Xoel abre su co­ra­zón pop

LOS NUE­VOS VI­DEO­JUE­GOS QUE ARRA­SA­RON EN LA ME­JOR FE­RIA DEL MUN­DO OCHO LI­BROS CLÁ­SI­COS PA­RA QUE LOS NIÑOS DIS­FRU­TEN ES­TE VE­RANO EN­TRE­VIS­TA A LA AC­TRIZ AU­RA GA­RRI­DO, QUE HOY ES­TRE­NA LA SE­RIE «EL DÍA DE MA­ÑA­NA»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: JA­VIER BE­CE­RRA FO­TOS: LO­LA GAR­CÍA GA­RRI­DO

Arran­ca es­ta en­tre­vis­ta co­men­tan­do una de esas mí­ti­cas dia­tri­bas de me­ló­ma­nos, que van evo­lu­cio­nan­do con el tiem­po. «Soy de Len­non a to­pe, siem­pre me he sen­ti­do más pró­xi­mo a su desa­so­sie­go, pe­ro con el tiem­po apre­cio ca­da vez más a McCart­ney. En eso ha in­flui­do mu­cha gen­te que me lo de­cía», di­ce Xoel. ¿Lle­ga la ma­du­rez cuan­do uno em­pie­za a apre­ciar a McCart­ney? «Eso se­ría un gran ti­tu­lar, si lo di­je­ra yo», se ríe.

—Aho­ra lo veo más en el la­do equi­li­bra­do de Paul, que en ese John que pe­día ayu­da. ¿Có­mo se ve us­ted?

—Bueno, el Xoel de los 15 años y el ac­tual esen­cial­men­te son el mis­mo, pe­ro creo que he sa­bi­do ma­ne­jar cier­tos desa­so­sie­gos y co­sas que me in­co­mo­da­ban en la vi­da. Yo no na­cí ama­ble y ale­gre, es al­go que me ha cos­ta­do mu­cho es­fuer­zo. Ha ido lle­gan­do con la edad. No es lo mis­mo el gra­do de con­fu­sión y os­cu­ri­dad que uno tie­ne con 20 que con 40. Mi­ra a Lou Reed, la fi­lo­so­fía de vi­da que te­nía en los úl­ti­mos años de su vi­da con su mu­jer na­da te­nía que ver con lo que era en la épo­ca de la Fac­tory y la Vel­vet. Los tiem­pos van cam­bian­do y la gen­te va en­con­tran­do su lu­gar. O de­be­ría ser así. To­do en una so­cie­dad que ca­da vez te pi­de que seas más jo­ven y más im­pru­den­te. Cre­cer no es na­da ma­lo. Yo siem­pre ad­mi­ré a la gen­te ma­yor. Des­de nues­tros abue­los has­ta los gran­des sa­bios mu­si­ca­les o los pe­rio­dis­tas de to­da la vi­da. A lo me­jor es que tam­bién soy un po­co vie­juno.

—Una chi­ca es­cri­bía en Twit­ter: «Si tu­vie­ra que es­co­ger a un can­tan­te que trans­mi­ta tran­qui­li­dad con sus can­cio­nes, sin nin­gu­na du­da di­ría a Xoel López». Creo que lo cla­va.

—Es al­go que lo he te­ni­do que bus­car. He ido a por las le­tras y las can­cio­nes que a mí me re­con­for­tan de mi la­do os­cu­ro. A lo me­jor no se no­ta, pe­ro yo tam­bién lo ten­go. Ten­go que lu­char con­tra él. La gen­te que bus­ca re­con­for­tar­se en la mú­si­ca es por­que tie­ne una par­te de desa­so­sie­go. A mí por ejem­plo la cri­sis de los 40 me afec­tó. Sur­gie­ron du­das. Pe­ro sí que es cier­to que mi mú­si­ca bus­ca la luz y vi­vir me­jor.

—¿Có­mo ges­tio­na los 40 en ese pop re­gi­do por la dic­ta­du­ra ju­ve­nil?

