Con Er­nes­to fue amor a pri­me­ra vis­ta”

Ex­tre­ma­da­men­te sexy en «Vien­tos de La Ha­ba­na», Jua­na Acos­ta (Ca­li, Co­lom­bia, 1976) lle­va­rá es­ta his­to­ria a la te­le­vi­sión en la mi­ni­se­rie «Cua­tro es­ta­cio­nes en La Ha­ba­na». Ni su pa­pel aquí ni en las úl­ti­mas pe­lí­cu­las que ha ro­da­do nos de­jan in­di­fe­ren­tes. J

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA MON­TES

La he­mos vis­to en Vel­vet en­ga­tu­san­do a Alberto en el pa­pel de eje­cu­ti­va agre­si­va en un épo­ca que no le to­ca­ba. Aho­ra, to­ca dis­fru­tar­la en un rol si­mi­lar con el dra­ma Sie­te años, en es­ta épo­ca ac­tual don­de im­pe­ra la tec­no­lo­gía. Pe­ro don­de Jua­na Acos­ta nos mues­tra su piel de mu­jer se­duc­to­ra y sen­sual, tal y co­mo ella se sien­te tam­bién en su vi­da, es en Vien­tos de La Ha­ba­na en la que, a gol­pe de pa­sión y sa­xo­fón, vi­ve una tó­rri­da his­to­ria en la de­ca­den­te ca­pi­tal cu­ba­na. Es­tá aún por ver si se de­ja­rá la piel de otra ma­ne­ra en la pro­duc­ción fran­ce­sa An­na, pre­sen­te en los Go­ya. Aun­que en cla­ve de co­me­dia ya es­tá em­bar­ca­da con Álex de la Igle­sia en el ro­da­je de Per­fec­tos des­co­no­ci­dos, don­de com­par­ti­rá pan­ta­lla con su pa­re­ja Er­nes­to Al­te­rio por pri­me­ra vez.

—Lle­vas una ac­ti­vi­dad pro­fe­sio­nal sin pau­sa. ¿Con­ten­ta?

—Sí, afor­tu­na­da­men­te. Lle­vo tra­ba­jan­do 21 años en es­ta pro­fe­sión ma­ra­vi­llo­sa que amo, pe­ro de re­pen­te em­pie­za a su­ce­der lo que to­da la vi­da so­ñé y bus­qué, es­pe­cial­men­te en es­tos úl­ti­mos años. Lle­ga des­pués de mu­cho tra­ba­jo, por­que es­treno cua­tro pe­lí­cu­las. De to­das me sien­to or­gu­llo­sa, y en ca­da una

de ellas ten­go per­so­na­jes muy po­ten­tes.

—Una es «An­na», rodada en fran­cés. ¿Se es­tre­na­rá en España?

—Jus­ta­men­te es­toy en cam­pa­ña con es­ta pe­lí­cu­la por­que ha si­do se­lec­cio­na­da por la aca­de­mia de cine co­lom­bia­na pa­ra que re­pre­sen­te a Co­lom­bia en los pre­mios Go­ya, y eso su­po­ne que sí que po­dría lle­gar a dis­tri­buir­se en España. He­mos es­ta­do en mu­chos fes­ti­va­les de cine con ella, y en el fes­ti­val co­lom­biano de Nue­va York me die­ron la men­ción es­pe­cial por es­ta pe­lí­cu­la. Ade­más es­toy no­mi­na­da a los pre­mios Fé­nix, los ga­lar­do­nes ibe­roa­me­ri­ca­nos de cine que se ce­le­bran en la ciu­dad de Mé­xi­co. Así que la pe­lí­cu­la tie­ne real­men­te mu­chas po­si­bi­li­da­des.

—Ha­ce un mes que se es­tre­nó «Vien­tos de La Ha­ba­na», y des­de ayer ya te po­de­mos ver en «Sie­te años».

— Sí, es­ta úl­ti­ma es la pri­me­ra pe­lí­cu­la que pro­du­ce Net­flix en es­pa­ñol. Es­toy con Pa­co León, Juan Car­los Ra­ba y Manuel Mo­rón. Es una pe­lí­cu­la muy es­pe­cial por­que to­do se desa­rro­lla en un mis­mo es­pa­cio, un mis­mo día, pa­ra re­sol­ver un frau­de fis­cal. Yo soy una eje­cu­ti­va po­de­ro­sa en­tre el mun­do mas­cu­lino de la tec­no­lo­gía, los egos y la co­di­cia. Y va a ser la pri­me­ra vez que una pe­lí­cu­la mía va a es­tar en 190 paí­ses a la vez un día des­pués de su es­treno. Ade­más es­tá el ro­da­je en mar­cha de Per­fec­tos des­co­no­ci­dos, de Álex de la Igle­sia, uno de mis di­rec­to­res fa­vo­ri­tos. La rue­do con Belén Rue­da, Eduard Fer­nán­dez y, por pri­me­ra vez, con mi pa­re­ja Er­nes­to Al­te­rio.

