Ka­te MARA

La ac­triz ha­bla de ri­va­li­dad en­tre her­ma­nas, es­ti­lo y la hue­lla de Hou­se of Cards

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Portada - Por Lau­ra Co­llu­ra

Fue as­tro­nau­ta en Mar­te y aman­te de un pe­li­gro­so po­lí­ti­co en Hou­se of Cards. Pe­ro fue­ra de la pan­ta­lla po­cos co­no­cen a la au­tén­ti­ca Ka­te Mara. Una ac­triz to­do­te­rreno, que nos ha­bla de su her­ma­na Roo­ney, de ri­va­li­dad, se­xis­mo en Holly­wood, el pla­cer de la moda y có­mo rom­per el cas­ca­rón de la ti­mi­dez.

Ka­te Mara tie­ne una mi­ra­da que te atra­pa. Por mo­men­tos, sus ojos dan una sen­sa­ción de cer­ca­nía y vul­ne­ra­bi­li­dad, pe­ro al ins­tan­te re­sul­tan opa­cos, oclu­si­vos, co­mo si fue­ran dos dis­cos de vi­ni­lo lle­nos de pol­vo. La su­ya es una mi­ra­da que cam­bia de­pen­dien­do del te­ma que se tra­te o de si le gus­ta o no la pre­gun­ta. De ni­ña de­tes­ta­ba ir al co­le­gio y era muy tí­mi­da. Siem­pre qui­so ser ac­triz, un des­tino im­pre­vi­si­ble en su de­por­tis­ta y aris­to­crá­ti­co ho­gar: su familia pa­ter­na di­ri­ge los de­sig­nios de los Giants de Nue­va York des­de su fundación; la ma­ter­na es­tá al fren­te de los Stee­lers de Pit­ts­burgh des­de 1933. Si hu­bie­ra si­do un chi­co, es pro­ba­ble que se hu­bie­ra de­di­ca­do al fút­bol ame­ri­cano, pe­ro su vi­da ha se­gui­do otros de­rro­te­ros. Lle­va 17 años en el ci­ne, pe­ro la fa­ma mun­dial le lle­gó en la te­le­vi­sión en el pa­pel de la enig­má­ti­ca pe­rio­dis­ta Zoe Bar­nes, la aman­te del pe­li­gro­so po­lí­ti­co Frank Un­der­wood. Aho­ra aca­ba de ser ele­gi­da por la or­ga­ni­za­ción Wo­men in Film co­mo Ros­tro del Fu­tu­ro (“Fa­ce of the Fu­tu­re”), un pre­mio pa­tro­ci­na­do por Max Mara.

Mu­jer hoy. ¿Cree que ha cam­bia­do al­go la si­tua­ción de las mu­je­res en el ci­ne des­de que em­pe­zó su ca­rre­ra con 14 años?

Ka­te Mara. Cuan­do era pe­que­ña, no le da­ba vuel­tas a es­te ti­po de co­sas. Lue­go, con­for­me fui cre­cien­do, em­pe­cé a ser cons­cien­te del nú­me­ro tan re­du­ci­do de mu­je­res con las que me cru­za­ba en el tra­ba­jo. En la ma­yo­ría de los ca­sos, en una pe­lí­cu­la hay una ac­triz pro­ta­go­nis­ta y pa­ra de con­tar; el res­to son to­do hom­bres: no so­lo los ac­to­res, sino tam­bién los téc­ni­cos, los pro­duc­to­res, los di­rec­to­res. Es un en­torno abru­ma­do­ra­men­te mas­cu­lino. En los úl­ti­mos años, se ha co­men­za­do a po­ner el acen­to en las de­sigual­da­des, y ya era ho­ra.

¿Al­gún atis­bo de que al­go es­té cam­bian­do?

Re­cien­te­men­te, he par­ti­ci­pa­do en la pe­lí­cu­la Mar­te (The Mar­tian), di­ri­gi­da por Rid­ley Scott, en la que Jes­si­ca Chas­tain y yo in­ter­pre­ta­mos a dos as­tro­nau­tas. El me­ro he­cho de que, de cin­co pro­ta­go­nis­tas, dos fué­se­mos mu­je­res nos pa­re­cía una gran con­quis­ta. Du­ran­te el ro­da­je, me sor­pren­día a mí mis­ma pre­gun­tán­do­me: “¿Por qué me pa­re­ce tan emo­cio­nan­te le­van­tar­me ca­da día sa­bien­do que voy a tra­ba­jar con Chas­tain?”. Me di cuen­ta de que no era so­lo por­que sea una ac­triz fan­tás­ti­ca, sino por­que no es muy ha­bi­tual que me to­que tra­ba­jar con otra mu­jer.

