Psi­coac­tua­li­dad. ¿ Amor por de­cre­to? de­cre­to

Ma­ría Sal­me­rón in­cum­plió el ré­gi­men de vi­si­tas pa­ra pro­te­ger a su hi­ja y fue con­de­na­da a seis me­ses de pri­sión. ¿Por qué la ley no la de­fen­dió? Es­ta vez el in­dul­to no lle­ga tar­de.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario - ISA­BEL ME­NÉN­DEZ, psi­có­lo­ga

MMa­ría Sal­me­rón es una mu­jer va­lien­te, que in­ten­tó es­ca­par del mal­tra­to de su pa­re­ja y qui­so pro­te­ger a su hi­ja de él. Pe­ro ha pa­ga­do un al­to pre­cio por pro­te­ger­se del aco­so al que ha si­do so­me­ti­da du­ran­te años por par­te de su ex­pa­re­ja. Su tris­te pro­ce­so co­men­zó en 1998, cuan­do le co­no­ció. Tar­da­ron po­co en con­ver­tir­se en pa­re­ja y, aunque se se­pa­ra­ron en va­rias oca­sio­nes, se ca­sa­ron en el 2000. Des­de ese mo­men­to, las pa­li­zas, ve­ja­cio­nes e, in­clu­so, las agre­sio­nes se­xua­les se ins­ta­la­ron en su vi­da dia­ria, se­gún sus pro­pias pa­la­bras. Ma­ría no aguan­tó mu­cho el mal­tra­to, so­lo un año. Con un be­bé re­cién na­ci­do, se se­pa­ra­ron. Lo que mues­tra que es­ta mu­jer de­ci­dió sal­var­se del in­fierno de una re­la­ción equi­vo­ca­da y pro­te­ger a su be­bé de una vi­da de vio­len­cia. Pe­ro su ex­ma­ri­do, le­jos de acep­tar la si­tua­ción, se em­pe­ñó en com­pli­car­le la vi­da. El cas­ti­go cor­po­ral y psi­co­ló­gi­co al que ha­bía si­do so­me­ti­da se cambió por un hos­ti­ga­mien­to ju­di­cial que du­ró años. Y es que ca­da uno de los in­te­gran­tes de es­ta his­to­ria ha te­ni­do un re­co­rri­do bien dis­tin­to en los tri­bu­na­les: en 2001, tras la de­nun­cia de Ma­ría, él fue con­de­na­do a 21 me­ses de pri­sión, aunque el jui­cio tar­dó en ce- le­brar­se ca­si seis años y nun­ca en­tró en la cár­cel por ser la pe­na in­fe­rior a dos años y ca­re­cer de an­te­ce­den­tes pe­na­les. Ma­ría, en cam­bio, ha es­ta­do a pun­to de ser en­car­ce­la­da por in­cum­plir el ré­gi­men de vi­si­tas. El in­dul­to le ha lle­ga­do po­co an­tes de en­trar en pri­sión y la pe­na le ha si­do con­mu­ta­da por tra­ba­jo co­mu­ni­ta­rio. Su ex, a pe­sar de ha­ber si­do con­de­na­do, no reali­zó nin­gún tra­ba­jo co­mu­ni­ta­rio. El mo­ti­vo de to­da es­ta pe­lea, en prin­ci­pio, es una ni­ña de 15 años cu­yo de­seo de no ver al pa­dre ig­no­ra la ley has­ta que cum­pla 16. Ma­ría ha de­cla­ra­do más de una vez que, al no cum­plir el ré­gi­men de vi­si­tas, no ha­cía más que res­pe­tar el de­seo de su hi­ja, pe­ro no la creen, por­que pa­re­ce ser que pa­ra la ley no tie­ne de­ma­sia­do va­lor el de­seo de los hi­jos, has­ta que no han cum­pli­do los 16 años. Es­te hom­bre si­guió aco­san­do a Ma­ría con la ley, acu­sán­do­la de no cum­plir el ré­gi­men de vi­si­tas. Siem­pre al ace­cho de su víc­ti­ma, con­si­guió que en el año 2009 le con­ce­die­ran la cus­to­dia de la ni­ña. Du­ran­te año y me­dio vi­vió con él y con In­ma, su mu­jer, ya que An­to­nio, es­tá casado por ter­ce­ra vez y tam­bién com­par­tía ca­sa con la hi­ja de su com­pa­ñe­ra y un hi­jo que tie­ne de su pri­me­ra mu­jer.

