CRIS­TI­NA RO­DRÍ­GUEZ

LA ESTILISTA DE «CÁMBIAME» ES­TÁ NO­MI­NA­DA A DOS GO­YA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS Cris­ti­na Ro­drí­guez ESTILISTA

Alos47 es­tá fe­liz co­mo una per­diz, no se cam­bia ni por sí mis­ma a los 20, por­que has­ta los 30 —con­fie­sa— no se dio su au­tén­ti­ca opor­tu­ni­dad. Ella las bus­ca to­das, in­clu­so si hay que co­ger el lis­tín te­le­fó­ni­co y po­ner­se a lla­mar a los di­rec­to­res de cine. Eso hi­zo cuan­do em­pe­za­ba, y so­lo Bi­gas Lu­na le res­pon­dió, pe­ro a par­tir de ahí se hi­zo un hue­co en un mun­do, el del cine, que le fas­ci­na. Aho­ra es­tá no­mi­na­da por Tar­de pa­ra la ira y No cul­pes al kar­ma... Dos pe­lí­cu­las muy di­fe­ren­tes, que por lo de pron­to ya le han traí­do suer­te. —En­ho­ra­bue­na por esas no­mi­na­cio­nes a los Go­ya. —Gra­cias, es­toy con­ten­tí­si­ma. Es di­fí­cil, aun­que ten­go el 50% de po­si­bi­li­da­des por­que com­pi­to con una pe­li de épo­ca, pe­ro es ma­ra­vi­llo­so.

—¿Qué fue lo más com­pli­ca­do? —Son dos pe­lis to­tal­men­te di­fe­ren­tes. En Tar­de pa­ra la ira te­nía que ha­cer una es­pe­cie de Ta­ran­tino es­pa­ñol, que­ría al­go muy ge­nuino con el que to­dos nos iden­ti­fi­que­mos. Ade­más ha­bía po­cos cam­bios, son looks muy mar­ca­dos, y yo que­ría so­bre to­do que cuan­do se vie­se la pe­li diez años des­pués se iden­ti­fi­quen con ella. No cul­pes al kar­ma... es co­mo Amé­lie, tie­ne una es­té­ti­ca fe­me­ni­na, en que la ro­pa co­bra mu­cha im­por­tan­cia. To­do es muy mi­nu­cio­so, muy co­lo­ris­ta, pe­ro em­pol­va­da. Una pe­li be­lla. —Tú ves a al­guien y ya te dan ga­nas de cam­biar­lo, ¿no? —Es­to es un po­co de­for­ma­ción. Si es­toy en un res­tau­ran­te y me fi­jo en el de la me­sa de al la­do por la ro­pa em­pie­zo a pen­sar: «Ah, es­te tío de­be ser tal co­sa, o es­tá en una ci­ta...». Yo soy una con­ta­do­ra de his­to­rias con la ro­pa. No pue­do evi­tar ha­blar con al­guien y re­to­car­le el cue­llo, o co­lo­car­le bien la cor­ba­ta.

—¿Eres to­co­na?

—Sí, soy to­co­na. Y mi tra­ba­jo lo lle­vo a cues­tas. Yo siem­pre lle­vo en el bol­so un me­tro, por si ten­go que me­dir a un ac­tor, yo qué sé. [Ri­sas]

—¿Y có­mo di­rías que es tu es­ti­lo? —Yo soy muy kitsch. A mí me abu­rre la ele­gan­cia, es­tá so­bre­va­lo­ra­da. Me in­tere­sa la gen­te que me con­mue­ve, que apor­ta, que crea. No la gen­te que lle­va un ves­ti­do ne­gro y un sti­let­to, no la gen­te que es­tá va­lo­ra­da co­mo la más ele­gan­te. Co­mo di­ce Cha­ve­la Var­gas: «El que no tie­ne ni arru­gas ni ca­nas no le abras por­que no tie­ne na­da que con­tar», pues lo mis­mo con la ro­pa. El que va co­rrec­to, im­po­lu­to, no me in­tere­sa.

—Ni las fir­mas. —Na­da. La gen­te que crea es la de la ca­lle. Y los di­se­ña­do­res es adon­de mi­ran.

