Nun­ca he he­cho na­da pa­ra en­gro­sar mi cuen­ta co­rrien­te; esa es una gran li­ber­tad

A ve­ces, a los adul­tos hay que ha­blar­les co­mo a ni­ños pa­ra que en­tien­dan las com­ple­ji­da­des de la vi­da. Y eso es lo que ha­ce la es­cri­to­ra (y co­lum­nis­ta de Mu­jer­hoy) en su nue­vo li­bro, una fá­bu­la so­bre la iden­ti­dad y la bus­que­da. Por R. Gil

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Protagonista - SU­SAN­NA TA­MA­RO ES­CRI­TO­RA

T“Ten­go mu­cho de ti­gre­sa so­li­ta­ria”, ase­gu­ra Su­san­na Ta­ma­ro, re­fi­rién­do­se a la pro­ta­go­nis­ta DE su no­ve­la más re­cien­te (y la úl­ti­ma, ase­gu­ra, que es­cri­be pa­ra adul­tos). Y es cier­to que pa­re­ce ex­haus­ta des­pués del ba­ño de mul­ti­tu­des de la Fe­ria del Li­bro de Madrid. El rit­mo de la ciu­dad, al fin y al ca­bo, es muy dis­tin­to al que si­gue en su ca­sa de la Um­bría ita­lia­na –don­de de­di­ca los in­vier­nos a es­cri­bir y los ve­ra­nos a dis­fru­tar de la na­tu­ra­le­za– y Ta­ma­ro ya no es una ni­ña. “Los 60 no son fá­ci­les”, con­ce­de con una son­ri­sa re­sig­na­da. Pa­re­ce que fue ayer, sin em­bar­go, cuan­do su vi­da dio un gi­ro de 180 gra­dos gra­cias a su no­ve­la Don­de el co­ra­zón te lle­ve, que con­quis­tó a lec­to­res de to­do el mun­do en más de 30 idio­mas. Des­de en­ton­ces, no ha de­ja­do de es­cri­bir (tiene más de 25 tí­tu­los y pre­mios co­mo el El­sa Mo­ran­te o el PEN in­ter­na­cio­nal), y man­tie­ne con or­gu­llo que la fama y el di­ne­ro no la han cam­bia­do. La han ayu­da­do, eso sí, a en­con­trar la for­ma en que quie­re vi­vir. Y eso es muy im­por­tan­te pa­ra una es­cri­to­ra que ve la vi­da co­mo una bús­que­da cons­tan­te del ca­mino pro­pio, y que ha pa­sa­do por el taoís­mo y el ju­daís­mo hasta en­con­trar su ho­gar es­pi­ri­tual en el cris­tia­nis­mo más he­te­ro­do­xo. Al­go de au­to­bio­grá­fi­co, por lo tan­to, tiene La ti­gre­sa y el acró­ba­ta (Seix Ba­rral), una no­ve­la-fá­bu­la so­bre una ti­gre­sa atí­pi­ca que em­pren­de un lar­guí­si­mo via­je ini­ciá­ti­co dis­pues­ta a en­con­trar su ver­dad per­so­nal.

Mu­jer hoy. La ti­gre­sa y el acró­ba­ta tiene un tí­tu­lo ca­si idén­ti­co a una de sus co­lum­nas de Mu­jer­hoy. ¿Es ca­sua­li­dad? Su­san­na Ta­ma­ro. Oh, pa­ra na­da. Sin ese ar­tícu­lo, y otros si­mi­la­res, se­gu­ra­men­te no ha­bría exis­ti­do es­ta no­ve­la. La ima­gen sur­gió en unos me­ses en los que es­cri­bí unas pe­que­ñas re­fle­xio­nes pa­ra un dia­rio ita­liano. En cier­to mo­men­to, em­pe­cé a ha­blar con la voz de una ti­gre­sa, a con­tar có­mo me sen­tía si­mi­lar a es­te ani­mal cuan­do era ni­ña.

¿A qué se re­fie­re?

Yo era una ni­ña dis­tin­ta a los de­más, Mi na­tu­ra­le­za era so­li­ta­ria, in­con­tro­la­ble y mis­te­rio­sa, co­mo la de un ti­gre.

¿In­clu­so en la par­te fe­roz?

[Son­ríe] Sí. Sí exis­te esa fa­ce­ta en mí, aun­que no lo pa­rez­ca.

