En por­ta­da.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - TEX­TO: VIR­GI­NIA DRA­KE / FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LU­JÁN

Pa­blo Es­co­bar, uno de los ma­yo­res cri­mi­na­les del si­glo XX, 're­vi­ve' en se­ries, pe­lí­cu­las y bio­gra­fías que su círcu­lo más cer­cano cues­tio­na. Se­pa por qué.

Con sus tres pri­me­ras no­ve­las ven­dió más de seis mi­llo­nes de ejem­pla­res. Con­ver­ti­da en fe­nó­meno mun­dial, la es­cri­to­ra es­pa­ño­la lan­za aho­ra una nue­va apues­ta edi­to­rial. TEX­TO: VIR­GI­NIA DRA­KE / Otra vez, el amor y la His­to­ria desem­pe­ñan un pa­pel FO­TO­GRA­FÍA: CAR­LOS LU­JÁN de­ter­mi­nan­te en un re­la­to am­bien­ta­do en el Nue­va York de los emi­gran­tes y exi­lia­dos es­pa­ño­les en los años trein­ta. An­tes del lan­za­mien­to via­ja­mos hasta allí pa­ra ha­blar con ella en ex­clu­si­va.

se dan ci­ta en Las hi­jas del ca­pi­tán (Edi­to­rial Pla­ne­ta), la nue­va no­ve­la de Ma­ría Due­ñas que lle­ga a las li­bre­rías el 12 de abril. Tras El tiem­po en­tre cos­tu­ras, Mi­sión ol­vi­do y La tem­plan­za –seis mi­llo­nes de ejem­pla­res en­tre las tres–, la úl­ti­ma obra de Due­ñas, na­ci­da en Puer­to­llano ha­ce 54 años, cuen­ta tres his­to­rias de amor en el Nue­va York de la emi­gra­ción es­pa­ño­la en los años trein­ta. Re­co­rre­mos con ella sus ca­lles pa­ra ofre­cer­le en ex­clu­si­va de­ta­lles de un li­bro que da­rá mu­cho que ha­blar. Xl­se­ma­nal. ¿Sa­be cuán­tos li­bros ha ven­di­do con sus tres tí­tu­los an­te­rio­res? Ma­ría Due­ñas. No ten­go ni idea, no sé los nú­me­ros; mu­chos. XL. ¿Qué crí­ti­cas ha re­ci­bi­do de Las hi­jas del ca­pi­tán? M.D. So­lo la han leí­do gen­te de mi edi­to­rial y un pu­ña­do de per­so­nas muy cer­ca­nas, pe­ro no­to que los lec­to­res la es­pe­ran con in­te­rés. Mi rit­mo de pu­bli­ca­ción no es muy rá­pi­do: pu­bli­co una no­ve­la ca­da tres años. XL. Amo­res y desamo­res, des­arrai­go y emi­gra­ción, po­bre­za y ri­que­za, mi­se­ria y gla­mour, abu­so y acoso, in­tri­gas y ase­si­na­tos. ¡No le fal­ta de na­da! M.D. Al fi­nal son las cir­cuns­tan­cias de la con­di­ción hu­ma­na. ¿Cuán­tas fa­mi­lias emi­gra­ron de Es­pa­ña y se en­con­tra­ron con ca­la­mi­da­des aún ma­yo­res que las que de­ja­ron en su país? Son his­to­rias muy cer­ca­nas. XL. Otra vez en una no­ve­la su­ya la ne­ce­si­dad de re­cons­truir vi­das fe­me­ni­nas ro­tas... M.D. Por­que pre­fie­ro dar el pro­ta­go­nis­mo a mu­je­res echa­das pa­ra ade­lan­te y con co­ra­je an­tes que a las ti­mo­ra­tas, ame­dren­ta­das y cohi­bi­das. Son mu­je­res que se van ha­cien­do fuer­tes po­co a po­co, que se­du­cen a los hom­bres, pe­ro que no so­lo los con­vier­ten en sus aman­tes, sino tam­bién en sus cóm­pli­ces y ami­gos. Es un li­bro de mu­je­res de otra épo­ca en el que, a la vez, hay hom­bres con pro­ta­go­nis­mo evi­den­te. XL. Nue­va York aco­gió a mu­chos emi­gran­tes con los bra­zos abier­tos... M.D. Es que Nue­va York se hi­zo de emi­gran­tes. Y no so­lo eran bien acep­ta­dos, sino que se ha­cían lla­ma­mien­tos pa­ra atraer­los. En el si­glo XIX y hasta me­dia­dos del XX en­tra­ban en la ciudad bar­cos en­te­ros de in­do­cu­men­ta­dos a los que no se les pe­día un pa­pel. Va­rias dé­ca­das des­pués em­pe­za­ron a im­po­ner­se las cuo­tas de en­tra­da y las res­tric­cio­nes, hasta lle­gar a la te­rro­rí­fi­ca si­tua­ción ac­tual. XL. Des­cri­be la so­li­da­ri­dad en­tre los es­pa­ño­les... M.D. Era ló­gi­co, es­ta­ban so­los en tie­rra ex­tra­ña sin co­no­cer el idio­ma y con otra cultura. Fue­ron mu­chos los es­pa­ño­les que emi­gra­ron a Nue­va York, cer­ca de trein­ta mil, pe­ro po­cos en com­pa­ra­ción con otros gru­pos. XL. Las pro­ta­go­nis­tas de su no­ve­la se re­la­cio­nan con Xa­vier Cu­gat o don Al­fon­so de Bor­bón y Bat­ten­berg, en­ton­ces prín­ci­pe de As­tu­rias. M.D. Pa­ra don Al­fon­so, con­de de Co­va­don­ga, pen­sa­ba una no­ve­la apar­te; pe­ro uní am­bas his­to­rias por­que coin­ci­dían en tiem­po y lu­gar. Su vi­da fue apa­sio­nan­te. El hi­jo ma­yor de Al­fon­so XIII fue víc­ti­ma de su he­mo­fi­lia, de la si­tua­ción de