—Yo soy pop, pe­ro no un pop al uso. Mi eta­pa co­mo Xoel López tie­ne mu­chas re­fe­ren­cias folk y mar­ca otro ca­mino. Si yo si­guie­ra ha­cien­do la mis­ma mú­si­ca que ha­cía con De­lu­xe ha­ce 15 años pues a lo me­jor ten­dría ese pro­ble­ma. En mi ca­so, la mú­si­ca ha ido ma­du­ran­do. Me he ido ha­cien­do un hue­co, apos­tan­do por esa evo­lu­ción. Ya no for­mas par­te de la nue­va ola de gru­pos que re­pre­sen­ta a una ge­ne­ra­ción. Al con­tra­rio, me en­cuen­tro muy so­lo en lo que ha­go. No sé con qué gru­pos se me pue­de aso­ciar. Pe­ro eso es una suer­te, por­que pue­des ha­cer tu ca­mino. Lo no­to cuan­do voy de gi­ra. Siem­pre ten­go mi pú­bli­co, que va cre­cien­do. Es­te año to­co en lo­ca­les en don­de to­qué ha­ce tres años y veo que hay dos­cien­tas per­so­nas más. Me alu­ci­na. Por­que es­to es pi­co y pa­la, no por­que es­té de mo­da lo que yo ha­go.

—¿No es­tá có­mo­do en esa so­le­dad?

—Cla­ro. Ha si­do así siem­pre. Yo em­pe­cé en el te­ma mod, lue­go en el in­die pe­ro por un la­do di­fe­ren­te, apo­ya­do en la mú­si­ca ne­gra. Lue­go me lle­ga la he­ren­cia fa­mi­liar, con mú­si­ca de can­tau­tor y la­ti­noa­me­ri­ca­na, la mú­si­ca de pro­gres que es­cu­cha­ban mis pa­dres. Yo soy un po­co ra­re­za. Tam­bién me gus­ta la mú­si­ca elec­tró­ni­ca. Pe­ro al tiem­po soy un gui­ta­rris­ta que vie­ne del rock. De ahí sa­le un hí­bri­do ex­tra­ño. Pa­ra mí to­do tie­ne sen­ti­do.

—¿No pien­sa que lo que le ocu­rre aho­ra con ese pú­bli­co vie­ne de «Atlán­ti­co» (2012)? Juan de Dios, su pro­duc­tor, di­ce en la re­edi­ción que lan­zó La Voz que pa­ra­dó­ji­ca­men­te era tan clá­si­co que des­co­lo­có y que se iría des­cu­brien­do po­co a po­co.

—So­bre to­do ve­nía de una ex­pe­rien­cia tan per­so­nal que no en­ca­ja­ba. A al­gu­na gen­te le gus­tó por eso. Pe­ro otros no en­ten­dían na­da. ¿Y es­to qué es? ¿Por qué es­to aho­ra? Mu­cha gen­te se que­da­ba con la ca­ra tor­ci­da. Era una pro­pues­ta tan po­co al día que hay a quien in­clu­so le sen­tó mal.

—Ade­más al prin­ci­pio no fun­cio­nó en di­rec­to, uno de sus fuer­tes.

—Cla­ro. Era un re­per­to­rio bas­tan­te

Una ba­cha­ta era más vi­vir al lí­mi­te que ha­cer un te­ma rock"

blan­do pa­ra los fes­ti­va­les. Que­ría to­car en si­tios en don­de no me acep­ta­ban. En los fes­ti­va­les de fol­clo­re o mú­si­cas del mun­do no me que­rían, por­que me con­si­de­ra­ban el de De­lu­xe. Sin em­bar­go, en los fes­ti­va­les de siem­pre me de­cían: «Buff, es que el nue­vo dis­co...». To­ca­ba y fun­cio­na­ba re­la­ti­va­men­te. Era una sen­sa­ción ex­tra­ña. Lue­go fui­mos adap­tan­do el re­per­to­rio, la ban­da fue co­gien­do ga­rra y, al fi­nal, fue en­tran­do. Pe­ro fue muy di­fí­cil. Lo no­té es­pe­cial­men­te fue­ra de Ga­li­cia. Aquí se en­ten­dió me­jor la idea por to­da la cul­tu­ra la­ti­noa­me­ri­ca­na que te­ne­mos por los emi­gran­tes. Fue­ra no. Yo re­cuer­do to­car en el 2012 una cum­bia y era co­mo «os­tra, pe­ro es­to es la or­ques­ta no se qué». Aho­ra la cum­bia es lo má­xi­mo y sú­per co­ol, pe­ro en ese mo­men­to te ase­gu­ro que no.

