“Si no hay abu­rri­mien­to, se aca­ban las ideas”

La au­to­ra de «El Mons­truo de Co­lo­res», un maes­tro en emo­cio­nes, vuel­ve con «To­pi­to Te­rre­mo­to» pa­ra en­ca­rri­lar con ar­te a los más re­vo­lu­cio­na­rios. «Pa­re­ce que so­lo tu­vie­ra va­lor lo men­tal. No de­be­mos ol­vi­dar­nos de las ma­nos y el co­ra­zón»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - DE LIBROS / ENTREVISTA - TEX­TO: ANA ABELENDA

To­pi­to es un Te­rre­mo­to, un ani­mal ani­ma­do muy mo­vi­do al que le cues­ta cen­trar­se en cla­se, y que se pa­re­ce a mu­chos ni­ños de hoy. Es­te «hi­jo» de An­na Lle­nas (Bar­ce­lo­na, 1977) que na­ció des­pués que El Mons­truo de

Co­lo­res —hoy un maes­tro en in­te­li­gen­cia emo­cio­nal— es­tre­na el ve­rano con un cuen­to di­ri­gi­do a pri­me­ros lec­to­res y un cua­derno de ac­ti­vi­da­des «pa­ra cen­trar­se y no des­pe­gar el cu­lo de la si­lla». To­pi­to pa­re­ce un desas­tri­ño pe­ro to­pa­rá con una ma­ga que le des­cu­bre que pue­de ha­cer bien las co­sas. Se­gún cuen­ta su au­to­ra, quiere ayu­dar a los ni­ños «a en­con­trar su pa­sión, lo que más les gus­ta ha­cer. Por­que a to­dos se nos da bien ha­cer al­gu­na co­sa, o más de una, y cuan­do la ha­ce­mos nos sen­ti­mos fe­li­ces. To­pi­to es un per­so­na­je que lo revoluciona to­do, pe­ro con la ayu­da de un adul­to, y con pa­cien­cia, va a en­con­trar su ca­rril, su pa­sión».

Es­te to­po hi­per­ac­ti­vo na­ció del con­tac­to de An­na con ni­ños «in­quie­tos», de unos ta­lle­res de ar­te­te­ra­pia don­de se usan las ma­nos pa­ra ex­pre­sar lo que so­mos. Y sen­tir­nos bien. «A ve­ces no en­ca­jar en las ma­te­rias de las cla­ses no quiere de­cir que no se te den muy bien otras co­sas, co­mo el de­por­te, la pin­tu­ra o la co­ci­na. Yo co­no­cí a un ni­ño que no era ca­paz de se­guir las cla­ses, y en el ajedrez y el fút­bol era un crac», di­ce quien cre­ció con Teo, con las aven­tu­ras de Tin­tín y Mas­sa­gran, con la Abe­ja Ma­ya, con Dar­ta­cán «¡y con Jua­na en el Bos­que!». «Y fí­ja­te... era una ni­ña con un mons­truo. No se pa­re­cía al Mons­truo de Co­lo­res, pe­ro tam­bién eran una be­lla y una bes­tia», con­si­de­ra.

—Es­cri­bes pa­ra ni­ños, pe­ro tam­bién pa­ra adul­tos.

—Sí, Va­cío es un cuen­to pen­sa­do pa­ra adul­tos. No es si­nies­tro ni mu­cho me­nos, pe­ro ha­bla del va­cío, del sen­ti­mien­to de va­cío emo­cio­nal. Pue­de ser pa­ra ni­ños ya un po­co ma­yo­res, a par­tir de cier­ta edad, por­que si se in­ten­ta con­tar an­tes no se en­tien­de.

—¿El ar­te es una asig­na­tu­ra pen­dien­te en los co­le­gios?

—Pues sí..., creo que ha­ce fal­ta más ar­te en los co­le­gios. Hay una con­cien­cia so­cial y se es­tán ha­cien­do mu­chos cam­bios al res­pec­to. En los pri­me­ros cur­sos, cuan­do los ni­ños son pe­que­ños, se ha­ce si­tio al ar­te, pe­ro des­pués, se­gún van cre­cien­do, se va de­jan­do de la­do lo ar­tís­ti­co pa­ra cen­trar­se so­lo en lo in­te­lec­tual. Ol­vi­da­mos las ma­nos y el co­ra­zón, y pa­re­ce que so­lo tu­vie­ra va­lor lo men­tal. Pe­ro so­mos un to­do y exis­ten las in­te­li­gen­cias múl­ti­ples. Hay que va­lo­rar­las y po­ten­ciar­las.

—Hoy es ya una má­xi­ma ex­ten­di­da eso de «el ce­re­bro ne­ce­si­ta emo­cio­nar­se pa­ra apren­der». ¿Por qué?

—Las co­sas que nos emo­cio­nan, las que nos im­pac­tan emo­cio­nal­men­te, son las que más re­cor­da­mos. Es­ta­mos he­chos de emo­cio­nes, no po­de­mos des­pren­der­nos de ellas, es así. Son las que nos mo­ti­van. A mí me pa­sa en el tra­ba­jo. Si no hay emo­ción, si no con­si­go emo­cio­nar­me ha­cien­do un tex­to o di­bu­jan­do, no fun­cio­na. Y creo que el lec­tor lo no­ta.

—¿La emo­ción es crea­ti­va?

—La pa­sión es lo que más nos mue­ve. Y el pri­mer apren­di­za­je es que­rer cam­biar las co­sas, ¿no?

—Hi­cis­te de tu pa­sión, ofi­cio.

