DAN BROWN

SUS NO­VE­LAS LE­VAN­TAN TAN­TAS PA­SIO­NES CO­MO AM­PO­LLAS. 'ORI­GEN', SU NUE­VO TÍ­TU­LO, PRO­ME­TE LA MIS­MA PO­LÉ­MI­CA Y, ADE­MÁS, TRANS­CU­RRE EN ES­PA­ÑA. IN­DA­GA­MOS EN LOS CÓ­DI­GOS Y SE­CRE­TOS DE SU AU­TOR.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Portada - POR FÁ­TI­MA URIBARRI / FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LU­JÁN

"CIEN­CIA Y RE­LI­GIÓN CUEN­TAN LA MIS­MA HIS­TO­RIA en di­fe­ren­te idio­ma"

Se ha le­van­ta­do de ma­dru­ga­da pa­ra po­sar pa­ra las fo­to­gra­fías en La Pe­dre­ra an­tes de que lle­ga­sen los tu­ris­tas. No con­vie­ne que lo vean allí: se or­ga­ni­za­ría un re­vue­lo que po­dría dar al tras­te con el cal­cu­la­dí­si­mo lan­za­mien­to in­ter­na­cio­nal de su nue­va no­ve­la, Ori­gen (edi­to­rial Pla­ne­ta). Los li­bros de Dan Brown, de los que ya se han ven­di­do 200 mi­llo­nes de ejem­pla­res, se pu­bli­can pro­te­gi­dos por un au­ra de mis­te­rio equi­pa­ra­ble a sus ar­gu­men­tos. Y, sin em­bar­go, él –un ti­po ri­sue­ño y sim­pá­ti­co– res­pon­de a tum­ba abier­ta a cues­tio­nes muy ín­ti­mas. Xlse­ma­nal. ¿De qué va Ori­gen? Dan Brown. Gi­ra en torno a las gran­des pre­gun­tas: ¿de dón­de ve­ni­mos? ¿Adón­de va­mos? De có­mo la cien­cia y la re­li­gión bus­can esas res­pues­tas, de la in­ter­ac­ción en­tre cien­cia y re­li­gión. Tam­bién hay có­di­gos, sím­bo­los y hay mucho de Es­pa­ña: sa­len Barcelona, Ma­drid, Bil­bao y Se­vi­lla. Sien­to un pro­fun­do amor ha­cia Es­pa­ña. XL. Nos ha vi­si­ta­do de in­cóg­ni­to. D.B. Sí [se ríe], me po­nía go­rra y ga­fas de sol y he ve­ni­do a si­tios co­mo Ca­sa Mi­là (La Pe­dre­ra) pa­ra ex­plo­rar y bus­car al­go que me ins­pi­ra­ra pa­ra es­cri­bir. XL. Ha ve­ni­do mu­chas ve­ces a Barcelona, ¿có­mo vi­vió los aten­ta­dos de agos­to? D.B. Fue un gol­pe tre­men­do. He vivido en la pla­za de Ca­ta­lu­ña y ha­cía la com­pra en la Bo­que­ría. Me que­dé im­pac­ta­do, ape­na­do y preo­cu­pa­do. XL. ¿Lo re­co­no­cían cuan­do ve­nía a Es­pa­ña? D.B. Al­gu­nos fans. Y yo se lo agra­de­cía y si me pre­gun­ta­ban: «¿Qué ha­ces aquí?», con­tes­ta­ba: «Soy un tu­ris­ta». XL. ¿Por qué tan­to se­cre­tis­mo en torno a su li­bro?

