Asier mar­ca el ca­mino

Él es el rey. El rey Al­fon­so el Bra­vo en «El fi­nal del ca­mino». Fue el aman­te per­fec­to y el «Pa­so ade­lan­te» lo dio en televisión. Cre­ció con «Ca­ba­ret», tu­vo ban­da de rock y di­ce que el éxi­to es re­la­ti­vo. Asier lo tie­ne cla­ro: «Lo que ha­go im­por­ta más que

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: PACHO RO­DRÍ­GUEZ

Se­ve que los 40 le pi­lla­ron tan sin pa­rar que fue él quien les pa­só por en­ci­ma. Ni se en­te­ró, aun­que ahí, di­ce, le «cam­bia­ron los mo­to­res para ha­cer las co­sas» y em­pe­zó a re­la­ti­vi­zar. Asier Et­xean­dia (Bil­bao, 27 de junio de 1975) rehú­ye imi­ta­cio­nes. Es aho­ra, con 41 años, cuan­do se im­po­ne es­te pri­mer man­da­mien­to: «Más ho­nes­ti­dad y me­nos su­per­fi­cia­li­dad». El éxi­to es, para Asier, al­go re­la­ti­vo. Es­te ac­tor sin Max, que cum­plió su sue­ño de ni­ño al con­ver­tir­se en maes­tro de ce­re­mo­nias de Ca­ba­ret, tie­ne una tra­yec­to­ria fi­ja­da a ba­se de gran­des mo­men­tos. Por­que com­bi­na lo me­diá­ti­co con lo pro­fun­do.

En El fi­nal del ca­mino, la se­rie pro­du­ci­da por Voz Au­dio­vi­sual que se emi­te en TVE, ha­ce de rey. Es Al­fon­so VI, el Bra­vo, rey de León, de Cas­ti­lla y de Ga­li­cia. Asier com­po­ne un per­so­na­je con tras­fon­do psi­co­ló­gi­co que lle­va has­ta el ex­tre­mo de sus ges­tos. Un ca­rác­ter que no suel­ta la cu­rio­si­dad del es­pec­ta­dor y le lle­va a pen­sar: ¿pe­ro qué le pa­sa a es­te rey? Por­que le sa­le un hom­bre de neu­ro­sis me­die­val, com­ple­jo y al bor­de de un ata­que de vio­len­cia. Asier Et­xean­dia ana­li­zó, es­tu­dió y di­bu­jó así a un Al­fon­so VI con el que quie­re re­pre­sen­tar una épo­ca car­ga­da de con­flic­to. Pe­ro lo mez­cla con la fic­ción que de­man­da la se­rie co­mo hi­lo prin­ci­pal. Ver a Al­fon­so VI es ya to­da una suer­te para el es­pec­ta­dor de la pe­que­ña pan­ta­lla. Por­que Et­xean­dia es de esos ac­to­res que, una vez vis­to, de­man­da se­guir­le la pis­ta.

El bil­baíno re­ser­va un ba­ga­je im­pres­cin­di­ble, so­bre to­do en su ama­do tea­tro. Si a otros les quie­re la cá­ma­ra, a Et­xean­dia ha­ce mu­cho que las ta­blas le ti­ran tan­to los te­jos que son aman­tes perfectos.

Fue Dan­te, Te­seo, Val­mont... Hi­zo Ham­let, Me­dea, Ho­me­ro... Sí, esos nom­bres que los ac­to­res de lar­go re­co­rri­do se apun­tan con le­tras de oro, co­mo cuan­do se cum­ple un sue­ño.

Pe­ro la par­te me­diá­ti­ca tam­bién le lle­va a ser ar­te y par­te de las se­ries que han mar­ca­do el prime ti­me de los úl­ti­mos años. Más ha­cia atrás en el tiem­po, lo en­con­tra­mos en su Bil­bao na­tal, don­de vi­vió has­ta los 26 años, se da­ba al tea­tro de trin­che­ras y te­nía su ban­da de rock. Has­ta que el un­der­ground le lle­vó a Ma­drid a Un

