AL­GUIEN TIE­NE QUE MA­TAR LAS...

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Su­ma­rio - POR NI­CO­LAS BÜCH­SE / FO­TOS: JOSH RIT­CHIE

El eco­sis­te­ma de los Ever­gla­des, la re­gión pan­ta­no­sa de Flo­ri­da, pe­li­gra por una pla­ga de pi­to­nes. Un cen­te­nar de hom­bres las ca­zan en una lu­cha sin cuar­tel.

Las pi­to­nes son una pla­ga en los Ever­gla­des, la re­gión pan­ta­no­sa de Flo­ri­da. De­vo­ran to­do lo que se cru­za en su ca­mino, lo que su­po­ne un gra­ve pro­ble­ma pa­ra la na­tu­ra­le­za. Por eso ha­cen fal­ta ti­pos co­mo Dus­tin Crum, 'The Wild­man', el hom­bre sal­va­je. Lo se­gui­mos en una no­che de ca­za.

di­ce Dusty Crum. Por eso él va des­cal­zo. «La ser­pien­te no tie­ne cu­chi­llo ni pis­to­la», por eso él va des­ar­ma­do. Si tie­ne que lu­char, ha de ser una lu­cha jus­ta. El sol, ya de un ro­jo ar­dien­te, se hun­de en­tre las hier­bas al­tas de la re­gión pan­ta­no­sa de los Ever­gla­des, en Flo­ri­da. Dusty Crum es­tá sen­ta­do en la pla­ta­for­ma ele­va­da que ha fi­ja­do so­bre la ca­ja de su fur­go­ne­ta pick up, y ob­ser­va la hú­me­da jun­gla de hier­ba, ma­to­rra­les y ci­pre­ses en la que se ocul­tan las ser­pien­tes. «No soy un ca­za­dor», di­ce. Si­len­cio. Su mi­ra­da si­gue fi­ja en el pan­tano. Aho­ra, du­ran­te las úl­ti­mas ho­ras de la tar­de, es cuan­do las ser­pien­tes sa­len del agua bus­can­do ca­lor en la ori­lla. «Soy el pro­tec­tor de los Ever­gla­des. Las ser­pien­tes no tie­nen la cul­pa de es­tar aquí. To­dos so­mos cria­tu­ras de Dios. Las ser­pien­tes tam­bién. No tie­nen por qué su­frir». Aun así, él tie­ne que ma­tar­las. «Lu­cho por los ani­ma­les pe­que­ños, por las nu­trias, los zo­rros man­gle­ros y las lie­bres», di­ce. Dusty Crum ha cre­ci­do en los pan­ta­nos de Flo­ri­da. Le lla­man The Wild­man, el hom­bre sal­va­je, y lle­va el apo­do con or­gu­llo. El Par­que Na­cio­nal de los Ever­gla­des es uno de los más fa­mo­sos de Es­ta­dos Uni­dos, se ex­tien­de des­de el la­go Okee­cho­bee en el nor­te has­ta la pun­ta sur de la pe­nín­su­la de Flo­ri­da. En reali­dad, más que un pan­tano es un úni­co río de unos po­cos cen­tí­me­tros de pro­fun­di­dad y un an­cho que pue­de lle­gar has­ta los 60 ki­ló­me­tros. Los Ever­gla­des son un pa­raí­so. Pe­ro, es lo que tie­nen los pa­raí­sos, un buen día lle­gó una ser­pien­te y lo echó to­do a per­der. La ser­pien­te en cues­tión no era de aquí, sino una pi­tón ti­gre, Pyt­hon mo­lu­rus bi­vit­ta­tus. Es una de las es­pe­cies más gran­des del mun­do, pue­de su­pe­rar con cre­ces los cin­co me­tros de lar­go. Du­ran­te mu­cho tiem­po se en­con­tra­ba úni­ca­men­te en las zo­nas tro­pi­ca­les y sub­tro­pi­ca­les del sur y el su­r­es­te de Asia. Pe­ro lue­go em­pe­zó a ex­ten­der­se tam­bién por Flo­ri­da. So­bre có­mo lle­gó la pi­tón a los pan­ta­nos de es­ta par­te de Nor­tea­mé­ri­ca hay dos teo­rías. La pri­me­ra sos­tie­ne que, en los años 80, en Flo­ri­da es­tu­vo de mo­da te­ner rep­ti­les en ca­sa co­mo mas­co­tas, y me­jor cuan­to más exó­ti­cos. Mi­les de ani­ma­les pro­ce­den­tes de Áfri­ca o Asia ate­rri­za­ban en el ae­ro­puer­to de Mia­mi. Una de las es­pe­cies ha­bi­tua­les en los cuar­tos de es­tar de las ca­sas de Flo­ri­da era la pi­tón ti­gre. Sus due­ños, al prin­ci­pio en­can­ta­dos, asis­tían ca­da vez más preo­cu­pa­dos al cre­ci­mien­to de unas crías de 25 cen­tí­me­tros que lle­ga­ban a mul­ti­pli­car su ta­ma­ño por 20.