—Amo lo que ha­go. Yo es­tu­dié Pu­bli­ci­dad por­que que­ría de­di­car­me a al­go crea­ti­vo. Fue­ron unos años y me gus­tó la ex­pe­rien­cia, pe­ro no aca­ba­ba de emo­cio­nar­me. No­ta­ba que me fal­ta­ba al­go, y era esa par­te más ar­tís­ti­ca. Tra­ba­jar con las ma­nos, al­go de tra­zo más sub­je­ti­vo, más per­so­nal. Cam­bié el rum­bo y em­pe­cé a de­di­car­me a la ilustración.

—To­pi­to Te­rre­mo­to na­ció des­pués que el Mons­truo de Co­lo­res, que nos en­se­ñó a des­ha­cer ca­caos men­ta­les, re- co­no­cer emo­cio­nes y apren­der a ver ca­da una de un co­lor y cla­si­fi­car­la en un ta­rro dis­tin­to. ¿Có­mo na­ció?

—El Mons­truo de Co­lo­res na­ció en la du­cha, de una cor­ti­na de ba­ño. Na­ció co­mo un per­so­na­je que se ha­bía co­la­do en la ba­ñe­ra y me ha­bía ro­ba­do el cham­pú. Era un mons­truo gra­cio­so que an­da­ba por nues­tra ca­sa... Yo pen­sa­ba que te­nía que con­ver­tir­lo en pro­ta­go­nis­ta de un li­bro, y le di vuel­tas años a esa idea. Por otra par­te, yo ha­bía em­pe­za­do a cam­biar de rum­bo y me in­tere­sa­ban ca­da vez más los te­mas de psi­co­lo­gía. Ilus­tré ar­tícu­los de

La Van­guar­dia, siem­pre con el te­ma de las emo­cio­nes de fon­do. Y aca­bé for­mán­do­me en ar­te­te­ra­pia.

—¿Qué ha­ce un ar­te­te­ra­peu­ta?

—La ar­te­te­ra­pia es una téc­ni­ca de cre­ci­mien­to per­so­nal en la que se uti­li­zan la pa­la­bra y el len­gua­je de los ma­te­ria­les plás­ti­cos. Se tra­ta de en­se­ñar a las per­so­nas a ex­pre­sar­se con los ma­te­ria­les. Y ahí el in­cons­cien­te se ma­ni­fies­ta más. La pa­la­bra la po­de­mos con­tro­lar, se nos es­ca­pan co­sas... pe­ro con pa­la­bras es más fá­cil men­tir, y men­tir­nos. Con los ma­te­ria­les plás­ti­cos se des­cu­bre un len­gua­je que ayu­da a ser más ge­nuino. La crea­ti­vi­dad es te­ra­péu­ti­ca y re­ve­la­do­ra. Y tie­ne ese as­pec­to lúdico, de jue­go, tan pla­cen­te­ro... Yo he tra­ba­ja­do con dro­go­de­pen­dien­tes. Pue­des ha­cer un his­to­rial de la per­so­na si­guien­do su evo­lu­ción por 6 me­ses de di­bu­jos. Si tra­ba­jas un tiem­po con un gru­po, aca­bas sa­bien­do por ca­da di­bu­jo quién es quién. Cuan­do ves las for­ta­le­zas de un di­bu­jo, ves las for­ta­le­zas de una per­so­na, y co­mo ar­te­te­ra­peu­ta lo que tie­nes que ha­cer es es­to: ver esas for­ta­le­zas, re­for­zar las co­sas bue­nas, las lu­ces de ca­da per­so­na.

—¿De­be­res vi­ta­les pa­ra ni­ños y pa­dres es­te ve­rano?

—Bueno... de To­pi­to aca­ba de sa­lir un cua­derno de ac­ti­vi­da­des, ja­ja­ja. No es exac­ta­men­te un cua­derno de de­be­res de va­ca­cio­nes, pe­ro tie­ne ese for­ma­to.

—Mu­chos cre­ci­mos con «Va­ca­cio­nes San­ti­lla­na»... era la guin­da oca­sio­nal de fi­na­les de ve­rano.

—Yo me acuer­do de cuan­do de pe­que­ña ha­cía aque­llos cua­der­nos de ac­ti­vi­da­des, que en reali­dad más que de ac­ti­vi­da­des eran de pa­sa­tiem­pos...

—Es­te ve­rano, el pro­fe­sor Cé­sar Bo­na nos re­co­men­dó apli­car­nos en co­nec­tar con la na­tu­ra­le­za; la di­vul­ga­do­ra Cat­he­ri­ne L’Ecu­yer, me­nos pan­ta­lla y más reali­dad, y la pe­dia­tra Lu­cía Ga­lán, pla­nes tan clá­si­cos y sen­ci­llos co­mo ba­jar a me­ren­dar a la pla­ya en fa­mi­lia. ¿Qué nos su­gie­res?

—El ve­rano es­tá pa­ra dis­fru­tar. Pa­ra re­la­jar­se. Pa­ra com­par­tir. Pa­ra te­ner tiem­po de ha­cer lo que más nos gus­ta.

—Y tam­bién pa­ra abu­rrir­se...

—¡Sí! Pa­ra pa­rar y abu­rrir­se. Es ne­ce­sa­rio. Que del abu­rri­mien­to sa­le la crea­ti­vi­dad. Si no nos da­mos tiem­po de abu­rrir­nos, se nos aca­ban las bue­nas ideas.

El Mons­truo de Co­lo­res se co­ló en mi ba­ñe­ra y me ro­bó el cham­pú

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