“Ca­da día le agra­dez­co a mi hi­ja ha­ber­me en­se­ña­do a vi­vir. ¿Có­mo no voy a ser fe­liz?” MA­RÍA GAR­CÍA ZAM­BRANO

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - En Directo -

Mi hi­ja Mar­ti­na es una ni­ña pre­cio­sa de cua­tro años. Cuan­do na­ció las pro­ba­bi­li­da­des de que sa­lie­ra con vida eran es­ca­sas. Lue­go lle­gó el diag­nós­ti­co y el pro­nós­ti­co fue ne­fas­to, ya que la En­ce­fa­lo­pa­tía Epi­lép­ti­ca aso­cia­da al gen Kcnq2 es muy ra­ra, con po­cos ca­sos en el mun­do y sin una te­ra­pia efec­ti­va. Pe­ro “es una gue­rre­ra”, di­jo un pe­dia­tra, y ya le ha ga­na­do va­rias ba­ta­llas a la muer­te. La úl­ti­ma fue en mar­zo, una gri­pe A com­pli­ca­da con una neu­mo­nía muy gra­ve. Y, sin em­bar­go, la su­peró. Ya so­lo por eso, ¿có­mo no voy a ser fe­liz? Lle­gar a es­ta con­clu­sión no ha si­do fá­cil. Es­tán las ex­pec­ta­ti­vas, ges­tio­nar el mie­do, la frus­tra­ción, y los otros... Mar­ti­na es el ba­ró­me­tro per­fec­to pa­ra iden­ti­fi­car el ta­ma­ño del co­ra­zón de las per­so­nas. No so­lo hay que lu­char con­tra la en­fer­me­dad, tie­nes que ma­ne­jar la lás­ti­ma re­fle­ja­da en la mi­ra­da de los otros, entender por qué no quie­ren co­no­cer a tu hi­ja, por qué no ha­cen un es­fuer­zo pa­ra ver más allá. Por­que Mar­ti­na es más que sus li­mi­ta­cio­nes. Es­to lo sa­ben muy bien en el co­le­gio al que la lle­va­mos, el cen­tro El des­per­tar, de la Fun­da­ción Ni­do, un lu­gar inun­da­do de dig­ni­dad y amor. Pa­ra afron­tar es­tos cua­tro años mi prác­ti­ca bu­dis­ta ha si­do cla­ve. Cuan­do te pre­gun­tas so­bre có­mo vi­vir las res­pues­tas son sen­ci­llas: amar, sen­tir ale­gría, gra­ti­tud, no de­jar­se ven­cer... Pe­ro tie­ne que ve­nir el gran obs­tácu­lo pa­ra que te des cuen­ta de esa ver­dad más pro­fun­da. En­ton­ces las pa­la­bras, que co­mo poeta son mi sus­ten­to, se re­sig­ni­fi­can, y lo que antes eran tó­pi­cos se con­vier­ten en pi­la­res. Aho­ra sa­lud, ale­gría o amis­tad ya no sig­ni­fi­can lo mis­mo, y no se pue­den de­cir a la li­ge­ra. Ca­da día le digo “gra­cias por en­se­ñar­me a vi­vir”. Por­que antes su­fría por pro­ble­mas que aho­ra veo in­sig­ni­fi­can­tes. Y es­to tam­bién lo tras­la­do a mi tra­ba­jo co­mo pro­fe­so­ra. Cuan­do veo a las fa­mi­lias preo­cu­pa­das y con tan­tas ex­pec­ta­ti­vas, y a los alum­nos ago­bia­dos y com­pi­tien­do, in­ten­to ha­blar­les de la fe­li­ci­dad y del agra­de­ci­mien­to. La vida es un mi­la­gro, y no so­mos ca­pa­ces de ver­lo. Por eso al nue­vo año le pi­do que nues­tra pe­que­ña no deje de son­reír y no ol­vi­dar que lo im­por­tan­te es la es­pe­ran­za”.

Oque te im­por­tan. Si pu­die­ra me­ter en una am­po­lla los va­lo­res que los po­nen­tes de LQDVI me han trans­mi­ti­do, se­ría la me­jor de las va­cu­nas. Nos ayu­dan a ver las co­sas con pers­pec­ti­va y a mi­rar a nues­tro al­re­de­dor. No me can­so de oír sus his­to­rias e in­ten­tar que nun­ca se bo­rren de mi co­ra­zón. Lo que de ver­dad im­por­ta es lle­nar este mun­do de amor”.

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