Voy a cam­biar el cli­ché de las ac­tri­ces ru­bias

Es una de las mu­je­res más desea­das del pla­ne­ta, gra­cias a El lobo de Wall Street y al ci­ne de sú­per­he­roes. Re­cién ca­sa­da en se­cre­to, se ha con­ver­ti­do en la nue­va mu­sa de Cal­vin Klein. Un des­pe­gue de vér­ti­go. Por Ger­va­sio Pé­rez

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Belleza Vip -

LL­le­va ca­mi­se­ta de ti­ran­tes y pan­ta­lo­nes acam­pa­na­dos de sua­ve an­te en co­lor ta­ba­co, que acen­túan su des­bor­dan­te sen­sua­li­dad. Quie­nes la des­cu­brie­ron en el pa­pel de es­po­sa­tro­feo de Leo­nar­do Dica­prio, en El lobo de Wall Street, es im­po­si­ble que la ha­yan ol­vi­da­do. Es el nue­vo icono de deseo del ci­ne, pe­ro en las dis­tan­cias cor­tas son­ríe y ha­bla con la ca­li­dez de una amiga ín­ti­ma. La ac­triz aus­tra­lia­na de 26 años aca­ba de mu­dar­se a Los Án­ge­les, se ha ca­sa­do en se­cre­to con el di­rec­tor bri­tá­ni­co Tom Ac­ker­ley y se ha con­ver­ti­do en mu­sa de Cal­vin Klein. Pe­ro to­da­vía hay más: sus in­ter­pre­ta­cio­nes de Ja­ne, en La le­yen­da de Tar­zán, y, es­pe­cial­men­te, Har­ley Quinn, en Es­cua­drón sui­ci­da, la han con­ver­ti­do en re­fe­ren­cia pa­ra ni­ños y mi­lle­nials de to­do el mun­do. Ya no es so­la­men­te la chi­ca de “el lobo”.

Mu­jer Hoy. Cuan­do le di­je a una so­bri­na de nue­ve años que iba a en­tre­vis­tar­la, ex­cla­mó: “¡Me en­can­ta Har­ley Quinn. Quie­ro ir con­ti­go!”. Se ha con­ver­ti­do en re­fe­ren­cia ge­ne­ra­cio­nal. Mar­got Rob­bie. Sí, es cier­to, y me en­can­ta. An­tes me sa­lu­da­ban los co­rre­do­res de bolsa que ha­bían vis­to El lobo de Wall Street... Y lo agra­de­cía, pe­ro me ale­gra mu­cho más in­fluir en una ge­ne­ra­ción más jo­ven.

Y en un pú­bli­co exi­gen­te y sin­ce­ro.

De una sin­ce­ri­dad bru­tal. Si les caes bien, te ado­ran, pe­ro si no... Si no, es­tás per­di­da, no hay na­da que ha­cer. Es al­go in­creí­ble, yo me mar­qué el ob­je­ti­vo de lle­gar a es­te pú­bli­co, y es­toy fe­liz de ha­ber­lo con­se­gui­do. La gen­te me pre­gun­ta si me con­si­de­ro un mo­de­lo pa­ra los jó­ve­nes y siem­pre di­go que no, que en ab­so­lu­to. Aun­que la ver­dad es que me sien­to al­go res­pon­sa­ble, por­que si hu­bie­ra sa­bi­do que las ni­ñas de nue­ve años iban a ves­tir­se co­mo Har­ley Quinn, qui­zá hu­bie­se pro­pues­to un cam­bio en el vestuario, co­mo haber lle­va­do me­dias en lu­gar de pan­ta­lo­nes tan cor­tos. Y se­gu­ra­men­te tam­bién hu­bie­ra te­ni­do en cuen­ta que las es­tá­ba­mos in­ci­tan­do a ta­tuar­se la ca­ra. Pe­ro, en fin, ya es de­ma­sia­do tar­de.

