La fiesta

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Entre Nosotras - JU­LIA NAVARRO www.mu­jer­hoy.com www.ju­lia­na­va­rro.com

HA­CE TIEM­PO QUE QUE­RÍA

es­cri­bir es­te ar­tícu­lo, pe­ro no en­con­tra­ba el mo­men­to. Sin em­bar­go, hay una cir­cuns­tan­cia que ha­ce que no lo re­tra­se por más tiem­po, y es que en­tra­mos en el ve­rano y no hay lu­gar don­de no se ce­le­bren co­rri­das de to­ros. Ve­rán, lo con­fie­so, en el pa­sa­do fui una fo­ro­fa de los to­ros. Me en­can­ta­ba ir a las co­rri­das, me pa­re­cía que ha­bía be­lle­za en to­dos los ri­tua­les que en­vol­vían la fiesta. Hoy me pre­gun­to có­mo es po­si­ble que pu­die­ra gus­tar­me ese rito de muer­te in­ne­ce­sa­ria y, so­bre to­do, me re­pro­cho ha­ber da­do por sen­ta­do que ma­tar to­ros era par­te de nues­tra “cul­tu­ra” y que no ha­bía na­da de ma­lo en ello. Hoy, sin em­bar­go, pien­so que qui­zá ha lle­ga­do la ho­ra de re­plan­tear­se si de­be­mos se­guir per­mi­tien­do ese rito san­grien­to que na­da tie­ne que ver con la “cul­tu­ra”, sino más bien con to­do lo con­tra­rio. Si, ya sé que una co­rri­da es una lu­cha en­tre un hom­bre y un to­ro, y que en esa lu­cha al to­re­ro tam­bién le ron­da la muer­te. Primera pre­gun­ta que creo que de­be­mos ha­cer­nos: ¿que cla­se de fiesta es aque­lla cu­yo fin úl­ti­mo es la muer­te? Se­gun­da pre­gun­ta: el he­cho de que la fiesta sea una tradición, ¿es su­fi­cien­te pa­ra ava­lar su sub­sis­ten­cia? Yo creo que no. Pien­so, sin­ce­ra­men­te, que al­gu­nas tra­di­cio­nes hay que re­vi­sar­las y des­car­tar­las, por muy arrai­ga­das que es­tén. De ma­ne­ra que me si­túo jun­to a quie­nes abo­gan por su­pri­mir la fiesta de los to­ros.

A FI­NA­LES DE ABRIL

es­tu­ve en la Fe­ria del Li­bro de Bogotá, don­de asis­tía co­mo invitado de ho­nor el es­cri­tor sud­afri­cano J. M Coet­zee. Allí, el pre­mio No­bel de 2003 dio una lec­ción ma­gis­tral, no so­lo so­bre li­te­ra­tu­ra, sino so­bre la ne­ce­si­dad de res­pe­tar a los ani­ma­les. Coet­zee en­co­gió el co­ra­zón –y yo di­ría que tam­bién el es­tó­ma­go– de to­dos los asis­ten­tes con su di­ser­ta­ción so­bre el ne­ce­sa­rio res­pe­to a los ani­ma­les y la es­tu­pi­dez del hom­bre al creer que ca­re­cen de “sen­ti­mien­tos”. Ex­pli­có el su­fri­mien­to de los ani­ma­les en los ma­ta­de­ros, la an­gus­tia de es­tos al en­fren­tar­se a esos otros ri­tua­les de la muer­te pa­ra ter­mi­nar en los pla­tos del con­su­mi­dor.

CO­MO SOY VE­GE­TA­RIA­NA,

no pu­de es­tar más que de acuer­do con cuan­to de­cía, pe­ro de re­pen­te me asal­tó el re­mor­di­mien­to por aque­llos años en los que, pa­ra mí, ir a una pla­za de to­ros era ir de fiesta. Y en ese mo­men­to de­ci­dí que es­cri­bi­ría es­te ar­ticu­lo y que, de la mis­ma ma­ne­ra que ven­go de­fen­dien­do con to­da la vehe­men­cia de la que soy ca­paz que hay que en­du­re­cer las le­yes con­tra quie­nes mal­tra­tan a los ani­ma­les, que hay que re­plan­tear­se lo que su­ce­de en los ma­ta­de­ros, tam­bién de­bo rom­per una lan­za pú­bli­ca pa­ra po­ner pun­to fi­nal a esa tradición de san­gre y muer­te que son las co­rri­das de to­ros.

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