ECHE­VA­RRÍA

Su son­ri­sa no es una más­ca­ra. Es­tá en un mo­men­to dul­ce, y se no­ta. Se­re­na, in­te­li­gen­te y se­gu­ra de sí mis­ma. Ha­bla­mos con la ac­triz de nue­vos pro­yec­tos, de có­mo ser la me­jor ma­dre po­si­ble (en tiem­pos de re­des so­cia­les) y de su pa­pel co­mo Smart­girl by Sams

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

Ha­ce so­lo unas se­ma­nas, Pau­la Eche­va­rría son­reía des­de un in­men­so car­tel si­tua­do en lo al­to de un edi­fi­cio de 30 plan­tas en ple­na zo­na fi­nan­cie­ra ma­dri­le­ña, en el pa­seo de la Cas­te­lla­na. Tan gran­de y tan im­pac­tan­te que ella mis­ma se asus­tó al ver­lo. Es di­fí­cil bus­car sí­mi­les pa­ra su enor­me po­pu­la­ri­dad –tie­ne un mi­llón y me­dio de se­gui­do­res en Ins­ta­gram, por ejem­plo–, pe­ro esa va­lla pu­bli­ci­ta­ria de 60 me­tros de lon­gi­tud po­dría ser uno. Hoy, a es­ca­sos días de que se emi­ta el úl­ti­mo epi­so­dio de Vel­vet, ella an­da ya con otro pro­yec­to muy ul­ti­ma­do del que no suel­ta pren­da (“Se­rá al­go to­tal­men­te di­fe­ren­te”). Pau­la es una mu­jer pe­ga­da a un te­lé­fono. Re­pa­sa rá­pi­da­men­te las por­ta­das del co­ra­zón (ella y su ma­ri­do, el can­tan­te Da­vid Bus­ta­man­te, es­tán en una), mi­ra un ví­deo y com­par­te su mú­si­ca mien­tras la ma­qui­llan, co­men­ta las úl­ti­mas no­ti­cias y apro­ve­cha pa­ra su­bir pe­da­ci­tos de su vi­da a Ins­ta­gram. Su per­fil di­ce que le vuel­ve lo­ca la mo­da y es­tá muy uni­da a su fa­mi­lia. Que ne­ce­si­ta un em­pu­jon­ci­to pa­ra afron­tar los lu­nes y dis­fru­ta de la lec­tu­ra (lo úl­ti­mo: Ha­bla­rán de no­so­tras, de San­dra Bar­ne­da y Mi lu­gar en el mun­do eres tú, de Mà­xim Huer­ta). Y que si no le­van­ta ac­ta de su look es por­que ha pa­sa­do el día en pi­ja­ma. Tal vez ese sea el se­cre­to de su éxi­to.

“NUN­CA HE TE­NI­DO MIE­DO AL re­cha zo”

Mu­jer­hoy. Di­cen que una Smart­girl es una mu­jer dis­pues­ta a co­mer­se el mun­do. ¿Se sien­te iden­ti­fi­ca­da? Pau­la Eche­va­rría. Cla­ro que sí. Pa­ra mí, co­mer­se el mun­do es ser una mu­jer que no ve lí­mi­tes, que no acep­ta un no por res­pues­ta a la pri­me­ra, lle­na de con­fian­za en sí mis­ma.

Di­ce tam­bién que tie­ne al­ma de ex­plo­ra­do­ra. ¿Qué es pa­ra us­ted la aven­tu­ra? Vi­vir en un pue­blo de 7.000 ha­bi­tan­tes, co­mo vi­vía yo, y no te­ner mie­do de ir­te a Lon­dres sin sa­ber ha­blar in­glés, ni de ve­nir­te a vi­vir a la ca­pi­tal a ver qué pa­sa. Un al­ma ex­plo­ra­do­ra te em­pu­ja a sa­lir en bus­ca de tu vi­da, a de­jar un po­co al la­do la co­mo­di­dad pa­ra que te pa­sen co­sas.

