ME­GAN MON­TA­NER “HAY QUE LAN­ZAR­SE A LA PIS­CI­NA, TO­DO LO QUE SE PIEN­SA DE­MA­SIA­DO ACA­BA SALIENDO MAL”

ME­GAN MON­TA­NER

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Su­ma­rio -

Pi­do per­dón por­que hoy es­toy un po­qui­to em­pa­na­da”, di­ce jus­to des­pués de los sa­lu­dos. El pe­que­ño Káel, su be­bé de po­co más de un mes, le ha da­do ma­la no­che. Pi­de un po­co de rock&roll y se vie­ne arri­ba con Guns’ N Ro­ses y Bon Jo­vi. De pron­to, es to­do ener­gía: can­ta, bai­la, gui­ta­rrea... Le va la mar­cha: lo ha de­mos­tra­do lan­zán­do­se a la aven­tu­ra de la ma­ter­ni­dad an­tes de cum­plir los 30 y sin dar­le de­ma­sia­das vuel­tas a có­mo afec­ta­rá a su ca­rre­ra. Y es que la de Me­gan Mon­ta­ner fue una vo­ca­ción re­pen­ti­na. Te­nía 20 años y tra­ba­ja­ba co­mo ma­qui­lla­do­ra cuan­do de­jó a to­dos con la boca abier­ta con un “Quie­ro ser ac­triz”, hi­zo la ma­le­ta y cam­bió Hues­ca por Ma­drid. “Aquí siem­pre es­ta­rá tu ca­sa. Vuel­ve si eso no fun-

cio­na”, le di­je­ron sus pa­dres. Ellos no que­rían cor­tar­le las alas, pe­ro en el fon­do “le da­ban dos me­ses a que me ol­vi­da­ra de es­ta ocu­rren­cia”, re­cuer­da. Ya va pa­ra una dé­ca­da. To­do em­pe­zó con aque­lla inol­vi­da­ble Pe­pa Agui­rre, de El se­cre­to de Puen­te Vie­jo. Ella pu­so en ór­bi­ta su ca­rre­ra y de ella se des­pi­dió vo­lun­ta­ria­men­te, en una nue­va de­mos­tra­ción de ese ca­rác­ter aven­tu­re­ro, pa­ra vi­vir otras vi­das. Vi­nie­ron en­ton­ces las se­ries Gran Ho­tel, La em­ba­ja­da, Sin iden­ti­dad… a las que pron­to se su­ma­rá Vel­vet Co­llec­tion. Es­ta­mos a pun­to de ver­la en la pan­ta­lla gran­de, en la pe­lí­cu­la Se­ñor, da­me pa­cien­cia (es­treno, 16 de ju­nio), una des­ter­ni­llan­te y tier­na his­to­ria co­ral sobre la fa­mi­lia y sus cir­cuns­tan­cias, que gi­ra en torno a un pa­dre muy con­ser­va­dor y muy ma­dri­dis­ta que ve có­mo se des­mo­ro­nan una a una to­das las ex­pec­ta­ti­vas que te­nía sobre sus hi­jos.

Mu­jer­hoy. Por fin una co­me­dia en la que de­mos­trar su vis có­mi­ca, des­pués de tan­to dra­món… Me­gan Mon­ta­ner. ¡Ya era ho­ra! Es ver­dad que he he­cho mu­chos pa­pe­les de mu­je­res lu­cha­do­ras e in­ten­sas, y me gus­ta. Pe­ro soy ac­triz, se su­po­ne que nues­tro tra­ba­jo con­sis­te en ser ca­ma­leó­ni­cos, en qui­tar­nos un per­so­na­je y po­ner­nos otro. Sin em­bar­go, cues­ta sa­lir de ese en­ca­si­lla­mien­to, pa­re­ce que du­dan de que seas ca­paz de ha­cer reír. Y yo soy bas­tan­te pa­ya­sa...

Los te­mas que tra­ta, aun­que en cla­ve de hu­mor, son bas­tan­te se­rios. ¿Sobre qué le ha he­cho re­fle­xio­nar es­ta pe­lí­cu­la? Sobre la fa­mi­lia: sus con­flic­tos, sus di­fe­ren­cias... Pien­so que siem­pre hay un pun­to de en­cuen­tro y hay que in­ten­tar bus­car el ca­mino pa­ra re­gre­sar a él y ha­cer que esa unión sea más fuer­te que las co­sas que nos se­pa­ran. En es­ta pe­lí­cu­la se ve. Aun­que ca­da uno pien­sa de una ma­ne­ra, que pa­re­ce que no se aguan­tan, al fi­nal hay unos va­lo­res que son más fuer­tes y pre­va­le­cen el res­pe­to y la acep­ta­ción.

¿Pien­sa en la fa­mi­lia de otra ma­ne­ra aho­ra que aca­ba de es­tre­nar la su­ya?