'MU­JER­CI­TAS', 'LO QUE EL VIEN­TO SE LLE­VO' Y 'PRETTY WO­MAN'

"EL HI­JO MA­YOR DE AL­FON­SO XIII FUE VÍC­TI­MA DE SU HE­MO­FI­LIA, DE LA SI­TUA­CIÓN DE SU FA­MI­LIA, DEL CON­TEX­TO HIS­TÓ­RI­CO Y PO­LÍ­TI­CO… ES UN PER­SO­NA­JE QUE VA­LÍA LA PENA RE­CU­PE­RAR"

su fa­mi­lia, del con­tex­to his­tó­ri­co y po­lí­ti­co… Va­lía la pena re­cu­pe­rar­lo. XL. ¿To­do lo que cuen­ta de él es real? M.D. To­do es­tá do­cu­men­ta­do, le he se­gui­do los pa­sos de cer­ca: li­bros, la pren­sa neo­yor­qui­na de la épo­ca... Ade­más, con­se­guí las me­mo­rias de su ex­mu­jer, la cu­ba­na Edel­mi­ra Sam­pe­dro, a la que la fa­mi­lia real es­pa­ño­la lla­ma­ba la Pu­chun­ga. So­lo me to­mo al­gu­na li­cen­cia pa­ra ha­cer coin­ci­dir mo­men­tos. XL. ¿Por qué Nue­va York?