Su familia no vie­ne del mun­do del es­pec­tácu­lo, sino del fút­bol ame­ri­cano. Uno de sus bi­sa­bue­los, Tim Mara, fue el fun­da­dor del equi­po de los New York Giants; y el otro, Art Roo­ney, de los Pit­ts­burgh Stee­lers. ¿Qué co­sas tu­vo que apren­der al apro­xi­mar­se a un mun­do tan dis­tin­to del que pro­ve­nía?

“DE NI­ÑA ME RESULTABA MÁS FÁ­CIL FINGIR QUE ERA OTRA PER­SO­NA QUE SER YO MIS­MA”.

De to­do. Mi familia y yo no sa­bía­mos na­da de na­da, ni si­quie­ra qué era un agen­te, ni el he­cho de que fue­ra ne­ce­sa­rio con­tar con los ser­vi­cios de uno. Tu­vi­mos que apren­der­lo to­do des­de ce­ro. Mi ma­dre ha es­ta­do a mi la­do des­de el prin­ci­pio, y to­do lo he­mos ido des­cu­brien­do jun­tas.

¿Y qué pa­pel desem­pe­ña la moda en su vi­da?

Un pa­pel fun­da­men­tal. Pa­ra me­ter­se en la piel de un per­so­na­je, ha­ce fal­ta com­pren­der cuál es su as­pec­to, có­mo vis­te, có­mo ha­bla, qué acen- to tie­ne. Así que, pa­ra mí, ha si­do siem­pre un ele­men­to muy im­por­tan­te des­de el pun­to de vis­ta pro­fe­sio­nal. Lue­go, con los años, el me­ro he­cho de ves­tir­me se ha ido con­vir­tien­do en una di­ver­sión, a la vez que en una for­ma de ex­pre­sión per­so­nal. Mi es­ti­lo cam­bia y evo­lu­cio­na cons­tan­te­men­te, co­mo mi per­so­na­li­dad.

La de­fi­nen co­mo una per­so­na tí­mi­da. ¿Es cier­to?

Ya no. La interpretación me ha curado. Con­ce­des tan­tas en­tre­vis­tas y acu­des a tan­tas au­di­cio­nes que al fi­nal te ves obli­ga­da a sa­lir del cas­ca­rón. Me he acos­tum­bra­do a es­tar ro­dea­da de gen­te muy dis­par y de per­so­nas que no co­noz­co. En cual­quier ca­so, la ti­mi­dez es uno de los mo­ti­vos que me lle­va­ron a ele­gir es­te ca­mino. Con nue­ve años era tan in­tro­ver­ti­da que me resultaba más sen­ci­llo fingir que era otra per­so­na an­tes que ser yo mis­ma.

El año pa­sa­do ter­mi­nó su lar­ga re­la­ción con el ac­tor bri­tá­ni­co Max Ming­he­lla (hi­jo del di­rec­tor Ant­hony Ming­he­lla ) y aho­ra se la re­la­cio­na con Ja­mie Bell, con el que tra­ba­jó en la pe­lí­cu­la Los cua­tro Fan­tás­ti­cos..

No si­ga por ahí. No voy a de­cir ni una so­la pa­la­bra so­bre mi vi­da sen­ti­men­tal.

¿Por qué?

Es mu­cho me­jor que el pú­bli­co se­pa lo me­nos po­si­ble de tu vi­da per­so­nal, co­mo en el vie­jo Holly­wood, en el que la vi­da pri­va­da de las es­tre­llas se man­te­nía en se­cre­to. Los ac­to­res que más ad­mi­ro hoy en día han to­ma­do la mis­ma de­ci­sión. Y, por otro la­do, por al­go se lla­ma vi­da pri­va­da, ¿no?

Pre­ser­var su in­ti­mi­dad no de­be re­sul­tar­le na­da fá­cil.

No se crea; bas­ta con no res­pon­der a cier­tas pre­gun­tas. Los pa­pa­raz­zi no sue­len per­se­guir­me.

Dí­ga­me al me­nos qué ti­po de hom­bre le gus­ta.

Tam­po­co pien­so res­pon­der a eso. Bueno, una co­sa sí pue­do de­cir­le: no ten­go un ti­po de hom­bre ideal. Al­gu­nas de mis ami­gas se em­bar­can en re­la­cio­nes con per­so­nas que siem­pre es­tán cor­ta­das por el mis­mo pa­trón. Yo no.

Ha con­fe­sa­do que no sien­te ri­va­li­dad ha­cia su her­ma­na Roo­ney, ¿es cier­to?

Bueno, de pe­que­ñas nos peleábamos por quién ha­cía de Barbie y quién de Ken.

¿Y ya es­tá? Al­go de ce­los ha­brá, ¿no?