—¿Qué pen­sa­bas de Er­nes­to an­tes de co­no­cer­le? ¿Te re­sul­ta­ba tam­bién se­duc­tor en la pan­ta­lla?

—Lo pri­me­ro que vi de él fue Al otro

la­do de la ca­ma, y me que­dé com­ple­ta­men­te fas­ci­na­da con su ta­len­to y sus ojos in­te­li­gen­tes. Al po­qui­to tiem­po nos co­no­ci­mos una no­che en un bar, no por tra­ba­jo, y sur­gió amor a pri­me­ra vis­ta. Él tam­bién ha­bía vis­to al­gu­nos tra­ba­jos míos cuan­do lle­gué.

—¿Qué ti­po de crí­ti­cas no acep­tas de Er­nes­to?

—Siem­pre nos ha­ce­mos crí­ti­cas muy po­si­ti­vas. Acep­ta­mos to­do el uno del otro y por eso nos de­ci­mos to­do. Así que no so­lo to­le­ro sus crí­ti­cas, sino que las re­ci­bo con mu­cha aten­ción y las tomo en cuen­ta.

—¿Qué le pi­des a un hom­bre co­mo pa­re­ja?

—Que ten­ga sen­ti­do del hu­mor, que sea in­te­li­gen­te y que me pue­da acom­pa­ñar en el ca­mino sin cor­tar­me las alas. Cuan­do me juz­gan sien­to que me re­tie­nen en vez de im­pul­sar­me, y eso no me gus­ta. De­tes­to los ce­los y me gus­ta sen­tir­me li­bre. Por eso Er­nes­to y yo res­pe­ta­mos mu­tua­men­te nues­tras ca­rre­ras y no nos cor­ta­mos las alas.

—¿Qué ti­po de hu­mor tie­ne Er­nes­to?

—Po­see una mi­ra­da muy es­pe­cial y úni­ca del mun­do. Es muy in­te­li­gen­te y tie­ne un gran sen­ti­do del hu­mor, pe­ro no es el tí­pi­co que echa chis­tes en to­das las fies­tas, aun­que utiliza un hu­mor muy fino.

—¿En qué eres ge­ne­ro­sa a ma­nos lle­nas con tu pa­re­ja?

—Bueno, creo que nos he­mos da­do el re­ga­lo más her­mo­so, que es nues­tra hi­ja Lo­la: él a mí y yo a él. Pe­ro aun­que bus­qué mu­cho tiem­po un her­ma­ni­to pa­ra ella, no vino, y aho­ra ya he com­pren­di­do que si la na­tu­ra­le­za no me lo

dio, por aho­ra se que­da­rá hi­ja úni­ca.

—Co­mo ma­má di­ces ser exi­gen­te. ¿Có­mo ves la edu­ca­ción que dan los pa­dres es­pa­ño­les?

—No­so­tros so­mos la­ti­nos y yo doy mu­cho va­lor a los lí­mi­tes, pe­ro tam­bién a una edu­ca­ción muy amo­ro­sa. Mi hi­ja es muy ca­ri­ño­sa, vie­ne de nues­tras raí­ces. No quie­ro juz­gar a los es­pa­ño­les por­que ca­da fa­mi­lia tie­ne sus va­lo­res. La mía es una mez­cla cul­tu­ral en­tre Co­lom­bia y Ar­gen­ti­na, y lle­va en el mis­mo pack to­do eso.

—En «Vien­tos de La Ha­ba­na» vi­ves una intensa aven­tu­ra con el pro­ta­go­nis­ta,

Jorge Pe­ru­go­rría.

—Es una mu­jer que tie­ne una gran ne­ce­si­dad de vol­ver a sen­tir­se vi­va y su afi­ción al sa­xo­fón, que la lle­vó a es­cu­char jazz en to­dos los ba­res de La Ha­ba­na con su pa­dre la co­nec­ta con Jorge Pe­ru­go­rría, un po­li­cía que que­ría ser pin­tor y que de­be des­cu­brir un cri­men. Y en es­tas his­to­rias frus­tra­das de am­bos y su sen­si­bi­li­dad más pro­fun­da, ellos se en­cuen­tran con una pa­sión des­bor­da­da a tra­vés de la piel. Por eso en la pe­lí­cu­la vi­ven esas es­ce­nas tó­rri­das. Cla­ro que Mi­guel Án­gel Sil­ves­tre be­sa bien, es de esos”

—¿Có­mo es tra­ba­jar con él?