M.D. Que­ría es­cri­bir de mu­je­res emi­gran­tes y va­lo­ré dis­tin­tos es­ce­na­rios hasta de­ci­dir­me por Nue­va York. Que­ría man­te­ner vi­vo el le­ga­do que de­ja­ron allí los es­pa­ño­les. Otros paí­ses se matan por man­te­ner sus legados, los va­lo­ran y los mi­man, pe­ro no­so­tros so­mos muy da­dos a en­trar con la pi­que­ta en to­do. Que­ría mos­trar un po­co más esa par­te de nues­tra his­to­ria. XL. Su ma­ri­do es ca­te­drá­ti­co de La­tín, ¿es pie­za cla­ve en su pe­rio­do crea­ti­vo? M.D. Es pie­za cla­ve, pe­ro no me ase­so­ra, al re­vés: me da alas, no es na­da in­va­si­vo. En cues­tio­nes de crea­ción li­te­ra­ria no acu­do a na­die. XL. ¿Quién es la per­so­na que lee pri­me­ro su li­bro? M.D. Mis edi­to­ras y, co­mo mu­cho, le en­se­ño a mi ma­ri­do al­gu­na par­te. Pre­fie­ro que me lle­gue el con­se­jo o la orien­ta­ción de for­ma más pro­fe­sio­nal. Con El tiem­po en­tre cos­tu­ras sí que di par­tes a al­gu­nas per­so­nas; pe­ro ya no. XL. Des­pués de tres éxi­tos edi­to­ria­les, ¿sa­be bien lo que el lec­tor de­man­da? M.D. Bueno, cuan­do es­cri­bí el pri­mer li­bro, no sa­bía qué ha­bía de­trás y aho­ra ya lo sé. Aun así, no es­cri­bo pa­ra ven­der mu­chos li­bros. Si no, hu­bie­ra es­cri­to cua­tro co­mo aquel y no lo he he­cho. XL. A lo me­jor es muy di­fí­cil es­cri­bir cua­tro li­bros co­mo ese. M.D. No, to­do lo con­tra­rio. Hu­bie­ra si­do muy fá­cil es­cri­bir una se­gun­da par­te de El tiem­po en­tre cos­tu­ras y no qui­se ha­cer­lo. Que tam­po­co di­go que tu­vie­ra ga­ran­ti­za­do el éxi­to con una se­gun­da par­te... Pe­ro pre­fie­ro que ca­da pro­yec­to sea un re­to que me ilu­sio­ne y apa­sio­ne, de­jar­me en él la vi­da. XL. Eso sue­na un po­co a chu­la­da... M.D. No, no, por fa­vor. Cla­ro que quie­ro ven­der mu­chos li­bros y que la gen­te me lea, pe­ro pre­fie­ro te­ner éxi­to con un pro­yec­to nue­vo que me apa­sio­ne y me ilu­sio­ne otra vez. XL. No hay na­da ma­lo en ha­cer sa­gas con los mis­mos per­so­na­jes... M.D. Es que pa­so tres años de­di­ca­da a ca­da li­bro y quie­ro que sean go­zo­sos, sa­tis­fac­to­rios, ilu­sio­nan­tes e ins­pi­ra­do­res. Por eso, en ca­da no­ve­la em­pie­zo de ce­ro y me ha­go una cáp­su­la en la que vi­vo hasta que sa­le la no­ve­la. XL. El se­xo más o me­nos ex­plí­ci­to es un re­cur­so en bo­ga úl­ti­ma­men­te; sus no­ve­las en ese sen­ti­do, sin em­bar­go, son bas­tan­te pu­ri­ta­nas. M.D. En es­ta hay se­xo, pe­ro es más una ten­sión se­xual evi­den­te. No es que me nie­gue al se­xo ex­plí­ci­to, pe­ro no lo ne­ce­si­to pa­ra atraer a