ra es­ta­ría en un hos­pi­tal o en una clí­ni­ca. Pe­ro es­toy en otra eta­pa de la vi­da.

—Ha­bla co­mo un ro­que­ro de­sen­ga­ña­do.

—El dis­cur­so del pop y del rock con to­da esa car­te­le­ría, con el can­tan­te ha­cién­do­se el chu­lo, esas le­tras ma­ni­das... A mí me abu­rre so­be­ra­na­men­te. Es al­go fan­tás­ti­co pa­ra los vein­te años, pe­ro yo ya ten­go 47. En­cuen­tro mu­cho pa­te­tis­mo en el rock, in­clui­do cuan­do lo ha­go yo. Ex­cep­to Bob Dy­lan y tres más, el rock envejece muy mal.

—Si ya no es un ro­que­ro, ¿qué es Andy Chango?

—El Hom­bre Na­da. Lle­gué a Ma­drid y de gol­pe no me sien­to par­te del rock, no me sien­to ar­gen­tino, no me sien­to es­pa­ñol... Me de­fino más por lo que no soy que por lo que soy. Ya ni me gus­ta el fútbol. So­lo bus­co tran­qui­li­dad.

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