Es­to no es un JUE­GO

No tie­nen aún la ma­yo­ría de edad, pe­ro ya de­ben miles de eu­ros. Las apues­tas on­li­ne, sen­ci­llas y anó­ni­mas, si­guen cre­cien­do en nues­tro país, y un 8% de los jó­ve­nes se han en­gan­cha­do a ellas. Por Ma­ría Fer­nan­da Am­pue­ro

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - En El Foco -

“Re­gís­tra­te ya y con­si­gue 10 € pa­ra ju­gar!”, di­ce la pu­bli­ci­dad que mues­tra al bra­si­le­ño Ney­mar, ju­ga­dor del Fút­bol Club Bar­ce­lo­na, con su par­ti­da de pó­quer en el mó­vil. El pro­gra­ma que se ha in­te­rrum­pi­do con esa pu­bli­ci­dad es un ca­pí­tu­lo de Los Sim­psons y el anun­cio con­ti­núa: “¡Los nue­vos tor­neos en los que no ha­ce fal­ta ga­nar el tor­neo pa­ra ga­nar di­ne­ro!”. Y la pro­cla­ma se re­pi­te en ca­da pau­sa pu­bli­ci­ta­ria: en­tre anun­cios de co­ches, pá­gi­nas pa­ra bus­car ho­te­les, ga­lle­tas y pro­tec­to­res so­la­res, tam­bién se ven­de pó­quer on­li­ne. Se­gún Bay­ta Díaz, psi­có­lo­ga de la Aso­cia­ción pa­ra la Pre­ven­ción y Ayu­da al Lu­dó­pa­ta (APAL) es ab­so­lu­ta­men­te in­ten­cio­na­do que ta­les anun­cios se emi­tan du­ran­te un pro­gra­ma de di­bu­jos ani­ma­dos. Van di­ri­gi­dos a los más jó­ve­nes. Sus pa­la­bras exac­tas son “van a por ellos”. La psi­có­lo­ga, que lle­va 12 años de­di­ca­da al tra­ta­mien­to de las adicciones, es­pe­cial­men-

te de la ludopatía, ha es­cu­cha­do de to­do, se ha en­con­tra­do con pa­dres de­ses­pe­ra­dos, fa­mi­lias des­trui­das y con deu­das im­por­tan­tí­si­mas. Ha vis­to “cha­va­li­tos con deu­das de más de 30.000 o 40.000 €. Es que al prin­ci­pio es muy go­lo­so. El pro­ble­ma es cuan­do em­pie­zan a ga­nar y piensan: “He me­ti­do 5 € y he ga­na­do 50; si me­to 50, voy a ga­nar 500 €…” Y no fun­cio­na así, cla­ro”. Pa­ra la psi­có­lo­ga, el jue­go en in­ter­net ha en­tra­do co­mo un “ele­fan­te en una ca­cha­rre­ría en la vi­da de nues­tros hi­jos”. En los úl­ti­mos cin­co o seis años, Bay­ta Díaz ha vis­to co­mo la edad de lu­dó­pa­tas se ha des­plo­ma­do has­ta lle­gar a eda­des in­creí­bles: 16 o 17 años. Es­ta adic­ción an­tes se aso­cia­ba a per­so­nas ma­yo­res, a tra­ga­pe­rras, a ca­si­nos, y aho­ra no: la edad me­dia de la gen­te que bus­ca ayu­da es de 30 a 40 años. Gen­te que em­pe­zó a ju­gar muy jo­ven y que, aho­ra, en la trein­te­na, es­tá en­te­rra­da de deu­das, con la vi­da he­cha tri­zas. Vea­mos las cifras: el sec­tor del jue­go on­li­ne ge­ne­ró en nues­tro país más de 6.000 mi­llo­nes de eu­ros en 2014 (fe­cha de los úl­ti­mos da­tos). El nú­me­ro de usua­rios pa­só de 123.726 de 2013 a 130.919 el año si­guien­te. En los tres pri­me­ros tri­mes­tres de 2015, se­gún da­tos la Di­rec­ción Ge­ne­ral de Or­de­na­ción del Jue­go (DGOJ), que es el ór­gano re­gu­la­dor, la ci­fra de di­ne­ro ju­ga­do fue de 6.116 mi­llo­nes, lo que quie­re de­cir que su­peró con cre­ces la del ejer­ci­cio an­te­rior. De he­cho, se es­ti­ma que el nú­me­ro de usua­rios ha cre­ci­do un 10% en los pri­me­ros me­ses de 2016. ¿Éxi­to? Los ex­per­tos en adicciones ad­vier­ten que el 8% de los jó­ve­nes y ado­les­cen­tes es­pa­ño­les pa­de­cen ludopatía vinculada al jue­go on­li­ne. Ade­más, en nues­tro país hay mi­llón y me­dio de per­so­nas ins­cri­tas en por­ta­les de jue­go, el 70% me­no­res de 35 años, se­gún las cifras de la Aso­cia­ción Ara­go­ne­sa de Ju­ga­do­res de Azar en Reha­bi­li­ta­ción (Aza­jer). Y el nú­me­ro de per­so­nas que jue­gan de for­ma dia­ria o con­ti­nua­da no de­ja de crecer.