más lec­to­res. XL. ¿El abu­so y el acoso a las ac­tri­ces es­tán pre­sen­tes en es­ta no­ve­la por­que es un te­ma muy ac­tual? M.D. To­do lo que le ocu­rre a la pe­que­ña de las her­ma­nas lo te­nía es­cri­to an­tes de que sa­lie­ran a la luz las de­nun­cias en Holly­wood. Me pu­se un po­co en guar­dia al co­no­cer­las, no que­ría que pa­re­cie­ra una opor­tu­nis­ta tra­yen­do a la his­to­ria es­te ti­po de es­cán­da­los. La mon­ja de la no­ve­la se lo di­ce al prin­ci­pio a las tres her­ma­nas: «Sois las más vul­ne­ra­bles de la so­cie­dad por­que sois emi­gran­tes, po­bres y mu­je­res, y con esos mimbres es­táis ex­pues­tas a to­do». XL. Cien años des­pués si­gue igual... M.D. Pe­ro aho­ra te­ne­mos otra voz y la con­cien­cia de que no nos te­ne­mos que de­jar ava­sa­llar. Di­cho lo cual si­gue ha­bien­do abu­sos y acoso; por des­gra­cia es al­go global y trans­ver­sal. XL. El pa­pel de ma­dre que quie­re la se­gu­ri­dad de sus hi­jas a tra­vés del ma­tri­mo­nio tam­po­co es agua pa­sa­da. M.D. La ma­dre es una viu­da que es­tá so­la, con po­cos re­cur­sos, po­cas lu­ces y un mundo muy li­mi­ta­do; por eso tie­ne la sen­sa­ción de que sus hi­jas van a es­tar más pro­te­gi­das con un hombre ma­du­ro al la­do con ca­pa­ci­dad eco­nó­mi­ca. Pe­ro, al fi­nal, to­dos los pa­dres que­re­mos que las pa­re­jas de nues­tros hi­jos sean las más acer­ta­das po­si­bles. XL. ¿Es us­ted una ma­dre pro­tec­to­ra? M.D. Lo nor­mal: mis hi­jos lle­van sus ca­mi­nos, pe­ro ahí es­toy yo aten­ta. XL. ¿Les ha afec­ta­do su éxi­to? M.D. Se han man­te­ni­do bas­tan­te al mar­gen. Pa­ra mí es im­por­tan­te que mi fa­mi­lia no es­té ex­pues­ta a to­do es­to. Tie­nen cla­ro dón­de em­pie­za la ma­dre pro­fe­sio­nal y dón­de es­tá la fa­mi­liar. XL. ¿Ha no­ta­do re­ce­lo o en­vi­dia por par­te de al­gún es­cri­tor con­sa­gra­do que, po­si­ble­men­te, ven­da mu­cho me­nos que us­ted? M.D. No lo he no­ta­do ni tam­po­co ten­go mu­cha cu­rio­si­dad por sa­ber si es­to ocu­rre. Yo no ha­go mu­cha vi­da li­te­ra­ria ni par­ti­ci­po en ca­pi­llas de nin­gún ti­po, y ten­go una re­la­ción muy cor­dial con los au­to­res con los que he coin­ci­di­do en al­gún mo­men­to. Es­ta­mos to­dos muy lia­dos de tiem­po pa­ra preo­cu­par­nos por lo que ha­cen los de­más. XL. ¡Ya, ya! M.D. Bueno, bueno [ri­sas], pue­de ha­ber al­go de eso; pe­ro yo voy muy por li­bre y ten­go una re­la­ción fan­tás­ti­ca con hom­bres y mu­je­res es­cri­to­res. No ten­go nin­gún pro­ble­ma, en ab­so­lu­to. XL. ¿Có­mo or­ga­ni­za su tiem­po los tres años en­tre un li­bro y otro?