De agre­sor, a víc­ti­ma

Tras ese pe­rio­do, cuan­do la ni­ña te­nía nue­ve años, ma­ni­fes­tó su de­seo de vol­ver a vi­vir con su ma­dre. La jue­za, tras es­cu­char su de­seo, de­vol­vió la cus­to­dia a la ma­dre, aunque obli­gán­do­la a res­pe­tar un ré­gi­men de vi­si­tas, al­go que no hi­zo por­que su hi­ja ha­bía ma­ni­fes­ta­do el de­seo de no que­rer vol­ver a es­tar con él. ¿Se pue­de obli­gar a una ni­ña que se en­cuen­tra en la pu­ber­tad a es­tar con un pa­dre al que no desea ver? Cuan­do se pro­du­jo la sen­ten­cia de se­pa­ra­ción, en 2001, se le dio la cus­to­dia a la ma­dre y se es­ta­ble­ció un ré­gi­men de vi­si­tas al pa­dre. Se­gún él, la ma­dre sa­bo­teó e im­pi­dió cual­quier en­cuen­tro. Es­te le pu­so su­ce­si­vas de­nun­cias por no de­jar­le ver a la ni­ña. Has­ta los cua­tro años de edad, el pa­dre so­lo vio a la ni­ña una o dos ve­ces. Él ha he­cho aho­ra unas de­cla­ra­cio­nes en las que se po­si­cio­na como víc­ti­ma, de­cla­ran­do que si no le hu­bie­ra re­cla­ma­do a la ni­ña, ella no le hu­bie­ra de­nun­cia­do. Tam­bién afir­ma que fue él quien de­ci­dió cor­tar la re­la­ción con Ma­ría al mes de na­cer su hi­ja. ¿Aban­do­na a la ma­dre con un be­bé de ape­nas un mes de vi­da y lue­go desea ver a esa ni­ña? Cuan­do co­men­zó a pe­lear por su cus­to­dia, la ni­ña so­lo ha­bía cum­pli­do un año. ¿Aca­so un be­bé pue­de ir de mano en mano? ¿El pa­dre no pue­de es­pe­rar has­ta que la hi­ja es­té pre­pa­ra­da?

El pa­dre de­be­ría ha­ber es­pe­ra­do a que su hi­ja qui­sie­ra co­no­cer­le.

Vamos a ana­li­zar los efec­tos de es­ta his­to­ria so­bre una ni­ña. Cuan­do una pa­re­ja se se­pa­ra, los hi­jos de­ben co­no­cer las ra­zo­nes de la se­pa­ra­ción. Si la ma­dre ha si­do vio­len­ta­da, la hi­ja tie­ne de­re­cho a sa­ber. La ma­dre des­con­fia­rá, con razón, de ese hom­bre y la ni­ña no que­rrá es­tar con él, y me­nos si la obli­gan. Por mu­cho que sea su pa­dre, es­te hom­bre ten­dría que ha­ber es­pe­ra­do a que su hi­ja qui­sie­ra co­no­cer­le. Co­sa que hu­bie­ra su­ce­di­do si, más allá de re­cla­mar sus de­re­chos como pa­dre, hu­bie­ra pen­sa­do en los de su hi­ja y hu­bie­ra res­pe­ta­do su de­seo.

El va­lor de la re­nun­cia

Los pa­dres tie­nen de­re­cho a ver a sus hi­jos, pe­ro tam­bién han de acep­tar que es­tos no son un ob­je­to de su pro­pie­dad. No hay que par­tir­los por la mi­tad pa­ra que tan­to la ma­dre como el pa­dre ten­gan su par­te. Un be­bé no de­be ser se­pa­ra­do de la ma­dre en los pri­me­ros años de vi­da y un buen pa­dre de­be com­pren­der eso. En oca­sio­nes, hay más amor en la re­nun­cia que en una re­cla­ma­ción de cus­to­dia. Un pa­dre fun­cio­na en el psi­quis­mo más allá de es­tar pre­sen­te o no, y An­to­nio po­dría ha­ber ex­pli­ca­do a su hi­ja lo que qui­sie­ra cuan­do ella es­tu­vie­ra pre­pa­ra­da pa­ra ello. Eso no es re­nun­ciar a ser pa­dre, es acep­tar las con­di­cio­nes de su hi­ja y no obli­gar­la a ha­cer lo que no desea. Los pro­ge­ni­to­res pue­den pre­sen­tar gra­ves con­flic­tos psi­co­ló­gi­cos y por ello ser in­ca­pa­ces de cu­brir las ne­ce­si­da­des afec­ti­vas de sus hi­jos. En es­tos ca­sos, la pro­tec­ción a la in­fan­cia ten­dría que fun­cio­nar po­nien­do a dis­po­si­ción de los me­no­res más me­dios pa­ra po­der con­te­ner, ana­li­zar y ali­viar el de­sam­pa­ro que sien­ten cuan­do sus pa­dres se en­zar­zan en una pe­lea de de­nun­cias y jui­cios que pue­de du­rar años.

Ma­ría Sal­me­rón, abra­za­da por su hi­ja, el día que re­ci­ben la no­ti­cia de su in­dul­to par­cial.

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