“Ca­da día me di­go que soy una crac”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPON DE - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Se de­fi­ne co­mo em­pren­de­do­ra, por­que de ese mo­do abar­ca un aba­ni­co de ini­cia­ti­vas que ha lle­va­do a ca­bo co­mo em­pre­sa­ria, pro­duc­to­ra de pro­gra­mas de te­le­vi­sión, blo­gue­ra e it girl. Fio­na Fe­rrer (Barcelona, 1974) es una de las ca­ras co­no­ci­das de las re­vis­tas, pe­ro tam­bién una per­so­na in­quie­ta que dis­fru­ta con el tra­ba­jo y con la po­si­bi­li­dad de ase­so­rar a otras mu­je­res a la ho­ra de ves­tir. Con ese proyecto ha es­ta­do en Ga­li­cia y con ella ha­bla­mos de to­das sus fa­ce­tas.

—Creo que te mo­les­ta que te lla­men “it girl”.

—Cla­ro, de­pen­de a lo que te re­fie­ras con it girl. Yo ten­go 41 años, y pue­de dar una ima­gen que no es. Me con­si­de­ro al­guien que tra­ba­jo mu­chí­si­mo, que es­toy me­ti­da en di­fe­ren­tes pro­yec­tos, pe­ro to­dos re­la­cio­na­dos con lo mis­mo.

—Co­mo ex­per­ta en moda, ¿en qué crees que fa­lla­mos más a la ho­ra de ves­tir­nos?

—En que nos de­ja­mos lle­var por las ten­den­cias sin mi­rar pa­ra nues­tro pro­pio cuer­po. Lo que nos que­da bien y lo que nos que­da mal. Eso y en que tam­bién hay que ade­cuar­se a ca­da mo­men­to. De­jar las len­te­jue­las so­lo pa­ra cuan­do to­ca.

—¿Tu es­ti­lo có­mo lo de­fi­ni­rías?

—Na­tu­ral, pe­ro al fi­nal to­do va coordinado. In­ten­to coor­di­nar los co­lo­res, me vis­to tam­bién en fun­ción de có­mo me en­cuen­tre. Me pue­de dar por ponerme un pan­ta­lón un mes se­gui­do y de re­pen­te no me lo pon­go por­que creo que no me que­da bien [se ríe]. Ten­go una de­bi­li­dad con las ca­mi­sas va­que­ras. Yo co­noz­co bien mi es­ti­lo. Eso es im­por­tan­te por­que te creas tu per­so­na­li­dad.

—Y una blo­gue­ra de éxi­to ¿a quién si­gue? ¿Quién te gus­ta?

—Me gus­ta el es­ti­lo de Oli­via Pa­ler­mo por dar­te un nom­bre. Pe­ro yo he si­do pio­ne­ra, así que di­ga­mos que ten­go más imi­ta­do­ras que otra co­sa [se ríe], so­bre to­do en có­mo em­pe­cé a su­bir las fo­tos.

—Aho­ra que se acer­can las elec­cio­nes. ¿Hay al­guien que te gus­te?

—Al­bert Ri­ve­ra tie­ne su pun­to. Tie­ne bas­tan­te pun­to, da una ima­gen ac­tual. Lo que ne­ce­si­ta­mos son lí­de­res que pa­ren de cri­ti­car­se y avan­cen. Que no sean me­dio­cres, en ese sen­ti­do a mí me gus­ta po­der de­cir que soy ca­ta­la­na y es­pa­ño­la.

—Tú has di­cho que en la vi­da hay que mo­jar­se. ¿A qué te re­fie­res?

—”La vi­da es­tá pa­ra vi­vir­la y no pa­ra que te la cuen­ten” es mi le­ma. Hay que arries­gar­se, no pue­des ju­gar a ser em­pre­sa­ria y no arries­gar­te: hay que pa­gar, tra­ba­jar, cuan­do se tie­ne una idea hay que ir a por ella. A mí la gen­te que no se arries­ga no le ten­go nin­gún res­pe­to. Pa­ra mí es muy im­por­tan­te ver a la gen­te tra­ba­jar, va­lo­ro el es­fuer­zo, no me gus­tan na­da los va­gos. No hay na­da peor que los víc­ti­mas y los va­gos.

—Tú nun­ca da­rías pe­na.