"ME GUS­TA DAR EL PRO­TA­GO­NIS­MO A MU­JE­RES ECHA­DAS PA­RA ADE­LAN­TE Y CON CO­RA­JE AN­TES QUE A LAS TI­MO­RA­TAS, AME­DREN­TA­DAS Y COHI­BI­DAS"

M.D. Los seis u ocho me­ses si­guien­tes a la pu­bli­ca­ción son de pro­mo­ción y to­da­vía ten­go la úl­ti­ma en la ca­be­za. Des­pués in­vier­to un año lar­go en in­ves­ti­ga­ción; y en los úl­ti­mos diez me­ses, apro­xi­ma­da­men­te, es­cri­bo la no­ve­la y la co­rri­jo. XL. ¿Cuen­ta con ayu­da a la ho­ra de bus­car do­cu­men­ta­ción? M.D. No, lo ha­go so­la. Ade­más, esa par­te es la que más me gus­ta. XL. ¿Si­gue pen­san­do que es­cri­bir una no­ve­la es muy fá­cil?

M.D. [Se ríe]. Sí, ten­go la suer­te de es­cri­bir a mi ai­re y sin pre­sión, yo me marco mi ca­mino y la edi­to­rial no me fi­ja nin­gún plazo, eli­jo so­bré qué quie­ro es­cri­bir y cuán­do quie­ro pu­bli­car… Cuan­do tra­ba­ja­ba en la vi­da aca­dé­mi­ca no po­día ele­gir tan­to, por­que es­ta­ba so­me­ti­da a pla­zos y ca­len­da­rios ce­rra­dos, y eso re­sul­ta mu­cho más es­tre­san­te, má­xi­me si tie­nes niños pe­que­ños y una ca­rre­ra por ha­cer. Aho­ra vi­vo mu­cho me­nos ago­bia­da que cuan­do da­ba cla­ses. XL. Siem­pre di­ce que su vi­da si­gue sien­do igual que an­tes, pe­ro ha cam­bia­do su ac­ti­vi­dad pro­fe­sio­nal, su si­tua­ción eco­nó­mi­ca; la reconocen por la ca­lle en mu­chos paí­ses, re­quie­ren su pre­sen­cia en can­ti­dad de even­tos… M.D. Evi­den­te­men­te, to­do eso ha cam­bia­do y fue un proceso brus­co al prin­ci­pio. Pe­ro han pa­sa­do ocho años desde El tiem­po en­tre cos­tu­ras y si­go cer­ca de mis fa­mi­lia­res y de los ami­gos de siem­pre: no he ro­to con na­da ni con na­die. Hay tem­po­ra­das que es­toy muy ex­pues­ta, pe­ro tam­po­co soy de los que

des­pués se en­cie­rran a es­cri­bir y na­die los ve. Cuan­do no es­toy pro­mo­cio­nan­do los li­bros, ha­go una vi­da co­mo la de cual­quie­ra que tra­ba­ja. XL. ¿Real­men­te es una mu­jer tan ló­gi­ca, con­tro­la­da y equi­li­bra­da co­mo apa­ren­ta o tie­ne días en los que se ti­ra­ría por el puen­te de Brooklyn? M.D. ¡Hombre, cla­ro que los ten­go! Pre­gun­ta en mi ca­sa có­mo me le­van­to al­gu­nos días [se ríe]. No soy fría, en ab­so­lu­to. Pe­ro me he con­ver­ti­do en una per­so­na bas­tan­te es­truc­tu­ra­da e in­ten­to que mi vi­da ten­ga siem­pre un or­den. XL. ¿Có­mo es pa­sa­da de vuel­tas? M.D. ¡Puf! Ju­ro en arameo. Pue­do ser muy heavy, pe­ro no voy a con­tar de­ta­lles. Me cui­do de que nin­gún pe­rio­dis­ta me des­qui­cie y me vea en esa fa­ce­ta. XL. Mien­tras es­cri­bió La tem­plan­za mu­rie­ron en un cor­to es­pa­cio de tiem­po su ma­dre y uno de sus her­ma­nos, ¿una si­tua­ción así afec­ta a su áni­mo y se re­fle­ja en la es­cri­tu­ra? M.D. Afec­ta a tu es­ta­do de áni­mo, cla­ro, y aho­ra he te­ni­do más pér­di­das, pe­ro eso no se re­fle­ja en mi tra­ba­jo. Co­mo le pa­sa a cual­quier per­so­na a la que le dan tres o cua­tro días li­bres cuan­do fa­lle­ce un fa­mi­liar tan cer­cano, tie­nes que vol­ver a tra­ba­jar y apar­car ese pro­ble­ma. XL. Pe­ro es­cri­bir ¿no es una la­bor ín­ti­ma que re­fle­ja un es­ta­do de áni­mo?