Y cuan­do de­ci­dió ex­plo­rar esa voz de ti­gre­sa en es­ta no­ve­la, ¿qué que­ría trans­mi­tir? Que­ría ha­blar de la com­ple­ji­dad de la vi­da. Que­ría ha­blar de la im­por­tan­cia de per­ma­ne­cer fiel a uno mis­mo, sin de­jar­se ma­ni­pu­lar, y de ir en bus­ca de la ver­dad de la pro­pia vi­da, de se­guir los pro­pios sue­ños e in­quie­tu­des. La ti­gre­sa, una me­tá­fo­ra, ca­mi­na y ca­mi­na, en una bús­que­da ca­si de­ses­pe­ra­da, y se va en­con­tran­do con dis­tin­tos per­so­na­jes que la ayu­dan a co­no­cer­se a sí mis­ma.

La ti­gre­sa, si­be­ria­na, se cru­za con per­so­na­jes oc­ci­den­ta­les. Me re­cor­dó su opi­nión de que Orien­te y Oc­ci­den­te de­be­rían ha­blar más en­tre sí. Así es. Yo he te­ni­do una for­ma­ción es­pi­ri­tual bas­tan­te par­ti­cu­lar. Mi pa­dre ha­bla­ba chino, y era un taoís­ta con­ven­ci­do, y eso fue im­por­tan­te en mi for­ma­ción.

Y tam­bién me edu­ca­ron en la cul­tu­ra ju­deo­cris­tia­na, cla­ro. En es­ta his­to­ria, las dos co­sas se fun­den. Hay mu­chos as­pec­tos de la fi­lo­so­fía orien­tal que nos con­ven­dría apren­der: una vi­sión ab­so­lu­ta de la na­tu­ra­le­za y sus equi­li­brios, una ac­ti­tud de no for­zar las co­sas pa­ra im­po­ner una vi­sión, la con­fian­za en es­ta flui­dez ar­mó­ni­ca y cier­to dis­tan­cia­mien­to so­bre las co­sas; y, tam­bién, la re­la­ción con el en­torno: ani­ma­les, plan­tas... El cris­tia­nis­mo, de­sa­for­tu­na­da­men­te, es­tá muy cen­tra­do en el ser hu­mano. Creo que mis li­bros gus­tan tan­to en orien­te por esa do­ble for­ma­ción que ten­go. Y yo no­to en mis lec­to­res de Co­rea y en Chi­na una sen­si­bi­li­dad dis­tin­ta, so­bre to­do acer­ca de la na­tu­ra­le­za.

¿No se con­si­de­ra us­ted, en­ton­ces, una es­cri­to­ra cris­tia­na?

Oh, no, esas son co­sas que di­cen los pe­rio­dis­tas, y la gen­te que se em­pe­ña en eti­que­tar­lo to­do. Si lo fue­ra, mis li­bros se­rían una apo­lo­gía del cris­tia­nis­mo. Es­toy bau­ti­za­da y me re­co­noz­co en el Evan­ge­lio –creo que es un li­bro que da mu­cha li­ber­tad–, pe­ro no soy muy ami­ga de los sa­cer­do­tes. Mi fa­mi­lia es muy an­ti­cle­ri­cal, y yo tam­bién.

¿Cuál es su re­la­ción con la Igle­sia ofi­cial?

No ten­go mu­cha re­la­ción. Al­gu­nos me apre­cian, pe­ro no el sec­tor más or­to­do­xo, por­que no soy lo su­fi­cien­te­men­te ca­tó­li­ca. Ten­go un es­pí­ri­tu li­bre y nun­ca he acep­ta­do im­po­si­cio­nes.

¿Por eso no ha te­ni­do hi­jos, por esa li­ber­tad de es­pí­ri­tu?

Bueno, cuan­do yo te­nía unos 18 años, es­ta­ba muy enamo­ra­da y pen­sa­ba que ten­dría cin­co o seis. Pe­ro des­pués em­pe­cé a es­cri­bir y me di cuen­ta de que nun­ca ten­dría hi­jos. No los que­ría. Es­te fue, de he­cho, el mo­ti­vo por el que ter­mi­nó mi re­la­ción con mi úl­ti­ma pa­re­ja sen­ti­men­tal. Yo te­nía trein­ta y tan­tos años y él que­ría te­ner ni­ños. Le di­je: “Ab­so­lu­ta­men­te no” y rom­pi­mos. Pa­ra mí, es­ta­ba muy cla­ro. No pue­do con­ci­liar la ener­gía que de­bo con­cen­trar en la es­cri­tu­ra con la ne­ce­sa­ria pa­ra te­ner hi­jos. Aho­ra sí po­dría te­ner­los, fí­ja­te [Ríe]. Pe­ro igual aho­ra es un po­co tar­de.