—In­clu­so se bur­la­ban de us­ted.

—¡Va­ya si se bur­la­ban! ¿Re­cuer­das aque­llo de que so­na­ba a

Juan Luis Gue­rra? Pe­ro yo lo ha­cia igual. ¿Que soy un hor­te­ra? Va­le. Pe­ro es que es mi mo­vi­da. No me pue­des de­cir que sueno a Juan Luis Gue­rra pa­ra ven­der más, aun­que no fue­ra el ca­so. ¿Qué le voy a ha­cer si me gus­ta? Ha­ce po­co me en­tre­vis­ta­ba una pe­rio­dis­ta que le gus­ta­ba mu­cho De­lu­xe. Me re­co­no­ció que se fue muy de­cep­cio­na­da, que se fue abo­chor­na­da de un con­cier­to nues­tro. Me de­cía: «Has­ta una ba­cha­ta ha­béis he­cho». Co­mo di­cien­do «¡Esas mú­si­cas, por Dios!». A lo me­jor es un po­co fuer­te de­cir­lo, pe­ro yo has­ta no­té una es­pe­cie de xe­no­fo­bia ocul­ta, co­mo mi­cro­xe­no­fo­bia. Por­que, en el fon­do, ¿qué tie­ne de ma­lo una ba­cha­ta?

—¿Un cla­sis­mo cul­tu­ral su­pues­ta­men­te in­con­for­mis­ta que es­con­de el otro cla­sis­mo más evi­den­te, el eco­nó­mi­co?

—Los fol­clo­res siem­pre fue­ron mú­si­ca de po­bres. Pe­ro yo creo que hay bas­tan­te más in­con­for­mis­mo y sen­ti­do de vi­vir al lí­mi­te en Atlán­ti­co que en mu­chos dis­cos de rock n’ roll. Hay una lí­nea es­ta­ble­ci­da y có­mo­da de lo que es el rock n’ roll que ya no tie­ne la sim­bo­lo­gía que tu­vo en su con­tex­to ori­gi­nal. De re­pen­te, ha­cer una ba­cha­ta o una cum­bia en el 2010 era más vi­vir al lí­mi­te que ha­cer un te­ma de rock.

—Bueno, al oí­do «in­die» es­pa­ñol la pro­duc­ción de ese dis­co le de­be­ría pa­re­cer más arries­ga­da que la de un ál­bum de kraut-rock o re­vi­val post-punk.

—Sí, pe­ro si ves crí­ti­cas que sa­lie­ron en su mo­men­to de clá­si­cos lo en­tien­des. Una vez leí una muy ne­ga­ti­va del Thick as a Brick de Jeth­ro Tull. De­cía que era un dis­co muy ma­lo y una co­pia de The Who. Hay que re­cor­dar có­mo se aco­gió en su día el As­tral Weeks de Van Mo­rri­son. Los me­ló­ma­nos te­ne­mos la re­fe­ren­cia de la his­to­ria. Mu­chas ve­ces sa­bes que las co­sas no son lo que pa­re­cen, que el tiem­po se­rá quien di­rá lo que son.

