Belleza pe­lo. Franck Pro­vost.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario -

Franck Pro­vost tie­ne el ros­tro de un hom­bre sa­tis­fe­cho. A fi­na­les de 1975 abrió su pri­me­ra pe­lu­que­ría en Saint Ger­main en La­ye, jun­to a su mu­jer Na­ta­cha y, 40 años más tar­de, pre­si­de Pro­va­llian­ce, un gru­po que aglu­ti­na 10 mar­cas top de pe­lu­que­ría y ma­ne­ja ci­fras ma­rean­tes: 3.000 sa­lo­nes re­par­ti­dos por to­do el pla­ne­ta –pro­pios y fran­qui­cia­dos– y 20.000 co­la­bo­ra­do­res que pei­nan a más de 30 mi­llo­nes de clien­tes al año. Con­si­de­ra­do el líder del sec­tor en Eu­ro­pa, él se lo to­ma con hu­mil­dad. Pero, eso sí, ce­le­bró las cua­tro dé­ca­das de pro­fe­sión con una fies­ta por to­do lo al­to en Pa­rís. “Apa­re­cí ves­ti­do de cos­mo­nau­ta, al rit­mo de la mú­si­ca de Daft Punk. Nadie sa­bía que era yo has­ta que me qui­té el tra­je. La ver­dad es que me emo­cio­né mu­cho…”, re­co­no­ce al re­cor­dar­lo.

Mu­jer­hoy. A es­tas al­tu­ras, ¿se sien­te más em­pre­sa­rio o más pe­lu­que­ro?

Franck Pro­vost. Es com­pa­ti­ble ser las dos co­sas a la vez, pero yo si­go sien­do un pe­lu­que­ro, esa es real­men­te mi pro­fe­sión. Al­gu­na vez nos lla­man ar­tis­tas, pero yo no creo que lo sea.

¿Có­mo em­pe­zó su pa­sión por la pe­lu­que­ría?

Lo cier­to es que co­men­cé a es­tu­diar pe­lu­que­ría por ca­sua­li­dad, pero me en­gan­ché. To­dos los días agra­dez­co ha­ber es­co­gi­do es­ta pro­fe­sión por­que to­da­vía no he per­di­do la pa­sión por lo que ha­go.

¿Qué ha cam­bia­do des­de que abrió su pri­mer sa­lón?

¡Mu­chí­si­mas co­sas! Sobre to­do, la men­ta­li­dad de la con­su­mi­do- ra. Aho­ra es­tá muy in­for­ma­da, sa­be lo que quie­re, y eso ha trans­for­ma­do nues­tra ma­ne­ra de tra­ba­jar: he­mos apren­di­do a es­cu­char­las y ha­cer pro­pues­tas a la al­tu­ra de sus exi­gen­cias.

¿Qué quie­ren aho­ra las mu­je­res?

Con el rit­mo de vi­da ac­tual, bus­can que ese tiem­po que pa­san en la pe­lu­que­ría sea un mo­men­to de dis­fru­te, un ra­to pa­ra ellas. La estrella ya no es el pe­lu­que­ro, es la clien­ta.

Pero mu­chos pe­lu­que­ros se creen es­tre­llas.

Nun­ca me ha gus­ta­do que el pe­lu­que­ro se sien­ta más im­por­tan­te que la clien­ta. Yo no ha­go distinción en­tre una ce­le­brity o una mu­jer anó­ni­ma. Afor­tu­na­da­men­te, ya es­ca­sean esos pe­lu­que­ros que so­lo ha­cían lo que ellos que­rían y no lo que les pe­dían. Us­ted im­plan­tó en la pe­lu­que­ría la jor­na­da con­ti­nua y sin cita pre­via. Sin du­da, fue un vi­sio­na­rio. En­ten­dí muy pron­to que nues­tra prio­ri­dad era es­tar siem­pre a dis­po­si­ción de las clien­tas. Te­ner fle­xi­bi­li­dad de ho­ra­rio y que la mu­jer no fue­ra es­cla­va de la cita pre­via, que pu­die­ra im­pro­vi­sar. Pa­ra ha­cer­lo tu­ve que for­mar muy bien a mi equi­po.

¿Y en qué con­sis­te ese mé­to­do?

Es más bien un es­pí­ri­tu. Es­cu­char a la clien­ta, en­ten­der­la y pro­po­ner­le es­ti­los na­tu­ra­les, pero tam­bién gla­mou­ro­sos. Co­mo ocu­rre en la mo­da, en la pe­lu­que­ría ya no hay una dic­ta­du­ra de las tendencias. Lo que va­le es sa­ber in­ter­pre­tar y per­so­na­li­zar.

“En la pe­lu­que­ría ya no hay una dic­ta­du­ra de las tendencias”.

¿Qué es más im­por­tan­te: el cor­te o el co­lor?

To­do. Co­mo ocu­rre en la mo­da, en la pe­lu­que­ría ya no hay una dic­ta­du­ra de las tendencias. ¿Ca­be­llos cor­tos o lar­gos? Lo que va­le es sa­ber in­ter­pre­tar y per­so­na­li­zar lo que la gen­te quie­re. Buen co­lor, buen cor­te y pe­lo sano.

Ha pei­na­do a mu­chas mu­je­res fa­mo­sas, co­mo Sha­ron Sto­ne o Ra­nia de Jor­da­nia. ¿Es di­fí­cil tra­ba­jar con ellas? Se crea un po­co de es­trés. Las ce­le­bri­ties es­tán ro­dea­das de gen­te que las adu­la, pero tam­bién ne­ce­si­tan que lle­gue alguien y les di­ga lo que real­men­te pien­sa de ellas. Hay que ser pru­den­te, pero te es­cu­chan.

Así que es cier­to que los pe­lu­que­ros son al­go psi­có­lo­gos... Hay mu­je­res que lle­gan al sa­lón y se ve que tie­nen pro­ble­mas. “Ne­ce­si­to un cam­bio”, di­cen, pero hay que sa­ber de­tec­tar es­tas si­tua­cio­nes por­que, mu­chas ve­ces, se arre­pien­ten des­pués.

¿Qué erro­res so­le­mos co­me­ter con nues­tro pe­lo?

Cuan­do se lle­ga a cier­ta edad, hay dos: el ca­be­llo de­ma­sia­do lar­go o de­ma­sia­do os­cu­ro. Y hay que te­ner tac­to pa­ra ex­pli­car­le a una mu­jer que le re­ju­ve­ne­ce­ría un pe­lo más cor­to y más cla­ro, por­que los to­nos os­cu­ros en­du­re­cen las fac­cio­nes.

¿Pre­fie­re el pe­lo cor­to o lar­go?

De­pen­de. El ca­be­llo lar­go es bo­ni­to si es­tá bien cui­da­do y tie­ne buen co­lor, y el ca­be­llo cor­to es ma­ra­vi­llo­so, pero exi­ge te­ner una de­ter­mi­na­da per­so­na­li­dad de­trás.

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