Y va­ya que le pa­sa­ron…

Hay gen­te que se cie­rra puer­tas a sí mis­ma, que tie­ne in­quie­tu­des, pe­ro a la ho­ra de la ver­dad, cuan­do lle­ga el mo­men­to, di­ce: “No, no, no voy a po­der…”. Yo no me pon­go lí­mi­tes y, so­bre to­do, nun­ca le he te­ni­do mie­do al re­cha­zo. Pro­ba­ba y, si me de­cían que no, pues a otra co­sa ma­ri­po­sa.

¿No le han de­ja­do ci­ca­triz los re­cha­zos?

Pues no, tam­po­co. En enero ha­rá 17 años que me vi­ne a Ma­drid a pro­bar suer­te y en ese tiem­po te po­drás ima­gi­nar que me han di­cho que no mu­chí­si­mas ve­ces. He he­cho mon­to­nes de cás­tings en los que han co­gi­do a otras y a mí me han man­da­do de vuel­ta pa­ra mi ca­si­ta. Pe­ro hay que se­guir ade­lan­te. En es­ta pro­fe­sión, si te de­jas hun­dir por­que te di­gan que no, no vas a nin­gu­na par­te. Aho­ra es más fá­cil, aho­ra me pue­den lla­mar pa­ra ofre­cer­me pa­pe­les por ser Pau­la Eche­va­rría, pe­ro cuan­do lle­gué no era na­die. Y en­ten­dí que en es­te tra­ba­jo nun­ca te co­gen por ser la me­jor y nun­ca te re­cha­zan por ser la peor, sino por en­ca­jar o no en­ca­jar en el pro­yec­to.

¿Y có­mo se sien­te al ver que es un re­fe­ren­te de mo­da?

Nun­ca me lo plan­teo. No me gus­tan los tí­tu­los, in­fluen­cer, it­girl, pres­crip­to­ra de mo­da… son eti­que­tas que me po­nen los de­más, pe­ro nun­ca me veo así. Ni in­ten­to dar con­se­jos a na­die, ni sen­ten­ciar. Si en­tras en mi Ins­ta­gram, ve­rás que sim­ple­men­te mues­tro tro­zos de mi vi­da, de mi ar­ma­rio o de mi tra­ba­jo. Me sa­tis­fa­ce te­ner tan­tos se­gui­do­res y que la gen­te se fi­je en lo que ha­go por­que gra­cias a ello pue­do ayu­dar en cam­pa­ñas co­mo las de la Fun­da­ción Jo­sé Ca­rre­ras, con la que co­la­bo­ro a me­nu­do. O a la Aso­cia­ción Es­pa­ño­la con­tra el Cáncer o a la fun­da­ción Ala­di­na. Eso es lo que más sa­tis­fac­ción me da.

Vis­ta a tra­vés de Ins­ta­gram, la su­ya pa­re­ce una vi­da ideal con un tra­ba­jo apa­sio­nan­te, un ar­ma­rio in­creí­ble, un ma­ri­do per­fec­to, via­jes ape­te­ci­bles… ¿Se sien­te en­vi­dia­da? ¿Ma­ri­do per­fec­to? ¡Llévatelo 15 días y lue­go me lo cuen­tas! [Ri­sas]. Al fi­nal, la gen­te tien­de a idealizar y se que­da con lo que quie­re. Por­que du­ran­te me­ses se­gui­dos so­lo pon­go fo­tos de mis ma­dru­go­nes, de mis ex­te­rio­res muer­ta de frío y de mis oje­ras. En­tre un via­je y otro pa­san mu­chos me­ses de vi­da to­tal­men­te nor­mal y co­rrien­te. Mi vi­da es ir­me a tra­ba­jar bien pron­to por la ma­ña­na y por la tar­de lle­var a mi hi­ja al mé­di­co o a dan­za si le to­ca, ba­ñar­la, dar­le la ce­na y po­co más. Es tan per­fec­ta o im­per­fec­ta co­mo la de cual­quier mu­jer y ma­dre tra­ba­ja­do­ra, que cuan­do tie­ne un fin de se­ma­na en que se lo pue­de per­mi­tir y le ape­te­ce se re­ga­la un via­je. Lo que veis es lo que hay, así de­fi­ni­ría yo mi Ins­ta­gram: es­to es lo que hay. Sin tram­pa ni postureo.

