SALVARSE O RESISTIR

EL FUE­GO EN EL HO­RI­ZON­TE Y UNA NO­CHE CAR­GA­DA DE RENUNCIAS E IN­CER­TI­DUM­BRES. LA­RA MO­RENO NOS RE­LA­TA UNA TE­RRO­RÍ­FI­CA PE­SA­DI­LLA ES­TI­VAL. ILUS­TRA­CIÓN: MAI­TE NIE­BLA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Relatos De Una Noche De Verano - LA­RA MO­RENO, es­cri­to­ra

n ve­rano las co­sas se que­man. Sen­ta­do en una si­lla ple­ga­ble, mi­ran­do al ho­ri­zon­te de pi­nos des­de el por­che, asien­te y re­pi­te: se que­man. To­da la tar­de ha so­pla­do un vien­to que era una mano in­men­sa, una mano se­ca por el tra­ba­jo de si­glos y ar­dien­te, y el cie­lo no era ná­car, ni pre­lu­dio, era mo­vi­mien­to. An­da, ve y llé­na­me el va­so, le di­ce a la ni­ña. Pa­re­ce en­fa­da­do y no lo es­tá, sim­ple­men­te or­de­na. Ella no mi­ra al ho­ri­zon­te, mi­ra a su pa­dre, el per­fil es­tu­dia­do de me­mo­ria: el pe­lo gris que le cae so­bre la fren­te y los la­bios fi­nos en­tre la bar­ba. La hi­ja sa­be que tie­ne los ojos en­te­rra­dos a es­ta ho­ra. ¿Va a lle­gar aquí el fue­go, pa­pá? El pa­dre chas­ca la len­gua: Ama­lia, llé­na­me el va­so. Te he di­cho que en ve­rano las co­sas se que­man, pe­ro que no pa­sa na­da. Ama­lia en­tra en la ca­sa y en la co­ci­na le pa­re­ce oler a que­ma­do. El úni­co te­le­vi­sor, so­bre una re­pi­sa jun­to a la ala­ce­na, par­pa­dea con las no­ti­cias del in­cen­dio. Le hue­le a que­ma­do el sus­to y en reali­dad son las pa­ta­tas en la sar­tén, con de­ma­sia­do po­co acei­te, que se es­tán pe­gan­do. Su madre ha de­ja­do la es­pu­ma­de­ra al la­do del fre­ga­de­ro, so­bre un círcu­lo acei­to­so y bri­llan­te. La ni­ña sa­be que ya tie­ne ocho años y pue­de ha­cer mu­chas co­sas; o qui­zá de­be, eso no lo tie­ne muy cla­ro. Se ol­vi­da del va­so va­cío y aga­rra con fir­me­za el man­go de la es­pu­ma­de­ra, re­mue­ve los dados de pa­ta­tas, los bor­des os­cu­re­ci­dos aso­man a la su­per­fi­cie. ¡Ma­má!, lla­ma, pe­ro an­tes de que ter­mi­ne de pro­nun­ciar­lo hay una mano so­bre la su­ya, se­ca y fuer­te co­mo el vien­to de an­tes, el que pa­re­cía que iba a aca­bar con to­do, que la apar­ta. Ya lo ha­go yo. Es su pa­dre, aban­do­na­do el pues­to de vi­gi­lan­cia, quien sa­ca las pa­ta­tas de la sar­tén; car­ga bien la es­pu­ma­de­ra y lo prin­ga to­do de acei­te. Es­ta mu­jer, di­ce, y lue­go: tú no ibas a re­lle­nar­me el va­so de cer­ve­za. Y Ama­lia abre el fri­go­rí­fi­co y se que­da ahí un po­qui­to, res­guar­da­da, por­que es el úni­co si­tio don­de no ha­ce ca­lor. La madre tie­ne los bra­zos en re­mo­jo en la ba­ñe­ra. Es­tá in­cli­na­da so­bre el bor­de co­mo si fue­ra un po­zo, y la te­la del ves­ti­do le mar­ca la es­pal­da, la car­ne por la si­sa cá­li­da y su­do­ro­sa. Den­tro del agua el ni­ño pe­que­ño ape­nas se mue­ve, sen­ta­do con las pier­nas abier­tas y fle­xio­na­das, con­cen­tra­do en abrir un bo­te o en ce­rrar­lo. La madre re­mue­ve el agua a su al­re­de­dor, el agua sua­ve con la es­pu­ma, pe­ro sin in­sis­ten­cia. Tam­bién es­ta­ba ha­cien­do una tor­ti­lla de pa­ta­tas para la ce­na, an­tes, ha­ce un mo­men­to, pe­ro de pron­to el va­por del agua ca­lien­te la ha de­te­ni­do, sa­cán­do­la de su lu­gar; es co­mo si en vez de arro­di­llar­se hu­bie­ra caí­do. Ama­lia en­tra en el cuar­to de ba­ño con el va­so de cer­ve­za para su pa­dre en una mano y en ese mo­men­to el ni­ño pe­que­ño se agi­ta y sal­pi­ca y jue­ga en un im­pul­so, y la madre, con la ca­ra mo­ja­da, es­pa­bi­la unos se­gun­dos más tar­de de lo na­tu­ral. Ma­má, que se es­ta­ba que­man­do la co­mi­da. Y la madre no le quie­re son­reír, pe­ro son­ríe.

