Los sa­bo­res que vuel­ves a ex­pe­ri­men­tar co­mo pa­dre

¡QUÉ RI­COS! Exis­te una se­rie de ali­men­tos que se que­da­ron ol­vi­da­dos en la in­fan­cia y que ¡voiá! vuel­ven por ar­te de ma­gia cuan­do una nue­va ge­ne­ra­ción llea al ho­gar. ¿Si­guen igual de de­li­cio­sos? Al­gu­nos in­clu­so hn ga­na­do con el tiem­po.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - SABORES - TEX­TO: JA­VIER BCERRA

1 Ga­lle­tas Chi­qui­lín

Es hin­car el dien­te y tras­la­dar­te de in­me­dia­to a la era de los pan­ta­lo­nes cor­tos, Co­man­do G y Par­chís. Ese ca­rac­te­rís­ti­co gus­ti­llo a miel (sí, era por eso que te en­can­ta­ban) es una de las par­ti­cu­la­res de­li­cias que que­da­ron apar­ca­das en la ni­ñez. Se­gu­ro que se­guis­te co­mien­do ga­lle­tas. Pe­ro no es­tas. ¡Y fue un gran error! Ñam, ñam.

2 Cho­co­la­te blan­co

¿Y si le da­mos al ni­ño cho­co­la­te sin ca­cao a ver si lo co­me me­jor? Pues ahí va. To­ca ex­ten­der la mano ha­cia ese es­tan­te del sú­per que ha­ce si­glos que no se vi­si­ta y co­ger una ta­ble­ta de Milky­bar. Ya en ca­sa, un día en­tra la gana de dul­ce, se va a la ala­ce­na y apa­re­ce ahí, jun­to al Co­la­cao. ¿Lo prue­bas? Cla­ro. De pron­to lle­ga una ca­ta­ra­ta de re­cuer­dos so­bre bo­ca­di­llos en el par­que y cho­co­la­ti­nas de do­min­go.

3

Fua­grás

Es ese gra­sien­to pro­duc­to que en­gor­da so­lo con ver­lo. Le ha­ces un bo­ca­ta al crío para lle­var­lo al par­que. Tras unos cuan­tos bo­ca­dos lo de­ja. Te que­das con él en la mano. Op­tas por dar­le un mor­dis­co y, en­tre el pan cru­jien­te y la den­si­dad del fua­grás, se pro­du­ce una ex­plo­sión en la bo­ca. Ri­quí­si­mo.

4 Ro­lli­tos de ja­món

An­tes del ja­món bra­sea­do o la pe­chu­ga de pa­vo los ni­ños to­má­ba­mos ja­món york. Y, por su­pues­to, a tu hi­jo tam­bién se lo das. A al­gu­nos no nos gus­ta­ba mu­cho, la ver­dad. Pe­ro aho­ra, a ve­ces para ace­le­rar la me­rien­da, se le da un bo­ca­do de otro car­ga­do de re­mi­nis­cen­cias. ¿Tú tam­bién lo en­vuel­ves en ro­lli­tos?

5 Pu­ré de ver­du­ras

¡Es­to sí que es­ta­ba to­tal­men­te ol­vi­da­do! Pa­sar por la

mi­ni­pi­mer la acel­ga, el to­ma­te, la ce­bo­lla y el pue­rro y pro­bar­lo a ver có­mo es­tá. La tex­tu­ra y la sen­sa­ción ca­si lí­qui­da re­sul­ta tre­men­da­men­te ex­tra­ña. Lue­go des­cu­bres que es una mag­ní­fi­ca for­ma de co­mer sano.

6 Pe­tit suis­ses

Qui­zá sea es­te el me­jor re­en­cuen­tro gus­ta­ti­vo de to­dos. Es­te sa­bor, que ape­nas lo dis­fru­ta­bas de cuan­do en cuan­do vía Fri­go Pie, va y apa­re­ce en la ne­ve­ra con esos go­lo­sos en­va­ses ro­sas. Abres uno. Me­tes la cu­cha­ra. Sa­bo­reas. ¡Buff! In­des­crip­ti­ble. Una de­li­cia.

8 Que­si­tos

Otro clá­si­co que no pue­de fal­tar: los le­gen­da­rios que­si­tos. Suel­tos con su pa­pel plateado o aplas­ta­dos en bo­ca­ta, re­con­du­cen el gus­to a una épo­ca en la que to­do re­sul­ta­ba ju­go­so, gra­so y ri­quí­si­mo. La ver­sión so­fis­ti­ca­da de la ju­ga­da es el Mi­ni Baby­bel con su en­vol­to­rio ro­jo y su re­de­ci­ta.

10 Bo­lli­to de le­che

Aun­que nos ha­ya­mos abra­za­do ale­gre­men­te a la bo­lle­ría in­dus­trial, con los ni­ños si pue­de ser se acu­de a al­gu­nas de las po­cas pas­te­le­rías que aún los ha­cen. Co­mo siempre, tu hi­jo no se lo to­ma en­te­ro. Lo co­mes y em­pie­za un via­je en el tiem­po. No es­tá na­da mal. Pe­ro en­tien­des tam­bién por qué, al cre­cer, te pa­sas­te rá­pi­da­men­te a la pal­me­ra de cho­co­la­te.

7 Chu­ches

To­dos lle­va­mos bol­sas de chu­ches a la guar­de­ría en los cum­ples. Pe­ro los ni­ños ape­nas las co­men. Tie­ne una con­se­cuen­cia: los pa­dres ati­bo­rrán­do­nos de go­mi­no­las en ca­sa. A los críos muy pe­que­ños, en reali­dad, so­lo les va­len los gu­sa­ni­tos, de los que tam­bién pi­cas. ¡Y es­tán bue­ní­si­mos!

9 Bo­ca­ta de plá­tano

Den­tro del re­gre­so a la fru­ta que se pro­du­ce co­mo pa­dre (hay que dar ejem­plo, cla­ro), des­ta­ca una en par­ti­cu­lar: el plá­tano. Y en al­gu­nos ca­sos una va­rian­te de me­rien­da infantil de lo más ochen­te­ra: el bo­ca­di­llo de es­te. Ma­lo se­rá que no ter­mi­nes to­man­do un tro­ci­to an­tes de que el plá­tano se pon­ga ne­gro.

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