pa­so ade­lan­te. —Des­pués de ro­dar «El fi­nal del ca­mino», de­ci­dis­te que­dar­te unos días por es­tas tie­rras. ¿Tan­to te gus­tan? —Me ape­te­cía dis­fru­tar de Ga­li­cia en plan per­so­nal. Me fas­ci­nó la Cos­ta da Mor­te. Me en­can­tó Foz. To­dos los lu­ga­res por los que pa­sé. Y me gus­ta la gente ga­lle­ga. Ga­li­cia tie­ne al­go de mis­te­rio­so que me atrae. Vol­ve­ré. —¿Có­mo te ha que­da­do el rey que in­ter­pre­tas en «El fi­nal del ca­mino»? —Mi per­so­na­je, Al­fon­so VI, apa­re­ce prác­ti­ca­men­te en to­dos los ca­pí­tu­los. Un per­so­na­je icó­ni­co y el más fi­de­digno his­tó­ri­ca­men­te. Lo más in­tere­san­te es la trans­for­ma­ción que irá su­ce­dien­do. Por­que es­ta es una se­rie sin bue­nos ni ma­los. O son to­dos bas­tan­te ma­los, por­que es una épo­ca muy sal­va­je, con­vul­sa, bes­tial. —¿Có­mo cua­ja la mez­cla de fic­ción con el con­tex­to his­tó­ri­co? —La par­te his­tó­ri­ca creo que pue­de in­tere­sar mu­cho. A mí me gus­ta mu­cho la his­to­ria, leer, en­te­rar­me de co­sas. Y la de la ca­te­dral de San­tia­go es muy in­tere­san­te. Pien­so que no se es cons­cien­te de lo que re­pre­sen­ta, del va­lor que tie­ne y lo que su­pu­so en el si­glo XI. —Cuan­do pre­pa­ras un per­so­na­je, ¿te do­cu­men­tas o de­jas que flu­ya? —Co­mo en El fi­nal del ca­mino hay co­sas reales, me pa­sé un buen tiem­po le­yen­do so­bre el te­ma. Pe­ro lo más ma­ra­vi­llo­so es có­mo lo con­ta­mos. En reali­dad, lo que que­re­mos es con­tar lo que su­ce­de de la me­jor ma­ne­ra po­si­ble. Pien­sas: «Si el per­so­na­je que re­pre­sen­to me vie­ra, ¿qué di­ría?». —¿En qué es­ta­dio si­tua­rías al Asier Et­xean­dia ac­tor? —De re­pen­te, he pen­sa­do que ten­go 41 años... y sí que ana­li­zas un po­co to­do lo que has he­cho y lo que tie­nes por de­lan­te por ha­cer. He lle­ga­do a la con­clu­sión de que pre­fie­ro más ho­nes­ti­dad que su­per­fi­cia­li­dad. Con 41 años, la ho­nes­ti­dad cre­ce y la an­sie­dad por tra­ba­jar ba­ja. Cam­bian los mo­to­res que te lle­van a ha­cer co­sas. Y, por su­pues­to, me pa­re­ce to­do más re­la­ti­vo que cuan­do era jo­ven, que lo te­nía to­do más cla­ro. O eso pen­sa­ba. —No es plan de pre­gun­tar­te a quién quie­res más, al tea­tro, al ci­ne, a la mú­si­ca o a la televisión. En es­tos años du­ros no has pa­ra­do. Tal y co­mo es­tá el pa­tio, ¿en qué crees más? —Es­ta es una pro­fe­sión que va y vie­ne. Y tú tie­nes que es­tar ahí. Es cier­to que en es­tos úl­ti­mos cua­tro años he estado sin pa­rar, aten­to a pro­yec­tos que se ani­man.

—Es­tar en «El fi­nal del ca­mino» es apos­tar por la pro­duc­ción au­dio­vi­sual. ¿Cuál es tu va­lo­ra­ción de un sec­tor del que se es­pe­ra tan­to? —¡Oja­lá sur­jan más apues­tas co­mo es­ta y em­pe­ce­mos a creér­nos­lo! Es­ta es una apues­ta bri­llan­te y arries­ga­da. To­dos es­ta­mos desean­do que fun­cio­ne. Yo no du­do de que, tra­ba­jan­do, en Es­pa­ña se pue­dan ha­cer co­sas de al­tu­ra. ¿Por qué no va­mos a po­der lle­gar a ni­ve­les de ca­li­dad, co­mo la HBO? —¿Qué tie­ne la mú­si­ca para ti para que, pa­se lo que pa­se, siem­pre es­té pre­sen­te en tu vi­da? —La mú­si­ca mar­có mi vi­da. En Bil­bao yo te­nía mi ban­da de ro­can­rol. Aho­ra mis­mo po­dría de­cir­te que lo que bus­co es mi pro­pio so­ni­do. Aun­que por mi idea mu­si­cal va des­de Bo­wie a Piaf, de Bach a Ma­don­na. ¡O AC/DC! To­do con una idea fun­da­men­tal: ser más ho­nes­to que na­da. —¿Cuan­do em­pe­za­bas te­nías co­mo re­fe­ren­tes a otros ac­to­res? ¿Y aho­ra, a quién ad­mi­ras? —He ad­mi­ra­do a ac­to­res y soy al­go mi­tó­mano. Pe­ro he bus­ca­do más la sen­sa­ción de en­con­trar­me a mí mis­mo que de pen­sar que quie­ro ser co­mo es­te o co­mo el otro. Eso nun­ca lo he que­ri­do. Es­tu­dié para ello cin­co años de Ar­te Dra­má­ti­co en Bil­bao. Es­tu­dié para ser ac­tor, en reali­dad. Mis am­bi­cio­nes siem­pre han si­do cre­cer, en­con­trar el len­gua­je, el di­rec­to. Pe­ro lo que nun­ca he pen­sa­do es a ver si me sa­le una pe­lí­cu­la con es­te ac­tor o ac­triz. —¿Nun­ca has te­ni­do esa ten­ta­ción de con­ver­tir­te en una ce­le­bri­dad?