—Des­de que le vi en me ape­te­ció tra­ba­jar con él. Y ha si­do un re­ga­lo. Jorge es un ac­to­ra­zo, muy com­pro­me­ti­do, muy en­tre­ga­do y muy ge­ne­ro­so. Tam­bién muy atrac­ti­vo, y siem­pre me ha pa­re­ci­do de los ac­to­res más se­xis la­ti­noa­me­ri­ca­nos, in­clu­so

Fre­sa y cho­co­la­te

aho­ra a pe­sar de sus años.

—Co­mo ac­triz ¿da igual be­sar a cual­quier ac­tor? ¿Se con­vier­te en ru­ti­na?

—Co­mo ac­triz he te­ni­do que be­sar mu­chas ve­ces, pe­ro co­mo en Vien­tos de La

Ha­ba­na, po­cas. Con Jorge fue ma­ra­vi­llo­so, y no, no be­sa co­mo otros (ri­sas). Cla­ro que no to­dos los ac­to­res be­san igual, y tam­po­co be­san igual to­dos los no­vios. Lue­go te en­te­ras más o me­nos del be­so que das, de­pen­de del tra­ba­jo, del ac­tor y del ti­po de be­so que tie­nes que ro­dar. Pe­ro en el set, de ín­ti­mo no tie­ne na­da por­que hay de­ma­sia­da gen­te al­re­de­dor y los be­sos son muy téc­ni­cos, aun­que en la pan­ta­lla se vea vi­vo.

—¿Có­mo fue ro­dar en La Ha­ba­na? ¿Fue po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to?

—Fue un gran apren­di­za­je. En el ro­da­je me sen­tí muy arro­pa­da por el equi­po y te das cuen­ta de lo que es la reali­dad cu­ba­na, que es­tá de­te­ni­da en el tiem­po y que los cu­ba­nos tie­nen mu-

cho que cam­biar y mu­chas ga­nas por ha­cer­lo. Pe­ro en la pe­lí­cu­la sa­le una Ha­ba­na de los 90, sin or­de­na­do­res, ni mó­vi­les, pa­ra re­crear esa de­ca­den­cia en la que ra­di­ca su en­can­to, aun­que tam­bién eso mis­mo asus­ta.

—¿Con qué in­ten­si­dad vi­ves tu vi­da?

—Mi vi­da, mi tra­ba­jo, mis amis­ta­des, las vi­vo con mu­cha in­ten­si­dad. Soy la­ti­na, co­lom­bia­na y lo vi­vo in­ten­sa­men­te. Tam­bién los pro­yec­tos en los que me em­bar­co. A lo me­jor tie­ne que ver con que soy Sa­gi­ta­rio, y ade­más as­cen­den­te Sa­gi­ta­rio, sím­bo­lo de fue­go. ¡Y en el horóscopo chino soy dra­gón de fue­go! Ima­gí­na­te tú si sin con to­do es­te fue­go no voy a vi­vir las co­sas con in­ten­si­dad (ri­sas).

—Con tan­tas pér­di­das fa­mi­lia­res, ¿nun­ca has te­ni­do la sen­sa­ción de que se te ha ro­to la vi­da?

—Va­rias ve­ces, sí. Mi vi­da no ha si­do un ca­mino de ro­sas. Me he en­con­tra­do co­sas do­lo­ro­sas de las que tam­bién he apren­di­do mu­cho, lo cual es bueno, por­que se con­vier­ten en mi ma­te­rial de tra­ba­jo co­mo ar­tis­ta, muy útil pa­ra dar­le al mun­do lo que el mun­do me ha da­do a mí y lo que me ha qui­ta­do. To­dos lle­va­mos den­tro nues­tras mi­se­rias.

—En España hay cos­tum­bre por que los ac­to­res mues­tren abier­ta­men­te su opi­nión. ¿Tam­bién en Co­lom­bia?

—Yo lo ha­go so­lo cuan­do pien­so que es es­tric­ta­men­te ne­ce­sa­rio. Me gus­ta guar­dar mis opi­nio­nes po­lí­ti­cas en mi ca­sa, ha­blar­lo con mi gen­te, y no ten­go el im­pul­so de ha­cer­lo en pú­bli­co.