M.D. Pa­ra mí, no; al fi­nal es tra­ba­jo y de­bes se­pa­rar una co­sa de la otra. A ve­ces in­clu­so es­cri­bir es un re­fu­gio ilu­sio­nan­te en mo­men­tos de ni­ve­les aními­cos más ba­jos. Yo afron­to bien las cri­sis e in­ten­to que lo ex­te­rior me afec­te lo me­nos po­si­ble al es­cri­bir. Aun­que siem­pre hay días me­jo­res y peo­res, días más pro­duc­ti­vos y me­nos pro­duc­ti­vos, yo siem­pre tra­ba­jo con un rit­mo y una es­truc­tu­ra pau­ta­dos.

XL. ¡To­do pro­gra­ma­do y ba­jo con­trol! M.D. [Se ríe]. Eso me lo dan vein­te años de vi­da aca­dé­mi­ca a mis es­pal­das. No soy pru­sia­na ni tan in­fle­xi­ble, no pien­so que ca­da día ten­go que es­cri­bir un nú­me­ro de pá­gi­nas, pe­ro pro­cu­ro lle­var un rit­mo cons­tan­te. Si un día me le­van­to sin ga­nas, no me voy de com­pras, me aguan­to y tra­ba­jo igual. XL. ¿Man­tie­ne con­tac­to es­tre­cho con sus lec­to­res?

M.D. Sue­lo te­ner un con­tac­to muy flui­do, pe­ro so­lo du­ran­te la pro­mo­ción de los li­bros y ca­ra a ca­ra, no a tra­vés de las re­des so­cia­les, que nos las lle­vo yo por­que no ten­go tiem­po y por­que se­ría crear­me una res­pon­sa­bi­li­dad ma­yor. Si es­tu­vie­ra ac­ti­va en re­des, me ve­ría en la obli­ga­ción de res­pon­der a lo que me di­je­ran y de opi­nar so­bre to­do. Pre­fie­ro man­te­ner­me al mar­gen y no abrir esa puer­ta. Cuan­do ter­mi­na la pro­mo­ción, pliego. Y eso los lec­to­res lo en­tien­den. No quie­ro te­ner un ca­nal cons­tan­te­men­te abier­to. XL. Si no le hu­bie­ran ido tan bien las co­sas, ¿hu­bie­se re­cu­rri­do a las re­des? M.D. No ten­go ni idea, por for­tu­na no me ha­cen fal­ta; aun­que re­co­noz­co que son una es­tra­te­gia es­tu­pen­da de pro­mo­ción. XL. Cuan­do de­di­ca un li­bro a un lec­tor, ¿qué le po­ne?

M.D. Pues le pon­go su nom­bre y lue­go «con ca­ri­ño», «con mu­cho ca­ri­ño», «con mu­chí­si­mo ca­ri­ño»…, de­pen­de de la co­la que ten­ga pa­ra fir­mar [se ríe].

"OTROS PAÍ­SES SE MATAN POR MAN­TE­NER SUS LEGADOS, VA­LO­RAR­LOS Y MIMARLOS, PE­RO NO­SO­TROS SO­MOS MUY DA­DOS A EN­TRAR CON LA PI­QUE­TA EN TO­DO"

EL GLA­MOUR Al­fon­so, Prín­ci­pe de As­tu­rias, y su esposa Edel­mi­ra (arri­ba) son dos de los per­so­na­jes que vi­vie­ron aquel Nue­va York es­pa­ñol de los 30. Igual que el mú­si­co ca­ta­lán Xa­vier Cu­gat (dcha) y su esposa y diva, Ab­be La­ne.

LA CA­LLE Las hi­jas del ca­pi­tán nos tras­la­da al Nue­va York de la emi­gra­ción es­pa­ño­la de los años 30. Con­cen­tra­dos en lo que vino a lla­mar­se Little Spain, con eje en la ca­lle 14 Oes­te, allí lle­ga­ron a vi­vir unos 30.000 es­pa­ño­les. En la no­ve­la sa­len...

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