¿Y en qué le ha cam­bia­do la vi­da?

Cuan­do eres fa­mo­so, tie­nes li­mi­ta­cio­nes. Y eso no sig­ni­fi­ca que no es­té con­ten­ta o que no me gus­te. He mo­di­fi­ca­do mu­chos há­bi­tos y qui­zá me asus­ta que no ya no hay vuel­ta atrás. Ahora no pue­do ha­cer lo mis­mo, pe­ro pue­do ejer­cer una in­fluen­cia po­si­ti­va en la vi­da de la gen­te jo­ven.

¿Han cam­bia­do sus va­lo­res?

¿Mis va­lo­res? No, no, se ha com­pli­ca­do mi relación con la gen­te, in­clu­so con mi fa­mi­lia y mis ami­gos. To­do ha cam­bia­do mu­cho... La gen­te so­lo ve la par­te bo­ni­ta, en­tran en Ins­ta­gram y di­cen: “¡Vaya, si es­tá ha­cien­do es­to!”. Pe­ro na­die sa­be lo que hay de­trás. Y si te que­jas, di­cen que eres una des­agra­de­ci­da, así que me he vuel­to re­ser­va­da. Ahora hay co­mo una ba­rre­ra con mi fa­mi­lia, y ya no pue­do que­jar­me ni con mi ma­dre. Tengo que ex­pre­sar­me de otro mo­do, por­que no quie­ro que me

ma­lin­ter­pre­ten. Y me cues­ta bas­tan­te con­te­ner­me.

¿Se sien­te me­nos li­bre?

Sí, in­fi­ni­ta­men­te me­nos li­bre. Tengo la sen­sa­ción de cen­su­rar­me a mí mis­ma to­do el tiem­po. Uno no pue­de co­me­ter nin­gún des­cui­do, y por eso la gen­te es muy pru­den­te cuan­do la en­tre­vis­tan en te­le­vi­sión, por­que ade­más sa­bes que te van a ver en You­tu­be en cual­quier par­te del mun­do. Me sien­to co­mo en­ce­rra­da por el he­cho de te­ner que me­dir mis pa­la­bras to­do el tiem­po.

¿Có­mo se or­ga­ni­za? ¿Sigue vi­vien­do en Lon­dres?

Vi­vía, pe­ro me mu­dé ha­ce so­lo unas se­ma­nas a Los Án­ge­les.

¿Có­mo es su vi­da allí?

Lo ma­lo de Los Án­ge­les es que to­do el mun­do tra­ba­ja en el ci­ne y so­lo ha­bla de ci­ne. En Lon­dres, mis ami­gos te­nían otros ofi­cios y no es­ta­ban to­do el tiem­po ha­blan­do de ci­ne, era un ali­vio. La par­te po­si­ti­va es que la ofi­ci­na de nues­tra pro­duc­to­ra es­tá asi­la­da y los pa­pa­raz­zi mo­les­tan me­nos que en Lon­dres. Aun­que el peor si­tio es Aus­tra­lia, por­que al haber muy po­cas ce­le­bri­ties, es­tán to­do el día en­ci­ma...

¿Có­mo ha asi­mi­la­do su fa­mi­lia su fa­ma?

Es­tán muy con­ten­tos, pe­ro no so­le­mos ha­blar del te­ma mu­cho más de 10 mi­nu­tos.

“Si te que­jas, di­cen que eres des­agra­de­ci­da, así que me he vuel­to re­ser­va­da ”.

¿Les preo­cu­pa?

Ya no. Lo es­ta­ban cuan­do me fui por pri­me­ra vez a Los Án­ge­les con 20 años. Me de­cían que fue­ra a la Uni­ver­si­dad, pe­ro yo les res­pon­día: “Con­fiad en mí, quie­ro ser ac­triz”.

¿For­ma­rá su pro­pia fa­mi­lia?