Yo no pla­ni­fi­co mi vi­da pa­so a pa­so; me pa­re­ce­ría sú­per abu­rri­do. Uno va vi­vien­do y cons­tru­yen­do sobre la mar­cha. Lo de ser ma­dre tam­bién ha si­do así; no fue un em­pe­ño, sino un mo­men­to que lle­gó: tie­nes una re­la­ción es­ta­ble, es­tás bien con tu pa­re­ja, con­ti­go mis­ma, en tu vi­da la­bo­ral... y di­ces: ¿por qué no? A có­mo ser ma­dre es­toy apren­dien­do aho­ra.

Te­ner hi­jos an­tes de los 30 es ya ca­si una ra­re­za, una es­pe­cie de he­roi­ci­dad... Sí, es que es un pro­ble­ma. Si la ma­ter­ni­dad se arro­pa­ra, si te di­je­ran que no vas a per­der tu tra­ba­jo, que no se va a re­sen­tir... Pe­ro no es así, y nun­ca es un buen mo­men­to. ¡Y me­nos en mi pro­fe­sión! Si no es­tás tra­ba­jan­do en una co­sa, es­tás es­pe­ran­do que te sal­ga otra, o quién sa­be si por es­tar em­ba­ra­za­da te de­ja de sa­lir… Pe­ro hay que lan­zar­se un po­co a la pis­ci­na. To­das las co­sas que se pien­san de­ma­sia­do al fi­nal no lle­gan a buen puerto. En ese sen­ti­do, soy bas­tan­te aven­tu­re­ra.

¿Y có­mo lo lle­va?

Te di­cen que ser ma­dre es muy du­ro y has­ta que no lo vi­ves pien­sas que no se­rá pa­ra tan­to. Me­nos mal que ten­go a mi chi­co y a mi sue­gra, y al res­to de la fa­mi­lia, que se irá tur­nan­do pa­ra ayu­dar­nos. Al prin­ci­pio, muy va­lien­tes, de­cía­mos: “No os preo­cu­péis, no ne­ce­si­ta­mos ayu­da”. ¡Ben­di­ta fa­mi­lia! Hay que pe­dir ayu­da. Ade­más, el be­bé sa­be que es­tás es­tre­sa­da y no se duer­me; lo co­ge tu ma­dre y cae. ¿Pe­ro có­mo lo ha­cen? [Ri­sas]

¿Sien­te esa cul­pa­bi­li­dad de ma­dre cuan­do se ve obli­ga­da a se­pa­rar­se de su be­bé?

¿Cul­pa­bi­li­dad? Pa­ra na­da, la cul­pa me pa­re­ce un cri­men. Tú no de­jas de exis­tir; me­re­ces un hue­qui­to pa­ra ti. Tu fa­mi­lia es tu prio­ri­dad, pe­ro tu hi­jo pue­de es­tar cua­tro ho­ras sin ti. No vi­vi­mos del ai­re. ¡Lo que nos fal­ta­ba ya es la cul­pa!

En las fa­mi­lias, to­do el mun­do tie­ne un rol: el chis­to­so, el sen­sa­to... ¿Cuál es el su­yo? En la pe­lí­cu­la, soy un po­co la Pe­pi­to Gri­llo, la que to­ma las rien­das cuan­do la ma­dre mue­re y asu­me la fun­ción de con­ci­lia­do­ra, la de me­ter a to­dos en ve­re­da y man­te­ner­los unidos. En mi fa­mi­lia real, creo que soy la nota dis­cor­dan­te, la que via­ja, la que siem­pre tie­ne al­gu­na aven­tu­ra que con­tar... Na­die de nues­tro en­torno se de­di­ca a es­to y to­do lo tie­ne que ver con es­te mun­di­llo les ha­ce gra­cia. Les gus­ta es­cu­char mis co­sas.

¿To­ma­rá a su clan co­mo mo­de­lo pa­ra criar a su hi­jo?

Lo que ellos me han en­se­ña­do es mi re­fe­ren­te: quie­ro ha­cer­lo igual de bien. Ten­go un mi­llón de du­das y mie­dos, cla­ro, pe­ro, jun­to a mi pa­re­ja y con su ayu­da, es­pe­ro con­se­guir­lo. Los pa­dres tie­nen gran­des ex­pec­ta­ti­vas pa­ra sus hi­jos. ¿Eso pe­sa o es­ti­mu­la? Siem­pre in­ten­tas ser lo que tu pa­dre y tu ma­dre han querido ha­cer de ti. Pe­ro tam­po­co hay que ser la tí­pi­ca mo­ji­ga­ti­lla que les di­ce que sí a to­do. A ve­ces hay que re­be­lar­se. Pien­so que no de­pen­de tan­to del ca­mino que si­gas co­mo

“LA CUL­PA DE LAS MA­DRES ME PA­RE­CE UN CRI­MEN. TU FA­MI­LIA ES TU PRIO­RI­DAD, PE­RO TÚ NO DE­JAS DE EXIS­TIR”.

de tu per­so­na­li­dad. En Se­ñor, da­me pa­cien­cia las ex­pec­ta­ti­vas del pa­dre no se cum­plen: ellos te pue­den di­ri­gir pe­ro, al fi­nal, ha­ces lo que crees bueno pa­ra ti.

