«So­mos fle­xi­bles, no te­ne­mos ho­ra­rios, te­ne­mos soluciones»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - EMPRESAS - Su­sa­na Lua­ña

«Pekecha soy yo. Mi­do 1,60 y pe­so 52 ki­los». Y en efec­to, su em­pre­sa es un re­fle­jo de su per­so­na­li­dad, de un mun­do de soluciones pa­ra ha­cer fá­cil lo di­fí­cil tan­to en már­ke­ting co­mo en di­se­ño di­gi­tal, en­ri­que­ci­mien­to per­so­nal, in­no­va­ción o crea­ti­vi­dad. To­do lo que to­ca Ve­ró­ni­ca Ramallal con la va­ri­ta má­gi­ca de su po­der de co­mu­ni­ca­ción, cre­ce. Es Pekecha.

Ve­ró­ni­ca Ramallal, hi­ja de emi­gran­tes, nació en Sui­za en 1985, pe­ro cuan­do te­nía seis años re­gre­só por­que «mis pa­dres que­rían que es­tu­dia­se aquí». Así que se crio en A Pon­te­no­va (Lu­go), de don­de es la fa­mi­lia, mi­ma­da por los su­yos y desa­rro­llan­do una ima­gi­na­ción y un des­par­pa­jo que tie­ne mu­cho que ver con que, a la ho­ra de es­tu­diar una ca­rre­ra, se de­ci­die­se por Co­mu­ni­ca­ción Au­dio­vi­sual. «Siem­pre sa­qué no­tas bri­llan­tes y siem­pre fui de las ra­ri­tas de cla­se, de le­tras pu­ras, me gus­ta­ba el la­tín y el grie­go, cuan­to más ra­ro, más me gus­ta­ba». Al aca­bar la ca­rre­ra hi­zo el más­ter de La Voz de Ga­li­cia, y no tar­dó en en­con­trar su pri­mer tra­ba­jo.

—¿Có­mo se las apa­ñó pa­ra que, ca­si sin experiencia, la lla­ma­ran pa­ra el Xa­co­beo?

—Sin experiencia nin­gu­na no, por­que al cuar­to año de ca­rre­ra ya me abu­rría y em­pe­cé a tra­ba­jar en una pro­duc­to­ra y siem­pre fui muy in­quie­ta y me pa­sé los ve­ra­nos ha­cien­do prácticas; en la Co­pe en Ri­ba­deo, lue­go en la Te­le­vi­sión de Ga­li­cia... Lo cier­to es que pron­to me can­sé, me fal­ta­ba la chis­pa, y no sé có­mo se fi­ja­ron en mí pa­ra la pe­lí­cu­la O Após­to­lo, del Xa­co­beo 2010; era un pro­yec­to pe­que­ño y ne­ce­si­ta­ban ges­tio­nar la par­te de már­ke­ting y em­pe­cé con mu­cha ilu­sión, aun­que se nos fue de las ma­nos...

—¿Qué fa­lló?

—A ni­vel eco­nó­mi­co fue un desas­tre, pe­ro fue una experiencia ma­ra­vi­llo­sa por­que de pron­to me vi di­ri­gien­do un equipo de sie­te per­so­nas, con jor­na­das de ca­tor­ce ho­ras y apren­dien­do al­go nue­vo ca­da día. Yo soy así, de co­ger el to­ro por los cuer­nos. Al fi­nal lo pa­sé mal, pe­dí el despido y he de re­co­no­cer que ahí rom­pí y es­tu­ve dos me­ses fa­tal.

—¿Có­mo se sa­le de una cri­sis así?

—Em­pe­cé a bus­car tra­ba­jo y mi pa­re­ja me plan­teó la po­si­bi­li­dad de ha­cer al­go por mi cuen­ta. Al prin­ci­pio di­je que no por­que era al­go muy ines­ta­ble. Co­mo sa­bía que se es­ta­ban per­dien­do opor­tu­ni­da­des en el cam­po di­gi­tal me pre­sen­té a un pro­ce­so de se­lec­ción de una em­pre­sa que ges­tio­na­ba hos­te­le­ría y tu­ris­mo on­li­ne. Es­tu­ve cinco me­ses y el pro­yec­to no fun­cio­nó, pe­ro fue una in­cu­ba­do­ra de ta­len­to muy im­por­tan­te.

—Y en­ton­ces sí dio el pa­so...

—Sí, mi pa­dre to­da­vía me di­ce: ‘¡Pe­ro ti non es­ta­rías máis tranquila se fi­xe­ras un­ha opo­si­ción!’ Ja, ja. Es­ta­ba ha­cien­do un cur­so en Cam­bre y una per­so­na me pro­pu­so que le ges­tio­na­se la ima­gen de mar­ca. Y me di­je, ¿qué pier­do con pro­bar? Pa­sa­ron tres se­ma­nas y esa bo­la cre­ció. Hi­ce mis cálcu­los, y aun­que yo no soy par­ti­da­ria de las sub­ven­cio­nes, pe­dí una pa­ra em­pren­de­do­res. Me da­ban 7.000 eu­ros y te­nía que es­tar sie­te años fun­cio­nan­do. Me da­ba pa­ra pa­gar au­tó­no­mos y tra­ba­ja­ba en ca­sa, has­ta com­par­tía la wi­fi con los ve­ci­nos... ¡Así eran las co­sas! Pe­ro no tar­da­ron en apa­re­cer tra­ba­jos pa­ra las dipu­tacio­nes, pa­ra ayun­ta­mien­tos, pa­ra la Xun­ta... Y así has­ta hoy.

—¿Cuán­to tiem­po lle­va Pekecha en mar­cha?

—Co­mo em­pre­sa seis, pe­ro yo so­la em­pe­cé ha­ce ocho años. De no que­rer em­pren­der a de­cir: ‘Es­to es lo que quie­ro ha­cer’. Aho­ra so­mos do­ce per­so­nas ge­ne­ran­do pro­yec­tos y sie­te en la ofi­ci­na, aun­que allí veo so­lo a una, los de­más ya sa­ben lo que tie­nen que ha­cer y no me preo­cu­pa dón­de es­tán ni có­mo con­ci­lian; ellos sa­ben lo que ne­ce­si­ta el clien­te y cuán­do tie­nen que en­tre­gár­se­lo. So­mos fle­xi­bles y di­ná­mi­cos, no te­ne­mos ho­ra­rios, te­ne­mos soluciones.

| CÉ­SAR QUIÁN

Vi­ve en A Co­ru­ña, pe­ro Ve­ró­ni­ca Ramallal se pa­sa la vi­da via­jan­do

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