Si hu­bie­ra ha­bi­ta­cio­nes pa­ra gri­tar, yo ten­dría una”

Le cues­ta «mu­chí­si­mo» rom­per las re­glas y nun­ca le han pues­to una mul­ta pe­ro, en «Se­cues­tro», se sal­ta la ley. A Blan­ca Por­ti­llo vol­ve­mos a ver­la de du­ra aun­que ella se con­fie­sa blan­da. Eso sí, con las co­sas cla­ras. Vi­ve en un cons­tan­te qué pa­sa­rá ma­ña­na

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA MON­TES

Cuen­ta que su má­xi­ma ilu­sión hu­bie­ra si­do can­tar en la es­co­la­nía, pe­ro no la de­ja­ron «por­que de­cían que te­nía voz de chi­co». Pe­ro es­ta ac­triz ro­tun­da y cer­ca­na, con su voz im­po­ne y con­ven­ce. Qui­zás por esa pre­sen­cia arro­ja­da y ho­nes­ta le caen pa­pe­les de du­ra co­mo Patricia de Lu­cas, la abo­ga­da de­ses­pe­ra­da por los acon­te­ci­mien­tos que ron­dan el se­cues­tro de su hi­jo, o la ma­dre, es­po­sa de abo­ga­do y jue­za que pro­ta­go­ni­za­rá en Sé quién eres, la nue­va se­rie que Te­le­cin­co es­tre­na­rá a par­tir de sep­tiem­bre, otro th­ri­ller. Ya le gus­ta­ría a ella hacer co­me­dia ro­mán­ti­ca, bro­mea. Pe­ro, de mo­men­to, no pa­re­ce. Por­que en no­viem­bre la ve­re­mos subida a las ta­blas del tea­tro re­pre­sen­tan­do el dra­ma El car­tó­gra­fo, uno de esos tri­ples sal­tos mor­ta­les que se­gui­rán for­ján­do­la co­mo ac­triz de ca­rác­ter.

— ¡Qué gri­to al fi­nal en «Se­cues­tra­do»!

— La es­ce­na es en un si­tio es­pec­ta­cu­lar. Es­tá­ba­mos al bor­de de un pre­ci­pi­cio y hubo que re­pe­tir va­rias ve­ces con dis­tin­tos pla­nos te­nien­do en cuen­ta que yo ten­go un vér­ti­go im­por­tan­te.

— ¿Has ne­ce­si­ta­do al­gu­na vez gri­tar así pa­ra li­be­rar­te?

— No lo ha­go pe­ro de­be­ría­mos ha­cer­lo to­dos. Cuan­do era jo­ven­ci­ta sí me ba­ja­ba a los sub­te­rrá­neos de Pla­za de Es­pa­ña, en Ma­drid, por­que pa­san co­ches sin pa­rar, y, cuan­do te­nía ra­bia o pe­na o me ha­bía pa­sa­do al­go, gri­ta­ba pa­ra desaho­gar­me. Es muy li­be­ra­dor. No en­con­tra­mos ni el lu­gar ni el mo­men­to, pe­ro, si hu­bie­ra ha­bi­ta­cio­nes pa­ra gri­tar, yo ten­dría una.

— ¿Có­mo ves la jus­ti­cia en nues­tro país?

— Siem­pre ha si­do un de­ba­te la di­fe­ren­cia en­tre la ley y la jus­ti­cia. La ley pre­ten­de ser jus­ta pe­ro no siem­pre lo es, por eso a ve­ces la jus­ti­cia tie­ne más ra­zón de ser que la ley. Hay co­sas que por ley no de­be­ría­mos ha­cer­las pe­ro por jus­ti­cia a ve­ces se ha­cen. De­li­ca­do po­ner el lí­mi­te.

— En la pe­li vas de du­ra. ¿Te cues­ta en

tu vi­da pi­sar fuer­te?

— Es más la apa­rien­cia. Yo soy muy frá­gil e hi­per­sen­si­ble. Otra co­sa es ser fuer­te, y yo in­ten­to ser­lo por­que es sano for­ta­le­cer el ca­rác­ter y que las co­sas no te hun­dan ca­da dos mi­nu­tos.

— De to­dos mo­dos, Patricia no es tu úni­co per­so­na­je con ca­rác­ter.