Es, al fin y al ca­bo, una mu­jer mul­ti­ta­rea, ¿no? Pe­ro esas so­mos to­das. Y no ha­blo so­lo de las mu­je­res de hoy en día, que pa­re­ce que he­mos in­ven­ta­do el tér­mino. Mi ma­dre era mi­nis­tra de Eco­no­mía, em­plea­da del ho­gar, cocinera de una co­ci­na abier­ta 24 ho­ras, ni­ñe­ra, mo­dis­ta, maes­tra…

¿Ella ha si­do su re­fe­ren­te?

Sí, mi ma­dre, siem­pre y pa­ra to­do. Y no quie­re de­cir que sea igual que ella, ojo, que lue­go dis­cu­ti­mos y te­ne­mos pun­tos

“QUE MI MA­RI­DO ES PER­FEC­TO? LLÉVATELO 15 DÍAS Y LUE­GO ME LO CUEN­TAS! AL FI­NAL LA GEN­TE TIEN­DE A IDEALIZAR …”

NO ES­TOY EN CON­TRA DE QUE LOS NI­ÑOS TEN­GAN MÓ­VIL. LES HE­MOS PUES­TO DE­LAN­TE UN PAN­TA­LLA DES­DE QUE TE­NÍAN ME­SES!”

de vis­ta muy di­fe­ren­tes. Pe­ro a día de hoy, con mis 39 años, an­tes de ha­cer cual­quier co­sa siem­pre pien­so qué le pa­re­ce­ría a ella, có­mo lo ve­ría, que opi­na­ría.

¿Es una de esas re­la­cio­nes de ma­dre/me­jor ami­ga?

No. Y fue ella quien me mar­có la di­fe­ren­cia. Me di­jo: “Ami­gas tie­nes mu­chas y ma­dre so­lo tie­nes una y yo voy a ejer­cer de ma­dre”. Y, a pe­sar de to­do, siem­pre he­mos es­ta­do muy uni­das, ha si­do mi con­fi­den­te, íba­mos jun­tas de com­pras o nos que­dá­ba­mos una tar­de en ca­sa las dos a ver la te­le­vi­sión en el so­fá, y allí es­ta­ba yo más a gus­to que en nin­gu­na otra par­te.

Aho­ra que tie­ne una hi­ja, la en­ten­de­rá me­jor…

Des­de lue­go. Cuan­do era ado­les­cen­te, so­lo veía que mi ma­dre me que­ría fas­ti­diar, po­ner­me un ho­ra­rio, es­pe­rar­me des­pier­ta si lle­ga­ba tar­de, to­do ese ti­po de co­sas. Aho­ra veo que tam­bién era un sa­cri­fi­cio pa­ra ella.

¿Los hi­jos nos ha­cen más fuer­tes o más vul­ne­ra­bles?

Las dos co­sas. Nos dan fuer­za pa­ra mu­chas co­sas, pe­ro pien­sas en lo que pue­de pa­sar, ves las no­ti­cias y te da pá­ni­co. ¿Una ni­ña de 12 años que ha muer­to a cau­sa de un co­ma etí­li­co? ¡Por fa­vor! Hay que es­tar muy en­ci­ma. Por eso aho­ra veo el es­fuer­zo que ha­cía mi ma­dre cuan­do yo pen­sa­ba que lo que que­ría era fas­ti­diar­me.

Y con las nue­vas tec­no­lo­gías se abre un nue­vo fren­te… ¿Qué opi­na de que los ni­ños ten­gan mó­vil, ¿es­tá a fa­vor o en con­tra? No es­toy en con­tra, ni mu­cho me­nos. Mi hi­ja no lo tie­ne to­da­vía, pe­ro lo ten­drá en bre­ve. La gen­te de mi ge­ne­ra­ción siem­pre ar­gu­men­ta di­cien­do que no­so­tros no lo tu­vi­mos has­ta los ven­ti­tan­tos. Ya, pe­ro es que no exis­tían. Nues­tros hi­jos han na­ci­do en otro mo­men­to, les he­mos pues­to un ipad de­lan­te des­de que tie­nen me­ses pa­ra que vean Peppa Pig.

