Abo­na­do y re­ser­vis­ta en Sar

Jo­sé An­to­nio Za­pi­co es uno de los fi­jos en su asien­to en el Mul­tiu­sos y, cuan­do lo re­quie­ren, a pie de pis­ta, co­mo de­le­ga­do de equi­po o de cam­po

La Voz de Galicia (Santiago) - Santiago local - - SANTIAGO DEPORTES - M. G. REI­GO­SA

En la Cal­dei­ra de Sar hay, co­mo mí­ni­mo, un re­ser­vis­ta, un abo­na­do que dis­fru­ta del Obra­doi­ro des­de su bu­ta­ca y que, cuan­do lo re­quie­ren a pie de pis­ta, ya sea co­mo de­le­ga­do del equi­po o de cam­po, se alis­ta. Más de uno ya le ha­brá pues­to nom­bre y ape­lli­dos: Jo­sé An­to­nio Me­nén­dez Za­pi­co. Es­tu­vo vin­cu­la­do vein­te años al ba­lon­ces­to de la ciu­dad, del 87 al 2007, en ta­reas de in­ten­den­cia, la ma­yo­ría en Pío XII. Tam­bién en Cluny y Pe­le­tei­ro. En 2013 lo re­clu­tó Moncho Fer­nán­dez pa­ra cu­brir una ba­ja tem­po­ral de Fran Gre­la. Re­pi­tió en la pre­tem­po­ra­da del an­te­rior pro­yec­to. Y ofi­ció co­mo de­le­ga­do de cam­po en el Obra­doi­ro-An­do­rra de las dos pró­rro­gas.

Sus idi­lios con el ba­lon­ces­to arran­ca­ron an­tes, en el 81, de una ma­ne­ra un tan­to in­sos­pe­cha­da y a tra­vés de la te­le­vi­sión. «Era fut­bo­le­ro —re­cuer­da— co­mo la ma­yo­ría de los cha­va­les de mi edad. Has­ta que vi la fi­nal de la Co­pa Ko­rac que le ga­nó el Jo­ven­tut al Ca­rre­ra de Ve­ne­cia, con aque­lla ca­nas­ta de Gal­vin que for­zó la pró­rro­ga. Me di­je: es­to mo­la».

Es­con­di­dos en el vie­jo Sar

Por esa puer­ta ac­ce­dió al uni­ver­so de las ca­nas­tas y Pío XII lo em­bar­có en las can­chas. «En aquel año 87 —re­me­mo­ra— ju­gá­ba­mos los sá­ba­dos por la tar­de en el vie­jo Sar. A con­ti­nua­ción ve­nía el Obra­doi­ro. Va­cia­ban el pa­be­llón an­tes de que em­pe­za­sen a en­trar los afi­cio­na­dos, que ya es­pe­ra­ban fue­ra. Nos que­dá­ba­mos en el ves­tua­rio, sin que na­die se aper­ci­bie­se, y así po­día­mos ver los par­ti­dos del Obra».

Uno de los pri­me­ros nom­bres que le que­dó ta­tua­do en la me­mo­ra fue el de Bill Co­llins. Pe­ro hay otro que se si­túa pri­me­ro en su rán­king de his­tó­ri­cos: «Le­vi Midd­le­brooks. Es el que más me im­pre­sio­nó. Ade­más, era un pe­da­zo de pan». Lo ejem­pli­fi­ca con una anéc­do­ta: «Es­ta­ba Gha­leb de pre­si­den­te y me pi­dió si po­día acom­pa­ñar una tar­de al ju­ga­dor, que se iba a Es­ta­dos Uni­dos por Na­vi­dad y que­ría lle­var­le un re­ga­lo a su no­via. Fui­mos a Ri­chard, vio unos za­pa­tos que le gus­ta­ron y com­pró ocho pa­res, ca­da uno de un co­lor dis­tin­to».