Las mu­je­res re­ci­bi­mos mu­cha pre­sión pa­ra ser ma­dres.

Sí, ¿ver­dad? Re­cuer­do que, cuan­do yo te­nía trein­ta y tan­tos y sa­lía con mis ami­gas, las que aún no te­nían ni­ños me ha­bla­ban de cuán­to los an­he­la­ban, y llo­ra­ban de­lan­te de los es­ca­pa­ra­tes de tien­das pa­ra be­bés. Y yo las es­cu­cha­ba y lue­go vol­vía a ca­sa con una hon­da sen­sa­ción de cul­pa, por­que no sen­tía ese de­seo y me da­ba ver­güen­za. Esa pre­sión es una for­ma de vio­len­cia ha­cia la mu­jer: si no tie­nes hi­jos, no eres na­die. Y no es así. Yo soy fe­liz sin hi­jos. Me he ocu­pa­do de mu­chos ni­ños, pe­ro no ten­go sen­ti­mien­tos de

“Mis ami­gas llo­ra­ban por­que no te­nían hi­jos. A mí me da­ba ver­güen­za no desear­los”.

pro­pie­dad ha­cia nin­guno, no lo ne­ce­si­to. Es muy bo­ni­to dar al­go a los ni­ños. Pe­ro no es obli­ga­to­rio te­ner­los.

Mu­chas fe­mi­nis­tas rei­vin­di­can aho­ra esa mis­ma pos­tu­ra. ¿Se con­si­de­ra us­ted fe­mi­nis­ta? No en el sen­ti­do clá­si­co. Soy de­ma­sia­do so­li­ta­ria co­mo pa­ra ser mi­li­tan­te. Aun así, es­toy muy en­fa­da­da por la si­tua­ción de las ni­ñas de hoy. Cuan­do yo iba al co­le­gio, nos po­nían co­mo mo­de­lo a Ma­rie Cu­rie, a las gran­des mu­je­res de la his­to­ria. Aho­ra, sus re­fe­ren­tes son las mu­je­res-cuer­po. A las ni­ñas les qui­tan su ca­pa­ci­dad pa­ra pen­sar, les di­cen que so­lo tie­nen que ser cuer­pos perfectos. ¡Hay ni­ñas de ocho años que ya tie­nen esa men­ta­li­dad! Y pa­re­ce que na­die se in­mu­ta, que se ha nor­ma­li­za­do. Es tre­men­do. Me pa­re­ce que ser pa­dres, hoy en día, es muy di­fí­cil; es ne­ce­sa­rio nu­trir bien la ca­be­za de las ni­ñas. Ha­ce po­co, me cru­cé con una chi­ca que ven­día por la ca­lle un pe­rió­di­co co­mu­nis­ta. Me acer­qué a ella y le di­je: “Me ale­gra mu­cho ver­te aquí, por­que veo que crees en al­go más que en tu te­lé­fono mó­vil”.

Sin em­bar­go, cuan­do us­ted era jo­ven, la­men­tó que el mo­vi­mien­to del 68 fue­ra más po­lí­ti­co que es­pi­ri­tual. ¿Te­me que los jó­ve­nes de hoy ten­gan las mis­mas ca­ren­cias? Me gus­ta que los cha­va­les se re­be­len con­tra el mun­do. Pe­ro, sí, ten­go mie­do de que es­tos mo­vi­mien­tos, des­pro­vis­tos de una vi­sión más am­plia y es­pi­ri­tual, se con­vier­tan en otra jau­la. Por­que ne­ce­si­ta­mos un cam­bio.

Y, en ese sen­ti­do, ¿es­tá sa­tis­fe­cha con la vi­da que ha crea­do pa­ra sí mis­ma? Muy sa­tis­fe­cha. Cuan­do una se con­vier­te en una es­cri­to­ra fa­mo­sa no es fá­cil man­te­ner­se a car­go de la pro­pia vi­da. Pe­ro yo no he cam­bia­do en na­da. Cuan­do ga­né to­do ese di­ne­ro con Don­de el co­ra­zón te lle­ve, com­pré la ca­sa en la que vi­vo y un co­che, y re­ga­lé el res­to del di­ne­ro: creé la Fun­da­ción Ta­ma­ro, pa­ra po­der des­ti­nar­lo a ayu­dar a las mu­je­res y a las ni­ñas. Co­mo la ti­gre­sa de la no­ve­la, he re­cha­za­do siem­pre el po­der. Ten­go los mis­mos ami­gos que an­tes y nun­ca he he­cho na­da pa­ra en­gro­sar mi cuen­ta co­rrien­te. Creo que esa es una gran li­ber­tad.