D.B. No que­ría que na­die su­pie­ra que es­ta­ba pen­san­do en es­cri­bir al­go so­bre Barcelona. Par­te de la diversión y el mis­te­rio de mis li­bros es dón­de es­tán am­bien­ta­dos. Si se sa­be, igual vie­ne un mon­tón de gen­te a es­cri­bir un li­bro con los mis­mos es­ce­na­rios. Y co­mo es­cri­bo tan des­pa­cio... XL. ¿Por qué ha ele­gi­do Es­pa­ña? D.B. Quie­ro mucho a Es­pa­ña. Es el pri­mer país ex­tran­je­ro que vi­si­té. Vi­ne con 16 años a Gi­jón con un pro­gra­ma de es­tu­dios, pa­sé un ve­rano con una fa­mi­lia. Fue ge­nial. XL. ¿Qué re­cuer­dos tie­ne de su ve­rano as­tu­riano? D.B. Es­tu­dia­ba es­pa­ñol, iba a la pla­ya con ami­gos... Yo era muy pá­li­do y me lla­ma­ban 'fan­tas­ma' [lo di­ce en es­pa­ñol]. Lo de­cían en bro­ma, pe­ro he­rían mis sen­ti­mien­tos: me sen­tía in­se­gu­ro. De ahí vie­ne Si­las, el albino de El có­di­go da Vin­ci, de aquel ve­rano, de cuan­do yo era 'fan­tas­ma'. XL. ¿Qué le gus­tó de Es­pa­ña? D.B. La pri­me­ra co­sa que me cho­có fue el con­cep­to de que ne­ce­si­tas des­ace­le­rar y dis­fru­tar de la vida. Le doy un ejem­plo: no te­ne­mos en in­glés el tér­mino 'es­tar de so­bre­me­sa'; no­so­tros co­me­mos y nos va­mos. Esa idea de que una co­mi­da du­re dos ho­ras y ha­blar con los ami­gos me en­can­tó. XL. Ha vivido en Se­vi­lla y ha di­cho que le im­pac­tó «la opre­sión re­li­gio­sa española». D.B. ¿He di­cho eso? No sé si 'opre­sión' es la pa­la­bra ade­cua­da. No es­ta­ba acos­tum­bra­do a la Se­ma­na San­ta. Esa tra­di­ción re­li­gio­sa es al­go bo­ni­to y ex­tre­ma­da­men­te in­ten­so. Me he cria­do en un ho­gar muy re­li­gio­so, pe­ro na­da que ver con la Se­ma­na San­ta. XL. Los ri­tua­les ca­tó­li­cos pa­re­ce que le im­pac­tan mucho. D.B. Me fas­ci­nan. Me in­tere­sa mucho lo que cree­mos y por qué lo cree­mos. Una de las co­sas que me lla­man la aten­ción es que la tec­no­lo­gía gus­ta a la gen­te por­que cam­bia y mejora con­ti­nua­men­te, mien­tras que la re­li­gión no cam­bia y por eso gus­ta a la gen­te, por­que es es­ta­ble. XL. ¿Se con­si­de­ra una per­so­na re­li­gio­sa? D.B. Una per­so­na es­pi­ri­tual. De ni­ño fui pro­fun­da­men­te re­li­gio­so, pe­ro lle­gó un mo­men­to en el que di­je: «Es­to que me cuen­tan en la igle­sia ya no tie­ne sen­ti­do». Al mis­mo tiem­po se me des­per­tó la idea de que hay al­go más gran­de ahí fue­ra. XL. En sus li­bros, los ma­los son ca­tó­li­cos. D.B. Hay ma­los ca­tó­li­cos, pe­ro tam­bién hay bue­nos. Co­mo en to­das las re­li­gio­nes, por­que es­tán cons­ti­tui­das por gen­te, y la gen­te no es per­fec­ta. El ca­to­li­cis­mo ha he­cho co­sas ma­ra­vi­llo­sas, pe­ro no me da mie­do de­cir que hay co­sas que no ha he­cho bien. XL. ¿No va a es­cri­bir de otras re­li­gio­nes? D.B. Me crie co­mo cris­tiano, es par­te de mi ADN, así que pue­do cri­ti­car­lo, en­ten­der­lo o ma­lin­ter­pre­tar­lo, por­que es par­te de mí. Qui­se es­cri­bir so­bre el budismo y no pu­de por­que no ten­go na­da que ver con él. XL. ¿Real­men­te ve cons­pi­ra­cio­nes por do­quier? D.B. No sé si 'cons­pi­ra­ción' es la pa­la­bra ade­cua­da. Mu­cha gen­te cree que los ex­tra­te­rres­tres han vi­si­ta­do la Tie­rra,