— Sí, al­go de­be de ha­ber en mí que trans­mi­te eso. Yo no me con­si­de­ro du­ra. De he­cho me lla­mo a mí mis­ma Blan­da Por­ti­llo (ri­sas). No sé qué ha­go pa­ra que me den per­so­na­jes así. Los en­tien­do, pue­do ha­cer­los, pe­ro yo no soy así.

— ¿Los en­tien­des por­que has es­ta­do ro­dea­da de per­so­nas con esa fuer­za?

— He es­ta­do ro­dea­da de gen­te con ca­rác­ter. A mí no me gus­ta la gen­te pu­si­lá­ni­me. Me gus­ta la gen­te que se ha cons­trui­do, que se quie­re y que se es­ti­ma. Y en mi fa­mi­lia mi ma­dre es una mu­jer con un ca­rác­ter muy cla­ro y muy po­ten­te pe­ro no tie­ne na­da de du­ra. A la gen­te du­ra no le pe­ne­tra na­da y a mí me gus­ta la gen­te permea­ble.

— ¿Eres de las que le cues­ta con­ci­liar el sue­ño si no tie­ne la men­te tran­qui­la?

— Sí, por eso duer­mo de ma­ra­vi­lla. Lo que me qui­ta el sue­ño son las res­pon­sa­bi­li­da­des, pe­ro la ma­la con­cien­cia nun­ca me ha qui­ta­do el sue­ño, por­que no la ten­go.

— ¿Qué cues­tio­nes te re­sul­tan «irre­le­van­tes» cuan­do se tra­ta de abor­dar tu vi­da?

— Lo que no me gus­ta es que me pi­dan ex­pli­ca­cio­nes por­que soy la due­ña de mis acier­tos y mis erro­res. Por eso no cul­po a na­die de mis desa­cier­tos y tam­bién me ani­ma a mí mis­ma a cu­rrár­me­lo. Lo que no ocul­to son mis sen­ti­mien­tos con las per­so­nas ade­cua­das.

— ¿Crees que hay se­cre­tos pe­li­gro­sos de guar­dar?

— Sí, los hay pe­ro yo soy muy bue­na guar­dan­do se­cre­tos y la gen­te lo sa­be y por eso me los con­fían. Cues­ta que te guar­den un se­cre­to pe­ro hay co­sas que a ve­ces de­ben ocul­tar­se.

— ¿Te ima­gi­nas per­der­lo to­do co­mo Patricia?

— Yo siem­pre ten­go la sen­sa­ción de que lo que ten­go se me pue­de aca­bar en cual­quier mo­men­to. No ten­go la se­gu­ri­dad

de na­da. Y he pen­sa­do que, si es­to ocu­rrie­ra, me lo to­ma­ría co­mo el co­mien­zo de al­go. Por­que las co­sas pa­san pa­ra que apren­da­mos al­go y eso te ha­ce acep­tar­las con más tran­qui­li­dad.

— ¿Cuál ha si­do la pér­di­da más do­lo­ro­sa que has su­fri­do?

— Per­der a gen­te a la que quie­res. No se pue­de te­ner una pér­di­da peor.

— Y en re­la­ción a las co­rrup­te­las e in­fi­de­li­da­des que tra­zan es­ta pe­lí­cu­la, ¿al­gu­na vez has pen­sa­do qué po­co va­le la vi­da?

— Sí, le da­mos po­co va­lor a la vi­da de­ma­sia­das ve­ces y eso que se nos pue­de ir en cual­quier mo­men­to. De­be­ría ser un ob­je­to pre­cia­do y pre­cio­so.

— ¿Qué es lo que pa­ra ti tie­ne un va­lor in­cal­cu­la­ble en la vi­da?

— Los afec­tos son lo más va­lio­so. Pue­do vi­vir sin ca­sa, pe­ro sin amor es muy com­pli­ca­do.

— ¿Eso lo di­ces co­mo miem­bro de fa­mi­lia nu­me­ro­sa?