—Yo lo que he que­ri­do siem­pre ha si­do tra­ba­jar. Nun­ca tu­ve más ex­pec­ta­ti­vas. Mi di­rec­ción lle­va­ba a otro lu­gar. Por­que me de­di­ca­ba al tea­tro de ca­lle y al rock. La te­le no la con­tro­la­ba, la mú­si­ca y la per­fo­man­ce, sí. Si en­tré en la te­le fue por­que hi­ce un cás­ting y me co­gie­ron. Y me fui a Ma­drid y vol­ví a Bil­bao. Por­que yo es­ta­ba más en­fo­ca­do ha­cia la mú­si­ca. No ten­go la an­sie­dad ni en­tien­do el con­cep­to de fa­mo­so. —Co­mo en­tien­des tu ca­rre­ra ar­tís­ti­ca co­mo un guion no es­cri­to, ¿te gus­ta­ría ha­cer más ci­ne, por ejem­plo? —Quie­ro se­guir ha­cien­do ci­ne. Y que sea con com­pa­ñe­ros es­tu­pen­dos, di­rec­to­res es­tu­pen­dos y ha­cien­do tra­ba­jos ma­ra­vi­llo­sos. Pe­ro in­sis­to en la idea de que lo im­por­tan­te son los tra­ba­jos que ha­go, no yo. Para mí es más im­por­tan­te lo que ha­go que lo que soy. —¿Có­mo has vi­vi­do es­tos años de cri­sis que tan­to han afec­ta­do a la in­ter­pre­ta­ción? —De­di­car­se a ser ac­tor o ac­triz, seas quien seas y en el ni­vel que sea, me me­re­ce to­dos los res­pe­tos. A ve­ces, el tra­ba­jo que re­sul­ta no tie­ne na­da que ver con no­so­tros. Yo es­toy ro­dea­do de gente con ta­len­to que no ha te­ni­do suer­te. Que es­tán sin tra­ba­jo. Lo que con­fir­ma que el éxi­to es re­la­ti­vo. Yo he te­ni­do éxi­to al­gu­na tem­po­ra­da y a la si­guien­te no ga­nar ni para el me­tro. —¿Pue­de ocu­rrir que un ac­tor pier­da el en­can­to por su tra­ba­jo al ha­ber al­can­za­do el éxi­to? —En mi ca­so, ca­da ex­pe­rien­cia que me to­ca es la más po­ten­te. Si no es así, no se

pue­de ha­cer. Lo que es­tás ha­cien­do en ese mo­men­to tie­ne que re­pre­sen­tar para ti la ex­pe­rien­cia más po­ten­te. —Pe­ro, por ha­blar de un tra­ba­jo tu­yo po­ten­te.Tu maes­tro de ce­re­mo­nias de «Ca­ba­ret» tu­vo al­go de cul­mi­na­ción, ¿no?

—Ca­ba­ret fue un sue­ño cum­pli­do. Me sir­vió para tra­ba­jar mu­cho en Ma­drid, pe­ro tam­bién por to­da Es­pa­ña. Fue un pa­pel que per­se­guía des­de ado­les­cen­te, des­de ni­ño, por­que mi ma­dre me po­nía en ca­sa la mú­si­ca de Ca­ba­ret. Y ca­si des­de ni­ño que­ría ser ese maes­tro de ce­re­mo­nias.

—En de­fi­ni­ti­va, ibas para ar­tis­ta sí o sí. —Des­de ni­ño que­ría ser­lo. No con­ci­bo la vi­da des­de otra pers­pec­ti­va que no sea la de ar­tis­ta.

FO­TO: DA­NI MANTI

OTO: BE­NI­TO OR­DÓ­ÑEZ

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