"Quie­ro mucho a Es­pa­ña. Es el pri­mer país ex­tran­je­ro que co­no­cí y el que más he vi­si­ta­do. Lo que más me cho­có fue la so­bre­me­sa; co­mer y que­dar­te a char­lar me en­can­tó"

yo no lo creo, pe­ro si me pre­gun­ta si hay unos po­de­res ocul­tos, gen­te po­de­ro­sa que tra­ba­ja en­tre bam­ba­li­nas, sí creo en eso. Y más con las nue­vas tec­no­lo­gías. Es­ta­mos in­fluen­cia­dos sin dar­nos cuen­ta. XL. ¿Es cier­to que su con­se­jo a los es­cri­to­res prin­ci­pian­tes es que es­cri­ban un li­bro 'co­mer­cial'? D.B. No, nun­ca he di­cho eso. Les di­go que es­cri­ban so­bre al­go que les apa­sio­ne y si no sa­ben mucho de eso que lo in­ves­ti­guen. ¿Eres mé­di­co y es­tás apa­sio­na­do con la pin­tu­ra? Apren­de pin­tu­ra y es­cri­be so­bre ello y sa­brás có­mo trans­mi­tir tu en­tu­sias­mo. XL. A lo me­jor no ven­des li­bros. D.B. El ob­je­ti­vo de es­cri­bir no es ven­der li­bros. El di­ne­ro nun­ca me ha in­tere­sa­do. Es­cri­bí por­que que­ría con­tar una his­to­ria. Tres años des­pués del éxi­to de El có­di­go Da Vin­ci, yo te­nía el mis­mo Vol­vo fa­mi­liar de do­ce años. A mí no me mo­ti­va el di­ne­ro. A mis pa­dres tam­po­co. Los dos fue­ron au­to­res. Mi pa­dre es­cri­bió por­que era profesor y le pa­re­cía que los li­bros de tex­to que es­ta­ba uti­li­zan­do no eran bue­nos, así que es­cri­bió el su­yo, que fue el me­jor. Y no ga­nó di­ne­ro con eso. XL. ¿El di­ne­ro ha cam­bia­do su vida? D.B. De al­gu­na ma­ne­ra sí. Pe­ro el pro­ce­so ar­tís­ti­co es el mis­mo. Los ce­ros en tu cuen­ta ban­ca­ria no ha­cen más fá­cil el es­cri­bir un li­bro. XL. ¿Su mu­jer tra­ba­ja con us­ted? D.B. Lo ha­cía, pe­ro ya no. Es una per­so­na muy crea­ti­va, di­se­ña ro­pa, es pin­to­ra, se de­di­ca a la de­co­ra­ción de in­te­rio­res, ne­ce­si­ta­ba tiem­po pa­ra ha­cer sus co­sas. XL. ¿Es por ella por lo que sus per­so­na­jes fe­me­ni­nos tie­nen tan­to pe­so en sus no­ve­las? D.B. Por ella y por mi ma­dre. Mi ma­má mu­rió ha­ce ape­nas unos me­ses. Nun­ca ima­gi­né lo fuer­te que me iba a gol­pear su muer­te. Es­tu­ve allí, con ella, cuan­do su­ce­dió, cuan­do de­jó de res­pi­rar: es una ex­pe­rien­cia de una in­ten­si­dad in­creí­ble. En el fon­do soy afor­tu­na­do, he per­di­do a mi ma­dre de una ma­ne­ra com­pren­si­ble. Es lo na­tu­ral. No pue­do ni ima­gi­nar cuan­do un pa­dre pier­de a su hi­jo. XL. ¿Tie­ne hi­jos? D.B. No ten­go hi­jos por de­ci­sión pro­pia. Lo pen­sé mucho. Ado­ro a los ni­ños, ten­go so­bri­nos, alum­nos, pe­ro no he te­ni­do hi­jos. Me di cuen­ta de que, si

"No ten­go hi­jos por de­ci­sión pro­pia. Mi mu­jer y yo lo pen­sa­mos mucho. Si los hu­bie­ra te­ni­do, no ha­bría es­cri­to mis li­bros. No se pue­de te­ner to­do"

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