No has­ta den­tro de unos años. Soy jo­ven y tengo mu­cho tra­ba­jo. Me mue­vo tan­to que no sé si­quie­ra si po­dría te­ner un pe­rro; mu­cho me­nos un be­bé.

¿El ci­ne di­fi­cul­ta for­mar fa­mi­lia?

Sí, los pe­rio­dis­tas per­si­guen a tus hi­jos, en la es­cue­la sue­len su­frir aco­so y to­do el mun­do los aca­ba tra­tan­do de ma­ne­ra dis­tin­ta... So­por­tan más car­gas.

¿Qué pro­yec­tos es­tá pre­pa­ran­do en es­te mo­men­to?

Es­toy pro­du­cien­do pe­lí­cu­las. Ade­más de ac­tuar, me gus­ta­ría des­cu­brir a nuevos di­rec­to­res y ac­to­res. Tam­bién quie­ro tra­ba­jar con mu­je­res guio­nis­tas y di­rec­to­ras. ¿Có­mo pue­des pe­dir a la in­dus­tria que cam­bie si tú mis­ma no lo ha­ces? No bas­ta con que­jar­se, hay que pa­sar a la ac­ción.

¿Qué pe­lí­cu­las tie­ne en agenda?

La pró­xi­ma, Yo, Ton­ya, es un pro­yec­to de nues­tra pro­duc­to­ra. Es­tá ba­sa­da en la vi­da de Ton­ya Har­ding, la gran pa­ti­na­do­ra so­bre hie­lo de los 90, que se vio en­vuel­ta en un es­cán­da­lo por­que le­sio­nó con pre­me­di­ta­ción y ale­vo­sía a una ri­val, con lo que se ga­nó la ex­pul­sión de las com­pe­ti­cio­nes. Es una his­to­ria apasionante.

¿Có­mo fue la ex­pe­rien­cia con Cal­vin Klein?

Ex­tra­or­di­na­ria. Ya me ha­bían lle­ga­do otras ofer­tas, pe­ro las re­cha­cé por­que no que­ría pro­mo­cio­nar mar­cas que no uti­li­za­se. Cuan­do sur­gió la de Cal­vin Klein, la acep­té por­que me en­can­ta. De he­cho, to­das las mu­je­res de mi fa­mi­lia uti­li­zan sus per­fu­mes, así que fue na­tu­ral.

Co­mo me en­can­ta Hitch­cock, la pri­me­ra vez que la vi en pan­ta­lla pen­sé que po­dría ser su mu­sa. ¿Qué pe­lí­cu­la de Hitch­cock es la que más te gus­ta? Qui­zá Mar­nie, la la­dro­na A mí esa no me gus­ta mu­cho.

Ten­dría que ha­cer un re­ma­ke... Hay dos re­ma­kes de Atra­pa a un la­drón. Siem­pre me ha gus­ta­do Gra­ce Kelly en esa pe­lí­cu­la. Es­ta­ría muy bien...

¿A las ru­bias gua­pas so­lo les dan pa­pe­les de ru­bia gua­pa?

Es­pe­re a ver Yo, Ton­ya. No se­ré ru­bia sexy aun­que Ton­ya Har­ding fue­se ru­bia. Fue gran atle­ta, pe­ro te­nía una per­so­na­li­dad muy com­ple­ja y es una his­to­ria fas­ci­nan­te que cam­bia­rá el con­cep­to de las ac­tri­ces ru­bias.

“Me mue­vo tan­to que no sé si po­dría te­ner pe­rro; y mu­cho me­nos un be­bé”.

La aus­tra­lia­na Mar­got Rob­bie es ima­gen de Deep Eup­ho­ria, de Cal­vin Klein.

Con 26 años, la ac­triz tie­ne tam­bién una pro­duc­to­ra.

Deep Eup­ho­ria, de Cal­vin Klein, es el per­fu­me del que Mar­got es ima­gen.

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