Za­pi­co, di­rec­tor co­mer­cial de Au­to­ca­res Rías Bai­xas, sa­be de pri­me­ra mano lo que es ha­cer ki­ló­me­tros y ki­ló­me­tros, con­ta­bi­li­za­dos por mi­les, en au­to­bús. Fue en el 2007 cuan­do de­ci­dió echar el freno, en una tem­po­ra­da en la que el Pío XII mi­li­ta­ba en la Li­ga Fe­me­ni­na 2: «Nos fui­mos un vier­nes a Má­la­ga, ju­ga­mos el do­min­go y re­gre­sa­mos al aca­bar. Lle­ga­mos a las sie­te de la ma­ña­na y a las nue­ve te­nía que es­tar en el tra­ba­jo. Era de­ma­sia­do».

Se ba­jó del au­to­bús y sie­te años más tar­de, sin es­pe­rar­lo, se subió al avión. Lo lla­mó Moncho Fer­nán­dez, por­que Fran Gre­la te­nía que au­sen­tar­se tres se­ma­nas. Era una ofer­ta que no po­día re­cha­zar.

De­bu­tó un 16 de no­viem­bre fren­te al Va­len­cia, en Sar. Con de­rro­ta. Pe­ro tie­ne muy gra­ba­do en su me­mo­ria aquel día y, más que eso, las ins­truc­cio­nes «muy de­ta­lla­das» que le de­jó Gre­la. Pa­ra mues­tra, un bo­tón: «Cuan­do sal­ga el equi­po, an­tes de em­pe­zar el par­ti­do, te que­das con Moncho. Ten chi­cles y un chas­ca­rri­llo, que siem­pre vie­nen bien».

«Good­fe­llas»

A la se­ma­na si­guien­te vi­si­tó Sar el Barcelona. Y la vic­to­ria se que­dó en ca­sa. En la jor­na­da ocho to­có des­pla­za­mien­to a Illun­be, y triun­fo an­te el Gi­puz­koa Bas­ket. Za­pi­co ce­rró su in­mer­sión con un ba­lan­ce de dos vic­to­rias en tres par­ti­dos, que es el que fi­gu­ra en la ca­mi­se­ta que el gru­po le re­ga­ló co­mo re­cuer­do. Y de­ba­jo del 2/3, Good­fe­llas, el tí­tu­lo ori­gi­nal en in­glés de la pe­lí­cu­la «Uno de los nues­tros», la ban­de­ra que en­vuel­ve el ves­tua­rio obra­doi­ris­ta. Des­de el minuto uno se sin­tió uno más y así se lo hi­cie­ron sa­ber, du­ran­te y des­pués.

La par­te emo­ti­va y fes­ti­va del ba­lon­ces­to es la que más le lle­ga: «Al fin y al ca­bo, es un jue­go y lo im­por­tan­te es con quien lo com­par­tes. El Obra es el ca­ta­li­za­dor que me ha permitido re­to­mar el con­tac­to con gen­te de es­te de­por­te y ha­cer nue­vos ami­gos. Es al­go que no tie­ne pre­cio».

Des­de otra pers­pec­ti­va, sa­ca a co­la­ción una anéc­do­ta que da idea de esa ver­tien­te amal­ga­ma­do­ra: «En un via­je a Ita­lia en­tré en una tien­da en la que ha­bía una gran fo­to de Da­ni­lo­vic. Eran los que equi­pa­ban a la Vir­tus. Al que es­ta­ba en el co­mer­cio le co­men­té que era de San­tia­go e in­me­dia­ta­men­te me ha­bló del Obra­doi­ro. Es­tu­vi­mos quin­ce mi­nu­tos char­lan­do».

«Midd­le­brooks vio unos za­pa­tos que le gus­ta­ron, pa­ra su no­via, y le com­pró ocho pa­res» «Cuan­do sal­ga el equi­po te que­das con Moncho, ten chi­cles y un chas­ca­rri­llo», le in­di­có Fran Gre­la

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

Za­pi­co, con la ca­mi­se­ta que le re­ga­ló el ves­tua­rio.

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