—Na­cer en Be­ni­dorm mar­ca. —Yo soy quien soy por ha­ber na­ci­do en Be­ni­dorm. Soy libre de ca­be­za. No he te­ni­do pre­jui­cios, ten­go una fa­mi­lia nor­mal, de cla­se ba­ja, me crie en una tien­da. Y ja­más me ha im­por­ta­do el qué di­rán, de ver­dad. Mis amigas me de­cían: «Si

sa­les así, no va­mos con­ti­go». Yo pa­sa­ba.

—Muy libre, pe­ro tam­bién fuer­te. —Sí, pe­ro yo no lo sen­tía co­mo fuer­te. A mí no me preo­cu­pa­ba nunca lo que di­je­sen los de­más. No he he­cho na­da, es co­mo te­ner los ojos azu­les. A mí me im­por­ta­ba un ble­do que me mi­ra­ran. Es más: a mí me gus­ta que me mi­ren, me gus­ta pro­vo­car co­sas en la gen­te.

—¿En­tien­des a Cris­ti­na Pe­dro­che? —Sí, por su­pues­to. Me pa­re­ce bien, me pa­re­ce una mag­ní­fi­ca cam­pa­ña de már­ke­ting lo que es­tán ha­cien­do con las cam­pa­na­das. ¿Por qué no ha­cer­lo?

—¿El ves­ti­do te gus­tó? —No es­pe­cial­men­te, pe­ro tam­bién me pa­re­ce bien que no me gus­te es­pe­cial­men­te. Me en­can­tó el fi­gu­rín que hicieron, pe­ro lue­go rea­li­za­do fue peor que el fi­gu­rín.

—¿Tú tie­nes al­gu­na pren­da fe­ti­che? —No, no. Sí me gus­ta lle­var un buen bol­so y unos bue­nos za­pa­tos. Le de­di­co más di­ne­ro a eso, pre­fie­ro te­ner ro­pa más ba­ra­ta por­que me can­so en­se­gui­da de ella. Mi bol­so de dia­rio lo pue­do lle­var mu­chos años. —¿Ter­mi­nas por de­for­ma­ción pro­fe­sio­nal vis­tien­do a los de ca­sa? —Mi­ra, si hay al­guien al que no he po­di­do ves­tir en la vi­da son mis pa­dres. O mi her­ma­na. Na­da, na­da. Mi ma­dre me di­ce: «Ay, hi­ja mía, tus gus­tos no son los míos». En mi ca­sa es que si al­gu­na vez se me suben los hu­mos me los ba­jan rá­pi­do. Lla­mo a mi ma­dre: «¡Ma­má, que es­toy no­mi­na­da a los Go­ya!». Y ella: «Ah, muy bien: ¿vas a ve­nir en Na­vi­dad? ¿Quie­res que ha­ga arroz?». [Ri­sas] —¿Al­gún personaje pú­bli­co que te gus­te es­pe­cial­men­te? ¿La rei­na? —Me gus­ta ella, pe­ro no co­mo va ves­ti­da. Me gus­ta­ría que arries­ga­ra más. Me gus­ta ella por­que me gus­ta que pue­da lle­gar a ser rei­na al­guien co­mo tú o co­mo yo. Y ella en eso ha si­do im­pe­ca­ble. Me gus­ta Na­ti Abas­cal, Ma­ri­sa Pa­re­des... Pe­ro no soy muy seguidora de na­die. —Re­cuer­do del pro­gra­ma el cam­bio de Con­chi­ta, aque­lla mu­jer que de­cía que so­lo te­nía un ves­ti­do na­ran­ja, muy pi­ja en la for­ma, que te pu­so ma­la por­que siem­pre la ha­bían man­te­ni­do. —Sí, sí. Es que yo no en­tien­do a una tía que di­ga: a mí no me dan la opor­tu­ni­dad, he te­ni­do ma­la suer­te, yo me lo me­rez­co. Cú­rra­te­lo. Yo soy muy du­ra con las per­so­nas va­gas, es que no quie­ro a gen­te así a mi al­re­de­dor.

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