— ¡Y tan nu­me­ro­sa! Éra­mos ocho her­ma­nos, así que siem­pre con gen­te al­re­de­dor, por eso ha­ce en­ten­der los afec­tos de una for­ma es­pe­cial. Pa­ra mí el con­cep­to de fa­mi­lia son más los her­ma­nos que los pa­dres, que son de otra ge­ne­ra­ción. Pe­ro yo soy una so­li­ta­ria em­pe­der­ni­da por­que tar­dé mu­chos años en te­ner una ha­bi­ta­ción pa­ra mí so­la. — ¿Así que te­néis vues­tras ca­de­nas de What­sApp los ocho her­ma­nos? —¡Y tan­to! Te­ne­mos un chat so­lo de her­ma­nos don­de no en­tran ni cu­ña­dos ni so­bri­nos, aun­que hay otro fa­mi­liar. Ade­más te­ne­mos una re­la­ción cons­tan­te aun­que vi­vi­mos to­dos en Ma­drid.

— Te veo co­mo una mu­jer que vi­ve en el pre­sen­te.

— Ab­so­lu­ta­men­te, pa­ra mí lo que pa­só, pa­só. Yo mi­ro pa­ra adelante, no mi­ro pa­ra atrás. So­lo mi­ro pa­ra apren­der de lo que he he­cho, pe­ro no me que­do ahí pa­ra­da en lo que ocu­rrió. ¿Pa­ra qué? ¡No va a cam­biar! Y hay tan­tas co­sas in­tere­san­tes cuan­do mi­ras ha­cia adelante…

— ¿Y en qué mo­men­to vi­tal es­tás?

— Yo no ten­go cons­cien­cia del pa­so del tiem­po por­que no ten­go nos­tal­gia, ni la sen­sa­ción de que se me ha­ya aca­ba­do na­da, vi­vo en un cons­tan­te qué pa­sa­rá ma­ña­na. Pe­ro al mi­rar atrás veo que el mo­men­to en el que es­toy es la con­se­cuen­cia de to­das esas co­sas que han ocu­rri­do, pe­ro no lo con­si­de­ro ni me­jor ni peor que otros. Es un mo­men­to de ma­du­ra­ción, de ex­pe­rien­cia, pe­ro no me en­cuen­tro ni en la ci­ma, ni en la de­ba­cle, sino en un mo­men­to ló­gi­co des­pués de lo que he ido acu­mu­lan­do. Y, so­bre to­do, siem­pre cons­cien­te de que ma­ña­na to­do pue­de cam­biar pa­ra bien o pa­ra mal.

— ¿Así es más emo­cio­nan­te la vi­da?

— Cla­ro. La vi­da es in­creí­ble, me fli­pa, y si uno pres­ta aten­ción, es in­tere­san­tí­si­ma. — ¿Nos trai­cio­nan las emo­cio­nes o más la ca­be­za? — A mí las emo­cio­nes. No las con­tro­lo del to­do. La ca­be­za, bas­tan­te más. Las emo­cio­nes tam­bién son muy ines­pe­ra­das y a ve­ces nos em­bar­gan. Por eso hay que es­cu­char­las cons­tan­te­men­te, sa­ber qué te pa­sa, y asu­mir­lo.

— ¿Y cuál es la emo­ción que más te sa­cu­de?

— La pro­pia emo­ción de vi­vir. Me apa­sio­na la vi­da. No en­tien­do a la gen­te que di­ce que quie­re una vi­da tran­qui­la, ¡lo cual es im­po­si­ble!

— Y si un día te cam­bia­ra co­mo di­ces, ¿a qué te de­di­ca­rías?

— A dar cla­ses de in­ter­pre­ta­ción, aun­que ser ac­triz es lo que más me gus­ta, o ser pe­rio­dis­ta si la vi­da du­ra­ra 250 años pa­ra hacer más co­sas.

— ¿Y por qué te si­gue gus­tan­do ser ac­triz?

— Por­que me ayu­da a des­cu­brir más co­sas de mí que des­co­noz­co y es­tar en con­tac­to con gen­te, co­no­cer gen­te nue­va. Y por­que me per­mi­te emo­cio­nar, y ese es el pri­vi­le­gio de los pri­vi­le­gios y lo que me con­mue­ve. Pe­ro tam­bién es una res­pon­sa­bi­li­dad por­que es­tás emo­cio­nan­do a al­guien aun­que se­pa que es ficción. Y eso es muy gran­de. — ¿Va­mos a ver­te dan­do al­gún sal­to mor­tal en tu ca­rre­ra? —Ca­da pa­pel me su­po­ne un tri­ple mor­tal. Pe­ro El car­tó­gra­fo, el dra­ma que lle­va­re­mos al tea­tro en no­viem­bre, es un re­to im­por­tan­te don­de ha­brá de to­do.

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