Eso te re­la­ja. Un dis­co tu­yo no fun­cio­na pe­ro sa­bes que cuan­do ten­gas 60 años te va a ha­cer re­vi­vir. Los ries­gos no traen re­sul­ta­dos a cor­to pla­zo. A la lar­ga pue­de que sí. Re­cuer­do que en­ton­ces ha­bla­ba mu­cho con Kin, mi má­na­ger. Era una épo­ca di­fí­cil don­de nos dá­ba­mos áni­mos mu­tua­men­te en plan «ven­ga hay que apos­tar por es­to». Él me de­cía: «La gen­te to­da­vía no sa­be de la im­por­tan­cia de la can­ción Tie­rra».

Yo me aga­rré a eso. En ca­sos co­mo es­tos tie­nes que te­ner fe y es­pe­rar a que pa­se el tiem­po.

—-El re­la­to tie­ne una cier­ta épi­ca per­so­nal, lu­chan­do con­tra la ad­ver­si­dad por un com­pro­mi­so ar­tís­ti­co.

—Sí, aque­llo fue un pe­que­ño sal­to al va­cío.

—¿Esa vez no hu­bo me­nos vér­ti­go, te­nien­do en cuen­ta su pa­sa­do?

—-De Co­vers a Elep­hant Band tu­ve mi vér­ti­go. Con De­lu­xe, tam­bién. Y con el pa­so al cas­te­llano, más. Pe­ro sin du­da el pa­so a Xoel López ha si­do la si­tua­ción en la que más vér­ti­go he sen­ti­do en mi vi­da. Te­nía una sen­sa­ción rea­lis­ta, de que una co­sa co­mo Tie­rra no le iba a in­tere­sar a na­die. Yo no pen­sa­ba que Atlán­ti­co iba a ser un éxi­to. Pen­sa­ba que iba a ser lo que fue: al­go di­fí­cil, a pe­sar de que ar­tís­ti­ca­men­te es­ta­ba sú­per con­ven­ci­do. Yo es­ta­ba en Bue­nos Ai­res y veía que aquí fun­cio­na el in­die-rock. Lo mío era tan le­jano, ahí con mi gui­ta­rra es­pa­ño­la.

—¿Sen­tía que eran las me­jo­res can­cio­nes de su ca­rre­ra?

—Sí, to­tal­men­te.

—Va­ya sen­sa­ción más frus­tran­te: sa­ber de an­te­mano que el pú­bli­co le va a dar la es­pal­da a al­go así.

—Pen­sa­ba en el fu­tu­ro, en que a la lar­ga ca­la­sen. El otro día es­tu­ve ha­blan­do con Juan de Dios. Re­cor­dá­ba­mos lo que nos de­cían. Con

Atlán­ti­co ha­bía gen­te que se reía en mi ca­ra, in­clu­so en mi en­torno cer­cano. «¡Mi­ra es­ta can­ción!». «Pa­re­ce que vas en plan Manu Chao». Una co­sa ex­tra­ña. Pa­re­ce que hay gen­te que le fas­ti­dia que ha­gas tu pro­pio ca­mino, que ha­gas al­go di­fe­ren­te a lo que se es­pe­ran. To­dos te­ne­mos un con­ser­va­dor den­tro que di­ce: «Uy, no lo to­ques, es­tá bien así». Pa­sa siem­pre. Yo eso lo tu­ve que su­frir. Pe­ro es cier­to que ve­nía de atrás, de los mods que se en­fa­da­ron cuan­do fue lo de De­lu­xe, de los fans de De­lu­xe que no que­rían que can­ta­se en cas­te­llano… De to­do eso tam­bién apren­dí. No era pa­ra tan­to. Al fi­nal siem­pre hay gen­te que aca­ba vol­vien­do. Pe­ro tam­bién hay que ha­cer un ejer­ci­cio de hu­mil­dad y acep­tar que eso es así.

—-En el pa­sa­do con­tra­ata­ca­ba las crí­ti­cas que le ha­cían. En ese dis­co, que fue­ron ti­bias, las asu­mía con mu­cha na­tu­ra­li­dad, sin em­bar­go.

