CAR­ME Ruscalleda

La chef que so­ña­ba con los pin­ce­les, crea obras de ar­te en los pla­tos y ha lo­gra­do sie­te es­tre­llas en el cie­lo de la gas­tro­no­mía. Y quie­re más.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Viii Premios Mujerhoy - Por B. Na­va­zo

Que­ría ser ar­tis­ta. Y lo lo­gró, aun­que sus pa­dres no le per­mi­tie­ron de­di­car­se a las be­llas ar­tes. El me­nú de­gus­ta­ción del res­tau­ran­te Sant Pau es un ca­tá­lo­go de 14 es­ti­los pic­tó­ri­cos: fi­gu­ra­ti­vo ba­lear (to­ma­tes, so­bra­sa­da, pan, acei­te, pe­re­jil), abs­trac­to ca­ta­lán (co­ca, ce­bo­lla, fre­sa y pi­qui­llo, ca­viar de be­ren­je­nas), rea­lis­mo má­gi­co me­xi­cano (gam­ba, mo­le ver­de, ho­jas y flo­res)... Por la maes­tría al­can­za­da en sus res­tau­ran­tes de Sant Pol de Mar, Barcelona y Tokio, Ruscalleda (Barcelona, 1952) es la mu­jer con más es­tre­llas Mi­che­lin (sie­te), y tie­ne el Pre­mio Na­cio­nal de Gas­tro­no­mía y la Me­da­lla al Mé­ri­to de las Be­llas Ar­tes. Mu­jer­hoy. ¿To­do em­pe­zó ju­gan­do a las co­ci­ni­tas? Car­me Ruscalleda. Ju­gué, cla­ro: la are­na era arroz y las hier­bas, gam­bas... Sin ima­gi­na­ción no hay co­ci­na. Y es im­por­tan­te ser in­con­for­mis­ta y la con­vic­ción de que to­do pue­de me­jo­rar. 28 años des­pués de abrir su pri­mer res­tau­ran­te, ¿lo sa­be to­do so­bre co­ci­na? Nooo, cla­ro que no. Me atra­pa la ilu­sión del des­cu­bri­mien­to, en­con­trar téc­ni­cas, sa­bo­res, productos. So­lo sé que no sé na­da. Ese es el gran apren­di­za­je de una vi­da apren­dien­do.

¿Siem­pre tu­vo cla­ra su vo­ca­ción?

Que­ría ser ar­tis­ta, pe­ro la vi­da me ha pre­mia­do con una pro­fe­sión que me per­mi­te pin­tar, mo­de­lar y sir­ve pa­ra co­mer. La co­ci­na es el ar­te más com­ple­to. Me en­can­ta cuan­do el clien­te se pa­ra, ad­mi­ra el pla­to y di­ce: “¡Me due­le rom­per­lo!”. Yo di­go: “Es pa­ra que lo des­tru­yas, lo de­gus­tes y te lo lle­ves con­ti­go”.

¿Agra­dar al clien­te es el ob­je­ti­vo?

Da sen­ti­do al es­fuer­zo del día a día, car­ga las pi­las al equi­po.

¿No per­si­gue es­tre­llas Mi­che­lin?

Las es­tre­llas lle­gan tras un es­fuer­zo pre­vio. El ob­je­ti­vo tie­ne que ser cul­mi­nar las ex­pec­ta­ti­vas de ca­da per­so­na que vie­ne.

¿Por qué cree que hay me­nos re­co­no­ci­das?

chefs Ha­ce años, Fe­rran Adrià di­jo: “Ha­brá tan­tas co­mo ellas de­ci­dan”. Y es así, por­que una mu­jer se lo pien­sa an­tes de afron­tar un tra­ba­jo al que de­di­cas la vi­da. Ha­brá tan­tas co­mo di­gan a su pa­re­ja: “Sí­gue­me”. La fa­mi­lia es la em­pre­sa más com­ple­ja y ella se sigue sa­cri­fi­can­do.

Sus dos hi­jos han he­re­da­do su pa­sión por la co­ci­na…

Se han con­ta­mi­na­do. Que tu pro­fe­sión te di­vier­ta y te per­mi­ta sen­tir ilu­sión por des­cu­brir, es el gran pre­mio de la vi­da.

¿Qué sig­ni­fi­can los pre­mios?

Es­ti­mu­lan, dan ener­gía. Pe­ro lle­gan por­que me acom­pa­ña un equi­po que se es­fuer­za; una per­so­na li­de­ra, pe­ro de­trás hay una gran or­ques­ta hu­ma­na. Re­cha­zó, sin em­bar­go, el re­co­no­ci­mien­to co­mo la me­jor chef fe­me­ni­na del mun­do. ¿Por qué? Me mo­les­tó el con­cep­to: si se pre­mia el me­jor res­tau­ran­te, ¿por qué de esa lis­ta se sa­ca a las mu­je­res? Si die­ran el pre­mio al me­jor co­ci­ne­ro ne­gro o gay to­dos se lle­va­rían las ma­nos a la ca­be­za. ¡Por fa­vor, respeto! No to­le­ro que se rían de las mu­je­res.

¿Se sien­te us­ted re­fe­ren­te?

He abier­to una puer­ta y otras ven que po­de­mos ha­cer­lo. A las jó­ve­nes les di­go: “La pri­me­ra que de­be creer en ti eres tú”.

La pri­me­ra que de­be creer en ti eres tú

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