Vi­vir co­mo se piensa es un pri­vi­le­gio.

Sí, lo es. Yo siem­pre he vi­vi­do de for­ma muy cohe­ren­te, y aho­ra ten­go una ca­sa eco­ló­gi­ca, que fun­cio­na con ener­gía so­lar, y una pe­que­ña ex­plo­ta­ción agrí­co­la que es muy im­por­tan­te pa­ra mí. La ver­dad es que no po­dría es­cri­bir mis li­bros si no vi­vie­ra en el cam­po. Es­tá lleno de si­len­cio, me per­mi­te pen­sar y ob­ser­var. Un li­bro co­mo La ti­gre­sa y el acró­ba­ta, que ha­bla so­bre la na­tu­ra­le­za, el vien­to, las es­ta­cio­nes... no po­dría ha­ber­se es­cri­to en una ciu­dad.

La na­tu­ra­le­za es muy im­por­tan­te pa­ra us­ted. ¿Tal vez por eso ha es­cri­to un li­bro con pro­ta­go­nis­ta ani­mal? Sí, me en­can­tan los ani­ma­les y vi­vo con mu­chos. En la li­te­ra­tu­ra, di­cen lo que los hu­ma­nos no po­de­mos per­mi­tir­nos de­cir. En la vi­da real, sa­be­mos muy po­co so­bre ellos, so­bre lo que en­tien­den y sien­ten. Creo que los gran­des des­cu­bri­mien­tos del fu­tu­ro ver­sa­rán so­bre es­te te­ma.

¿Qué cree que pue­den en­se­ñar­nos?

Mu­chí­si­mo; cuan­to ma­yor soy, más tiem­po pa­so con ellos. Aco­jo a pe­rros an­cia­nos y en­fer­mos, que han su­fri­do ma­los tra­tos, y me los trai­go a mo­rir en mi ca­sa. Y el cam­bio que se pro­du­ce en ellos cuan­do re­ci­ben ca­ri­ño es al­go ex­tra­or­di­na­rio y con­mo­ve­dor. Tie­nen el don del agra­de­ci­mien­to, al­go di­fí­cil de en­con­trar en­tre los hu­ma­nos.

Es­tá a pun­to de cum­plir 60 años y sé que, pa­ra us­ted, los cum­plea­ños re­don­dos son fun­da­men­ta­les. ¿Lo­gra­rá su me­ta de de­bu­tar co­mo can­tan­te lírica en su cum­plea­ños? [Ri­sas] De­sa­for­tu­na­da­men­te, no. He es­ta­do es­tu­dian­do can­to du­ran­te seis años por­que, efec­ti­va­men­te, que­ría dar un con­cier­to pa­ra ce­le­brar mi cum­plea­ños. Pe­ro em­pe­cé a es­tu­diar piano, pa­ra po­der acom­pa­ñar­me, y aho­ra so­lo es­tu­dio piano. Así que he pos­pues­to el even­to; tal vez lo ha­ga cuan­do cum­pla 70. Lo que sí voy a ha­cer es to­mar­me un año sa­bá­ti­co: des­de mi cum­plea­ños, el 12 de di­ciem­bre, hasta el 12 de di­ciem­bre de 2018 no quie­ro ha­cer na­da. So­lo to­car el piano, cui­dar de mis abe­jas y es­tar con mis ami­gos. Ah, y voy a re­co­rrer Eu­ro­pa en In­te­rrail, con unos ami­gos. No pu­de ha­cer­lo cuan­do era jo­ven, por­que nun­ca te­nía di­ne­ro su­fi­cien­te, y aho­ra voy a ir a por ello.

Tiene mu­chos pla­nes. Pa­re­ce que, por us­ted, no pa­san los años. Bueno, los 60 años no son fá­ci­les. Cuan­do una cum­ple 50 años to­da­vía se sien­te jo­ven; pe­ro de los 55 a los 60, el cuer­po y la ca­be­za empiezan a fa­llar, te can­sas mu­cho más, empiezan los pro­ble­mas y los do­lo­res... Es­toy sin­tien­do la lle­ga­da de la ve­jez, sí. Ocu­rre in­clu­so en es­ta so­cie­dad que espera que no en­ve­jez­ca­mos nun­ca.

“Me en­fa­da la si­tua­ción de las ni­ñas. Sus re­fe­ren­tes son las mu­je­res­cuer­po”. “Los des­cu­bri­mien­tos fu­tu­ros se­rán so­bre lo que pien­san y sien­ten los ani­ma­les”.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.