De­tec­ción tem­pra­na

En el Hos­pi­tal de Bell­vit­ge (Bar­ce­lo­na), don­de se tra­tan es­tos ca­sos de ma­ne­ra ca­da vez más fre­cuen­te, atien­den ca­da año a 450 jó­ve­nes de en­tre 15 y 19 años. Se­gún los res­pon­sa­bles de la Uni­dad de Jue­go Pa­to­ló­gi­co de es­te cen­tro hos­pi­ta­la­rio, el ini­cio de los sín­to­mas de la adic­ción es­tá apa­re­cien­do a los 16 años. Ade­más, el pe­rio­do de la­ten­cia (el tiem­po que pa­sa en­tre em­pe­zar a ju­gar y te­ner un pro­ble­ma con el jue­go) es mu­cho me­nor en los ju­ga­do­res on­li­ne. Si en un ju­ga­dor pre­sen­cial la me­dia es de ocho años, en un ju­ga­dor en red el margen os­ci­la en­tre uno y dos. Por eso, la Fe­de­ra­ción Es­pa­ño­la de Ju­ga­do­res de Azar Reha­bi­li­ta­dos (FEJAR) in­sis­te en que la pre­ven­ción a eda­des tan tem­pra­nas tie­ne sen­ti­do: una par­ti­da se pue­de con­ver­tir en un pro­ble­ma a una ve­lo­ci­dad inima­gi­na­ble. Y no, no tie­ne na­da que ver con la ima­gen que se po­dría te­ner de un adic­to o con ni­ños con con­duc­tas de ries­go, que vie­nen de ho­ga­res deses­truc­tu­ra­dos o de si­tua­cio­nes vi­ta­les trau­má­ti­cas. No. To­dos los ado­les­cen­tes y jó­ve­nes es­tán ex­pues­tos al ries­go de en­gan­char­se al jue­go on­li­ne, de acuer­do con las cifras que ma­ne­ja la Aso­cia­ción Ara­go­ne­sa de Ju­ga­do­res de Azar en Reha­bi­li­ta­ción (Aza­jer): es fá­cil, es ubi­cuo, no tie­nen que sa­lir de casa, es anó­ni­mo, al prin­ci­pio exi­ge una in­ver­sión mí­ni­ma, los con­tro­les de edad son más que fle­xi­bles –con nú­me­ros de DNI que cir­cu­lan por la red o con

El jue­go en red en­gan­cha por­que es fá­cil, es anó­ni­mo, no tie­nes que sa­lir de casa. El ini­cio de los sín­to­mas de es­ta adic­ción es­tá apa­re­cien­do a los 16 años.