"LA SER­PIEN­TE NO LLE­VA ZA­PA­TOS",

Es muy pro­ba­ble que mu­chos de­ci­die­ran sol­tar a sus ya no tan que­ri­das mas­co­tas. Dusty Crum, por su par­te, es par­ti­da­rio de la se­gun­da teo­ría. Cree que se de­bió al im­pac­to del hu­ra­cán An­drew, que des­tru­yó en 1992 un cen­tro de cría de rep­ti­les y de­jó li­bres a sus ocu­pan­tes. «Unas 900 crías de pi­tón lle­ga­ron así al Par­que Na­cio­nal de los Ever­gla­des». Al mar­gen de cuá­les fue­ran las po­si­bles cau­sas, lo cier­to es que es­tas cria­tu­ras em­pe­za­ron a mul­ti­pli­car­se ma­si­va­men­te en los pri­me­ros años del si­glo XXI. «Cal­cu­la­mos que ahí fue­ra hay unas 100.000 pi­to­nes», di­ce Dusty, y se­ña­la con la ca­be­za ha­cia los pan­ta­nos. «Son una ame­na­za enor­me, tie­nen un ape­ti­to in­sa­cia­ble».

ARRAN­CAR­TE LOS DIEN­TES DEL BRA­ZO. El de­par­ta­men­to en­car­ga­do de la ges­tión del agua en el sur de Flo­ri­da em­plea des­de el año pa­sa­do a 25 ca­za­do­res de pi­to­nes. Y si pre­gun­tas a la gen­te de la zo­na cuál es el me­jor de esos ca­za­do­res, el pri­mer pues­to lo ocu­pa Dusty Crum. Él es el hom­bre que ha cap­tu­ra­do el ma­yor ejem­plar de pi­tón ja­más vis­to en Flo­ri­da, con unos im­pre­sio­nan­tes cin­co me­tros y 18 cen­tí­me­tros. «Hay que ser una per­so­na es­toi­ca pa­ra ser un buen ca­za­dor de ser­pien­tes», di­ce Dusty. «Hay ve­ces que me pa­so tres días se­gui­dos sin ver una so­la pi­tón». Dusty ma­ta el tiem­po re­fle­xio­nan­do. So­bre la vi­da, los ani­ma­les, los se­res hu­ma­nos, las or­quí­deas. Ven­der or­quí­deas es su se­gun­do em­pleo, lo ha­ce en la pe­que­ña ciu­dad de Ve­ni­ce. «Con las or­quí­deas es al re­vés que con las ser­pien­tes. Las or­quí­deas me dan tran­qui­li­dad, me apor­tan equi­li­brio. No in­ten­tan ma­tar­me», di­ce Dusty. Un buen ca­za­dor de­be va­lo­rar bien el pe­li­gro y sa­ber leer a la ser­pien­te, ex­pli­ca. «Ca­da una tie­ne su pro­pio

Agi­tan­do la mano iz­quier­da dis­trae a la ser­pien­te, con la de­re­cha la aga­rra por de­trás de la ca­be­za. «Tie­nes cua­tro se­gun­dos»