—-Tie­ne que ver con la ma­du­rez, su­pon­go, que te ha­ces más se­gu­ro y re­la­ti­vi­zas to­do. Hay que po­ner­se en el lu­gar del otro y des­pren­der­te del ego. Ir­me a Ar­gen­ti­na me hi­zo muy bien. Em­pe­cé de ce­ro en un lu­gar, ju­gan­do al fút­bol con gen­te que no me co­no­cía de ab­so­lu­ta­men­te na­da. Fue otra vi­da. Me dio mu­cha li­ber­tad. Me di cuen­ta que no me gus­ta­ba tan­to la po­pu­la­ri­dad. No me gus­ta na­da. Si pu­die­ra evitarla, lo ha­ría. To­car y com­po­ner sin te­ner que ser co­no­ci­do.

—-¿La evo­lu­ción de las por­ta­das de los úl­ti­mos dis­cos, en los que pa­sa de sa­lir con más­ca­ra a di­rec­ta­men­te no sa­lir, res­pon­de a eso?

—-Sí, es ex­plí­ci­to. En el pri­me­ro sa­lí con ca­re­ta y lue­go ni apa­rez­co, cuan­do an­tes sa­lía en to­das.

—¿Cuan­do en «Ja­guar» can­ta «rom­pis­te to­dos mis es­pe­jos» se re­fie­re a eso, a có­mo un ni­ño rom­pe el ego de un pa­dre?

—-Sí, to­tal­men­te. No es al­go que se des­ta­que es­pe­cial­men­te, pe­ro es to­tal­men­te cons­cien­te. Con Atlán­ti­co, no. Fue por­que me gus­tó la fo­to. Pe­ro lue­go sí que evi­té apa­re­cer. En es­te úl­ti­mo lo úni­co que le di­je al di­se­ña­dor es que no que­ría sa­lir, que hi­cie­ra lo que qui­sie­ra.

—-En «Pa­ra­ma­les» (2015) que­ría ver la mú­si­ca con ojos de ni­ño. En «Sue­ños y pan» (2017) apa­re­ce la mi­ra­da de pa­dre. ¿Ha cam­bia­do?

—-Pue­de ser. Pe­ro si te fi­jas, Ja­guar es una pro­yec­ción de un pa­dre en la mi­ra­da del ni­ño. Siem­pre bus­cas al ni­ño que tu fuis­te. Se di­ce que con los años pier­des la li­ber­tad y la fal­ta de pre­jui­cios. Yo ten­go una cons­tan­te lu­cha con­tra eso, por­que la ten­den­cia con el tiem­po es a de­jar las co­sas co­mo es­tán y asu­mir que fue­ron siem­pre así y que no van a cam­biar. Es bueno es­for­zar­se por po­ner el pa­lo en la rue­da a esa idea.

—-El nue­vo dis­co ha­bla de la vi­da de ho­gar, pe­ro siem­pre con la ne­ce­si­dad de es­ca­par de vez en cuan­do.

—-Tie­ne que ver con ese no de­jar­se lle­var. Yo siem­pre ten­go esa co­sa ga­lle­ga de sí pe­ro no y no pe­ro sí. No es que de re­pen­te es­té en ca­sa y di­ga: «Es­ta es mi vi­da y ya no voy a sa­lir nun­ca más». En los años an­te­rio­res es­tu­ve de sal­tim­ban­qui gi­ran­do por to­da Amé­ri­ca. Tie­ne que ha­ber tiem­po pa­ra to­do. Me to­có un ci­clo un po­co más ho­ga­re­ño. Hi­ce una gi­ra en Mé­xi­co y Co­lom­bia y me di cuen­ta que no es­toy aho­ra pa­ra eso. Me ape­te­ce más es­tar aquí, en la pe­nín­su­la y te­ner una vi­da más or­de­na­da en lo geo­grá­fi­co. No es­toy co­mo ha­ce sie­te años, don­de me iba a San Francisco dos se­ma­nas y dos me­ses en Nue­va York, pa­ra lue­go co­no­cer Bra­sil. Pe­ro eso no sig­ni­fi­ca que vuel­va a pa­sar den­tro de cin­co años.

FO­TO: LO­LA GAR­CÍA GA­RRI­DO

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.