Co­men aden­tro, a ver por qué va­mos a ce­nar aden­tro, di­ce la madre, que es­tá en me­dio del sa­lón con el ni­ño en bra­zos, lim­pio y pei­na­do y en pi­ja­ma, las me­ji­llas fres­cas y li­sas co­mo las co­qui­nas. Lo sien­ta en la tro­na, pe­ga­da a la me­sa, al man­tel arru­ga­do y a los va­sos, cu­bier­tos y ser­vi­lle­tas que Ama­lia ha traí­do de la co­ci­na y ha de­ja­do allí en­ci­ma para que ella los dis­pon­ga. Ale­ja los cu­bier­tos y los va­sos de las ma­nos del ni­ño y le acer­ca las ser­vi­lle­tas para que se en­tre­ten­ga. En po­co ra­to es­tán los cua­tro sen­ta­dos al­re­de­dor de la me­sa y la te­le­vi­sión, des­de la co­ci­na, si­gue re­trans­mi­tien­do en di­rec­to la ca­tás­tro­fe. Ama­lia man­da ca­llar a su her­mano cuan­do es­te can­tu­rrea un po­co más al­to. No ha­blan ni su pa­dre ni su madre. ¿Se va a que­mar el co­to?, pre­gun­ta con la bo­ca lle­na. La tor­ti­lla es­tá se­ca y es­tá so­sa, pe­ro tam­bién ri­ca. Ama­lia, res­pon­de por fin el pa­dre, tu her­mano es­tá en pi­ja­ma ya. Ter­mi­na de ce­nar y ve a cam­biar­te, pron­to os vais a acos­tar. La madre es­tá mi­ran­do al pa­dre di­rec­ta­men­te a los ojos, pa­re­ce que lo ins­pec­cio­na co­mo si no lo hu­bie­ra vis­to an­tes, co­mo si no lo vie­ra. An­tes de des­ves­tir­se Ama­lia sa­le otra vez al por­che; aho­ra una par­te del ho­ri­zon­te ar­de. A la de­re­cha, al fon­do, un res­plan­dor naranja se mez­cla con la no­che, la agi­gan­ta. La ni­ña se asus­ta, ¡si es­tá vi­nien­do!, y en ese mo­men­to el pa­dre se acer­ca por de­trás y le po­sa las ma­nos en los hom­bros, los aprie­ta con con­sue­lo pe­ro co­mo una se­ñal, una ad­ver­ten­cia, pe­ro no ves que es­tá le­jos, es­tá muy le­jos. Lo que pa­sa es que de no­che da más mie­do. Ve­te a la ca­ma. La madre en­tra en su cuar­to y na­da más sen­tar­se jun­to a ella y hun­dir el col­chón, el cuer­po de Ama­lia vol­cán­do­se le­ve­men­te ha­cia la iz­quier­da, co­mo to­das las no­ches, la ni­ña em­pie­za sen­tir sue­ño. Aho­ra su madre tam­po­co di­rá na­da, en­te­rra­rá los de­dos en su pe­lo, le pei­na­rá las ce­jas. ¿Tú tie­nes mie­do, ma­má? La madre quie­re son­reír­le pe­ro no lo ha­ce. Mie­do de qué, Ama­lia. Si ya ha pa­ra­do el vien­to. us­to an­tes de dor­mir­se es­cu­cha los pa­sos. En­trea­bre los ojos para ver pa­sar por la puer­ta la som­bra de su madre, in­clu­so en la som­bra el chis­pa­zo de su ves­ti­do de ra­yas de co­lo­res, la te­la muy pe­ga­da a la car­ne a la al­tu­ra del pe­cho y de la es­pal­da. El cuer­po de su madre, que siem­pre irra­dia ca­lor. Cie­rra otra vez los ojos por­que esa no­che la ve co­mo in­vi­si­ble. Fin­gi­rá dor­mir cuan­do pa­se su pa­dre, sin mi­rar al cuar­to de los ni­ños, y atra­vie­se el pa­si­llo a zan­ca­das, ur­gen­tes pe­ro hun­di­das. Ya lue­go na­da. Los mur­mu­llos, la agi­ta­ción. Pe­ro al fi­nal sue­ña. Es­tán to­dos en una bar­ca de ma­de­ra, co­mo las que hay en el puer­to ama­rra­das, vie­jas y tem­blo­nas. Es­ta no es