tem­pe­ra­men­to. Una pue­de ser agre­si­va, otra so­lo que­rer que la de­jes en paz. Siem­pre tie­nes que es­tar aten­to a lo que te di­ce el len­gua­je cor­po­ral de la ser­pien­te». Una de ellas no fue del to­do sin­ce­ra con Dusty, su len­gua­je cor­po­ral lo en­ga­ñó. Cree que fue la ser­pien­te nú­me­ro 29 de su lis­ta. Era un ejem­plar so­ber­bio, es­ta­ba to­man­do el sol tran­qui­la­men­te en me­dio del ca­mino. Dusty se acer­có pa­ra ha­cer­le una fo­to an­tes de cap­tu­rar­la, y jus­to cuan­do pul­só el dis­pa­ra­dor, la ser­pien­te des­apa­re­ció en el agua. «So­lo me dio tiem­po a co­ger­la por la co­la, pe­ro en ese mo­men­to se me vino el som­bre­ro so­bre la ca­ra y no pu­de ver na­da du­ran­te unos ins­tan­tes. La ser­pien­te me mor­dió en el bra­zo, y tu­ve que re­cu­rrir a to­das mis fuer­zas pa­ra abrir­le la man­dí­bu­la y sa­car los dien­tes de la car­ne». Le­van­ta el bra­zo pa­ra en­se­ñar­nos las mar­cas de la mor­de­du­ra, co­mo si fue­sen un tro­feo de ca­za. Las pi­to­nes son ser­pien­tes cons­tric­to­ras, es­tran­gu­la­do­ras, pe­ro tam­bién tie­nen dien­tes. En­tre 100 y 150 se ali­nean en sus fau­ces. No sir­ven pa­ra mas­ti­car, sino pa­ra su­je­tar y em­pu­jar ha­cia den­tro los cuer­pos de las pre­sas. Por eso, to­dos ellos es­tán orien­ta­dos ha­cia atrás y, se­gún Dusty, cuan­do muer­den «due­le ho­rri­ble­men­te, tie­nes un pro­ble­ma muy se­rio». Un buen ca­za­dor de ser­pien­tes, di­ce Dusty, apren­de de es­te ti­po de ex­pe­rien­cias, me­jo­ra. Lo que él ha apren­di­do es que tie­nes cua­tro se­gun­dos. Con la mano iz­quier­da dis­traes a la ser­pien­te. Agi­tas la mano de un la­do a otro, eso la des­con­cier­ta. Con la de­re­cha la aga­rras. La su­je­tas jus­to por de­trás de la ca­be­za. Lue­go co­ges la cin­ta ad­he­si­va que pre­via­men­te te ha­bías en­ro­lla­do en el ín­di­ce de la mano iz­quier­da y la fi­jas al­re­de­dor de la bo­ca de la ser­pien­te. Los ejem­pla­res que cap­tu­ra los lle­va al or­ga­nis­mo ofi­cial que le ha con­tra­ta­do. Allí los mi­den y los sa­cri­fi­can. Le pa­gan 8,5 dó­la­res por ho­ra, can­ti­dad por de­ba­jo del sa­la­rio mí­ni­mo, a lo que hay que su­mar 50 dó­la­res por las ser­pien­tes que mi­dan más de me­tro y me­dio, y otros 25 dó­la­res por ca­da 30 cen­tí­me­tros más.

NO HAY VE­NENO QUE VAL­GA. Dusty no se plan­tea uti­li­zar otros mé­to­dos de ca­za. «No he­mos en­con­tra­do ve­ne­nos que ma­ten so­lo a las pi­to­nes y no a los de­más ani­ma­les al mis­mo tiem­po. Unos cien­tí­fi­cos me ha­bla­ron una vez de una fe­ro­mo­na que ha­bían desa­rro­lla­do pa­ra atraer a las ser­pien­tes, pe­ro no vol­ví a sa­ber de ellos. El año pa­sa­do in­clu­so tra­je­ron a dos ca­za­do­res de co­bras des­de la In­dia. Se me­tie­ron en los pan­ta­nos en bus­ca de ni­dos de ser­pien­tes. Un tra­ba­jo in­fer­nal. Al fi­nal co­gie­ron 33 ser­pien­tes en un mes, y rom­pie­ron unos cuan­tos hue­vos. Eso tam­bién lo pue­do ha­cer yo des­de la fur­go­ne­ta». Po­co des­pués de ha­ber di­cho es­tas pa­la­bras, Dusty ba­ja al sue­lo de un sal­to, echa a co­rrer por el te­rra­plén y to­do ocu­rre en un ins­tan­te: dis­traer con la mano iz­quier­da, atra­par con la de­re­cha, lis­to. La pi­tón mi­de tres me­tros, no es un ejem­plar de los gran­des. Es so­lo una más del mi­llar lar­go de pi­to­nes que Dusty y sus co­le­gas han cap­tu­ra­do en el úl­ti­mo año. Me­te la ser­pien­te en un sa­co y lo ata con una cuer­da. Lue­go se vuel­ve a su­bir a su pues­to de vi­gi­lan­cia en lo al­to de la fur­go­ne­ta. Ahí fue­ra to­da­vía que­dan otros 100.000 ejem­pla­res. Sí­si­fo subía una ro­ca por una co­li­na, ese era su cas­ti­go. The Wild­man es­cu­dri­ña el pan­tano, pe­ro pa­ra él es una suer­te.

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