Cla­ro que los hay. Sin em­bar­go, si mi her­ma­na con­si­gue un pa­pel fa­bu­lo­so, lo pri­me­ro que pien­so es: “Si no lo he con­se­gui­do yo, qué me­jor que se lo lle­ve ella”. Por suer­te, nun­ca nos he­mos vis­to dispu­tan­do un mis­mo per­so­na­je, por­que no te­ne­mos na­da que ver la una con la otra: ni en el as­pec­to fí­si­co, ni en nues­tro mo­do de ac­tuar, ni en la ener­gía que des­pren­de­mos. Aun­que te­ne­mos la mis­ma edad, y los pa­pe­les son los que son, de mo­do que es inevi­ta­ble que ha­ya al­go de ri­va­li­dad. Pe­ro, en nues­tra edu­ca­ción, a am­bas nos in­cul­ca­ron una idea por en­ci­ma de cual­quier otra: que no hay na­da más im­por­tan­te que la familia. Y eso es al­go que nun­ca per­de­mos de vis­ta. El tra­ba­jo es so­lo eso: tra­ba­jo.

¿Có­mo se lo to­man sus fa­mi­lia­res cuan­do le to­ca ro­dar al­gu­na es­ce­na es­ca­bro­sa?

Al prin­ci­pio no muy bien. Re­cuer­do que mi pa­dre se que­dó bas­tan­te des­co­lo­ca­do cuan­do, con 14 años, me to­có ha­cer de una jo­ven psi­có­pa­ta. Fue en­ton­ces cuan­do acu­ñé una fra­se que mi her­ma­na y yo se­gui­mos uti­li­zan­do, más que na­da pa­ra to­mar­les el pelo a mis pa­dres, que ya es­tán acos­tum­bra­dos: “No es más que pu­ro tea­tro, pa­pá”. La he­mos re­pe­ti­do tan­tas ve­ces que ha ter­mi­na­do lla­man­do así a un ca­ba­llo.

¿As­pi­ra us­ted mis­ma a for­mar su pro­pia familia?

Sí, al­gún día; es al­go que me gus­ta­ría mu­cho. Soy cons­cien­te de que, en el mo­men­to en que traes un hi­jo al mun­do, esa cria­tu­ra pa­sa a ser tu prio­ri­dad nú­me­ro uno. Pe­ro tam­bién que­rría tra­ba­jar co­mo ac­triz to­da la vi­da. Así que voy a ha­cer to­do lo que es­té en mi mano pa­ra lo­grar con­ci­liar con éxi­to el tra­ba­jo y la familia.

Ya que ha­bla­mos de sus in­quie­tu­des, ¿le in­tere­sa la po­lí­ti­ca?

No, en ab­so­lu­to. Es­toy dis­pues­ta a par­tir­me la ca­ra por los de­re­chos de los ani­ma­les, pe­ro no por cues­tio­nes po­lí­ti­cas.

Ha gra­ba­do una cam­pa­ña con­tra la cría in­ten­si­va de ani­ma­les. ¿Có­mo sur­gió?

La Hu­ma­ne So­ciety me pi­dió que pro­mo­cio­na­ra los Meatless Mon­days [“los lu­nes sin car­ne”], es de­cir, la cos­tum­bre de no co­mer car­ne al me­nos un día a la se­ma­na. Y la ver­dad es que me pa­re­ció una idea es­tu­pen­da. Es mi ma­ne­ra de po­ner un gra­ni­to de are­na. En ge­ne­ral, no me re­sul­ta sim­pá­ti­ca la gen­te que an­da im­po­nién­do­te su for­ma de ver las co­sas. Cuan­do di­go que soy ve­ga­na, veo que mu­chos se echan a tem­blar pen­san­do que voy a afear­les que se co­man un mus­lo de po­llo de­lan­te de mí. Y yo no soy ese ti­po de per­so­na. El ob­je­ti­vo de ese ví­deo es que la gen­te se­pa que la ma­yor par­te de la car­ne que co­me­mos es fru­to de una se­rie de ho­rri­bles tor­tu­ras que se in­fli­gen a los ani­ma­les. Yo mis­ma no lo sa­bía y me he pa­sa­do mu­chos años co­mien­do car­ne sin pa­rar. Cuan­do des­cu­brí la for­ma en que crían a esos po­bres ani­ma­les, se me ce­rró el es­tó­ma­go.

“MI HER­MA­NA Y YO NOS PELEÁBAMOS POR QUIÉN HA­CÍA DE BARBIE Y QUIÉN DE KEN”.

Ka­te lle­va bla­zer de Max Mara Sar­to­ria­le, con top y va­que­ros de Max Mara.

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