Es us­ted la exó­ti­ca…

¡Exac­to! La alie­ní­ge­na de la fa­mi­lia, que vi­ve en otro mun­do y, cuan­do re­gre­sa, siem­pre tie­ne aven­tu­ras que con­tar.

La vi­da y la muerte son los gran­des te­mas de es­ta pe­lí­cu­la. ¿Les da us­ted vuel­tas? ¡Sí, to­tal­men­te! Soy sú­per fi­lo­só­fi­ca. Me plan­teo a qué ve­ni­mos, adón­de va­mos... aun­que no lle­gue a gran­des con­clu­sio­nes. Soy muy re­fle­xi­va; y muy lan­za­da, por­que tra­to de ser cons­cien­te de que la vi­da pa­sa y el tiem­po no re­gre­sa. Yo lo vi­vo to­do in­ten­sa­men­te, lo bueno y lo ma­lo.

Aun­que se la pe­gue…

Si te equi­vo­cas apren­de­rás, no pa­sa na­da; que el mie­do no nos dic­te de­ci­sio­nes o nos im­pi­da to­mar­las. Hay que vi­vir al lí­mi­te. Tam­po­co es que yo bus­que un con­ti­nuo subidón de adre­na­li­na. Sim­ple­men­te, hay que dis­fru­tar, que­rer­se y que­rer a los de­más. Que mi­res atrás y te sien­tas bien con lo que has he­cho. La pe­lí­cu­la tra­ta con hu­mor di­fe­ren­cias en­tre los vas­cos, los ca­ta­la­nes, los del sur... ¿El lu­gar don­de uno na­ce le de­fi­ne? Hom­bre cla­ro. Ca­da uno tie­ne sus raí­ces y las mías son bien hon­das.

“SOY LA ALIE­NÍ­GE­NA DE MI FA­MI­LIA, LA QUE VI­VE EN OTRO MUN­DO Y, CUAN­DO RE­GRE­SA, SIEM­PRE TIE­NE AVEN­TU­RAS QUE CON­TAR”.

Si los tó­pi­cos se cum­plen, en­ton­ces se­rá us­ted muy ca­be­zo­ta… Mu­cho, mu­cho… En ge­ne­ral creo que to­dos los nor­te­ños. Ter­cos pe­ro ma­jos, ¿eh?

¿Las di­fe­ren­cias unen o se­pa­ran?

Mu­chas co­sas nos ha­cen te­ner cul­tu­ras y opi­nio­nes di­fe­ren­tes, pe­ro eso te da pun­tos de vis­ta di­ver­sos que unidos con­for­man un equi­li­brio. Creo que las di­fe­ren­cias pue­den lle­gar a unir. Y hay co­sas que es­tán por en­ci­ma de esas di­fe­ren­cias, co­mo los va­lo­res hu­ma­nos.

¿To­dos bus­ca­mos acep­ta­ción?

Bueno, hay quien no la ne­ce­si­ta y vi­ve se­gún sus pro­pias re­glas. Hay que ser va­lien­te, por­que la so­cie­dad nos mar­ca unas pau­tas de las que es muy di­fí­cil sa­lir­se.

En la pe­lí­cu­la se apun­tan te­mas co­mo el na­cio­na­lis­mo, el ra­cis­mo… ¿Avan­za­mos al­go? ¡Na­da! Va­mos a peor. Me pon­go negra al leer el pe­rió­di­co. An­tes de pa­rir, le de­cía a una ami­ga: “Le voy a te­ner que pe­dir per­dón a es­te ni­ño na­da más na­cer por traer­le a es­te mun­do”. ¿Có­mo va a ser su fu­tu­ro? Se es­tá de­te­rio­ran­do to­do de tal ma­ne­ra que ca­si da mie­do sa­lir a pa­sear. Creo que los te­rro­ris­tas es­tán con­si­guien­do el eco que bus­can. Y ade­más es­tán la co­rrup­ción, la po­lí­ti­ca, la eco­no­mía…

¿Due­le más to­do eso des­de que es ma­dre?

Cla­ro. ¿En qué se ha­brá con­ver­ti­do el mun­do cuan­do mi hi­jo ten­ga 20 años? Igual tie­nen que vi­vir en un bún­ker. Pue­de que las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes reha­bi­li­ten el mun­do, si re­ci­ben la edu­ca­ción ade­cua­da. Pe­ro no pa­re­ce que va­ya a ser el ca­so. Mi­ra el te­ma del bull­ying, que cre­ce sin pa­rar. Yo no re­cuer­do haber vi­vi­do eso. Se res­pi­ra una vio­len­cia tre­men­da.

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