—¿Has te­ni­do la sen­sa­ción de vi­vir es­qui­van­do la vio­len­cia?

—Yo me he cria­do en un en­torno vio­len­to, en un país con nar­co­te­rro­ris­mo y que des­de que na­cí es­tá en gue­rra. Y así du­ran­te mi in­fan­cia y mi ado­les­cen­cia, has­ta que me fui con 23 años. Pe­ro es­to ayu­da a vi­vir la vi­da de otra ma­ne­ra, en el aquí y aho­ra, por­que has te­ni­do la muer­te cer­ca. En Co­lom­bia, to­dos la he­mos te­ni­do cer­ca. Vi­vir con gue­rra ha­ce que le de­mos tan­to va­lor a la vi­da, que nos co­nec­te­mos con ella. Por eso los co­lom­bia­nos so­mos ale­gres, entusiastas y te­ne­mos una ener­gía es­pe­cial.

—¿Eres cre­yen­te?

—Creo en la na­tu­ra­le­za, creo en la vi­da, en el po­der de nues­tra fuer­za in­te­rior, pe­ro no creo en Dios.

—¿Nun­ca has te­ni­do pro­ble­mas por ser de Co­lom­bia?

—Sí, so­bre to­do en al­gu­nos ae­ro­puer­tos del mun­do. Siem­pre cuan­do voy a Es­ta­dos Uni­dos me pa­ran y me pre­gun­tan un po­co más que al res­to de la gen­te, eso sí. Pe­ro en Fran­cia tam­bién me ha pa­sa­do.

—En tu país eres Jua­ni­ta Acos­ta. ¿Quién es Jua­na y quién Jua­ni­ta?

—Jua­ni­ta soy pa­ra mi pa­re­ja, mis ami­gos y mi fa­mi­lia. Y en Co­lom­bia me lla­man Jua­ni­ta de España y me en­can­ta. Pe­ro cuan­do lle­gué a España ne­ce­si­ta­ba ha­cer un cam­bio pro­fun­do en mi vi­da y du­ran­te una cla­se de tea­tro me pro­pu­sie­ron lla­mar­me Jua­na, lo que me pa­re­ció muy bien.

—¿Bus­cas en al­gún rin­cón de Ma­drid un ca­chi­to de Co­lom­bia?

—Yo la ten­go tan den­tro de mí que no me ha­ce fal­ta bus­car­la fuera. Ten­go mu­chas fo­tos y re­cuer­dos de Co­lom­bia en ca­sa e in­ten­to ir ca­da vez que me da la nos­tal­gia, unas tres ve­ces al año. En­ton­ces no me da tiem­po de que me en­tre la año­ran­za. Y cuan­do la sien­to, co­jo a mi hi­ja y nos va­mos pa­ra allá, pa­ra que es­té cer­ca de sus raí­ces tam­bién. Lo ne­ce­si­to.

—¿Co­lom­bia es rea­lis­mo má­gi­co pa­ra­ra ti?

— Se­ría muy in­ge­nuo re­su­mir­la so­lo por eso. Es una mez­cla de mu­chas co­sas, y uno de los paí­ses más her­mo­sos con re­cur­sos na­tu­ra­les úni­cos por su ve­ge­ta­ción, sus aves, su sel­va y sus lla­nos. Es un es­pec­tácu­lo. Si al­gún día con­si­gue la paz, mu­cha gen­te va a que­rer ir. Pe­ro es cier­to que exis­ten to­das es­tas co­sas im­pre­vis­tas del rea­lis­mo má­gi­co y es­tán en el día a día de la gen­te. Co­lom­bia tie­ne una ma­gia es­pe­cial que co­no­cen los que han vi­vi­do allí o han ido a vi­si­tar­la.

—¿Qué tal fue tu pa­so por «Vel­vet»?

—Es­toy im­pre­sio­na­da de la re­per­cu­sión que tu­vo mi pa­so por la se­rie. La gen­te me si­gue pa­ran­do por la ca­lle pa­ra ha­cer­se fo­tos con­mi­go. Ade­más la han pa­sa­do por Net­flix, y se ha vis­to en Co­lom­bia y tam­bién en Fran­cia. Dis­fru­té con ese per­so­na­je, una mu­jer ade­lan­ta­da a su épo­ca, que lle­va­ba pan­ta­lo­nes. Y con Mi­guel Án­gel Sil­ves­tre la com­pe­ne­tra­ción fue per­fec­ta.

—¿Y él tam­bién be­sa bien?

—Sí, por su­pues­to. Es de esos (ri­sas).

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