vieja, la pin­tu­ra bri­lla y es un día de mu­cho sol y mu­cho ca­lor y a pe­sar de eso es­tán con­ten­tos. Los cua­tro en una bar­ca, pe­ro no en el mar, Ama­lia es­ta­ría ner­vio­sa si es­tu­vie­ran en el mar, y es­tá muy fe­liz: aque­llo es un es­tan­que gi­gan­te, un lago, qui­zá; al­re­de­dor de ellos, al fon­do, hay mu­cha ve­ge­ta­ción, ese ver­gel fluo­res­cen­te de las pe­lí­cu­las. Su madre es­tá can­tan­do una can­ción, y su pa­dre es­tá can­tan­do otra can­ción, y son can­cio­nes dis­tin­tas, y se cho­can y se in­te­rrum­pen sus vo­ces mien­tras flo­tan en el lago, y su her­mano no mo­les­ta, no se que­ja, no llo­ri­quea, a pe­sar de que es­tá sen­ta­do en el sue­lo de la bar­ca, no en las ta­blas de ma­de­ra, es­tá aba­jo, y la madre no lo aga­rra. Cuan­do su ca­be­ci­ta se cho­ca con la ma­de­ra, por el ba­lan­ceo, el her­mano se ríe. En el sue­ño, a Ama­lia em­pie­zan a mo­les­tar­le las vo­ces de sus pa­dres, sue­nan de­ma­sia­do fuer­te, pa­re­cen de un idio­ma que no en­tien­de. Y quie­re de­cir­les que se ca­llen, que can­ten lo mis­mo, que no can­ten, pe­ro de pron­to tie­ne mu­chí­si­mo ca­lor. Es­tá su­dan­do y no pue­de ha­blar, y ya el her­mano no ríe cuan­do se cho­ca con la ma­de­ra, re­cién pin­ta­da, hú­me­da y ca­lien­te. uan­do en mi­tad de to­do su pa­dre la des­pier­ta, Ama­lia sien­te un vér­ti­go y tam­bién una paz. Ni­ña, te­ne­mos que ir­nos. Su pa­dre la ayu­da a sa­lir de la ca­ma pe­ro lue­go no la co­ge en bra­zos, y Ama­lia no­ta el tem­blor en las pier­nas. Afue­ra, el res­plan­dor se acer­ca en un bai­le ra­bio­so, to­da­vía si­gue le­jos, pe­ro una bo­ca­na­da de ce­ni­za la co­ge por sor­pre­sa; aho­ra ve que su pa­dre lle­va su­cia las me­ji­llas, la rec­ta na­riz, la bar­ba. Fren­te a la ca­sa, el co­che ya tie­ne las lu­ces en­cen­di­das y su her­mano es­tá den­tro, dor­mi­do to­da­vía. Pue­de dis­tin­guir­le la ca­ra blan­ca a tra­vés de los cris­ta­les, a tra­vés de esa ca­pa nue­va de pol­vo, y los ojos le es­cue­cen. La madre cie­rra la puer­ta tras ellos, con los bra­zos man­cha­dos, to­da­vía aquel ves­ti­do. Él pa­re­ce ti­tu­bear o re­sis­tir­se. Son so­lo unos se­gun­dos. Pe­ro la madre se mue­ve con ali­vio, ca­si des­apa­re­ci­da. Hay in­clu­so una cal­ma en su voz, en me­dio de aque­lla no­che del in­cen­dio, fue­ra de la tra­ge­dia: nos va­mos a sal­var, es­toy se­gu­ra. Jus­to cuan­do ba­ja el pri­mer es­ca­lón del por­che, el pa­dre ade­lan­ta la mano y con los de­dos du­ros le aprie­ta la cin­tu­ra, rom­pien­do la ba­rre­ra, co­mo una acu­sa­ción. La ni­ña mi­ra esa mano de hom­bre, que sos­tie­ne, du­ran­te unos se­gun­dos, una pe­que­ña par­te de su madre, pe­ro no­ta la re­nun­cia, la de­vas­ta­ción. No sa­be lo que es, pe­ro es el fue­go. La madre se des­ha­ce, le­ve ca­lam­bre en la cin­tu­ra, ya no hay tiem­po. Ella va la pri­me­ra. Se me­ten en el co­che, él arran­ca, y se ale­jan en otra di­rec­ción.

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