Fe­li­ces 80, Woody

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DE CINE - TEX­TO: ANTÍA DÍAZ LEAL

El guión de “Man­hat­tan” es la ex­cu­sa per­fec­ta pa­ra se­guir el hi­lo creativo de uno de los di­rec­to­res más im­por­tan­tes del úl­ti­mo me­dio si­glo. Neu­ró­ti­co, pe­si­mis­ta y ge­nial, Woody cum­ple años sin des­can­so.

Ex­te­rior.Man­hat­tan. Día. Ca­pí­tu­lo pri­me­ro. Ado­ra­ba Nue­va York. La ha­bía he­cho des­pro­por­cio­na­da­men­te ro­mán­ti­ca. No im­por­ta­ba cuál fue­se la es­ta­ción, pa­ra él era una ciu­dad en blan­co y ne­gro que vi­bra­ba al son de las gran­des me­lo­días de Geor­ge Gersh­win”. Así arran­ca el guion de Man­hat­tan. Con la voz en off de Woody Allen. Con la ban­da so­no­ra de la ciu­dad de los ras­ca­cie­los. Con el blan­co y ne­gro de una edu­ca­ción sen­ti­men­tal crea­da a ba­se de esas imá­ge­nes que son ya un icono, la de la ciu­dad que nun­ca duer­me, los neo­nes, las ace­ras su­cias, el rui­do, la gen­te, los tea­tros. Una Nue­va York que he­mos apren­di­do a ver a tra­vés de las ga­fas de pas­ta de Allen.

Aca­ba de cum­plir 80 años es­cri­bien­do un nue­vo guion, pre­pa­ran­do una se­rie pa­ra Ama­zon que, di­ce, no le ha da­do ni un so­lo buen mo­men­to des­de que di­jo que sí al proyecto. Y ochen­ta años y ca­si me­dio cen­te­nar de pe­lí­cu­las de­trás de la cá­ma­ra son ma­te­rial de so­bra pa­ra mi­rar atrás, pe­ro tam­bién ade­lan­te. ¿Es­ta­mos, co­mo di­ce su úl­ti­ma bio­gra­fía, an­te el úl­ti­mo ge­nio? Los guionistas de Holly­wood aca­ban de ele­gir An­nie Hall co­mo el más di­ver­ti­do de la his­to­ria. Si­gue es­tre­nan­do una pe­lí­cu­la por año, y aun­que la úl­ti­ma década no ha si­do su me­jor mo­men­to, ya qui­sie­ran los di­rec­to­res con la mi­tad de su edad al­guno de los des­te­llos de ge­nia­li­dad de sus úl­ti­mos tra­ba­jos.

LA CIU­DAD, LAS MU­JE­RES

“Ike se ha­lla tum­ba­do en el so­fá, con el mi­cró­fono jun­to a los la­bios. ¿Por qué va­le la pe­na vi­vir? Es una bue­na pre­gun­ta. Bueno, hay va­rias co­sas que… que creo que ha­cen que val­ga la pe­na. Eh, ¿cuá­les? Bien, pa­ra mí… eh, yo di­ría… Grou­cho Marx… por de­cir una, eh, Wi­llie Mays, eh, el se­gun­do mo­vi­mien­to de la Sin­fo­nía de Jú­pi­ter… y Louis Arms­trong, el Po­ta­tohead Blues, las pe­lí­cu­las sue­cas, na­tu­ral­men­te… La edu­ca­ción sen­ti­men­tal de Flau­bert, Mar­lon Bran­do, Frank Si­na­tra, las in­creí­bles man­za­nas y pe­ras de Cé­zan­ne… los can­gre­jos del Sam Wo’s… eh, la ca­ra de Tra­cey”.

Es una se­cuen­cia, la pe­núl­ti­ma, de la que pro­ba­ble­men­te sea su me­jor pe­lí­cu­la, en la que Nue­va York es más que un es­ce­na­rio, y cre­ce has­ta ser tan pro­ta­go­nis­ta co­mo el pro­pio Allen, co­mo Tra­cey (Ma­riel He­ming­way), co­mo la ma­ra­vi­llo­sa Dia­ne Kea­ton, a la que re­ga­la de nue­vo un pa­pel que una ima­gi­na más reali­dad que ficción, co­mo en An­nie Hall, las dos pe­lí­cu­las en las que me­jor ha plas­ma­do la re­la­ción de es­ta pa­re­ja que fue to­do un icono en los 70. Más de 30 años des­pués de se­pa­rar­se, ella se en­car­gó de pre­sen­tar el ho­me­na­je que le rin­die­ron a Allen en los Glo­bos de Oro, aque­lla po­lé­mi­ca ce­re­mo­nia in­cen­dia­da por los co­men­ta­rios de uno de sus hi­jos que re­cor­da­ba los su­pues­tos abu­sos se­xua­les de Allen a su hi­ja pe­que­ña, Dy­lan.

Con otro nom­bre, con otra vi­da, ella apa­re­cía por pri­me­ra vez unos me­ses an­tes pa­ra de­nun­ciar de nue­vo aque­llos he­chos y afear el com­por­ta­mien­to de Holly­wood, mi­ran­do ha­cia otro la­do. De nue­vo, bió­gra­fos y ami­gos sa­lían en de­fen­sa de Allen, re­cor­dan­do que la in­ves­ti­ga­ción se ce­rró, que los car­gos se re­ti­ra­ron, y que to­do te­nía co­mo tras­fon­do la du­rí­si­ma se­pa­ra­ción de Allen y Mia Fa­rrow, la se­gun­da de sus gran­des mu­sas, a la que de­jó por la hi­ja adop­ti­va de la ac­triz y el mú­si­co An­dré Pre­vin. Soon Yi te­nía 35 años me­nos que Allen cuan­do co­men­za­ron su re­la­ción. De nue­vo, la ma­de­ja nos lle­va a Man­hat­tan y a la re­la­ción de Ike y Tra­cey, la ado­les­cen­te que ofre­ce la úni­ca re­la­ción tran­qui­la al neu­ró­ti­co ál­ter ego del di­rec­tor. Es, sin du­da, el pun­to más os­cu­ro en la vi­da del di­rec­tor, del que ha in­ten­ta­do huir es­tas úl­ti­mas dé­ca­das afian­zan­do un ma­tri­mo­nio que du­ra ya 18 años.

“Eh, oíd es­to. Era da­do a los arran­ques de fu­ror, la pa­ra­noia li­be­ral ju­día, el chau­vi­nis­mo ma­chis­ta, la mi­san­tro­pía hi­pó­cri­ta, y los es­ta­dos de áni­mo de­ses­pe­ra­dos y nihi­lis­tas. Se que­ja­ba de la vi­da, pe­ro ja­más ofre­cía soluciones”. Así des­cri­be una de sus dos ex­mu­je­res al per­so­na­je de Allen en Man­hat­tan. Y de nue­vo, la pre­gun­ta. ¿Cuán­to de él mis­mo hay en el per­so­na­je? “Ex­te­rior. Man­hat­tan. No­che. Edi­fi­cios y un puen­te ilu­mi­na­do”. Nue­va York, sin ador­nos. Woody Allen, sin más.

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