el que les de­ja al­gún ami­go ma­yor– y, ade­más, si to­dos lo ha­cen, ¿por qué no lo ha­brían de ha­cer ellos? Se­gún Bay­ta Diaz, la ex­per­ta en adic­ción al jue­go de la Aso­cia­ción pa­ra la Pre­ven­ción y Ayu­da al Lu­dó­pa­ta (APAL), hay “ni­ños de 10 que se en­gan­chan por­que ven a sus ído­los que pro­mo­cio­nan es­tos jue­gos. Y si ellos jue­ga al ca­sino on­li­ne, de­be ser un buen pa­sa­tiem­po”. El pa­sa­do ju­nio se ce­le­bra­ron en Ma­drid las Jor­na­das de Adicciones Com­por­ta­men­ta­les y Pa­to­lo­gía Dual. Allí, el doc­tor Fran­cis­co Fe­rre, je­fe del ser­vi­cio de Psi­quia­tría del Hos­pi­tal Gre­go­rio Ma­ra­ñón, y Nés­tor Szer­man, pre­si­den­te de la Fun­da­ción Pa­to­lo­gía Dual y je­fe de ser­vi­cio de Sa­lud Men­tal Re­ti­ro, tam­bién de es­te cen­tro ma­dri­le­ño, ex­pli­ca­ron que “só­lo una pe­que­ña mi­no­ría de per­so­nas ex­pues­tas a si­tua­cio­nes adic­ti­vas va a desa­rro­llar una con­duc­ta adic­ti­va, pe­ro se van a que­dar atra­pa­das. Hay que en­ten­der la ludopatía den­tro de otras pa­to­lo­gías men­ta­les, abor­dar­las co­mo una en­fer­me­dad ce­re­bral”. Los ex­per­tos se­ña­la­ron en ese en­cuen­tro que la adic­ción al jue­go es­tá fre­cuen­te­men­te re­la­cio­na­da con otros tras­tor­nos men­ta­les, en un 96% de los ca­sos. Y mien­tras los adul­tos se de­can­tan por el jue­go clá­si­co y so­lo el 1-2% desa­rro­lla es­ta adic­ción, los jó­ve­nes pre­fie­ren las apues­tas on­li­ne, anó­ni­mas y rá­pi­das.

Lla­mé­mos­le Jor­ge

Jor­ge tie­ne 19 años, vi­ve con sus pa­dres, es­tu­dia, tra­ba­ja en una tien­da de ro­pa. Siem­pre ha se­gui­do los re­sul­ta­dos del fút­bol, pe­ro aho­ra tie­ne reac­cio­nes des­me­su­ra­das: pa­ra bien y pa­ra mal. Si su equi­po pier­de, pa­re­ce que se hu­bie­ra aca­ba­do el mun­do. Des­de ha­ce al­gún un tiem­po, no tie­ne un du­ro y sus pa­dres se pre­gun­tan dón­de es­tá el di­ne­ro. Lue­go des­apa­re­cen sus co­sas (su re­loj, sus za­pa­ti­llas sin es­tre­nar) y, pron­to, muy pron­to, tam­bién di­ne­ro del mo­ne­de­ro de su ma­dre, de la car­te­ra de su pa­dre. Ade­más, Jor­ge es­tá ra­ro: pen­dien­te del mó­vil, en­ce­rra­do en su ha­bi­ta­ción, hos­co, irri­ta­ble. Ha­bla me­nos. No res­pon­de nin­gu­na pre­gun­ta. Un día, se rom­pe y llo­ra. Lo con­fie­sa to­do: de­be 300 por­que ha es­ta­do apos­tan­do por in­ter­net. Pen­só que lo re­cu­pe­ra­ría, pe­ro no: ca­da vez se en­deu­da­ba más. Es­tá con el agua al cue­llo. “No lo vol­ve­ré a ha­cer”, ha ju­ra­do. Los pa­dres le creen. Se con­tro­la un par de se­ma­nas. Se con­tro­la un mes. Pe­ro re­cae. La si- guien­te vez ya no pue­de sa­lir del ba­che: de­be 30.000 €. El ca­so de Jor­ge es real. Bay­ta Díaz ex­pli­ca que uno de los erro­res más co­mu­nes de los pa­dres es pen­sar que ellos so­los pue­den sa­car a sus hi­jos de la adic­ción. “Al­gu­nos tra­tan a sus hi­jos con vio­len­cia, otros con rue­gos, otros con cas­ti­gos, has­ta que ven que na­da da re­sul­ta­do – ex­pli­ca la ex­per­ta–. Lo nor­mal es que nos lla­men pa­dres de­ses­pe­ra­dos, que nos di­gan: “Me ha ju­ra­do que no lo va a ha­cer más”. Cuan­do se ven con el agua al cue­llo, sue­len pe­dir ayu­da. El error más co­mún de los pa­dres es creer­les y no pe­dir ayu­da pro­fe­sio­nal. Cuan­do ha­bla­mos de ge­ne­rar una deu­da por el jue­go, ya es adic­ción. Los cha­va­les se con­tro­lan du­ran­te un tiem­po, pe­ro si no es­tán con­cien­cia­dos de que es un pro­ble­ma gra­ve, ten­drán otro peor. Es una adic­ción, no es un jue­go. Y hay que pa­rar­la a tiem­po”.

La ludopatía sue­le es­tar re­la­cio­na­da con otras en­fer­me­da­des men­ta­les.

Uno de los erro­res más co­mu­nes de los pa­dres es no pe­dir ayu­da pro­fe­sio­nal.

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