—No. Ja­más. Soy hu­ma­na, bueno, tam­bién di­go lo que sien­to y lo que pien­so. Yo ten­go un de­fec­to gran­dí­si­mo y es que se me no­ta to­do en la ca­ra. A mí se me ve. Pe­ro in­ten­to po­ner una son­ri­sa y sa­car el la­do positivo. Yo me he vis­to en si­tua­cio­nes tre­men­da­men­te di­fí­ci­les y de to­das he sa­li­do so­la. Ja­más he te­ni­do una so­cia, ni a al­guien que me apo­ye eco­nó­mi­ca­men­te. To­do lo he he­cho yo so­la. Aho­ra sí, he te­ni­do un buen equi­po, por­que los éxi­tos no son de una, son de to­dos. Pe­ro no soy una wor­kaho­lic, yo dis­fru­to ca­da día.

—Pe­ro si co­ges res­pon­sa­bi­li­dad hay que de­cir no. ¿A ti te tiem­bla la mano?

—Sí me tiem­bla. Me cues­ta y ten­go que re­co­no­cer que lo he he­cho muy mal, por­que ten­dría que ha­ber to­ma­do de­ci­sio­nes an­tes. Pe­ro por eso he cam­bia­do mi es­truc­tu­ra y mi ma­ne­ra de pen­sar; aho­ra no me tem­bla­ría na­da. Yo soy ce­ro cí­ni­ca, soy transparente. En la vi­da pue­des lle­gar a to­do, pe­ro sin me­ter­le la zan­ca­di­lla a na­die. En es­te mun­do hay mu­cho tre­pa, gen­te a la que le mo­les­tas, y pa­ra lle­gar a una me­ta te dan una pa­ta­da. Lo que pa­sa es que quien es­tá arri­ba hoy, ma­ña­na es­tá aba­jo. Yo he vis­to a mu­chas mo­de­los, pre­sen­ta­do­res, ce­le­bri­ties, ac­to­res... des­pre­ciar, es­tar muy subidos, pe­ro lue­go ha lle­ga­do al­guien que los ha sus­ti­tui­do y to­da esa ma­gia se va.

—¿Has te­ni­do los pies en el suelo?

— Yo siem­pre, siem­pre, y cuan­do se me han le­van­ta­do te ju­ro que he te­ni­do a al­guien que me los ha ba­ja­do.

—¿Quién?

—Mis pa­dres, so­bre to­do mi ma­dre. Y mis her­ma­nos que no me ha­cen ni ca­so. Eso es bueno, no me gus­ta gen­te al­re­de­dor que me ha­ga la pe­lo­ta. Yo aca­bo de pa­sar una se­rie de co­sas per­so­na­les que yo mis­ma me mi­ro al es­pe­jo y di­go: soy una crac. Es que me lo di­go to­dos los días pa­ra que no se me ol­vi­de por­que yo so­la he sa­li­do de eso.

—¿Lo me­jor del 2015?

—Sa­ber quién es­tá con­mi­go y quién no y dar­me la opor­tu­ni­dad de eli­mi­nar a la gen­te ne­ga­ti­va que te­nía a mi al­re­de­dor (ha­la, ya te he da­do el ti­tu­lar). Otra co­sa es que me he de­mos­tra­do a mí mis­ma que no hay “noes”. Yo no ten­go un no. He su­pe­ra­do to­do, y si al­gún día hay al­go que me sa­le mal, he lu­cha­do. A mí na­die me pa­ga ni un du­ro a fi­nal de mes.

—La ima­gen que se trans­mi­te en las re­vis­tas es otra: vi­vir del cuen­to.

—Cla­ro. Pe­ro yo he es­tu­dia­do, ha­blo cin­co idio­mas, ven­go de una familia bien, sí. ¿Y? Pe­ro tra­ba­jo co­mo to­do el mun­do. Y po­día vi­vir de otra ma­ne­ra, y te ju­ro por Dios que na­die me pa­ga na­da. Ni an­tes ni aho­ra. Me en­can­ta­ría te­ner a al­guien que me ayu­da­ra.

—¿Echas de me­nos eso?

—Sí, me en­can­ta­ría que al­guien me di­je­ra: Fio­na, aquí me tie­nes. Pe­ro es que no lo ten­go. Yo es­cu­cho to­do y me que­do con to­do. Y cuan­do al­guien te di­ce: “lo que ne­ce­si­tes, pí­de­me­lo” y lue­go ves que no res­pon­den. Uf. Yo no soy ren­co­ro­sa, pe­ro no ol­vi­do.

Es una de las ca­ras más co­no­ci­das de las re­vis­tas y de las más se­gui­das en las Red. Co­mo ex­per­ta en es­ti­lo co­no­ce los fa­llos más co­mu­nes en los que cae­mos al ves­tir­nos. “Hay po­lí­ti­cos —di­ce— que apun­tan ma­ne­ras”

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