Rap con­tra el ma­tri­mo­nio for­za­do

SONITA ALI­ZA­DEH

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Mujeres En Primera Línea -

Su vi­da es de pe­lí­cu­la… y ya la tie­ne. Se ti­tu­la Sonita, como su nom­bre, e inau­gu­ra­rá en mayo el fes­ti­val de ci­ne do­cu­men­tal Doc­sbar­ce­lo­na. La di­ri­gió la ira­ní Rokh­sa­reh Ghaem Mag­ha­mi, que fue su som­bra du­ran­te tres años. La gran pan­ta­lla mos­tra­rá a una jo­ven ra­pe­ra que no se cur­tió en el Bronx ni a la som­bra de los gra­fi­tis del mis­te­rio­so Bansky, sino que se hi­zo gran­de pro­tes­tan­do en las ca­lles de Tehe­rán, tras huir de su Af­ga­nis­tán na­tal con su fa­mi­lia, por la re­pre­sión de los ta­li­ba­nes. En Irán tra­ba­ja­ba lim­pian­do ba­ños como re­fu­gia­da “sin pa­pe­les” mien­tras apren­día a leer y es­cri­bir, y en­con­tró la ma­ne­ra (ile­gal) de prac­ti­car el rit­mo y la poe­sía. Ella so­lo que­ría es­ca­par de la bo­da que sus pa­dres, ya de vuel­ta a su país, le ha­bían pre­pa­ra­do con un hom­bre ma­yor a cam­bio de di­ne­ro: los 9.000 dó­la­res que ne­ce­si­ta­ban pa­ra pa­gar la bo­da de su her­mano. Sonita te­nía so­lo 16 años y un ro­tun­do “no”. Lo con­tó en una can­ción lla­ma­da Bri­des for sa­le [No­vias a la ven­ta], que con un vi­deo­clip en You Tu­be (fil­ma­do tam­bién por Rokh­sa­reh) se hi­zo vi­ral y cam­bió su vi­da. En­tre su mul­ti­tu­di­na­rio pú­bli­co es­ta­ba Strong­heart Group, una or­ga­ni­za­ción que ve­la por la edu­ca­ción de los jó­ve­nes en si­tua­cio­nes ex­tre­mas. Ellos le con­si­guie­ron un vi­sa­do de es­tu­dian­te,

Ocon beca in­clui­da, pa­ra Es­ta­dos Uni­dos. Sus le­tras no po­dían de­jar in­di­fe­ren­te a na­die. Ni su as­pec­to en el ví­deo: ves­ti­da de no­via, con los ojos mo­ra­dos, el la­bio par­ti­do y un có­di­go de ba­rras en la fren­te. “Gri­to pa­ra com­pen­sar una vi­da de si­len­cio. Gri­to en nom­bre de las he­ri­das pro­fun­das de mi cuer­po. Gri­to por es­te cuer­po can­sa­do de es­tar en su jau­la. Un cuer­po que­bra­do por el pre­cio que le han pues­to”, de­cía su can­ción. Y me­tía más el de­do en la lla­ga: “Mi voz no de­be­ría ser es­cu­cha­da, va con­tra la ley sha­ria. Las mu­je­res de­be­mos per­ma­ne­cer ca­lla­das”. Sonita nun­ca qui­so ser una ni­ña es­po­sa, como lo fue su ma­dre. Pre­fi­rió sal­tar­se las nor­mas y eri­gir­se en la voz de las ado­les­cen­tes in­de­fen­sas. Aho­ra lu­cha por los de­re­chos de las af­ga­nas, con­tra la gue­rra y a fa­vor de los re­fu­gia­dos. Y su ma­dre, que vis­te cha­dor ne­gro en Af­ga­nis­tán y vi­vió la pa­sión mu­si­cal de su hi­ja como una pe­sa­di­lla, es una de sus ma­yo­res fans. A rit­mo de rap. A. CAS­TI­LLO

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