¿No le asus­tan los con­tac­tos, las re­des so­cia­les…?

Es un as­pec­to más de su edu­ca­ción de la que los pa­dres te­ne­mos que ocu­par­nos. Yo no ten­go nin­gún in­con­ve­nien­te en que mi hi­ja de ocho años ten­ga mó­vil, creo que así cuan- do lle­gue a la preado­les­cen­cia y ado­les­cen­cia, que son las eda­des más pe­li­gro­sas, ya ten­drá un cri­te­rio. Yo le ha­blo mu­cho de los pro­ble­mas que pue­den dar las re­des so­cia­les o in­ter­net en ge­ne­ral: que na­die es quien tú crees que es, que hay que te­ner cui­da­do, que no pue­des fiar­te... Hay que edu­car pa­ra que ha­gan un buen uso de él.

¿Ha vi­vi­do al­gún epi­so­dio des­agra­da­ble en las re­des?

Uy, cla­ro, me han di­cho de to­do. Nor­mal­men­te, cuan­do hay fal­ta de res­pe­to, cuan­do hay in­sul­to, lo que ha­go es blo­quear y no en­trar al tra­po.

¿Le preo­cu­pa lo que pien­sen los de­más?

Na­da o me­nos. Pue­des opi­nar y eres li­bre, fal­ta­ría más, pa­ra eso es­tán tam­bién las re­des so­cia­les, pe­ro de ahí a que yo te va­ya a dar bo­la, va un tre­cho muy lar­go. Re­gla nú­me­ro uno: es mi vi­da. Me pon­go la ro­pa que me da la ga­na, voy don­de me da la ga­na, a mi hi­ja me la lle­vo de va­ca­cio­nes si me da la ga­na.

¿Al­gu­na vez al­guien le ha te­ni­do que dar un to­que de aten­ción pa­ra que el éxi­to no se le subie­ra a la ca­be­za?

No, no creo que ese ha­ya si­do un ries­go pa­ra mí. Al re­vés, hay mu­cha gen­te que se extraña de que si­ga ha­cien­do las mis­mas co­sas de siem­pre y que me di­ce: “¿Pe­ro tú te atre­ves a me­ter­te en el Pri­mark de la Gran Vía?”. Pues la ver­dad es que sí, por­que no quie­ro de­jar de ha­cer na­da que me ape­tez­ca. Da­vid a ve­ces se ago­bia más, pe­ro yo no quie­ro re­nun­ciar a na­da, y me­nos des­de que ten­go una hi­ja. No quie­ro te­ner­la a ella sin que pue­da ha­cer una vi­da nor­mal.

¿Cree en los cuen­tos de ha­das?

¡Yo sí! A mi hi­ja la pre­pa­ra­ré pa­ra que sea li­bre y no de­pen­da de na­die, pe­ro sin qui­tar­le la ilu­sión de que pue­da apa­re­cer un prín­ci­pe azul. La di­fe­ren­cia es­tá en que el prín­ci­pe no te tie­ne que man­te­ner, sino que es un com­ple­men­to de tu vi­da. Da­vid tie­ne su pro­fe­sión y yo ten­go la mía, so­mos in­de­pen­dien­tes con una vi­da en co­mún y es muy sano. La unión don­de los dos son uno nun­ca sa­le bien, por­que siem­pre uno es más que otro.

En su Ins­ta­gram, di­ce: “Lo me­jor es­tá por lle­gar”. ¿Lo cree así? Sí, cla­ro. No es­pe­ro na­da, siem­pre es­pe­ro ver qué me de­pa­ra la vi­da, qué trenes pa­san por de­lan­te pa­ra de­ci­dir si me subo o no.

Bi­ker en piel ma­rrón de Just Ca­va­lli, jer­sey de cue­llo vuel­to de Ro­ber­to Ve­rino, pan­ta­lón va­que­ro de Ro­ber­to Ve­rino, ani­llos de Luxn­ter y ta­blet de Sam­sung.

Abri­go y jer­sey de Sportmax, pan­ta­lón de Ro­ber­to Ve­rino y pen­dien­tes de Agat­ha.

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